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LOS NEGOCIOS DE PAPÁ

padre e hija

Fotografía recuperada de: http://entremujeres.clarin.com

Cuando papá nos lleva al parque, nos compra conos dobles. Madre no está de acuerdo con sus visitas, dice que  los dos tienen “diferencias irreconciliables”, y Susan, mi hermana menor, me pregunta qué son esas cosas irreconciliables, y yo subo los hombros y me voy. Pero para ella no es suficiente y me tiene dando lata un buen rato; quiere saber cada cosa, no entiendo para qué si siempre hace lo que quiere. Por ejemplo, llama a papá por su nombre: Aldo. Él a veces me dice que no le gusta que lo llame así porque le recuerda mucho a mamá furiosa.

Mamá se enoja cada vez que Aldo llega sin avisar.

― ¡Usté no cambia! ¡Se aparece cuando ya estamos almorzando! ―, se quejó la última vez que vino papá.

Recuerdo que  se levantó antes de que Aldo se sentara y empezó a servir el sancocho tan rápido que se le rebosó el plato y tuvo que cambiarlo por otro. Cuando él se sentó me hizo parar por los cubiertos y por una cerveza. Todos comimos en silencio. Susan tiene por costumbre  cantar el Rinrin Renacuajo, pero ese día solo tomó la sopa sin levantar la mirada. Yo, por el contrario, los miraba y me pareció que tenía un sabor amargo.

Ella está segura que él es como esos señores que la otra vez escuchamos en la plaza. Nosotras volvíamos del parque. Era domingo y fuimos a almorzar fuera de casa. Enfrente de la iglesia hay una plazoleta amplía donde duermen perros a la sombra de las ceibas y los viejitos en círculo juegan cartas o se sacan la boinas para refrescarse la cabeza. Ese día estaba bastante llena. Había un señor con sombrero y barba y unas manos que se batían al ritmo de las palabras, como le narró mamá a su amiga en el almuerzo.

―Imagine al Chucho con la pinta de gamonal en medio de la plaza.

― ¡Ese se está buscando una muerte pendeja!

― Lo peor es que hablaba de derechos y vida digna e igualitaria.

Las dos mujeres se rieron nerviosamente. Callaron un momento hasta que Clarita se levantó porque el café se había regado.

― ¡Aj! Siempre la misma vaina, ¡Chucho me va dejar viuda sin siquiera casarnos!

― Mija, mejor sola que mal acompañada, pero a ese no más lo asustan y ya.

― ¿Usted cree?

Clarita sirvió dos tazas de café. Se dirigieron al jardín para observar a dos niñas que alimentaban alegremente los conejos de las jaulas. Cuando se sentó, dejó escurrir una lágrima gorda y lenta.

Cuando viene papá de visita se demora pocos días, lo máximo que ha estado con nosotras fue un mes.  Pero como dijo Rocío:

― ¡En contra de su voluntad!

Esa vez, desde que llegó, llovió dos semanas seguidas, y luego el río creció y dejó el pueblo incomunicado, bueno eso repetía un señor en la radio. La carretera que lleva a la ciudad más cercana tuvo muchos derrumbes, así que a Aldo no le quedó más remedio que quedarse. Rocío andaba por la casa tirando los platos. Parecía que había enloquecido. Tenía la cara muy roja y lloraba cada vez que hablaba. A veces podía ver cómo las venas de su cuello se engrosaban cuando daba una orden.

― ¡Susan, él se va quedar en el cuarto y punto!

En aquel mes papá me enseñó lo que es ser un hombre de negocios, un comerciante como él le dice a Rocío. Aunque yo quería contarle a mami cuáles eran los negocios con los que papi podría al fin vivir con nosotras, él me hizo prometerle que sería nuestro secreto, la sorpresa que haría feliz a Susan y a mamá.

Podría decirse que debo agradecer a la lluvia por unirme con papá así a mamá le disguste; pero la verdad me hace muy feliz, pues mamá y Susan están muy unidas.  Tal vez por eso Rocío dice que me parezco a Aldo. Una vez que jugábamos a las escondidas con Susan, yo me escondí en el chifonier de la pieza de mi madre, en ese momento mis papás entraron y mientras discutían me enteré que esperaban un barón pero nací yo, por eso cuando papi decidió compartir su secreto conmigo mi corazón volvió a latir con naturalidad. Susan tardó muy poco para encontrarme, pues yo salí al rato de mi escondite para que mis papás dejaran de gritar.

Recuerdo perfectamente la primera vez que papi y yo fuimos de negocios. Ese día yo llevaba mi mejor vestido y mis zapatos de mafalda de charol. Yo misma me bañé, escogí el vestido blanco con encajes rosas, que me regaló en el cumpleaños del año pasado, siguiendo las palabras que papá me había dicho. Ese día mamá y Susan tenían un evento en la escuela, y como Susan y yo nos llevamos tres años de diferencia estudiamos en jornadas contrarias, por eso cuando papi y yo salimos en la tarde, ellas aún no llegaban.

Aldo dijo que asistiríamos a una cita, ósea una reunión con unos señores con los que íbamos a negociar. En el recorrido me llevó los hombros con una mano y con la otra la sombrilla para no mojarnos con la lluvia. Así atravesamos la plaza del pueblo hasta tomar una calle bastante angosta. La gran campana de la iglesia repicó para avisar la misa de las cinco. Miré cómo el estruendo del campanario hizo volar una bandada de palomas que volvieron al campanario porque la lluvia las empujaba contra el piso. Me fijé cómo los abuelos se dirigían a la misa con paraguas negros y periódicos debajo de sus sobacos. Mientras caminábamos papá y yo entramos en una tienda para escampar; papá se quitó el sombrero blanco de cinta negra que tanto le gusta, se peinó los pelos desordenados y también su barba. Se secó la lluvia del rostro con el poncho. Por esa época se vestía así  y mamá decía que él se había quedado en “los años mozos”. A mí no me disgusta que papá use jeans pegados y sus botas Brahama, porque así yo vi que pasaban a unos señores en la tele de la tienda. Ese día papá llevaba una camiseta negra y al final del recorrido me contó que había llegado hasta Ecuador y allí había descubierto su vocación de comerciante.

Me dijo que para llegar hasta Ecuador hay que tomar un bus y viajar durante días para pisar la línea que divide la superficie del planeta en dos partes. El Hemisferio Norte, donde hay mucha nieve y las personas hablan diferente a nosotros, y el Hemisferio Sur del que nosotros hacemos parte. La verdad no entendí del todo, hasta que llegamos a casa y él me mostró en el globo terráqueo  donde quedaba mi país y la línea imaginaria que atraviesa la tierra, las personas, las casas, las ciudades, los mares, las montañas que nadie ve a pesar de que se esfuercen.

A mí me gusta deambular por el pueblo, es muy pequeño a diferencia de los otros en los que hemos vivido. Este está dividido por un río. Yo vivo al lado de la alcaldía y la estación de policía, y mi amiga Choco vive al otro lado, cerca del hospital y la escuela. Al tomar ese callejón me asusté un poco, pues la entrada era oscura, pensé que caeríamos en un hueco o nos chocaríamos con una pared, pero en medio del callejón apareció una puerta roja que decía: Bi-llar- la- Es-tre-lla. Al llegar, papá tenía las botas mojadas y lo primero que me impactó fue la luz roja de algunas bombillas, solo había visto esas luces en navidad, pero en este lugar había en las mesas y en donde vendían bebidas.

