¿POR QUÉ LAS CAMPEONAS GANAN MENOS?

Por: Dunia Oriana G. R.

“¿La mujer? Es muy sencillo, afirman los aficionados a las fórmulas simples: es una matriz, un ovario; es una hembra: basta para definirla”. El Segundo Sexo, Simone de Beauvoir.

Podio de chicas

Hace cuatro años que soy escaladora. Años en los que he ido asumiendo retos cada vez mayores para aumentar mi nivel y mi rendimiento físico. Hoy  por hoy, aún no me puedo denominar deportista. Todavía me falta más disciplina y tener más claros mis proyectos y objetivos. Sin embargo, en la comunidad escaladora en la que me muevo hay chicas que tienen más claros sus objetivos, deportistas de alto nivel, mujeres que me inspiran a seguir cada vez más y a sacarme de la cabeza que los hombres son más fuertes. No estoy diciendo que todas lo sean, todas  y todos tienen diferentes procesos. Pero, no es de negar que la escalada es un deporte con una población mayor masculina que femenina: de 10 hombres hay 5 mujeres. El número es reducido, aunque cada vez hay más mujeres dispuestas a retar sus limitaciones.

Ahora bien, hace un año y medio empecé a competir. Cuando tomé la decisión pensé en medirme con otras chicas. El resultado fue que aprendí sobre mis capacidades, mi método de entrenamiento y, sobre todo reflexioné, sobre mi proceso: ¿Por qué escalo? ¿Qué quiero lograr? Fueron los interrogantes que me impulsaron a tomar con más seriedad este deporte.

Gracias a estas incógnitas me he ido relacionando con escaladoras y escaladores que entrenan disciplinadamente para competir. A veces nos encontramos en el muro o en la roca; allí están siempre dando lo mejor tanto física como mentalmente, sin diferenciarse, pues tanto ellas como ellos lo dejan todo en sus pegues. Entonces, me pregunto: ¿por qué las campeonas reciben menos cantidad de dinero cuando suben al podio? No estoy especulando, no se trata de una posición radical feminista. Al contrario, pensé que en los deportes la discriminación no tenía cabida. ¡Vaya que me he equivocado! Curiosamente el otro día estaba tomando unas cervezas con unas amigas y amigos que escalan, y en el círculo de chicas una comentó que le parecía muy injusto que a la chica que había ganado en Maestras, le hubiesen pagado 100 mil pesos menos que al Maestro. Ingenuamente su mejor amiga le decía que contara bien, que tal vez “ella se había equivocado”. Resulta que no fue así. Los premios fueron de cantidades diferentes. El hombre ganó más que la mujer por su esfuerzo. Yo me pregunto, ¿acaso ella no se esforzó, no entrenó, no pagó la misma cantidad de dinero en la inscripción, no fue campeona? ¡Qué sucedió? ¿El presupuesto no alcazaba?

La historia no termina aquí. El 3 de mayo fui a una competencia de bicimontañismo, una muy importante de Cundinamarca, y resulta que cuando almorzábamos con unos bici amigos que compitieron, ellos mismos se extrañaban de que a la ciclista que recorrió los mismo 50 y punta kilómetros en un excelente tiempo, que era la categoría que se premiaba con dinero, le hubiesen pagado 50 mil pesos menos que al ciclista. Yo comenté que eso mismo había pasado con la competencia de Masivo y no sé con cuántas más. De la discusión surgieron dos argumentos: 1. La diferencia se debía al presupuesto. 2. Siempre se ha hecho de ese modo.

Al respecto del primero, me parece que no se sostiene por sí mismo, porque si faltaba dinero pues en el caso de Masivo eran 100 mil pesos la diferencia, podría pagarse igual a los campeones y motivar  a un cuarto (que esa es otra polémica, la premiación a los tres primeros). En cuanto al segundo, si siempre se ha hecho así y se sigue realizando de la misma manera: ¿Cuáles son los argumentos para reconocer el esfuerzo de las mujeres? Acaso, ¿es menor el esfuerzo, por tanto menor la paga? ¡La ciclista no recorrió los mismos kilómetros que el ciclista?

Aunque parezca sesgada mi visión, y tal vez lo sea, porque no he podido hablar con las personas que realizaron el evento, sin embargo, sería eufemístico de mi parte pensar que esto es una trivialidad o una liviandad que se puede dejar pasar por alto. Lo claro en este asunto es que este también es un espacio en el que se debe reflexionar sobre la equidad de género, las mujeres no solo deben cargar con el peso de salirse de los estereotipos marcados de nuestra sociedad, en la que son otras actividades las que ella deberían hacer, y otro cuerpo el que se debería moldear. Ahora también, nos falta empezar a oponernos a este tipo de discriminación, porque sin ir más allá, en estos ejemplos es notoria. A mí, estas situaciones me motivan para abrir espacios de diálogo y de encuentros con la comunidad escaladora, para que empecemos a mirar si las cosas se tienen que seguir haciendo de la misma manera, si nosotras estamos dispuestas a asumir un rol pasivo e indiferente ante estas situaciones. O si como escaladoras guerreras de la roca asumimos retos en los que la equidad de género reivindique nuestros esfuerzos y sean valorados y juzgados objetivamente y nos sesgados por una visión machista y determinista. Donde se nos mire como un ser humano en igualdad de condiciones. Porque, ¡¿acaso por ser mujeres son menores nuestros esfuerzos?! ¿Cómo nos consideran  lo escaladores y quienes realizan estos eventos? ¡Cuáles son sus argumentos para pagar diferentes cantidades a las campeonas y a los campeones? Si miramos que los premios son para motivar, qué mensaje nos están dando. ¡Confórmate? ¡O agradece que te premiemos?

Cordada de chicas es un grupo en el que estamos no solo reflexionando sobre los procesos de formación de la escalada, sino también, los culturales, los ideológicos que repercuten en las nuevas generaciones y que pueden tornarse obstáculos en el deporte y la misma comunidad. Solo a través de las reflexiones y los diálogos podremos mirar que NO SE PUEDE SEGUIR HACIENDO DE LA MISMA MANERA. Los cambios son necesarios y un principio de la persona que escala es que la zona de confort o aquello que siempre se ha hecho o el método que usamos para vivir, la mayoría de veces cambia: ¡siempre se modifica para ser mejores cada vez! Espero que tanto mujeres como hombres empecemos a construir nuevos discursos, nuevas visiones de los esfuerzos individuales y colectivos. Y actuemos diferentes,  equitativamente de acuerdo con los esfuerzos y méritos de cada deportista.

 

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“Mentir para decir la Verdad” Liliana Bodoc

<<Creo que empecé a mentir cuando me arrebataron la selva, la vida salvaje, y empezaron a decirme que fuera una niña buena y me sentara adecuadamente y usara vestidos y no trepara los árboles del jardín. Empecé a mentir descaradamente para obtener pequeños triunfos y venganzas sobre los adultos que egoístamente me habían arrebatado la posibilidad de caminar por el barro húmedo y bajo las oscuras sombras de los bosques con tan solo luz de las luciérnagas y la luna llena a punto de sentarse sobre la punta de las montañas. Claro que empecé a mentir cuando ya no pude cabalgar ni pescar cangrejos y pececitos en los arroyos. Y mi manía se fue haciendo más cínica incluso más neurótica, cuando mi madre murió y yo que apenas estaba dejando mi mundo de fantasía solo quise adentrarme más y crear allí un personaje infinito. Pero, sobre todo, empecé a mentir para comprender  el dolor de la ausencia, la impotencia ante lo irremediable y la vida misma con todos sus altibajos. Creo que empecé a mentir porque era de la única manera que podía hacer que los recuerdos más hermosos perduran en el tiempo y las experiencias más tristes se quedaran en palabras y en mensajes de esperanza. Creo que inventé mucho más de lo que mentí, pues me enamoré de las palabras, los sonidos, los lenguajes, la naturaleza y la magia de la existencia y de lo impronunciable>>. O.

Comparto esta conferencia de Mentir para decir la verdad, en verdad que me he sentido muy inspirada.

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¡Observar nos ilumina el corazón!

alas de hojas

Foto: Oleg Oprisco

Mamá, en el viejo arte de tejer con aguja e hilo, me enseñó el punto y la cadeneta. Al principio mis intentos terminaban en nudos o en hileras de lana que se deshacían, cuando quitaba la aguja. No sabía por qué era importante, pero durante varios años lo practiqué. La rutina consistía en sentarme al lado de mi madre y otras mujeres que llegaban para tomar  café bajo el mango que había en la casa. A veces se quedaban en silencio, como si existiera un lenguaje secreto para comunicarse. Y otras, cuando la brisa movía los rosales, ellas se convertían en sus confidentes más queridos. Así que un extraño murmullo se apoderaba de sus bocas y lentamente se iban deshaciendo de la tristeza.

