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Zigzag

Francesca Woodman Zigzag

Fotografía por Francesca Woodman.

 

 

Estoy ebria si acaso

estoy viéndome el rostro en esa otra que desea

estoy ebria y sin un vaso de licor.

Quizás pienses que es imposible

esta manera de embriagarme con las posibilidades.

Estoy hambrienta

como mujer que se refugia de la guerra

y come manotadas de tierra antes de vomitar nada.

Estoy ebria si acaso de pensar en este juego

en el que tus palabras son dardos

palabras juguetonas en mis manos

palabras astutas que susurran  la realidad que dibujamos

palabras que vienen en un mensaje instantáneo

y que mueren por falta de verdad.

Estoy a punto de tocar con los pies el suelo

pues ya me he elevado con los artilugios

de tus ojos y tus brazos y tu voz.

Estoy ebria si acaso

de todas las cosas que he imaginado.

Estoy segura del fin del tiempo

y de esta extraña manera de anhelar ser otra

tan ingenua y alerta

tan prevenida y dichosa

tan serena y tormentosa

tan otra yo y fuera de mí.

Estoy segura que me he convertido

y ya no tengo remedio.

Ya es tiempo de volver a ser la misma que observa

las hojas de los árboles movidas por el viento

iluminadas secretamente

con un haz de luz amarillento

debajo debajo del alma de las hojas

donde yo sé que soy otra

la mejor que se me ocurra ser

la que mejor me queda

a la que más anhelo…

Han sido los días más fríos

han sido las noches más silenciosas

y las hojas más blancas que nunca

y ahora están apareciendo estos caracteres

aún quiero decir que te deseo

y no te amo.

Escrito por Dunia Oriana González Rodríguez

(Todos los derechos de autor reservados)

 

 

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Reflejos

 

Deborah: mujer y oso de peluche

 

Somos un reflejo de extraños, de amantes que han perdido la memoria; somos un instante, la imposibilidad del tiempo;somos esta canción pegajosa que se pierde en el bullicio de la ciudad;somos un adiós en la boca de un niño que llora; somos las sombras de nuestro deseo y esa parte secreta de vida, que nadie quiere cambiar del todo; somos el miedo;somos una esperanza colgando de un árbol, las hojas secas que alguien barre en el parque; somos una ola que golpea los pies de los turistas; somos esa brisa que incomoda y que te hace toser de repente sin sentido; somos un reflejo de extraños y ya se ha conjurado el cansancio; somos esas personas que rumian despacito cada palabra, somos un silencio arduo, somos una disputa sin sentido, somos tan solo quienes ya no se miran a los ojos; somos un dolor latente, una herida que se cierra; somos este espejismo macabro del tiempo desperdigado en infinitos rayos de luz. Soy este ojo mecánico que lo ve todo, que aguarda para la siguiente obturación.

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Inspección

¿Había que ser sincera?, de repente, me pregunté.

Al principio no sabía bien a qué me refería, pero luego de caminar unas calles más, supe a qué punto llegaría con esa pregunta. Mientras caminaba pensaba en sus ojos. Allí, en medio de la gente, unos grandes ojos mirándome. ¿De dónde provenían esos ojos? Reparé en ellos en una fracción de segundo. Después solo me quedé pensando. Ni siquiera recordaba el rostro que poesía tan bellos ojos. Ya me había alejado del lugar, y los ojos seguían en mi mente. Algo había pasado desapercibido de esas esferas luminosas. ¿Qué era lo que me hacía pensar en esa mirada? Miré como el día de la ciudad se hacía más agitado. Las personas corrían, yo recuerdo que antes de ver esa mirada debía llegar a algún lugar de prisa. Sin embargo, solo pude caminar lentamente absorta en mis pensamientos. 

La pregunta estaba también en mi cabeza, justo al lado de los ojos oscuros que me recordaban la mirada noble de un corcel. Sinceramente quise besar esos ojos. Mirarlos con más tiempo, reparar en el rostro, en la humanidad que los portaba. Lentamente, como una lluvia tropical, entendí que esos ojos eran otros ojos, era la mirada de otro rostro. Sinceramente me di cuenta que su mirada me había fulminado. Me había iluminado el corazón y yo huía por las calles de la ciudad convenciéndome de  lo contrario. 

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