Una señora que tenía ropa muy ajustada nos recibió. Sus labios eran de un rojo intenso, ni comparado con el rojo de mi bom-bom. Cuando papá se acercó ella me cogió los cachetes y soltó una carcajada haciendo que sus grandes senos casi se salieran del vestido. Sus uñas eran muy largas, pensé que atravesarían la piel de cualquiera, como las brujas de las películas. En cada dedo tenía anillos y colgantes en su cuello y orejas. Se acercó a papá y le susurró algo al oído. No escuché que le dijo porque en ese momento alguien le echó monedas a la rockola, que a veces dejaba salir rancheras a todo volumen y otras simplemente dejaba de funcionar. Solo vi que ella recibía dinero de papá y nos fuimos a la mesa donde jugaban cartas unos señores.

Cuando llegamos a la mesa papá me presentó como su Retoñito. La mayoría de señores eran canosos y muy gordos. A mí me dio mucha toz por que el humo del cigarrillo no salía por ninguna parte, solo se quedaba encima de nuestras cabezas. Tosí hasta que papá me sacudió y me miró seriamente: ― Ya para con la toz―, y a manera de susurro agregó: ―vas a molestar los señores que negocian con papi―. La señora que nos atendió me trajo un vaso de agua y me calmé un poco. Pero en verdad me esforzaba para que el humo no se quedara en la garganta y me hiciera toser y Aldo se enfureciera.

Los señores vestían igual. Con camisetas y chaquetas de cuero. Tenían un poncho terciado y algunos, tabacos; y otros, cigarrillos. Encima de la mesa había billetes, monedas, cartas y dados. También una botella y copas de vidrio para servir el aguardiente, algunas estaban quebradas. Un señor se pasaba el pañuelo por la frente y el cuello. Al parecer el calor del lugar lo sofocaba. Yo también descubrí que tenía empapada la nuca. Me abaniqué con mis manitas. Los señores sonrieron a mi gesto. Yo permanecí sentada en las piernas de Aldo mientras se unió al juego. Sacó un billete y lo puso en el montón que había en el centro. El señor que estaba sentado a nuestra izquierda  me ofreció un caramelo. Intentó sonreír y pude ver que sus dientes de adelante eran de oro. Mi abuelo me contó que cuando él era niño el señor que ponía las herraduras a los caballos también era el dentista del caserío. Entonces cuando un diente se dañaba lo recubría con oro para mantenerlo y no quedarse desmuelado. Pensé en lo que me contó mi abuelo al ver que la mayoría de señores también tenían dientes dorados. Revisé los de Aldo, por si de pronto estaba soñando y se veían blancos. Respiré con alivio. Aldo me sacudió para que tomara el dulce que me ofrecía y dejó el billete que le había alcanzado con la otra mano.

―Aldo los negocios son negocios― habló uno de los señores que estaba al extremo contrario de nosotros.

―Por su puesto don Ismael, pero los negocios tienen su tiempo; hay que dejarlos que maduren.

Todos los señores soltaron unas carcajadas. Se les movía la cara y la barriga. Hubo tal momento de furor que algunos se pusieron rojos, otros se atoraron con el humo de los cigarrillos y, al final, unos tosieron hasta que hubo silencio.

El anciano más viejo se aclaró la garganta y comenzó a hablar:

―Aldo: suponga que acá todos somos inocentes, así que por qué habríamos de decir algo…

― A la mesma gente del pueblo no le importa una mierda…― el hombre que interrumpió no pudo seguir hablando.

― ¡Jum! Lo importante es que quién le va a creer a una china tan pequeña.

Y todos los hombres me miraron como si yo fuera un animal extraño. Sentí miedo. Abracé a mi padre quien me acomodó en sus piernas. Me agarré de su camisa porque estaba sentada en un sola pierna casi a punto de escurrirme y me quedé mirando el humo que subía hacia la farola que alumbraba la mesa.

―A ver si comprendo: ustedes no hacen nada y me pagan por nada.

― Aldo supongamos que a alguien se le da por hablar demás. Estamos de acuerdo que si eso sucede tendremos que decir que no se nos puede culpar de lo que no ha sucedido; y que tal vez la naturaleza de las mujeres si es la locura y la mentira.

Los hombres no rieron. Se acomodaron en las sillas; uno prendió otro cigarrillo y otro sirvió una ronda más de aguardiente. Los hombres tomaron el trago, lo levantaron y gritaron:

― ¡Salud! ¡Salud por Aldo!

El único hombre que parecía de la edad de mi padre agregó:

― ¡Salud por el Retoño!

Mi padre comenzó a sudar. Su rostro cambió. Me pareció que se parecía más a esos señores. Me retiró el cabello que se había pegado en mi frente por el sudor y me sopló la cara para refrescarme. Sonreí. Me sentí a salvo. De repente, Aldo cambió de opinión, me bajó de sus piernas. Me giré para buscar en su mirada alguna explicación. El piso era sucio y estaba repleto de colillas y huecos. Vi por debajo de la mesa las piernas de la señora que nos había atendido, tenía unos tacones rojos con el tacón muy gastado; había otras piernas con pantalón de militar y botas de pantano que se entremezclaban.  Mi padre puso su mano en mi espalda y me empujó suavemente. El anciano sonrío y vi que solo seis dientes eran de oro: el colmillo y los dos dientes que le siguen de la parte superior y los mismos de la parte inferior en el otro lado de la boca.

Con alegría extendió sus brazos. Abrió un poco la pierna derecha y con la mano dio unas palmadas sobre el muslo, haciendo pequeñas arrugas y manchas de sudor al pantalón de tela. Miré por última vez a los ojos de mi padre quien sonría como un desconocido detrás de la baraja de naipes que sostenía con las dos manos. La luz del bombillo rojo le ensombreció el rostro, creo que fue mi impresión. Los demás señores me animaron a sentarme en la pierna de don Ismael. Este sacó un billete y me lo alcanzó. Yo no me moví. Mi padre seguía empujándome. El señor sacó otro billete,  y así por cada paso que daba. Cuando me senté en su pierna empecé a temblar. Intenté tranquilizarme, mi padre me había prohibido llorar. Lo único claro fue la sensación de los billetes húmedos en mis manos.

Don Ismael puso la mano sobre mis piernas. Era pesada. Tenía pecas, cicatrices y arrugas. Sus dedos eran gruesos y sus uñas estaban mordidas casi no le quedaba lunita blanca. De pronto me dijo:

― Quiero que me diga “abuelo hágame cosquillas”.

Busqué la aprobación de mi padre. Él solo se escondió detrás de la baraja de naipes. Aldo se percató de que el anciano parecía malhumorado. Me miró y repitió:

―Ahora somos hombres de negocios y ellos son nuestros clientes, comprendes Luz. Hay que hacer lo que los clientes quieren―, y se tomó un trago antes de decir que había ganado la partida.