― ¡A doña María la dejó el marido, se fue con la secretaria!―dijo una de mis tías.

― ¡Típico de los hombres! ¡Con cualquiera que les abra las piernas, caen!― agregó una vecina que se esforzaba por hacer un gorro para su bebé.

―Eso no hay mal que por no bien no venga.―Agregó mi madre.

Sonia relató una vez más cómo su marido la había dejado por una enfermera y le había robado todos los ahorros de la educación de los niños.

―Yo he trabajado desde que era muy niña para tener lo mío.

― ¿Y te robó algo más?

―La ilusión de tener una casa para mis hijos y mis nietos.

―Tendrás una casa, tal vez no la de tus sueños…

El llanto de Sonia interrumpió en lo que mi madre la animaba. Las agujas brillaban con el sol de la tarde. Algunos pájaros picoteaban las guayabas de los árboles del solar. Me distraje con las flores del mango que caían y hacían una capa rojiza en el suelo. La radio anunció que habría fuertes lluvias y vendavales en noviembre. Las mujeres giraron hacia donde venía la voz del radio difusor.

― ¡Tenemos que ajustar las tejas del patio!― sugirió mi madre.

― No podremos venir por un tiempo― se lamentó la vecina.

― ¡Ajá! ¡Se nos mojarían los hilos!― Sonia parecía no volver de su tristeza.

― ¡Ya se nos ocurrirá algo!

Mamá hacía espléndidos tejidos. Su mayor obra fue los cubrecamas de nuestra casa. Aun así había diseños para la mesa de noche, del teléfono, del gran comedor; en las repisas del baño, en los espacios diminutos de la biblioteca, en la base que mantenía la virgen y en la bolsa que cubría las raíces de la sábila que colgaba detrás de las puertas de la casa. Una tarde Madre dijo como si fuera un secreto:

―Hija, observar nos ilumina el corazón.

Señaló un lugar para que me sentara a su lado. Tomé un taburete que estaba lleno de hilos y lanas. Estuve dos horas viendo cómo sus dedos se movían ágilmente para hacer de un agujero diminuto una figura que iniciaba el rompecabezas. Ahí en su presencia me quedé con la mente en blanco. Así pasamos horas hasta que llegó la noche y yo bostecé.

― ¡Es suficiente por hoy!

La segunda clase sucedió un sábado en la tarde mientras llovía. No había mucho que hacer en la casa. Estábamos las dos. Ella leía mientras tomaba café. Yo dibujaba un paisaje donde las montañas eran muy verdes y el cielo estaba cubierto de chulos. De repente miró por encima de sus lentes y dejó el libro sobre la mesa.

―Nini, busca la caja del tejido.

Hice caso como si fuera una orden urgente. Salí corriendo al cuarto de coser. Tararín-tararán cantaba al volver. Extendí las manos para alcanzarle la caja, ella me dijo:

― ¡Es tu regalo de cumpleaños!

― ¡Gracias, Madre!

Nos sonreímos. Por fin hacía parte de aquel grupo selecto de mujeres. Me indicó la posición adecuada del cuerpo para tejer: la espalda firme, la cabeza ligeramente hacia adelante, la aguja debía ir en los dedos: pulgar, índice y corazón como un lápiz; la hebra sujetada por el meñique y el índice, para tensar lo necesario y de vez en cuando los otros entraban en la tarea para medir y continuar la obra. Me explicó que se debía visualizar la figura que se quería antes del primer ojal, pues a partir de ese punto se realizaría lo que habíamos imaginado. El resultado de la clase fue una larga cadeneta de ojales que se unían entre sí, muy débiles, unos más grandes, otros más pequeños, a veces más apretada en una parte que en otra. Supe que debía esforzarme más en el arte de la visualización para mis próximas clases.

Al finalizar, Martha entró abruptamente a la casa. Tenía el rostro cubierto de lágrima y de la sangre que le salía por la nariz. Jamás la había visto tan despeinada y con la ropa desarreglada. El bebé que tenía en la panza se movía por intervalos. Ella intentaba tranquilizarse tocándose cada lugar. Madre hizo que se sentara y me pidió que buscara el botiquín. Al regresar pude ver que la vecina le mostraba la marca de una mano fuerte sobre uno de los brazos.

― ¡¿Ha vuelto a pasar?!― dijo Madre indignada.

― Prometió quedarse para ver nacer su hijo.

― ¿A qué precio? ¿Tu vida?

― Lo amo, no podría vivir sin él.

Curamos sus heridas. Le dimos un té. Dejamos que se desahogara. Estaba más tranquila cuando su marido llegó a buscarla. Traía un ramo de flores. No podía sostenerse de la borrachera. Los dos hablaron unos minutos en la entrada de la casa. Al final, ella nos pidió ayuda para llevarlo a la casa. Nos negamos. Martha se quedó mirando fijamente a Madre y con un gesto de furia se marchó. La vimos cumplir su objetivo entre tropezones y caídas. Nosotras no debíamos prestarle ese tipo de servicios porque estaba en contra de una de las reglas del tejido: «vivir para crear».

― Martha se marchará del pueblo y perderemos su amistad.― Se lamentó Madre en voz alta.

Con el tiempo comprendí que en mis clases aprendía la destreza de inventar. Además, podía relajar mi mente y pensar con alegría en las cosas que hacía en el día. Así escuchaba claramente mi voz y me dejaba llevar por la monótona tarea, que en el fondo era una excusa para acallar los ruidos del mundo y aceptar ese deseo de hablar conmigo misma. Aprendí a comunicarme con mi cuerpo. De esta manera, era muy saludable y me encaminaba hacia la fortaleza y la libertad ignorándolo completamente.

Las lecciones cada vez se hacían más complejas, pues había que copiar las figuras en muestras. Para llevar a cabo esta labor, había que fijarse cómo había sido originada. Cuán larga debía ser la cadeneta básica y cuántas veces debía pasar la aguja por los agujeros; sin olvidar tensar adecuadamente la hebra. También aprendí a manipular los diferentes materiales como el croché, el fique y el hilo, que le daban otro tipo de textura al tejido, y asimismo la posibilidad de crear otro tipo de urdimbre.

A pesar de la partida de Martha, en casa el grupo seguía con las reuniones. La tía Nana se especializaba en los detalles tejidos de los vestidos de novia. En sus obras se veía el esfuerzo por la perfección y la elegancia que las familias empoderadas del pueblo solicitaran su consejo para el ajuar de la novia.  Sonia  utilizaba el fique aunque este fuera tosco, duro e hiciera el trabajo arduo. Hacía bolsos muy coloridos. Fueron tan llamativos que empezó a venderlos y distribuirlos como una artesanía.

Por el contrario, Madre tejía cosas para la casa que tenían un lugar específico. La urdimbre permanecía en los lugares como un fiel testigo de la vida. Parecía no envejecer; mantenía la forma, el color y la utilidad para la cual había sido creada. En su naturaleza no había ningún rasgo de finitud. A veces daba la sensación de tener poder más allá del entendimiento. Sin razón aparente la mayoría de piezas nuevas esperaban en los cajones, deseosas de salir al mundo de las cosas. Pero las que ya estaban expuestas acaparaban la atención y la vida misma.

Finalmente estaba yo, que hacía solo figuras circulares y que en el fondo no servían para adornar ni para conformar una totalidad. Solo piezas circulares que se iban arrumando en los cajones de mi armario. Con los años, estaban llenos y ninguna sabía bien qué hacer con ellas, porque el trabajo era bueno pero no tenía mayor utilidad. Insegura por mis descubrimientos, un día de noviembre decidí limpiar el cuarto. Pensé en guardar las piezas en una caja. Saqué los tejidos y los puse en el suelo de la habitación; como llevada por un impulso de mi corazón las ponía aquí y allá comprobando que no todas eran circulares, que tenían más bien una forma alargada, ovalada; cuanto más me convencía de sus diferencias, una sensación de asombro empezó a invadirme. Una tras otra hacía una gran figura. Estaba en mi labor cuando mamá me llamó a comer, y al cerrar con fuerza la puerta comprobé que salí de la habitación como queriendo que allí no entrara ni el viento ni la luz. En la comida me habló del significado de nuestro arte:

―Tejer es como la vida, exige concentración, esfuerzo y objetivos claros… ¿Comprendes?