Escrito por DOGR

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CARTA DE AMOR

CARTA DE AMOR

Esperabas sentada, con el lápiz entre los dedos, tu café. El mismo café cargado de todos los días para ir al periódico. Llegaste temprano a tu café-bar como solía decirte Ricardo. El mismo Ricardo, sí, el encargado de las crónicas al estilo Alfredo Molano. Ricardo se parecía tanto a Carlitos, tu primer amor. Estabas absorta mirando cómo pasaban las personas con sus abrigos hasta el cuello que no te fijaste cuando el mesero trajo tu orden. Cogiste la galleta con chips de chocolate; la mordiste; sentiste que estaba fresca y crocante. Llegaste más temprano de lo habitual para empezar la carta de amor. Unas dos décadas ya habían transcurrido desde la última vez que te enamoraste profundamente y decidiste que lo mejor era confesar tu amor mediante una carta; en ese tiempo estaban de moda. El olor del café aminoró el frío y evocó, por un instante, el olor que habitaba tu casa número 3. Así las has ido enumerando en tu vida. Esa era la tercera. Era una casona colonial, de fachada blanca y de techo de teja de barro. En el medio había un rectángulo que dejaba entrar el sol. El rectángulo iluminaba un pozo de piedra y unos cuantas materos con sus respectivas plantas ornamentales y florecidas. Las columnas eran grandes troncos de madera. De ellas colgaban helechos sembrados en unas canastas de alambre. Los recipientes eran insuficientes para estas Pteropsidas de aspecto terrorífico y raíces espesas. El techo era alto y estaba tiznado por los años y las telarañas. Tal vez, en otra época, mucha gente vivía allí y el humo de la cocina dejó su rastro en los maderos superpuestos del techo. Recuerdas las habitaciones alrededor del solar. Unas diez habitaciones con puertas de madera pintadas de azul celeste, con un candado petrificado por el óxido y una aldaba que le hacía juego. Algunas tenían cascarones de pintura desprendidos, y podías ver, al raspar con tus uñas, colores como el verde y el amarillo cubierto por la última capa de pintura de aceite. Tu madre y tú llegaron para enero, justo unos días antes de que tu madre trabajara en el colegio. Tú eras una niña callada, para ser exacta, solitaria. Tú y tu madre se acomodaron en la habitación más grande, justo en el ala derecha; muy cerca de la cocina y el baño, cuyas paredes de piedra estaban cubiertas de enredadera de maracuyá…Tomaste un sorbo de café. No podrás olvidar ni las flores azules y raras de esa planta, ni tampoco los abultados gusanos negros que llegaban para comer los frutos; menos el horror de bañarte tan rápido que ninguno de ellos se desprendiera y cayera en tu cabello o en la espalda. Abriste tu libreta. En la parte superior derecha de la hoja pusiste la fecha; más abajo: «“Querido Ricardo”»… Llegaste a ese pueblo tan solitario en las noches. ¡A veces ni los perros se escuchaban ladrar!… Mordiste una vez más la galleta y reparaste en que todos los del café tenían los ojos clavados en el nuevo Smartphone, pensaste: « ¿Qué debo escribir?». Y muchas imágenes del pueblo regresaron a tu cabeza. « ¿Cómo olvidar tu escuela?» Una escuela de dos salones; en la que niños de todas las edades aprendían al mismo ritmo. Una escuela de paredes que llevaba como logo “Escuela nueva” y si te fijabas en su aspecto parecía que en cualquier momento iba a desaparecer. Tú con tu cuaderno de dibujos a reventar porque la mayoría de cosas tu madre ya te las había enseñado. Tu libreta de dibujos, « ¡si no fuera por mi libreta!», te dijiste sonriendo. La mayoría de niños se iba de las clases y no volvían. Casi todos debían marcharse del pueblo. Otros llegaban sin previo aviso y entonces tu maestra debía repetir los temas que tú te sabías de memoria… El mesero vino a tu mesa y te trajo otra ración de galleta. No recuerdas si la pediste inconscientemente llevada por tus recuerdos, como a veces te sucede. Tus ojos se clavaron en la “o” de Ricardo… ¿Cuántos niños llegaban y se iban? ¿Cuántos nombres anotaste en tu libreta? Más de 20 Nombres. Escribiste y tachaste: Hace tiempo que quería escribirte. Tachaste. Tachaste. Ese día te sentías aburrida. El bochorno te hacía bajar gotas de sudor por la frente. La maestra recogió tu largo cabello para que pudieras estar más atenta y abanicarte menos. Eran las onces de la mañana cuando una señora gorda con un vestido de flores rojas interrumpió la clase. Te reíste de la señora porque se parecía a la vaca que habías coloreado unos días atrás, solo que a ella le faltaban los tacones y las perlas en el cuello. Viste que traía a un niño de la mano. Él te miró y el brillo de sus ojos te dejó perpleja. Sin saber muy bien, miraste al lado derecho de tu pupitre y corroboraste que aún permanecía vacío; alzaste la vista rápidamente por el salón y había unos cuantos más. Tu corazón dio un vuelco. Te paraste y con una voz temblorosa dijiste: « ¿Se puede sentar conmigo, maestra?» No sabes muy bien si fue el calor o tu maestra ya sabía del amor que accedió sin chistar… Tan distraída estabas que se cayó el lápiz de los dedos y tuviste que buscarlo debajo de tu silla. Algo que Carlitos hacía constantemente desde que se sentaron juntos. Tu solo agradecías y no podías hablarle nada. En la hora del descanso tú jugabas con las niñas a saltar la cuerda; él jugaba al fútbol con los demás niños. Recuerdas que el tiempo de verano pasó y las lluvias inundaron las calles del pueblo y los salones de la escuela… tack-tack-tack… un sonido repetitivo de agua chocando contra la superficie plástica de los baldes que tu maestra, tus compañeros y tú se turnaban para desocupar y re-ubicar si era necesario. La lluvia iba incrementando a medida que los mosquitos nacían y picaban. La lluvia amenazaba con cerrar la escuela; tumbar el puente; acabar la carretera; dejar sin comida al pueblo. Tenías miedo de no asistir a la escuela. Quisiste rezar a un dios y tu madre te había desprovisto de toda creencia. Tu madre te explicaba que era época de invierno y como vivías en un país tropical así era el tiempo. Tú escuchabas a las personas del pueblo hablar de los derrumbes, tu madre parecía inquieta. Tú veías que no era la lluvia en sí lo que hacía que los adultos también sintieran miedo… Tu lápiz se deslizó por la libreta y dibujó una calavera. Te tocaste el cuello y estiraste las piernas. Dibujaste otra calavera. La lluvia para el mes de noviembre era constante, ¡imparable! Odiaste la lluvia porque si al principio podías jugar con los niños en la escuela a saltar los charcos; correr tomada de la mano de Carlitos bajo los chorros de las canaletas; luego la escuela fue cerrada porque de la lluvia se le desbarató una parte del techo. Tu maestra resolvió que lo mejor era cerrarla para repararla. Y tú supiste que la odiosa lluvia no pararía y los arreglos tomarían varios días, tal vez meses. Tú volviste ese día empapada a casa y sin saber el motivo por el que lloraste. Tu madre pensó que tu tristeza tenía que ver con las clases, así que te regaló varios libros para leer y dibujar, a manera de consuelo. También te prometió un lugar más bonito para vivir. Te diste cuenta que la lluvia irrumpió en la cotidianidad del pueblo: La mayoría de tiendas abrían en la mañana y cerraban después de medio día en que la humedad era aún más sofocante. Te quedaste en la casona leyendo y añorando volver pronto a la escuela. También renegabas que el colegio permaneciera abierto y tu madre trabajara la jornada completa. Tu mayor pasatiempo era deambular por la casa; contabas los gusanos, las flores del jardín; jugabas a saltar la cuerda pero terminabas aburrida, acodada en la venta mirando cómo diminutas rayas verticales caían sin parar. Empezaste a inventar dioses que escucharan tus plegarias para que pudieras volver a la escuela y