Yo solo asentí y tomé mi agua de panela y apuré el maduro con queso derretido en el centro. Estaba absorta en lo que decía. Se me quedó mirando como si se percatara de que había hablado. El silencio volvió a hacerse entre las dos. Sus ojos color azabache buscaron en mi indiferencia algún atisbo de verdad. Yo comía tranquilamente, pensando en la figura del cuarto. ¡Tararín-tarará! Volvería al cuarto y sabría para qué había tejido durante esos años. Ella estaría orgullosa.  Entonces, advirtió que aunque en mis ojos color miel no se revelara ninguna verdad, yo le daría una muestra de fe, en la que garantizaba que efectivamente estaba comprendiendo la analogía de tejer y vivir. Porque todos esos años de silencios y esas agotadoras horas de trabajo habían moldeado, aparte de callos en mis dedos, mi amor por la vida.

―Tejer es un arte despreciado por las personas que creen que lo hacemos por perder el tiempo.

Madre se quedó mirando la nada, tal vez, un punto invisible para mí en la pared. Luego vi cómo mis abuelas espirituales danzaban alrededor de ella y le cubrían con hermosos tejidos su cuerpo. Tararín-tarará. El viento golpeó la ventana de madera mal cerrada. Levantó el mantel tejido por mi madre y las madres espirituales besaron sus mejillas. Antes de retirarse, fue por el último café del día. Me recordó que arreglara la cocina y agregó:

― ¡Buenas noches, pequeña aprendiz!

Antes de darme la espalda, me sonrió como si hubiese sido consciente del espectáculo que yo había presenciado. Me levanté con prisa. Dejé el oficio para después, pues aún debía completar la obra. No dormí en mucho tiempo al trabajar varias semanas disciplinadamente. Había una furia en mi interior que crecía en las madrugadas y cuando asomaba el sol se apaciguaba como un animal hambriento cuando ha saciado su apetito. También sentía que en mi pecho un fuego había empezado a expandirse y era irremediable apagarlo con el agua de hierbas de albahaca o yerbabuena.

Madre no volvió al trabajo. Solo se quedó tejiendo una larga manta. Pensé  que ella había tomado las vacaciones. Mis tías se quedaron en sus casas preparándose para las fiestas decembrinas y los familiares que venían de otros pueblos. En medio de nosotras se estableció una disciplina irrompible. Ni siquiera nos fijamos que comíamos tan poco; es más ella dejó de comer y empezó a moverse despacito como si de pronto alguna de las abuelas espirituales se hubiese encarnado en su cuerpo.

Pasaron más de tres semanas y logré finalizar mi obra. En ese tiempo veía a mi madre allí debajo del mango con la manta que cubría por completo su cuerpo. Por esa época el mango empezó a florecer e iluminó la manta con sus florecillas blancas. Tenía el cabello cubierto de flores y de colibríes. Parecía estar absorta en sus ideas y el tejido parecía acaparar su energía. Las aves se paraban en sus hombros o se quedaban en sus pies revoloteando. El mango seguía floreciendo y mostraba sus primeros frutos. Ella parecía estar en un hermoso sueño y yo le revelaría que su sabiduría estaría a salvo conmigo y que sería transmitida a las nacientes generaciones y así hasta que el fin del mundo llegara.

Diciembre se puso en las hojas del almanaque y mamá terminó la manta que la cubría como una gran capa de mago. Permaneció en el mismo lugar, sentada sobre la mecedora, con la caja de tejido en sus pies y algunas bolas de lana desperdigadas por el suelo. Se cubrió de pies a cabeza como si hiciera un terrible frío.

Unos días antes de que llegaran los familiares, se levantó y se arregló como si en la noche fuera a salir. Yo decidí, no sé muy bien por qué, tan solo guiada por el mismo impulso que semanas atrás había sentido, hacer su cena preferida: Café con plátanos maduros asados y con queso campesino en el centro. Ella me sonrió. Estaba en el comedor como si se tratara de una mujer que asiste a un restaurante y se siente satisfecha con el pedido que han traído a su mesa. Yo veía su rostro tranquilo. Parecía haber rejuvenecido. Se veía feliz y sonreía coquetamente, como si enfrente estuviera algún enamorado de la juventud.

Antes de terminar el café, alargó su mano, tomó la mía y me dijo:

―En el tejido está nuestra imaginación y nuestro amor por las personas y las cosas del mundo.

Cuando escuché sus palabras sentí un tremendo alivio. Dentro de mí la llama parecía quemarme. Empezaba a subir lentamente del estómago hasta la garganta. El fuego se convertirá en palabra. Mamá terminaba su café. Era el momento justo para decirle que había heredado la tradición porque yo era una principiante dedicada. Así que respiré, dejé mi taza y hablé:

― ¡Quiero mostrarte algo!

Quise guiarla a mi cuarto, pero ella se paró como si se tratara de un fantasma y se dejó ir lentamente contoneando el cuerpo, dando la impresión de que empezaba a bailar. De su presencia se desprendió un olor a flores de mirto. El aroma era tan penetrante que por un momento creí que soñaba. En la casa el árbol se había secado en verano y los que había en el barrio no florecían a esa hora, solo en la madrugada. Tal vez el tiempo de la comida había sido mucho más largo. Quizá se nos había perdido la veracidad del mundo.

―  ¡Ven conmigo!―alcé la voz.

Salí corriendo tras ella; cuando la hallé permanecía acostada en la cama cubierta por la manta que había tejido con algunas flores del mango. Estaba sonriente. Su boca se abrió lentamente. Me acerqué pues susurraba algo entendible desde la distancia en la que permanecía.

― Quería una hija pero no un padre.

― ¿De qué hablas?

― Fue el médico quien te dio la vida sin preguntármelo…

― ¿Mi padre?

Sus ojos se cerraron. Se acomodó plácidamente en su cama. Me pidió que apagara la luz.

― ¡Despierta! ¡Hice unas alas para volar!― grité.

Suspiró, pensé que saldría de la duermevela, pero aunque estuve viendo su rostro iluminado por la lámpara de la mesa de noche, no se inmutó. Sus labios permanecieron en aquella sonrisa coqueta y dura por la muerte. Apagué la luz. Comprendí que debía marcharme. El tejido ya no tendría cabida en nuestra casa. Mis manos parecían inútiles: ya no podían abrazar la vida. Recordé que en el otro cuarto estaban las alas que nunca fueron tejidas para mí sino para su muerte. Pensé tristemente que mientras contemplaba cómo el calor de su cuerpo se iba disminuyendo al punto de dejarle la piel un tono pálido y siniestro, Madre me había regalado la libertad.

Mis tías volvieron a la casa a tejer, luego de que habían dejado todo listo para las fiestas. Antes de que se decidiera qué hacer con su cuerpo, decidí que lo mejor era marcharme. Tomé unas cuantas cosas y amarré las alas a mi espalda. Aquellas que había construido por años a su lado, en silencio. El destino era cualquier lugar, donde enseñaría el arte de tejer y contaría que mis alas  eran lo único que podía demostrar que realmente yo era digna de su amor.

―Mis alas, ¡¿por qué no las tejí con más prisa?!

Pensaba en esto cuando me elevaba con el viento hacia las nubes, hacia el cielo, hacia el sol.

 Cuento escrito por: Dunia Oriana González Rodríguez

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La pérdida de la inútil alma

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Foto: DO.

“Ese día llegué a la cima de la montaña, la más alta que he caminado en mi vida. El calor era sofocante, sin embargo  la brisa apaciguaba mi cansancio. Estaba absorta mirando el río y la aridez del cañón. Intenté pensar, sentir mi corazón. El cuerpo estaba exhausto y aún quedaban varios kilómetros para llegar a mi aparente destino. Contemplé el recorrido transitado y la distancia que me separaba de lo que había vivido y lo que vivía ahora. Mi mente estaba en blanco, me costó recordar, hilar ideas, llegar algún punto con mis reflexiones. Me senté sobre una roca caliente. El río se percibía tan diminuto, una línea brillante que se perdía en la inmensidad de las montañas. El silencio era maravilloso acompañado de los chillidos de los monos, que en algún lugar sabían de mi existencia y yo no. Como aquellas cosas que otros saben y que uno ignora.  Como la existencia de un amante que uno desconoce. Tal vez me sentí como el río, perdida en medio de las montañas, en el fluir de la vida. También herida como las grietas que se dejaban asomar en la superficie de las paredes de piedra. Mis ojos se posaron en un árbol viejo y retorcido y quizá mi alma, o lo que quedaba de ella, se le parecía. Recorría, una vez más, el camino del perdón y de la soledad. Saberme allí con otros caminantes y saber que mi corazón albergaba toda la soledad del mundo. ¡Cuánta personas te han fallado! ¡Cuántas veces les has otorgado una posibilidad más! Allí grité desde lo hondo de mi herida. Sentí que venía el descontrol, que todo mi esfuerzo por llegar con la calma y la armonía  a mi destino  se había roto con el trompeteo de la imponente águila que sobrevolaba dando giros sobre mi cabeza, ensombreciendo el sol. Sus alas desplegadas y sus ojos que me miraban. El ave estaba en su máxima extensión, su esplendor acallando mi dolor de ser una inútil alma desandando la tierra. La pérdida definitiva de un estado soporífero. La pérdida de toda esperanza sobre algún ser humano en la faz de la tierra, incluyéndome. La cúspide, y después el ave que se marchó con grandes leteos,  el harto, tedioso e insufrible descenso hasta las reconditeces de mi espíritu salvaje. Ese día llegué a la cumbre y abandoné la domesticada forma en la que me había compactado con tanto esmero para los otros.  En ese camino descubrí la inmensidad de mi amor por las cosas que habitan mi mundo. Y con melancolía acepté mi destino de mujer creadora. Susurré al viento, aunque nadie pueda escuchar, ni ver ni sentir ni comprender mi ser: -No me pidan que sea esa otra, porque ya no existe más-“. DO.