jugar con Carlitos. « ¡Qué triste vivir a las afueras del pueblo!», te reprochabas. Si tan solo estuvieras más cerca de tu amigo, si tan solo tus dioses te escucharan… Te reíste de las cosas cursis mientras sorbías el café… Descubriste que a la semana ya no hacías nada; a veces medio ojeabas los libros. Pensaste en tomar un impermeable e ir a la casa de Carlitos a jugar. Tal vez tu madre se enfadaría: te protegía de la fiebre amarilla y el dengue que eran las enfermedades que la lluvia había traído al pueblo. Decidiste arriesgarte. Te pusiste tus botas rojas de plástico y el impermeable amarillo, ya lista, dejaste entreabierta la ventana para poder entrar cuando regresaras. La sombrilla rosada tenía estampada el rostro de la Bella y la Bestia y se doblaba por el peso del agua. En el camino te diste cuenta que había niños desnudos jugando bajo la lluvia. ¡Qué envidia! Caminaste de charco en charco auscultando las calles vacías; reparando en las puertas de las casas en las que se veían brillar los ojos de las gentes que anhelaban como tú, que la lluvia se fuera. Te pareció grande el pueblo. Después de varios minutos caminando por la mitad de la calle, para evitar que los afluentes de agua sucia te arrastraran por las cunetas, llegaste a la plaza. Allí te encontraste con tu amiga Lala. Llevaba un impermeable rosado y su bicicleta de Barbie. Te contó que sus padres le habían permitido jugar en la casa de Carlitos. Lala era de ojos oscuros y de cabello negro. Su madre siempre le hacía una trenza. Te alegraste y fuiste a la casa de Carlitos en compañía de Lala. Jugaste con ellos al dominó, a las escondidas; y por primera vez viste dibujos animados en un televisor a blanco y negro mientras comías galletas wafers de vainilla con Pony Malta. ¡Pasaste una tarde inolvidable! Te fuiste antes de las cinco sabiendo que ya era tarde. Al despedirte Carlitos te besó en la mejilla y tú saliste corriendo detrás de Lala. Te sentías feliz… Eso lo recuerdas. Tomas café y recuerdas cuán feliz te sentías; y lo estúpida que te sientes por no poder escribir una carta de amor a Ricardo… Al llegar a casa, tu madre estaba furiosa. Lloraba y te decía, señalando con el dedo índice, que afuera no solo era la lluvia sino los camiones y los hombres que vestían de verde quienes eran peligrosos. Te preguntó si viste los camiones en la plaza, te hizo jurar que no miraste el interior de esos camiones, y que no saldrías sin su permiso…Te parece que eras muy inocente, tal cual como son las niñas a esa edad… Aunque prometiste no salir sin su permiso, cada tarde jugabas con Carlitos y Lala; y lograste llegar a casa antes de que tu madre. Ya entrabas con facilidad por la ventana. Ya habías visto en repetidas ocasiones a los hombres de verde custodiando los vehículos de capota negra. Tú pasabas mirando las líneas de greda que hacen a cuadros las calles del pueblo. Pasabas rápidamente para no quebrantar del todo tu promesa. Eras feliz al jugar con tus amigos que ya importaba poco si abrían la escuela o no, si la lluvia hundía el puente o dejaba sin alimentos el pueblo… Insistes en escribir frases bonitas para Ricardo: “Son tus ojos…”; “Es tu voz una melodía, un estruendo…”. Y reconoces aquella noche en el que el estruendo, parecido al de un trueno, hizo retumbar las paredes de la casa. Tú te despertaste. Tu madre estaba parada al lado de la puerta. Viste su cara pálida. Te tomó del brazo y te llevó debajo de la cama. Te repetía: silencio-silencio-silencio. Sentías calor y temblabas. Estabas debajo de la cama. Tenías miedo de las cucarachas. Tu madre te cubrió con cobijas. El estruendo duró hasta que el sueño te obligó a dormir. Amaneciste debajo de la cama. Tu mamá se veía diferente. Sus manos temblaban. Ese día la lluvia había aminorado; y no saliste de casa. Tenías miedo del estruendo. Lala vino a buscarte en su bicicleta. Ella también despertó debajo de su cama. Prometiste jugar con ellos al día siguiente… Tu café se acabó y pediste uno más con un croissant. Siempre te abre el apetito recordar… Al otro día, cumpliste tu promesa al jugar con ellos. Antes de irte Carlitos dijo que se marcharía. Te quedaste como una estatua tiesa sin saber qué decir. Te prometió que se despediría. En ese momento, te prometiste escribir una carta de amor. Te besó una vez más en la mejilla y te abrazó. Aún no sabes qué pasó ese día contigo. Te fuiste tranquila, cantando de charco en charco. Esa noche le pediste ayuda a tu madre para escribir una carta. Tu madre te habló de los diferentes tipos de carta, al final de su lista dejó la carta de amor. Te fue difícil escribir la carta de amor. Cada vez que intentabas plasmar lo que sentías la hoja terminaba  arrugada, tirada en el piso. Repetiste una y otra vez la misma mecánica hasta que tu madre te mandó a dormir. Tu decidiste que lo mejor era decir: « ¡Buen viaje Carlitos, te llevaré siempre en mi corazón!»; y agregaste una foto tuya en la que te faltaba un diente de adelante. Esa noche la lluvia aumentó su intensidad. Al otro día la mayoría de calles estaban inundadas… Te estiraste sobre la silla; miraste a tu alrededor y el café estaba a reventar. Esta vez no era tan fácil. Ricardo no se iba, al contrario, se alojaba en tu corazón y tú debías darle una respuesta a la propuesta de alquilar un apto para los dos. El murmullo de las personas te distrajo por un momento de las calaveras que dibujabas. El mesero hablaba con la chica de la barra. « ¡Qué fornidos lucían sus brazos!» Miraste por la ventana y el cielo estaba gris, y la temperatura seguía bajando. Ricardo estaba en buena forma. Sonreíste y mordiste el borrador de lápiz… Ese día fue difícil caminar por el pueblo. A lado y lado de las calles transitaba un río de aguas turbias que amenazaba con arrastrarte. Caminaste bajo la lluvia temerosa de que se mojara tu carta. Cuando estabas cerca de la plaza, miraste los camiones y a los hombres vestidos de verde. Te acercaste como hipnotizada a los camiones. Eras pequeña para ver realmente que contenían. Te quedaste parada mirando cómo los hombres vestidos de verde acomodaban unas bolsas negras en su interior. Supusiste que eran pesadas por el esfuerzo que hacían tres y cuatro hombres para envolverlas. Caminaste por la puerta que habían puesto como rampa para acceder a la carrocería del camión. Había un hombre que acomodaba los bultos que los otros le pasaban: bultos recubiertos con bolsas negras de basura. « ¿Por qué mamá te había prohibido mirar?»; estabas a punto de retirarte cuando uno de los hombres por la lluvia dejó resbalar un bulto… Con tu mano chocaste torpemente la taza de café y regaste un poco su contenido. Con prisa limpiaste el pequeño charco de café… ¡Plas! Escuchaste como el bulto se chocó contra el suelo. Los hombres se apuraron para recogerlo. La bolsa cedió al contenido; una mano salió buscando descanso, luego un rostro cubierto de tierra, con labios morados, te saludó. Un ojo te miró. Sentiste que te sacudías. Te pesaron las piernas; quisiste correr, tus ojos seguían mirando aquel rostro sucio. Los hombres vestidos de verde lo devolvieron a su envoltura. Te espetaron: « ¡Largo de aquí!» Corriste en diferentes direcciones: pensabas en que los hombres podrían atraparte como aquel muchacho de la bolsa de plástico negra, corriste en dirección contraria a la casa de Carlitos. Llegaste a tu casa y te metiste debajo de la cama. ¡Lloraste! Tal vez por el muchacho, tal vez porque Carlitos se había marchado sin tu carta de amor… Cuando terminas el último sorbo de café sabes que aún cuesta perdonarte el incumplir a tu madre aquella promesa…« ¡¿por qué miraste el interior de los camiones?!»La misma pregunta siempre. Dejas sobre la bandeja el dinero de la cuenta. Has cerrado tu libreta, sabes muy bien qué vas a escribir para Ricardo.