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Sin remitente

My beautiful picture

Fotografía tomada por DuniaO

Mi muy Apreciado Hombre mío,

Después de ti vino la lluvia estancada en las calles y en los tarros de plástico abandonados en los patios destapados de las casas de teja de zinc. Después de ti las fachadas de las casa se ahuecaron con la  ráfaga de la venganza, de la muerte. Después de nuestra última charla, el corazón se me fue enfermando, llenándose de bilis, como si no se diferenciaran los órganos en mi cuerpo, como si el olvido se hubiese confundido con el amor y el futuro. Después de que tus pasos ya no se oyeron más en la casa, y que tu olor a tabaco lo difundió el viento seco y asfixiante, alguien dentro de mí se encerró para siempre en un cuarto oscuro con libros viejos que eran devorados por cochinillas. Después de que te fuiste te inventé fantasma y empecé a hablarte para recuperar los días, los años en los que discutimos, en los que terminábamos exhaustos sin querer vernos a los ojos. Después que besaste otros labios, que lo supe inmediatamente cuando tu boca se volvió pegajosa, cuando tu lengua ya nunca quiso buscar la mía. Después del lodo de los caminos y los enjambres de moscos sobre los hombres que dormían en los potreros descomponiéndose y volviéndose gusanos, a mí también me llegó la plaga, las cucarachas invadieron la mayor parte de la casa; después de que esa plaga atrajera los ratones y las culebras; después de que ya nadie más quedara en el pueblo. Después de que todos se marcharan esa noche en silencio, y quedaran regados por los caminos, las quebradas y los árboles más  bellos. Después de que las sombras entraran a la casa, y me deshuesaran. Después de eso intenté ver tu rostro una última vez y fue demasiado tarde porque tú aún permanecías al lado de la mujer que me robó tu amor y que te salvó la vida al llevarte muy lejos de este pueblo sepultado. Después de ti, amor, la vida se anocheció y yo jamás pude darte mi perdón.

De tu antes Amada Mujer.

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ESA COSA MALA

Fotografía de Oleg Oprisco

 

Fotografía: Oleg Oprisco.

Esa cosa mala que hay en ti. Todos la sentimos. Esa especie de furia con garras y dientes, como animal asustado, como animal rabioso. Esa cosa mala en ti, desde siempre.

Esa cosa mala en ti que no te deja ser como todas. Esa cosa mala en ti que se obstina en lo no encasillable, en lo inexplicable.

Esa cosa mala en ti les disgusta a todos. Porque todos notan su presencia, y espanta.

¿De dónde viene esa cosa mala? Esa furia salvaje que te expulsa de lo cotidiano, de lo predecible. ¿De dónde surge la cosa mala que habita en ti?

Esa cosa mala en ti te desfigura, te desconoce. Esa cosa mala en ti te lanza al precipicio de la soledad y la muerte.

Esa cosa mala en ti, eres tú y una desconocida. Esa cosa mala en ti, es abominable.

Esa cosa mala en ti nadie la quiere, desde siempre. ¿Cómo explicar que esa cosa mala en ti es de naturaleza salvaje? Es un animal libre, por las espesas y húmedas selvas. Es un animal que se protege, que huye de los cazadores y las jaulas. Esa cosa mala en ti, es el espíritu de lo indomable, de la resistencia. Esa cosa mala en ti es símbolo de supervivencia, desde siempre.

Esa cosa mala en ti no siempre sonríe, a veces llora y gime  y grita y aúlla. Esa cosa mala en ti jamás será amada. Es oscura. Maligna. Feroz. Causa horror, y todos lo saben. Esa cosa mala en ti, jamás cambiará o dejarías de existir.

Esa cosa mala en ti tiene tu voz, tus ojos, tu cuerpo, tu fuerza, tu alma, tu amor.

Esa cosa mala en ti es el exilio, la renuncia, la protesta silente de una mujer que lucha con todas sus fuerzas por crear, por mantener con vida su imaginación.

Esa cosa mala en ti, tú la escondes para que nadie pueda contagiarse de su presencia. Esa cosa mala en ti se las arregla para salir a la superficie y mostrar los dientes y las garras y decir que existe. Esa cosa mala en ti, desde siempre… ¡¿hasta cuándo?!

Escrito por: DO

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CARTA DE AMOR

CARTA DE AMOR

Esperabas sentada, con el lápiz entre los dedos, tu café. El mismo café cargado de todos los días para ir al periódico. Llegaste temprano a tu café-bar como solía decirte Ricardo. El mismo Ricardo, sí, el encargado de las crónicas al estilo Alfredo Molano. Ricardo se parecía tanto a Carlitos, tu primer amor. Estabas absorta mirando cómo pasaban las personas con sus abrigos hasta el cuello que no te fijaste cuando el mesero trajo tu orden. Cogiste la galleta con chips de chocolate; la mordiste; sentiste que estaba fresca y crocante. Llegaste más temprano de lo habitual para empezar la carta de amor. Unas dos décadas ya habían transcurrido desde la última vez que te enamoraste profundamente y decidiste que lo mejor era confesar tu amor mediante una carta; en ese tiempo estaban de moda. El olor del café aminoró el frío y evocó, por un instante, el olor que habitaba tu casa número 3. Así las has ido enumerando en tu vida. Esa era la tercera. Era una casona colonial, de fachada blanca y de techo de teja de barro. En el medio había un rectángulo que dejaba entrar el sol. El rectángulo iluminaba un pozo de piedra y unos cuantas materos con sus respectivas plantas ornamentales y florecidas. Las columnas eran grandes troncos de madera. De ellas colgaban helechos sembrados en unas canastas de alambre. Los recipientes eran insuficientes para estas Pteropsidas de aspecto terrorífico y raíces espesas. El techo era alto y estaba tiznado por los años y las telarañas. Tal vez, en otra época, mucha gente vivía allí y el humo de la cocina dejó su rastro en los maderos superpuestos del techo. Recuerdas las habitaciones alrededor del solar. Unas diez habitaciones con puertas de madera pintadas de azul celeste, con un candado petrificado por el óxido y una aldaba que le hacía juego. Algunas tenían cascarones de pintura desprendidos, y podías ver, al raspar con tus uñas, colores como el verde y el amarillo cubierto por la última capa de pintura de aceite. Tu madre y tú llegaron para enero, justo unos días antes de que tu madre trabajara en el colegio. Tú eras una niña callada, para ser exacta, solitaria. Tú y tu madre se acomodaron en la habitación más grande, justo en el ala derecha; muy cerca de la cocina y el baño, cuyas paredes de piedra estaban cubiertas de enredadera de maracuyá…Tomaste un sorbo de café. No podrás olvidar ni las flores azules y raras de esa planta, ni tampoco los abultados gusanos negros que llegaban para comer los frutos; menos el horror de bañarte tan rápido que ninguno de ellos se desprendiera y cayera en tu cabello o en la espalda. Abriste tu libreta. En la parte superior derecha de la hoja pusiste la fecha; más abajo: «“Querido Ricardo”»… Llegaste a ese pueblo tan solitario en las noches. ¡A veces ni los perros se escuchaban ladrar!… Mordiste una vez más la galleta y reparaste en que todos los del café tenían los ojos clavados en el nuevo Smartphone, pensaste: « ¿Qué debo escribir?». Y muchas imágenes del pueblo regresaron a tu cabeza. « ¿Cómo olvidar tu escuela?» Una escuela de dos salones; en la que niños de todas las edades aprendían al mismo ritmo. Una escuela de paredes que llevaba como logo “Escuela nueva” y si te fijabas en su aspecto parecía que en cualquier momento iba a desaparecer. Tú con tu cuaderno de dibujos a reventar porque la mayoría de cosas tu madre ya te las había enseñado. Tu libreta de dibujos, « ¡si no fuera por mi libreta!», te dijiste sonriendo. La mayoría de niños se iba de las clases y no volvían. Casi todos debían marcharse del pueblo. Otros llegaban sin previo aviso y entonces tu maestra debía repetir los temas que tú te sabías de memoria… El mesero vino a tu mesa y te trajo otra ración de galleta. No recuerdas si la pediste inconscientemente llevada por tus recuerdos, como a veces te sucede. Tus ojos se clavaron en la “o” de Ricardo… ¿Cuántos niños llegaban y se iban? ¿Cuántos nombres anotaste en tu libreta? Más de 20 Nombres. Escribiste y tachaste: Hace tiempo que quería escribirte. Tachaste. Tachaste. Ese día te sentías aburrida. El bochorno te hacía bajar gotas de sudor por la frente. La maestra recogió tu largo cabello para que pudieras estar más atenta y abanicarte menos. Eran las onces de la mañana cuando una señora gorda con un vestido de flores rojas interrumpió la clase. Te reíste de la señora porque se parecía a la vaca que habías coloreado unos días atrás, solo que a ella le faltaban los tacones y las perlas en el cuello. Viste que traía a un niño de la mano. Él te miró y el brillo de sus ojos te dejó perpleja. Sin saber muy bien, miraste al lado derecho de tu pupitre y corroboraste que aún permanecía vacío; alzaste la vista rápidamente por el salón y había unos cuantos más. Tu corazón dio un vuelco. Te paraste y con una voz temblorosa dijiste: « ¿Se puede sentar conmigo, maestra?» No sabes muy bien si fue el calor o tu maestra ya sabía del amor que accedió sin chistar… Tan distraída estabas que se cayó el lápiz de los dedos y tuviste que buscarlo debajo de tu silla. Algo que Carlitos hacía constantemente desde que se sentaron juntos. Tu solo agradecías y no podías hablarle nada. En la hora del descanso tú jugabas con las niñas a saltar la cuerda; él jugaba al fútbol con los demás niños. Recuerdas que el tiempo de verano pasó y las lluvias inundaron las calles del pueblo y los salones de la escuela… tack-tack-tack… un sonido repetitivo de agua chocando contra la superficie plástica de los baldes que tu maestra, tus compañeros y tú se turnaban para desocupar y re-ubicar si era necesario. La lluvia iba incrementando a medida que los mosquitos nacían y picaban. La lluvia amenazaba con cerrar la escuela; tumbar el puente; acabar la carretera; dejar sin comida al pueblo. Tenías miedo de no asistir a la escuela. Quisiste rezar a un dios y tu madre te había desprovisto de toda creencia. Tu madre te explicaba que era época de invierno y como vivías en un país tropical así era el tiempo. Tú escuchabas a las personas del pueblo hablar de los derrumbes, tu madre parecía inquieta. Tú veías que no era la lluvia en sí lo que hacía que los adultos también sintieran miedo… Tu lápiz se deslizó por la libreta y dibujó una calavera. Te tocaste el cuello y estiraste las piernas. Dibujaste otra calavera. La lluvia para el mes de noviembre era constante, ¡imparable! Odiaste la lluvia porque si al principio podías jugar con los niños en la escuela a saltar los charcos; correr tomada de la mano de Carlitos bajo los chorros de las canaletas; luego la escuela fue cerrada porque de la lluvia se le desbarató una parte del techo. Tu maestra resolvió que lo mejor era cerrarla para repararla. Y tú supiste que la odiosa lluvia no pararía y los arreglos tomarían varios días, tal vez meses. Tú volviste ese día empapada a casa y sin saber el motivo por el que lloraste. Tu madre pensó que tu tristeza tenía que ver con las clases, así que te regaló varios libros para leer y dibujar, a manera de consuelo. También te prometió un lugar más bonito para vivir. Te diste cuenta que la lluvia irrumpió en la cotidianidad del pueblo: La mayoría de tiendas abrían en la mañana y cerraban después de medio día en que la humedad era aún más sofocante. Te quedaste en la casona leyendo y añorando volver pronto a la escuela. También renegabas que el colegio permaneciera abierto y tu madre trabajara la jornada completa. Tu mayor pasatiempo era deambular por la casa; contabas los gusanos, las flores del jardín; jugabas a saltar la cuerda pero terminabas aburrida, acodada en la venta mirando cómo diminutas rayas verticales caían sin parar. Empezaste a inventar dioses que escucharan tus plegarias para que pudieras volver a la escuela y jugar con Carlitos. « ¡Qué triste vivir a las afueras del pueblo!», te reprochabas. Si tan solo estuvieras más cerca de tu amigo, si tan solo tus dioses te escucharan… Te reíste de las cosas cursis mientras sorbías el café… Descubriste que a la semana ya no hacías nada; a veces medio ojeabas los libros. Pensaste en tomar un impermeable e ir a la casa de Carlitos a jugar. Tal vez tu madre se enfadaría: te protegía de la fiebre amarilla y el dengue que eran las enfermedades que la lluvia había traído al pueblo. Decidiste arriesgarte. Te pusiste tus botas rojas de plástico y el impermeable amarillo, ya lista, dejaste entreabierta la ventana para poder entrar cuando regresaras. La sombrilla rosada tenía estampada el rostro de la Bella y la Bestia y se doblaba por el peso del agua. En el camino te diste cuenta que había niños desnudos jugando bajo la lluvia. ¡Qué envidia! Caminaste de charco en charco auscultando las calles vacías; reparando en las puertas de las casas en las que se veían brillar los ojos de las gentes que anhelaban como tú, que la lluvia se fuera. Te pareció grande el pueblo. Después de varios minutos caminando por la mitad de la calle, para evitar que los afluentes de agua sucia te arrastraran por las cunetas, llegaste a la plaza. Allí te encontraste con tu amiga Lala. Llevaba un impermeable rosado y su bicicleta de Barbie. Te contó que sus padres le habían permitido jugar en la casa de Carlitos. Lala era de ojos oscuros y de cabello negro. Su madre siempre le hacía una trenza. Te alegraste y fuiste a la casa de Carlitos en compañía de Lala. Jugaste con ellos al dominó, a las escondidas; y por primera vez viste dibujos animados en un televisor a blanco y negro mientras comías galletas wafers de vainilla con Pony Malta. ¡Pasaste una tarde inolvidable! Te fuiste antes de las cinco sabiendo que ya era tarde. Al despedirte Carlitos te besó en la mejilla y tú saliste corriendo detrás de Lala. Te sentías feliz… Eso lo recuerdas. Tomas café y recuerdas cuán feliz te sentías; y lo estúpida que te sientes por no poder escribir una carta de amor a Ricardo… Al llegar a casa, tu madre estaba furiosa. Lloraba y te decía, señalando con el dedo índice, que afuera no solo era la lluvia sino los camiones y los hombres que vestían de verde quienes eran peligrosos. Te preguntó si viste los camiones en la plaza, te hizo jurar que no miraste el interior de esos camiones, y que no saldrías sin su permiso…Te parece que eras muy inocente, tal cual como son las niñas a esa edad… Aunque prometiste no salir sin su permiso, cada tarde jugabas con Carlitos y Lala; y lograste llegar a casa antes de que tu madre. Ya entrabas con facilidad por la ventana. Ya habías visto en repetidas ocasiones a los hombres de verde custodiando los vehículos de capota negra. Tú pasabas mirando las líneas de greda que hacen a cuadros las calles del pueblo. Pasabas rápidamente para no quebrantar del todo tu promesa. Eras feliz al jugar con tus amigos que ya importaba poco si abrían la escuela o no, si la lluvia hundía el puente o dejaba sin alimentos el pueblo… Insistes en escribir frases bonitas para Ricardo: “Son tus ojos…”; “Es tu voz una melodía, un estruendo…”. Y reconoces aquella noche en el que el estruendo, parecido al de un trueno, hizo retumbar las paredes de la casa. Tú te despertaste. Tu madre estaba parada al lado de la puerta. Viste su cara pálida. Te tomó del brazo y te llevó debajo de la cama. Te repetía: silencio-silencio-silencio. Sentías calor y temblabas. Estabas debajo de la cama. Tenías miedo de las cucarachas. Tu madre te cubrió con cobijas. El estruendo duró hasta que el sueño te obligó a dormir. Amaneciste debajo de la cama. Tu mamá se veía diferente. Sus manos temblaban. Ese día la lluvia había aminorado; y no saliste de casa. Tenías miedo del estruendo. Lala vino a buscarte en su bicicleta. Ella también despertó debajo de su cama. Prometiste jugar con ellos al día siguiente… Tu café se acabó y pediste uno más con un croissant. Siempre te abre el apetito recordar… Al otro día, cumpliste tu promesa al jugar con ellos. Antes de irte Carlitos dijo que se marcharía. Te quedaste como una estatua tiesa sin saber qué decir. Te prometió que se despediría. En ese momento, te prometiste escribir una carta de amor. Te besó una vez más en la mejilla y te abrazó. Aún no sabes qué pasó ese día contigo. Te fuiste tranquila, cantando de charco en charco. Esa noche le pediste ayuda a tu madre para escribir una carta. Tu madre te habló de los diferentes tipos de carta, al final de su lista dejó la carta de amor. Te fue difícil escribir la carta de amor. Cada vez que intentabas plasmar lo que sentías la hoja terminaba  arrugada, tirada en el piso. Repetiste una y otra vez la misma mecánica hasta que tu madre te mandó a dormir. Tu decidiste que lo mejor era decir: « ¡Buen viaje Carlitos, te llevaré siempre en mi corazón!»; y agregaste una foto tuya en la que te faltaba un diente de adelante. Esa noche la lluvia aumentó su intensidad. Al otro día la mayoría de calles estaban inundadas… Te estiraste sobre la silla; miraste a tu alrededor y el café estaba a reventar. Esta vez no era tan fácil. Ricardo no se iba, al contrario, se alojaba en tu corazón y tú debías darle una respuesta a la propuesta de alquilar un apto para los dos. El murmullo de las personas te distrajo por un momento de las calaveras que dibujabas. El mesero hablaba con la chica de la barra. « ¡Qué fornidos lucían sus brazos!» Miraste por la ventana y el cielo estaba gris, y la temperatura seguía bajando. Ricardo estaba en buena forma. Sonreíste y mordiste el borrador de lápiz… Ese día fue difícil caminar por el pueblo. A lado y lado de las calles transitaba un río de aguas turbias que amenazaba con arrastrarte. Caminaste bajo la lluvia temerosa de que se mojara tu carta. Cuando estabas cerca de la plaza, miraste los camiones y a los hombres vestidos de verde. Te acercaste como hipnotizada a los camiones. Eras pequeña para ver realmente que contenían. Te quedaste parada mirando cómo los hombres vestidos de verde acomodaban unas bolsas negras en su interior. Supusiste que eran pesadas por el esfuerzo que hacían tres y cuatro hombres para envolverlas. Caminaste por la puerta que habían puesto como rampa para acceder a la carrocería del camión. Había un hombre que acomodaba los bultos que los otros le pasaban: bultos recubiertos con bolsas negras de basura. « ¿Por qué mamá te había prohibido mirar?»; estabas a punto de retirarte cuando uno de los hombres por la lluvia dejó resbalar un bulto… Con tu mano chocaste torpemente la taza de café y regaste un poco su contenido. Con prisa limpiaste el pequeño charco de café… ¡Plas! Escuchaste como el bulto se chocó contra el suelo. Los hombres se apuraron para recogerlo. La bolsa cedió al contenido; una mano salió buscando descanso, luego un rostro cubierto de tierra, con labios morados, te saludó. Un ojo te miró. Sentiste que te sacudías. Te pesaron las piernas; quisiste correr, tus ojos seguían mirando aquel rostro sucio. Los hombres vestidos de verde lo devolvieron a su envoltura. Te espetaron: « ¡Largo de aquí!» Corriste en diferentes direcciones: pensabas en que los hombres podrían atraparte como aquel muchacho de la bolsa de plástico negra, corriste en dirección contraria a la casa de Carlitos. Llegaste a tu casa y te metiste debajo de la cama. ¡Lloraste! Tal vez por el muchacho, tal vez porque Carlitos se había marchado sin tu carta de amor… Cuando terminas el último sorbo de café sabes que aún cuesta perdonarte el incumplir a tu madre aquella promesa…« ¡¿por qué miraste el interior de los camiones?!»La misma pregunta siempre. Dejas sobre la bandeja el dinero de la cuenta. Has cerrado tu libreta, sabes muy bien qué vas a escribir para Ricardo.