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May 27, 2014 · 5:07 am

Umuthi

Umuthi

Umuthi sabe que su nombre significa árbol. Por eso le gusta treparlos, tallarlos, observarlos; sobre todo cuando el viento mueve las hojas. Umuthi ríe cuando las hojas se mueven como aves, como los ancestros. Umuthi solo puede jugar con las niñas de la tribu, los niños están siempre con los hombres. Umuthi es muy feliz porque puede jugar con Ukhukanya. Su hermana solo ríe con ella. Y no habla nunca.

Umuthi está contenta porque tallará una escalera para la cocina del sukala. Su sukala es circular, tiene tres cuartos y unos huecos en el techo por donde sale el humo del fuego, y por donde entra el sol para madurar el grano. Las paredes del sukala son de barro fundido con horquetas de árboles que sostienen la choza. Umuthi ha ido con su padre al bosque y luego de hacer las oraciones pertinentes al ancestro de la familia, este les ha concedido la gracia de cortar el árbol con el que se hará la escalera. A Umuthi les gusta mucho cómo el vaho del fuego deja cenicientas las escaleras, las hace de un color noche como sus ojos. Umuthi cree que sus ancestros hicieron sus ojos de cenizas y fuego.

Cuando han cortado el árbol, Umuthi y su padre regresan a casa. No es común que las niñas tallen la madera, pero su padre quiere concederle un poco de felicidad antes de las fiestas de fin de año. Las manecitas de Umuthi raspan cuidadosamente la corteza del árbol con un cuchillo de hierro fundido. Su padre lo hace en silencio; Umuthi canta la estrofa que su hermana entona mientras duerme: “Singabantu Izinyoni zomlilo” “Somos pájaros de fuego”.Su padre está absorto en la labor; ignora su canto. En su rostro hay un dejo de preocupación. Debe hacer una máscara a escondidas. Umuthi ignora el dolor, la maldad y la muerte. Es tan solo una niña de dientes muy blancos, de cabello ensortijado, que lleva una manta de algodón hasta los tobillos, una manta roja. Umuthi cumplirá años pronto, unos días antes de navidad. Sabe que le harán una fiesta, está feliz, por eso quiere hacer una escalera; para ver el cielo y agradecer a sus ancestros.

Su padre le ha prometido que la llevará a ver los elefantes. Umuthi recuerda la promesa todos los días mientras juegas con las otras niñas de la tribu a cazar gusanos. Los mejores días son los de ir al río con las demás mujeres de la tribu. Allí todas lavan la ropa y juegan desnudas en la arena. A Umuthi le gusta sacar las piedras brillantes que encuentra en el fondo del agua. También recoge conchas y semillas. Ya en casa, a la luz del fuego, calienta una puntilla y perfora las semillas y las conchas. Hace hermosos collares para su madre y su hermana. Umuthi realmente es muy feliz en el sukala, cerca del fuego donde su madre le cuenta historias de su antiguo pueblo. Así sabe que sus ancestros maternos viven en otro lugar de África; y que sus ancestros paternos son de Burkina. Ithemba cuenta que tuvo que huir con sus padres a Burkina. Ella tenía 20 años cuando atravesaron varias tribus para protegerse del dios blanco. En ese momento el rostro de Ithemba se ensombrece y deja salir una lágrima.

—Pensé, como mis padres, que estaríamos a salvo.
— ¿Qué es a salvo?
—Que no nos ocurriría ninguna desgracia.
— ¿Y qué nos ha pasado?
—Ya pronto volverá a ocurrir.
— ¿Y qué es?—Umuthi preguntó insistente.

Cuando su madre, Ithemba, iba a contestar; su esposo la interrumpió.

—Ya es hora de dormir, los ancestros podrían molestarse Ithemba.

Las dos últimas semanas antes de su cumpleaños, Ukhukanya pasaba más tiempo con Umuthi. Quería protegerla; quería escapar con ella a algún lugar y contarle la verdad. ¿Pero cómo hacerlo? ¿Y si los ancestros se enfurecían y lanzaba una maldición contra su familia? ¿Acaso ella no sería la responsable? ¿Tal vez su familia ya estaba maldita? Umuthi correría con la misma suerte que todas las niñas de la tribu. Tal vez, lo que más extrañaría de Umuthi sería su alegría, esa manera de cantar a los árboles, a las aves, de cantar la felicidad. Claro que extrañaría la risa de Umuthi, la inocente sonrisa de Umuthi. ¿Qué podría hacer? ¿Y si tomaba el bus al día siguiente con lo poco que había reunido…? Y, ¿si pedía ayuda a su madre y le contaba su plan para proteger a Umuthi? ¿Qué hacer? Estaba sola, en silencio, como todas las otras mujeres…tan desganadas por la vida. Así, tragando el dolor diariamente, mientras aparentaban vivir.

Estaba ensimismada en sus pensamientos cuando su madre le ordenó que trajera agua. Ya era tiempo de hacer los preparativos para la fiesta de Umuthi. Su madre se veía más triste que contenta. Sus manos temblaban. Los huecos de su cara se acentuaban. Ukhukanya supo que su madre sufría. «Madre, podemos salvarla», pensó cuando cogía las cantimploras y descendía por el camino de piedras que lleva al río. En el camino quiso ser un ave, un ave de fuego que a todo aquel que se le acercara quemara. Quiso ser un ave de fuego para volar en medio de la noche, con frío y sin sol. Se arrodilló en el camino y suplicó a sus ancestros para que ella y Umuthi fueran aves de fuego. Ukhukanya recogió el agua y volvió a casa para ayudar a su madre con la comida que se ofrecería al clan.

Ukhukanya se encargó de trensar con caracolas el cabello de Umuhti. Lucía hermosa su hermanita. No paraba de dar brincos y reír; cumpliría 8 años y vería los elefantes. Su padre le había prometido ver los elefantes en año nuevo. Sería un viaje al oriente de África. Umuthi viajaría.

—Veré los elefantes: ¡al dios zezindlovu!—.Con alegría repetía Umuthi por toda la casa.

Su padre permanecía en silencio. Fumaba tabaco mientras Ithemba hacía el yassa: una comida a base de pollo con salsa de cebolla, limón y pimientos que se servía con arroz hervido, el plato más apropiado para la celebración. Ukhukanya se encargaba de hacer bolitas de “ñango”, que llevaban maíz y verduras. Umuthi veía acurrucada sobre el fogón de leña cómo las flores de Bissap se hervían acompañadas de hojas de menta. Luego de unos minutos más al fuego, las colarían y las servirían en un jarrón; les agregarían azúcar y zumo de limón. Umuthi esperaba ansiosa el momento en el que estuviera reposada el agua y se convirtiera en su refresco favorito. Umuthi entraba y salía de casa; correteaba a sus amigas y esperaba a que pronto fuera la comida. Su padre de vez en cuando la miraba. «Aún es tan pequeña. Crece, es fuerte, pero es mi pequeña», se decía mientras tallaba la máscara. Ithemba de vez en cuando le echaba miradas de súplica. Él debía ser fuerte. Tenía que llevar a cabo la tradición de su tribu, sino su clan caería en deshonra, sus ancestros los dejarían en el olvido… de seguro su familia se vería desterrada de la tribu. Veía las miradas de Ithemba, claro que él también tenía miedo. Otra vez revivir el dolor que Ukhukanya había sufrido, ahora lo vería en la pequeña Umuthi. La corteza de su vida sería cercenada, el amor y la felicidad no podrían tallarse en su alma. Claro que estaba entre la espada y la pared y sabía que su pequeña corría el mismo destino que las otras niñas de la aldea. Escupió al suelo, se levantó y cuando salió del sukala el viento le cubrió de arena el surco de las lágrimas que bajaban por sus mejillas.