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May 27, 2014 · 5:07 am

Umuthi

Umuthi

Umuthi sabe que su nombre significa árbol. Por eso le gusta treparlos, tallarlos, observarlos; sobre todo cuando el viento mueve las hojas. Umuthi ríe cuando las hojas se mueven como aves, como los ancestros. Umuthi solo puede jugar con las niñas de la tribu, los niños están siempre con los hombres. Umuthi es muy feliz porque puede jugar con Ukhukanya. Su hermana solo ríe con ella. Y no habla nunca.

Umuthi está contenta porque tallará una escalera para la cocina del sukala. Su sukala es circular, tiene tres cuartos y unos huecos en el techo por donde sale el humo del fuego, y por donde entra el sol para madurar el grano. Las paredes del sukala son de barro fundido con horquetas de árboles que sostienen la choza. Umuthi ha ido con su padre al bosque y luego de hacer las oraciones pertinentes al ancestro de la familia, este les ha concedido la gracia de cortar el árbol con el que se hará la escalera. A Umuthi les gusta mucho cómo el vaho del fuego deja cenicientas las escaleras, las hace de un color noche como sus ojos. Umuthi cree que sus ancestros hicieron sus ojos de cenizas y fuego.

Cuando han cortado el árbol, Umuthi y su padre regresan a casa. No es común que las niñas tallen la madera, pero su padre quiere concederle un poco de felicidad antes de las fiestas de fin de año. Las manecitas de Umuthi raspan cuidadosamente la corteza del árbol con un cuchillo de hierro fundido. Su padre lo hace en silencio; Umuthi canta la estrofa que su hermana entona mientras duerme: “Singabantu Izinyoni zomlilo” “Somos pájaros de fuego”.Su padre está absorto en la labor; ignora su canto. En su rostro hay un dejo de preocupación. Debe hacer una máscara a escondidas. Umuthi ignora el dolor, la maldad y la muerte. Es tan solo una niña de dientes muy blancos, de cabello ensortijado, que lleva una manta de algodón hasta los tobillos, una manta roja. Umuthi cumplirá años pronto, unos días antes de navidad. Sabe que le harán una fiesta, está feliz, por eso quiere hacer una escalera; para ver el cielo y agradecer a sus ancestros.

Su padre le ha prometido que la llevará a ver los elefantes. Umuthi recuerda la promesa todos los días mientras juegas con las otras niñas de la tribu a cazar gusanos. Los mejores días son los de ir al río con las demás mujeres de la tribu. Allí todas lavan la ropa y juegan desnudas en la arena. A Umuthi le gusta sacar las piedras brillantes que encuentra en el fondo del agua. También recoge conchas y semillas. Ya en casa, a la luz del fuego, calienta una puntilla y perfora las semillas y las conchas. Hace hermosos collares para su madre y su hermana. Umuthi realmente es muy feliz en el sukala, cerca del fuego donde su madre le cuenta historias de su antiguo pueblo. Así sabe que sus ancestros maternos viven en otro lugar de África; y que sus ancestros paternos son de Burkina. Ithemba cuenta que tuvo que huir con sus padres a Burkina. Ella tenía 20 años cuando atravesaron varias tribus para protegerse del dios blanco. En ese momento el rostro de Ithemba se ensombrece y deja salir una lágrima.

—Pensé, como mis padres, que estaríamos a salvo.
— ¿Qué es a salvo?
—Que no nos ocurriría ninguna desgracia.
— ¿Y qué nos ha pasado?
—Ya pronto volverá a ocurrir.
— ¿Y qué es?—Umuthi preguntó insistente.

Cuando su madre, Ithemba, iba a contestar; su esposo la interrumpió.

—Ya es hora de dormir, los ancestros podrían molestarse Ithemba.

Las dos últimas semanas antes de su cumpleaños, Ukhukanya pasaba más tiempo con Umuthi. Quería protegerla; quería escapar con ella a algún lugar y contarle la verdad. ¿Pero cómo hacerlo? ¿Y si los ancestros se enfurecían y lanzaba una maldición contra su familia? ¿Acaso ella no sería la responsable? ¿Tal vez su familia ya estaba maldita? Umuthi correría con la misma suerte que todas las niñas de la tribu. Tal vez, lo que más extrañaría de Umuthi sería su alegría, esa manera de cantar a los árboles, a las aves, de cantar la felicidad. Claro que extrañaría la risa de Umuthi, la inocente sonrisa de Umuthi. ¿Qué podría hacer? ¿Y si tomaba el bus al día siguiente con lo poco que había reunido…? Y, ¿si pedía ayuda a su madre y le contaba su plan para proteger a Umuthi? ¿Qué hacer? Estaba sola, en silencio, como todas las otras mujeres…tan desganadas por la vida. Así, tragando el dolor diariamente, mientras aparentaban vivir.

Estaba ensimismada en sus pensamientos cuando su madre le ordenó que trajera agua. Ya era tiempo de hacer los preparativos para la fiesta de Umuthi. Su madre se veía más triste que contenta. Sus manos temblaban. Los huecos de su cara se acentuaban. Ukhukanya supo que su madre sufría. «Madre, podemos salvarla», pensó cuando cogía las cantimploras y descendía por el camino de piedras que lleva al río. En el camino quiso ser un ave, un ave de fuego que a todo aquel que se le acercara quemara. Quiso ser un ave de fuego para volar en medio de la noche, con frío y sin sol. Se arrodilló en el camino y suplicó a sus ancestros para que ella y Umuthi fueran aves de fuego. Ukhukanya recogió el agua y volvió a casa para ayudar a su madre con la comida que se ofrecería al clan.

Ukhukanya se encargó de trensar con caracolas el cabello de Umuhti. Lucía hermosa su hermanita. No paraba de dar brincos y reír; cumpliría 8 años y vería los elefantes. Su padre le había prometido ver los elefantes en año nuevo. Sería un viaje al oriente de África. Umuthi viajaría.

—Veré los elefantes: ¡al dios zezindlovu!—.Con alegría repetía Umuthi por toda la casa.

Su padre permanecía en silencio. Fumaba tabaco mientras Ithemba hacía el yassa: una comida a base de pollo con salsa de cebolla, limón y pimientos que se servía con arroz hervido, el plato más apropiado para la celebración. Ukhukanya se encargaba de hacer bolitas de “ñango”, que llevaban maíz y verduras. Umuthi veía acurrucada sobre el fogón de leña cómo las flores de Bissap se hervían acompañadas de hojas de menta. Luego de unos minutos más al fuego, las colarían y las servirían en un jarrón; les agregarían azúcar y zumo de limón. Umuthi esperaba ansiosa el momento en el que estuviera reposada el agua y se convirtiera en su refresco favorito. Umuthi entraba y salía de casa; correteaba a sus amigas y esperaba a que pronto fuera la comida. Su padre de vez en cuando la miraba. «Aún es tan pequeña. Crece, es fuerte, pero es mi pequeña», se decía mientras tallaba la máscara. Ithemba de vez en cuando le echaba miradas de súplica. Él debía ser fuerte. Tenía que llevar a cabo la tradición de su tribu, sino su clan caería en deshonra, sus ancestros los dejarían en el olvido… de seguro su familia se vería desterrada de la tribu. Veía las miradas de Ithemba, claro que él también tenía miedo. Otra vez revivir el dolor que Ukhukanya había sufrido, ahora lo vería en la pequeña Umuthi. La corteza de su vida sería cercenada, el amor y la felicidad no podrían tallarse en su alma. Claro que estaba entre la espada y la pared y sabía que su pequeña corría el mismo destino que las otras niñas de la aldea. Escupió al suelo, se levantó y cuando salió del sukala el viento le cubrió de arena el surco de las lágrimas que bajaban por sus mejillas.

—¡Umuthi! ¡Es hora de la comida!—, dijo mientras se limpiaba el rostro.

Umuthi corrió y saltó a sus brazos. La tomó con sus manos y la levantó hasta cubrir el sol que se apagaba rojizo.

— ¡Perdóname Umuthi!—Y la abrazó contra su pecho.

El clan se reunió afuera del sukala. Comieron bajo un cielo estrellado. Umuthi no paraba de sonreír. Cuando acabaron la comida cantaron y danzaron para agradecer a los ancestros quienes mantenía aún con vida a Umuthi; Ithemba supo que ese canto era más una plegaria que se perdía en la noche. El padre de Umuthi intentó usar la máscara pero esta quedó muy pequeña, no servía para su rostro. El clan bebió amalura hasta quedar en completo silencio. Umuthi jugó hasta quedar dormida a lado del fuego. Su padre la llevó en brazos al cuarto. Allí la recostó en la estera y la cubrió con una manta de algodón azul. Observó su rostro cubierto por el sueño; su respiración y sus manecitas sucias por la tierra del desierto. Retiró las conchas de su cabello. «Es tan pequeña, mi pequeña». Su contemplación fue interrumpida por Ukhukanya, quien entró al cuarto para dormir. Miró fijamente a su padre. Su boca permaneció silente. Su padre le dio las buenas noches y ella se puso a llorar. Otra vez la noche y aunque quisiera dormir el miedo a las pesadillas la dejaban insomne. Ukhukanya abrazó a su hermanita. «Te ayudaré Umuthi, te lo prometo». Y el sueño acalló su llanto.

El tiempo de las fiestas de fin de año llegó. La familia de Umuthi aparentaba tranquilidad haciendo los preparativos para la iniciación de la niña. Aunque ella aún no había menstruado, últimamente los más viejos de la tribu creían que lo mejor era practicar el ritual a temprana edad: así se asegurarían que las niñas fueran puras Las mujeres más ancianas de la tribu debían estar presentes y ayudar en la ceremonia. Las mujeres más jóvenes que ya habían sido iniciadas debían participar con cantos y prestar su fuerza en caso de que fuera necesario. En esta ceremonia, la edad de las niñas oscilaba entre los 7 a los 10 años, por lo que sería menos complicado. Ukhukanya no quería asistir. Había roto su silencio suplicando a sus padres: — ¡No resisto ver a Umuthi gritando! ¡No quiero ir, por favor!—. Ukhukanya vio cómo sus padres se alejaron sin siquiera prestar atención a sus palabras. Ella realmente odió ese lugar, a sus ancestros, a los ancianos, al ritual. Por primera vez en su vida se confesó que odiaba su cultura. «Ayudaré a Umuthi a escapar», se dijo sollozando.

Umuthi jugaba con su nueva manta de algodón dando giros y giros sobre la arena. Era blanca y tenía unos bordados dorados en el pecho, a ella se le parecían mucho a unas alas. Se sentí como una avecilla. Ithemba la abrazó y amarró una manta de color dorado en su cabeza. Le ofreció a beber refresco de flores de Bissap. Pronto llegaba la noche. El corazón de los padres de Umuthi latía muy fuerte. Estaban en silencio. Ukhukanya no paraba de llorar. Umuthi preguntaba una y otra vez por qué su hermana lloraba. Su padres solo miraban con reproche a su hija mayor. Umuthi se sintió triste al ver a su hermana tan afligida. Ya no quiso jugar más con las conchas de caracolas. Se dispuso a esperar.
Ithemba, Ukhukanya y Umuthi salieron de casa. Mientras se alejaban Umuthi volvió su rostro buscando en el tejado del sukala a su padre. Allí había una sombra. Supuso que era él. Alzó su mano, la batió en medio de la noche y el viento, y con la otra le mandó un beso. «Papá, mañana iremos a ver los elefantes», pensó; una sonrisa cubrió su rostro. Las otras mujeres no comprendían por qué sonreía. Decidieron avanzar hacia el sukala de las mujeres más viejas de la tribu. Dentro de la choza, Umuthi vio a otras niñas acostadas sobre una alfombra gris. El lugar hedía a plantas y a tabaco. Había una pequeña lumbre y la más vieja de todas calentaba una daga en el fuego. De repente sintió miedo, algo pasaría en ese lugar.

Ithemba y Ukhukanya se alejaron de la alfombra. Umuthi se acostó. Una mujer la tomó por los brazos. Otra por las piernas. Umuthi comenzó a gritar: — ¡Mamá, mamá, tengo miedo!— La gran madre comenzó a invocar los espíritus y a perdonar a la niña con el gran señor del mundo. En ese instante las manos de las mujeres parecían las de hombres jóvenes y atléticos. Le dolía que la tomaran de los brazos y las piernas. Sus dedos se enterraban como espinas de cactos. De repente el olor de metal caliente; el fuego acalorando la planta de sus pies; y las manos de la anciana abriendo su manta, buscando algo en medio de sus piernas. Luego el filo caliente sobre la carne tierna; cercenaba en nombre del gran señor de la tierra. Allí un río desbocado, al principio una extraña molestia, una punzada, el adormecimiento y finalmente la palabra dolor tan insignificante para todo aquello. Las manos de la anciana, prodigiosas en el arte de cortar lo impuro en las niñas. Las piernas dormidas; sus gritos rasgando la garganta y el sudor de la frente convertido en lágrimas. La mano que victoriosa alzó el pedazo de carne a la lumbre y la lumbre consumió la carne. El llanto de Ithemba, y Ukhukanya que gritaba enloquecida más que Umuthi.