—¡Umuthi! ¡Es hora de la comida!—, dijo mientras se limpiaba el rostro.

Umuthi corrió y saltó a sus brazos. La tomó con sus manos y la levantó hasta cubrir el sol que se apagaba rojizo.

— ¡Perdóname Umuthi!—Y la abrazó contra su pecho.

El clan se reunió afuera del sukala. Comieron bajo un cielo estrellado. Umuthi no paraba de sonreír. Cuando acabaron la comida cantaron y danzaron para agradecer a los ancestros quienes mantenía aún con vida a Umuthi; Ithemba supo que ese canto era más una plegaria que se perdía en la noche. El padre de Umuthi intentó usar la máscara pero esta quedó muy pequeña, no servía para su rostro. El clan bebió amalura hasta quedar en completo silencio. Umuthi jugó hasta quedar dormida a lado del fuego. Su padre la llevó en brazos al cuarto. Allí la recostó en la estera y la cubrió con una manta de algodón azul. Observó su rostro cubierto por el sueño; su respiración y sus manecitas sucias por la tierra del desierto. Retiró las conchas de su cabello. «Es tan pequeña, mi pequeña». Su contemplación fue interrumpida por Ukhukanya, quien entró al cuarto para dormir. Miró fijamente a su padre. Su boca permaneció silente. Su padre le dio las buenas noches y ella se puso a llorar. Otra vez la noche y aunque quisiera dormir el miedo a las pesadillas la dejaban insomne. Ukhukanya abrazó a su hermanita. «Te ayudaré Umuthi, te lo prometo». Y el sueño acalló su llanto.

El tiempo de las fiestas de fin de año llegó. La familia de Umuthi aparentaba tranquilidad haciendo los preparativos para la iniciación de la niña. Aunque ella aún no había menstruado, últimamente los más viejos de la tribu creían que lo mejor era practicar el ritual a temprana edad: así se asegurarían que las niñas fueran puras Las mujeres más ancianas de la tribu debían estar presentes y ayudar en la ceremonia. Las mujeres más jóvenes que ya habían sido iniciadas debían participar con cantos y prestar su fuerza en caso de que fuera necesario. En esta ceremonia, la edad de las niñas oscilaba entre los 7 a los 10 años, por lo que sería menos complicado. Ukhukanya no quería asistir. Había roto su silencio suplicando a sus padres: — ¡No resisto ver a Umuthi gritando! ¡No quiero ir, por favor!—. Ukhukanya vio cómo sus padres se alejaron sin siquiera prestar atención a sus palabras. Ella realmente odió ese lugar, a sus ancestros, a los ancianos, al ritual. Por primera vez en su vida se confesó que odiaba su cultura. «Ayudaré a Umuthi a escapar», se dijo sollozando.

Umuthi jugaba con su nueva manta de algodón dando giros y giros sobre la arena. Era blanca y tenía unos bordados dorados en el pecho, a ella se le parecían mucho a unas alas. Se sentí como una avecilla. Ithemba la abrazó y amarró una manta de color dorado en su cabeza. Le ofreció a beber refresco de flores de Bissap. Pronto llegaba la noche. El corazón de los padres de Umuthi latía muy fuerte. Estaban en silencio. Ukhukanya no paraba de llorar. Umuthi preguntaba una y otra vez por qué su hermana lloraba. Su padres solo miraban con reproche a su hija mayor. Umuthi se sintió triste al ver a su hermana tan afligida. Ya no quiso jugar más con las conchas de caracolas. Se dispuso a esperar.
Ithemba, Ukhukanya y Umuthi salieron de casa. Mientras se alejaban Umuthi volvió su rostro buscando en el tejado del sukala a su padre. Allí había una sombra. Supuso que era él. Alzó su mano, la batió en medio de la noche y el viento, y con la otra le mandó un beso. «Papá, mañana iremos a ver los elefantes», pensó; una sonrisa cubrió su rostro. Las otras mujeres no comprendían por qué sonreía. Decidieron avanzar hacia el sukala de las mujeres más viejas de la tribu. Dentro de la choza, Umuthi vio a otras niñas acostadas sobre una alfombra gris. El lugar hedía a plantas y a tabaco. Había una pequeña lumbre y la más vieja de todas calentaba una daga en el fuego. De repente sintió miedo, algo pasaría en ese lugar.

Ithemba y Ukhukanya se alejaron de la alfombra. Umuthi se acostó. Una mujer la tomó por los brazos. Otra por las piernas. Umuthi comenzó a gritar: — ¡Mamá, mamá, tengo miedo!— La gran madre comenzó a invocar los espíritus y a perdonar a la niña con el gran señor del mundo. En ese instante las manos de las mujeres parecían las de hombres jóvenes y atléticos. Le dolía que la tomaran de los brazos y las piernas. Sus dedos se enterraban como espinas de cactos. De repente el olor de metal caliente; el fuego acalorando la planta de sus pies; y las manos de la anciana abriendo su manta, buscando algo en medio de sus piernas. Luego el filo caliente sobre la carne tierna; cercenaba en nombre del gran señor de la tierra. Allí un río desbocado, al principio una extraña molestia, una punzada, el adormecimiento y finalmente la palabra dolor tan insignificante para todo aquello. Las manos de la anciana, prodigiosas en el arte de cortar lo impuro en las niñas. Las piernas dormidas; sus gritos rasgando la garganta y el sudor de la frente convertido en lágrimas. La mano que victoriosa alzó el pedazo de carne a la lumbre y la lumbre consumió la carne. El llanto de Ithemba, y Ukhukanya que gritaba enloquecida más que Umuthi.

Umuthi giró la cabeza y pudo ver una mancha roja en la vagina. Sintió asco, quiso vomitar. Todo daba vueltas. Umuthi solo escuchaba el canto de las ancianas y sentía como salía sangre por su vagina. Umuthi era un árbol cuya corteza había sido cercenada. La sabia se regaba lentamente haciendo un charco parecido al orín de sus noches frías en la estera. Ukhukanya vio cómo su hermanita había quedado con las piernas abiertas haciendo un charquito de sangre. La alfombra gris tenía pequeños charcos de color purpura. Ukhukanya se arrodilló al lado de su hermana y le limpió el sudor que cubría la frente. Las ancianas seguían cantando. Umuthi trató de decir algo. Una a una las niñas fueron recuperándose, otras simplemente no resistieron el dolor. Umuthi estaba entre las más fuertes pero poco a poco iba palideciendo. Su madre comenzó a llorar. Supo que Umuthi moriría cuando al abrir sus ojos estos parecían lejanos como el espacio. Madre e hija abrazaron a Umuthi; ella repitió: —“a-ve-de-fu-fue-go…”—. Ukhukanya gritó: — ¡Iremos a ver los elefantes!—. Y esa fue la última vez que Umuthi sonrío.

En el techo, acostado sobre la espalda un hombre, cual sombra de la noche, supo que la máscara que había tallado era para cubrir el pequeño rostro de su hija, en los rituales de la muerte. Intentaba tranquilizarse pensando que la máscara tenía la sonrisa más hermosa del mundo, y así permanecería más allá de la muerte. Sin embargo, él y su familia debían marcharse de ese lugar que ya nunca podría ser más su hogar, no sin la sonrisa de Umuthi.