Umuthi giró la cabeza y pudo ver una mancha roja en la vagina. Sintió asco, quiso vomitar. Todo daba vueltas. Umuthi solo escuchaba el canto de las ancianas y sentía como salía sangre por su vagina. Umuthi era un árbol cuya corteza había sido cercenada. La sabia se regaba lentamente haciendo un charco parecido al orín de sus noches frías en la estera. Ukhukanya vio cómo su hermanita había quedado con las piernas abiertas haciendo un charquito de sangre. La alfombra gris tenía pequeños charcos de color purpura. Ukhukanya se arrodilló al lado de su hermana y le limpió el sudor que cubría la frente. Las ancianas seguían cantando. Umuthi trató de decir algo. Una a una las niñas fueron recuperándose, otras simplemente no resistieron el dolor. Umuthi estaba entre las más fuertes pero poco a poco iba palideciendo. Su madre comenzó a llorar. Supo que Umuthi moriría cuando al abrir sus ojos estos parecían lejanos como el espacio. Madre e hija abrazaron a Umuthi; ella repitió: —“a-ve-de-fu-fue-go…”—. Ukhukanya gritó: — ¡Iremos a ver los elefantes!—. Y esa fue la última vez que Umuthi sonrío.

En el techo, acostado sobre la espalda un hombre, cual sombra de la noche, supo que la máscara que había tallado era para cubrir el pequeño rostro de su hija, en los rituales de la muerte. Intentaba tranquilizarse pensando que la máscara tenía la sonrisa más hermosa del mundo, y así permanecería más allá de la muerte. Sin embargo, él y su familia debían marcharse de ese lugar que ya nunca podría ser más su hogar, no sin la sonrisa de Umuthi.

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May 9, 2014 · 4:44 pm

Esta Guerra

Esta Guerra

Esta Guerra
Esta guerra, Maldita guerra
Esta guerra que saquea
Y escupe.

Esta guerra de años, milenios
Esta guerra es hambrienta
Maldita guerra.

Esta guerra bebe la sangre de los campesinos
Y come sus carnes
Y los sirve en los telediarios.

Esta guerra,
Maldita guerra,
Nos enferma, esta guerra
Maldita guerra.

¡Mutilando!
¡Violando!
Esta guerra
con sus señores de traje
Con sus falos que disparan azófar
Esta guerra, ¡Maldita Guerra!
¡¿Hasta cuándo?!

Esta guerra, ¡Maldita Guerra!
¡Qué lamento! ¡Qué tedio!
Esta guerra, Sus garras,
Maldita guerra, Nos quebranta.

Esta guerra, Maldita Guerra
¡Qué hambre! ¡Qué fiebre!
Esta guerra, maldita guerra
Destruyendo los vientres de las mujeres.

Esta guerra, Maldita Guerra
Ejército de niños,
De monstruosos niños
Alimentados con odio y venganza.

Esta guerra, maldita,
Esa su guerra, a costa nuestra.
Maldita sea, su guerra, esta nuestra guerra
¡Ya estoy dispuesta a morir!
¡Disparen¡¡No me violen !

Escrito por: Dunia Oriana G. R.

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May 5, 2014 · 3:27 pm

UNE LEÇON CLINIQUE

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François paseaba con sus manos en los bolsillos pateando piedras o cacharros por la calle del distrito XIII de París. Caminaba mirando las edificaciones y una le llamaba mucho la atención. Desde niño se imaginó dentro del recinto siendo alguien muy importante. No sabía bien quién, pero solo sentía un extraño llamado desde el interior del edificio viejo que guardaba ridículamente-eso lo pensó muchos años después- la misma fisionomía de las edificaciones del siglo XVII. Sin embargo, pasó por allí tantas veces que se acostumbró a sus paredes de ladrillo, a sus cúpulas y las campanadas que salían de la iglesia que complementaba la edificación.

François supo desde niño que quería ayudar a las personas, en especial a las mujeres, pues su madre había muerto cuando él tenía tan solo 9 años. Su padre le había dicho tantas cosas sobre su madre que al parecer él solo recordaba el sufrimiento que ella padeció. Estaba recordando la última vez que la había visto con una bata blanca, las manos amarradas, y su cabeza completamente rapada; estaba a punto de llorar cuando su secretaria lo interrumpió:

-Docteur François, ils sont arrivés…Ya está acá el señor Lombard y la madame.

-Llame a los enfermeros y tráigame su historia clínica.

Al terminar la frase la secretaria salió y François olvidó sus recuerdos; se acomodó sus lentes y se dispuso para la consulta. Los Lombard entraron. La mujer se veía ojerosa y golpeada. El hombre espetó a la mujer: Fermes-toi la bouche! Y los murmullos que proferían de unos labios rajados se detuvieron. La mujer se retorcía las manos y se tocaba los jirones de cabello. Miraba el piso, y aunque Francosis intentó sentir compasión, solo dijo que había que internarla, que su aspecto lo decía todo. Y en el rostro del marido se vio un gesto de tranquilidad que se confundía con alegría, tal vez porque no quería dar mayores explicaciones del estado en el que se encontraba su esposa.

-Docteur François, Ils sont arrivés…el señor Dubois ha llegado con su hija.

Por un momento François vio más allá de los ojos de su secretaria Monique, quien su ascendencia nórdica se revelaba en su cabello rojizo y sus pecas, que en el fondo eran despreciables para él.

-Madame! Este es un caso especial, no los haga esperar.

-Bonjour! Esta es mi hija- Mientas señalaba una joven que se perdía en un camisón de lana. Sus piernas estaban a la vista de todos, como sus pies sucios y maltratados.El cabello de la chica estaba cortado en hongo. Eran un cabello negro y liso y tenía hojas y telarañas, daba el aspecto de una peluca vieja y sucia. François se sintió feliz al ver nuevamente a Anaïs. No le desagradó verla, tan solo deseó que no viniera completamente desnuda. Su reclusión se efectuaría.

Los dos hombres hablaron rápidamente. Anaïs miraba por la ventana la ladera de árboles que rodeaba la edificación. Supo que esta vez no podría escapar, tendría que quedarse allí, de seguro, para siempre, y eso era mucho mejor que estar en casa con el bastardo de su padre y sus malvados hermanastros. -Sola, en paz, estaré bien acá-. Se dijo mientras escupía las manos de las enfermas cuando trataban de llevarla a la habitación.

François se alegró de su día laboral, el resultado final: 15 mujeres recluidas, todas internadas por petición de padres, esposos y hermanos muy preocupados por las manías, las obsesiones y los diferentes cuadros de crisis de ansiedad y depresión avanzados. Todo se resumía en que las mujeres eran débiles y debían ser cuidadas por un hombre siempre. Y qué pensar de las lesbianas tan confundidas y malsanas. François sabía que podía sanarlas. A sus 30 años había comprobado que en la SALPÊTRIÈRE contaban con los mejores métodos de la época. Allí las terapias de electroshocks, los baños de sales, la reclusión en los cuartos oscuros, las camisas de fuerza, el cuarto blanco, pero, sobre todo, la medicina de salitre y electricidad era lo que efectivamente daba resultados asombrosos. François recordaba extasiado cómo una maníaco depresiva en sus crisis trataba de suicidarse y también cómo después de 10 sesiones estaba completamente calmada, a veces le daba horror ver la paciente porque su mirada parecía incluso más vacía que cuando se sometía a la lobotomía.

Recordó a Babette; una gran pérdida para sus investigaciones. Trató de revivir su aroma. Le molestaba tanto que la ropa no pudiera conservar el aroma de las personas por mucho tiempo. Ese día de su muerte lamentó mucho que antes de suicidarse defecara en su ropa interior. Sin embargo, había llegado Anaïs a su gran corazón. Estaba dispuesto a tratarla personalmente, le iba a pedir al director de la institución que la dejara a su cargo. Él sabía muy bien qué hacer. La salvaría. Ella estaría agradecida. Pensaba mientras alistaba su maletín para volver a casa. Miró su reloj de bolsillo. Hacía más de una hora que había hecho la inspección habitual. Estaba muy contento con los resultados. Iría a casa y tomaría un coñac. Estaba a punto de quitar el abrigo del perchero cuando la puerta se abrió intempestivamente.

-Docteur François! Ha vuelto a suceder-. Gritó agitada la secretaria dejando ver sus ojos grisáceos.

-Pardiez! Mantenga la calma Madame.

-Una vez más las internas no tienen ropa interior. Hemos revisado cada habitación y ninguna quiere decir dónde la han escondido. Creemos que se están contagiando, Docteur.

François caminó lentamente hacia el escritorio. Corroboró que el cajón más grande estaba cerrado con llave y que la llave estaba en el bolsillo de su pantalón. Miró a la mujer indiferente.

-Madame, este caso le corresponde au Monsieur Directeur. Bonsoir!

François salió con su abrigo y la noche estaba fría. Se encaminó por las mismas calles de su infancia. Corroboró que la noche era oscura como todas las noches y tuvo la certeza de que al otro día ayudaría a otras mujeres.

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April 7, 2014 · 4:40 am