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May 9, 2014 · 4:44 pm

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Las alas y el fuego

Mamá, en el viejo arte de tejer con aguja e hilo, me enseñó a tejer punto y cadeneta. Al principio fue un lío, todos los puntos y las cadenetas terminaban en nudos o en hileras de lana que se deshacían cuando quitaba la aguja. Durante varios años me enseñó y me ayudó a perfeccionar el arte de tejer. Al principio no sabía por qué era importante este tipo de actividad que me parecía que las mujeres de nuestra casa, las demás hermanas de mamá también lo hacían, solo tejían para que el tiempo de las tardes calurosas pasara. Todas se sentaban con café debajo del mango que había en la casa de los abuelos. Allí tejíamos a veces en silencio, otras con un poco de risas por las cosas íntimas que se comunicaban las hermanas, y que me dejaban en una isla solitaria porque hablaban del amor de los hombres.  Yo era muy pequeña y solo me concentraba en ver caer las hojas del mango, en las mariposas que rondaban  los rosales del jardín y de vez en cuando en la cadeneta que se torcía. Mamá hacía espléndidos tejidos. Su  mayor obra de arte en el tejido fueron los sobre camas de  nuestra casa. Había carpetas para mesas de noche, del teléfono, la mesa del gran comedor, en las repisas del baño, en los espacios diminutos de la biblioteca, en la base que mantenía  la virgen  y en la bolsa que cubría las raíces de la sábila que colgaba detrás de las puertas de la casa. Había por todo lado, hasta en mi cabeza, pues mamá me hacía hermosas moñas  para recoger mi larga cabellera. Mamá jamás me explicó por qué debía aprender a tejer, solo me dijo una tarde:

-Hija ven acá, siéntate y observa.

Tomé un taburete que estaba lleno de hilos y lanas y me senté. Estuve dos horas viendo como sus dedos se movían ágilmente para formar puntos y cadenetas. Para hacer de un agujero diminuto un círculo, una flor, un cuadrado, una carpeta tejida por sus manos. Allí me quedé observando con la mente en blanco. Mamá no dijo nada más. Así pasamos las dos horas hasta que llegó la noche y yo bostecé. Así que comprendió que debía empezar a hacer la cena. También le ayudé. Desde ese día me sentí muy atraída por observar y aprender lo que mamá hacía en casa. Algo dentro de mí se había despertado aunque fuera una niña que jugaba con Barbie, balones y trompos. Era una niña porque no pensaba en nada más que jugar y dormir. A parte de los stickers para coleccionar de mis series favoritas de dibujos animados.

La segunda clase sucedió un sábado en la tarde mientras llovía. No había mucho que hacer en la casa. Estaba vacía, solo estábamos las dos. Ella leía mientras tomaba café. De repente miró por encima de sus lentes, dejó el libro sobre la mesa.

-Hija recoge tus colores, busca la caja del tejido.

Hice caso como si fuera una orden urgente. Salí corriendo al cuarto de coser y traje la caja del tejido. Mamá abrió la caja, sacó una bolsa color lila de tela y me dijo:

-Esto es para ti.

Sonrío con tanto amor que la abrí rápidamente, aunque sin sorpresa porque sabía en el fondo que allí encontraría agujas para tejer y mi primer carrete de lana fina color morado. Me enseñó la posición adecuada del cuerpo para tejer. Sentada, con la espalada firme, la cabeza ligeramente hacia adelante, las agujas en los dedos, índice y corazón, y de vez en cuando entraban en la tarea los otros para medir, mirar, cortar y continuar la obra. Me  explicó que lo primero que había que hacerse era visualizar la figura que se quería tejer porque a partir del primer ojal todo sería para realizar lo que habíamos imaginado.  En esta clase aprendí hacer una larga cadeneta de ojales que se unían entre sí, muy débiles, unos más grandes, otros más pequeños, a veces más apretada en una parte que en otra. Así pasamos la lluvia, la tarde; y yo me acostumbré al silencio. Sin darme cuenta mamá no me enseñó solo a tejer sino a meditar, a reflexionar; me educó en el silencio, en la pasividad del cuerpo para que la mente piense. Porque sin advertirlo mientras tejía pensaba en el día, en las cosas que había hecho en la escuela, en mis amigas, en  la próxima obra de teatro. Mientras tejía escuchaba mi voz, y me dejaba llevar por la monótona tarea de tejer y tejer, que en el fondo era una excusa para acallar los ruidos del mundo, el paso del tiempo y tal vez aceptar ese deseo de hablar con nosotras mismas.

Las lecciones cada vez  se hacían más complejas. No solo había que hacer las cadenetas sino que también ya debía hacer figuras, las figuras que ella me daba en muestras que se utilizaban una y otra vez para conformar las magníficas piezas de tejido, o que habían resultado del ejercicio de tejer. También aprendí los diferentes materiales como el croché, el fique y el hilo, que le daban otro tipo de textura al tejido, y asimismo la posibilidad de crear otro tipo de tejido. En casa se tejía de todo. Había una tía que se especializaba en ropa, hacía buzos, camisas, medias; en croché. A otra le gustaba más el fique aunque este fuera tosco, duro e hiciera el trabajo arduo. Se dedicaba a tejer bolsos de todos los tamaños y colores. La verdad los hacía muy bien, tanto así que empezó  a venderlos y distribuirlos como un arte artesanal. Mamá tejía cosas para la casa, pequeñas, medianas, grandes, y cada cosa que hacía tenía un lugar específico y hasta podía ser reemplazada por otra obra, años más tarde. Finalmente estaba yo, que hacía solo figuras circulares y que en el fondo no servían para adornar ni para conformar un gran pieza. Solo piezas circulares que se iban arrumando en los cajones de mi armario. Con los años ya eran muchos los cajones que estaban llenos y que mamá y yo no sabíamos bien qué hacer con ellas, porque el trabajo era bueno pero no tenía mayor utilidad.

Un día de noviembre decidí limpiar mi armario y sacar las piezas de los cajones y arrumar todo en una bolsa tejida por una tía que se había inclinado por las hamacas y las bolsas con una fibra echa de algodón, fique y cera. Saqué los tejidos y los puse en el suelo de la habitación.  Lentamente fui ordenando las piezas tejidas,  distraída, como llevada por un impulso de mi corazón; los ponía en el suelo, comprobando que no todas eran circulares, que tenían más bien una forma alargada, ovalada; mientras más me convencía de que casi todas las piezas eran diferentes, una sensación de que descubría algo, empezó a invadirme. Una tras otra, haciendo una gran figura. Estaba en esas cuando mamá me llamó a comer, y salí de la habitación cerrando con fuerza la puerta, como queriendo que allí no entrara ni el viento ni la luz. Comimos, ese día mamá me habló del arte de tejer. Me dijo:

-Tejer es como la vida, exige concentración, esfuerzo y objetivos claros. Tejer es la vida misma. Tejer es una manera de vivir conscientemente en el mundo… ¿Comprendes?

Yo solo asentí y tomé mi agua de panela y apuré el maduro con queso derretido en el centro. Mamá estaba absorta en lo que decía. Se me quedó mirando como si se percatara de que había hablado. El silencio volvió a hacerse entre las dos, como de costumbre. Me miraron sus ojos color azabache; buscaron en mi indiferencia algún atisbo de verdad. Yo comía tranquilamente, pensando en la figura del cuarto. Volvería al cuarto, sabría para qué había tejido durante esos años. Mamá estaría orgullosa. Mamá sabría que aunque en mis ojos color miel no se revelara ninguna verdad ante su mirada escrutadora, yo le daría una muestra de fe, en la que garantizaba que efectivamente estaba comprendiendo el arte de tejer, que comprendía la analogía de tejer y vivir. Porque todos esos años de silencios y esas agotadoras horas de tejer habían moldeado, aparte de callos en mis dedos, mi alma, mi amor por la vida.

-Tejer es un arte despreciado por las personas que no sienten, quienes creen que lo hacemos por perder el tiempo, por no hacer más, o por huir de sus deseos. Tejer nos libera de la obligación, nos entrega en la loable tradición de nuestras madres espirituales. Tejer…

Mamá se quedó mirando  la nada. Y yo vi como mis abuelas espirituales danzaban alrededor de ella y le cubrían con hermosos tejidos su cuerpo. Cómo aparecían ofrendas y alegraban su silente cuerpo. El viento golpeó la ventana de madera mal cerrada. Levantó el mantel tejido por mi madre y las madres espirituales besaron su rostro y ella solo se quedó mirando el vacío, y sintiendo cómo habían venido a nuestro encuentro para explicarme a mí, el viejo arte de tejer y su sabiduría. Mamá se levantó abstraída y se fue a la cocina por el último café del día. Luego me besó en la frente.

-Buenas noches, pequeña aprendiz.

Y me sonrío como si hubiese sido consciente del espectáculo que yo había presenciado. Me levanté con prisa y fui al cuarto, aún quedaba mucho trabajo para completar la obra. No dormí ese día y tampoco los siguientes. Trabajé varias semanas en mi obra. Mamá se fue quedando más silente. Había una furia en mi interior que crecía en las madrugadas y cuando asomaba el sol se apaciguaba como un animal hambriento cuando ha comido. También sentía que en mi pecho un fuego había empezado a expandirse y era irremediable apagar con el agua de hierbas de albahaca o yerbabuena tal llama. A la segunda semana mamá no volvió al trabajo. Solo se quedó tejiendo una larga manta. Pensé que como ya llegaba diciembre ella había tomado las vacaciones. Mis tías no volvieron a tejer a la misma hora todos los días, porque las fiestas se acercaban y tenían que preparar las  casas, la comida y los regalos para los familiares que venían de otros lugares. Nosotras nos distanciamos, pues yo seguía trabajando en mi obra. Ni siquiera nos fijamos que comíamos tan poco, es más mamá dejó de comer y empezó a moverse despacito, como si de pronto alguna de las abuelas espirituales se hubiese encarnado en su cuerpo. Aunque lo vi, no pude comprender su repentino cambio. Su atenuante silencio y cómo la mirada empezó a apagarse. Duramos así tres semanas hasta que yo terminé mi obra. Trabajé en mi habitación a puerta cerrada. Salía de vez en cuando a hacer mis necesidades y otras  a comer. Veía a mi madre allí debajo del mango con la manta que cubría por completo su cuerpo. Por esa época el mango empezó a florecer e iluminó la manta con sus florecillas blancas. Mamá tenía el cabello cubiertos de flores y de colibríes. Parecía estar absorta en sus ideas y el tejido aumentaba hora tras hora. Las aves se paraban en sus hombros o se quedan en sus pies revoloteando. El mango seguía floreciendo y mostraba sus primeros frutos pequeños. Mamá tejía y yo la veía a veces cuando me cansaba de tejer mi gran obra. La obra que revelaría  a mi madre que efectivamente toda su sabiduría estaría a salvo conmigo. Que yo la pasaría a mis hijas y ellas a sus hijas y así hasta que el fin del mundo llegara.

Llegó diciembre y mamá terminó la manta. La cubría completamente. Permaneció en el mismo lugar, sentada de la misma manera, sobre la silla mecedora de madera, con la caja de tejido en sus pies y  algunas bolas de lana desperdigadas por el suelo. Se cubrió de pies a cabeza como si hiciera un terrible frío  a pesar del sol y del poco viento que hubo por esos días. Yo no vi que se moviera de allí en ningún momento. Unos días antes de que llegaran los familiares, se levantó y fue al cuarto de baño. Luego del baño, se puso su vestido rojo de fiesta. Se arregló como si en la noche fuera a salir. Yo decidí, no sé muy bien porqué, tan solo guiada por el mismo impulso que semanas atrás había sentido, hacer su cena preferida: Café con plátanos maduros asados y con queso campesino en el centro, más los huevos pericos. Ella me sonrío. Se sentó a comer como si se tratara de una mujer que asiste a un restaurante y se siente satisfecha con el pedido que han traído a su mesa. Comimos en silencio. Yo veía su rostro tranquilo. Parecía haber rejuvenecido. Se veía feliz y parecía sonreír coquetamente, como si enfrente estuviera algún enamorado de su juventud.

Antes de terminar el café, alargó su mano, tomó la mía y me dijo:

-El arte de tejer nos cuesta toda la vida. En el tejido está nuestra imaginación, nuestro amor por las personas y las cosas del mundo y nuestra alma. El tejido es nuestro más preciado tesoro, es lo que nos permite ser en silencio nosotras mismas.

Cuando escuché sus palabras mi rostro se ensombreció. Quise por primera vez en mi vida romper el orden establecido de escuchar y callar; y  gritar por primera vez. Mamá terminaba su café. Era el momento justo para decirle que yo había heredado la tradición del tejido y que yo, solo yo, la pasaría a otras generaciones, porque yo era un buen aprendiz. Así que respiré, dejé mi taza y hablé:

-Mami quiero mostrarte algo.

Pero mamá se paró como si se tratara de un fantasma. Se dejó ir lentamente contoneando su cuerpo, dando la impresión de que empezaba a  bailar. De su cuerpo se desprendió un olor a flores de mirto. El aroma era tan penetrante que por un momento creí que soñaba. En la casa no había tal árbol  y los que había en el barrio no florecían a esa hora, solo en la madrugada. Tal vez ya era la madrugada, tal vez el tiempo de la comida había sido mucho más largo, o más lento, no lo comprendía, pero qué era ese aroma, y por qué mi madre se iba sin escucharme.

-¡Madre! ¡Necesito mostrarte algo!

Salí corriendo tras ella y mi madre ya se había acostado en su cama cubierta por la manta que había tejido con algunas flores del mango. Estaba allí. Sonriente. Con su vestido rojo de fiesta. Sus labios rojos, sus ojos cerrados para siempre.

-¡Madre! ¡Despierta!… tengo que mostrarte las alas que me he tejido. ¡Son para volar, alas para volar!

Mi madre suspiró, pensé que abriría los ojos, pero,  aunque estuve viendo su rostro iluminado por la lámpara de la mesa de noche, no se movió. Sus labios permanecieron en aquella sonrisa coqueta y dura por la muerte.

En el cuarto estaban las alas para volar que yo me había tejido. Unas alas inútiles porque comprendí en ese momento que ya no servirían, que serían arrasadas por el fuego. Unas alas que nunca fueron tejidas para mí si no para su muerte. Cuando llegaron los familiares, y mis tías volvieron a la casa a tejer, luego de que habían dejado todo listo en las otras casas, yo había amarrado mis alas, aquellas alas que había tejido por años a su lado, en silencio, a mi espalda, y que el fuego no podría consumir. Mis alas, tus alas, madre, eran lo único que podían demostrar que realmente yo era digna de tu amor. -Mis alas, ¿por qué no las tejí con más prisa?- Pensaba en esto cuando me elevaba con el  viento hacia las nubes, el cielo, el sol.

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