Segunda etapa: La vida es más divertida de lo que parece

«Si hay días en los que huir de algo, este es uno de ellos».

Insularidad, Ralph del Valle.

¿Acaso se nos olvida, por aquello de ser adultos, cómo divertirnos y vivir sencillamente? Tal vez. Tal vez no.

Tal vez sea que hay demasiado ruido a nuestro alrededor. Tal vez sea una especie de amnesia que sufrimos por momentos. En este tramo del recorrido, me desperté incluso antes de que sonara mi alarma. No dormí bien. Nunca puedo hacerlo cuando voy a competir, escalar, correr o  montar bici. La ansiedad suele ganarme la batalla. Esta noche fue la misma, incluso un poco más dura. Me he prometido dejar todos los pensamientos tristes y dolorosos mientras voy por la carretera. Me asusta reconocer el momento de crisis y reflexión en el que estoy. Pero me asusta más quedarme en el mismo lugar y resignarme a no hacer algo, al menos a intentar algo descabellado.

Además la familia de Nelsón ha sido tan cariñosa conmigo, que hasta me tranzaron el cabello para que me sintiera más cómoda. Tendría que ser alguien muy infeliz para no reconocer el amor en todas sus formas…¡Qué alegría aprender a recibir!

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Cuando vi por la ventana, el cielo azul estaba iluminado por los primeros rayos  solares. Unas gruesas, gordas y pretenciosas nubes blanquísimas bordeaban los picos de las montañas. Sonreí. Fue suficiente para saber que el día iba ser maravilloso. Tener la fortuna de contemplar el paisaje, eso alienta el alma, el apetito por la belleza. Había empacado la mayoría de mis cosas en la noche. Solo me vestí y corroboré que todo estuviera en su sitio. La familia de Nelsón me ofreció un delicioso desayuno como unos días llenos de amor y alegría. Qué dichosa me sentí, una más de la familia, de la manada.

El primer reto fue al salir de la finca por un camino destapado, a causa de que cambié las corazas de los neumáticos, por unas más delgadas y lisas y hacía que me sintiera insegura entre las piedras y la tierra suelta. Pensé que me iría de cara entre las piedras sueltas (un miedo tonto), pero nada eso sucedió. Me di cuenta que también podría ir por el destapado si era necesario. Por Ráquira la carretera es bastante plana. Decidí tomar la vía Santa Sofía, que me permitía ir por entre los pueblos y los paisajes, y reducir el estrés del tráfico pesado. Fue una certera elección.

Me di cuenta que al pedalear iba sonriendo. Cada pedaleo parecía despertar mi espíritu dormido. Sonreír y sentir el viento fresco sobre el rostro. Sentir tu cuerpo listo para continuar el viaje, es una dosis de alimento para el alma. No es física la sensación. Va directa al corazón como cuando vemos a la persona que nos ama.

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Luego de una hora empecé por una carretera destapada, que en general, estaba muy bien. Me detuve a tomar una foto de los perros que dormían y jugaban plácidamente en la tierra. Qué hermosa sensación de dulzura. Este tramo lo recorrí acompañada de las aves y los reptiles que se escabullían entre los pastos.

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Más adelante cuando inicié el ascenso al pueblo Santa Sofía, la cadena de mi bicicleta se atascó entre el pedal. Me sucedió justo cuando una familia de ciclista acababa de pasarme y darme palabras de ánimo.

Ya venía presentado problemas, al cambiar de plato. Así que me bajé. Me hidraté. Me limpié el sudor de la frente. Me di cuenta que el sol alumbraba con gran esplendor, sin provocarme demasiado calor. Al principio quería arreglarla pronto, como fuera. Así que no podía hacerlo. Estuve a punto de romperla. Cuando me percaté de lo que podría pasar si la rompía, me detuve, respiré y me quedé observando. —Mierda, ¿no entiendo cómo se metió ahí?—, dije en voz alta. Inmediatamente después me reí de mis palabras. Acomodé mejor la bicicleta y decidí actuar con calma. Et voilà, la cadena salió mágicamente y la dejé en su sitio. Le susurré —sé buena, déjame llegar a mi destino—. Y acepté que estoy un poco loca.

Continúe el ascenso. Ya no iba tan pesada como en la primera etapa. Ya tenía menos comida y chucherías (ja, ja, ja). Ese ascenso fue tendido y largo. Tal vez unos 11 km. Sin embargo, cuando llegas al pueblo, hay una pendiente más parada y son unos cuantos kilómetros más, hasta que alcanzas la cima. Desde allí puedes ver vastas tierras y una capilla colorida. Cuando estaba en la cima y vi el descenso, recordé lo que era la verdadera diversión. En ese momento me di cuenta de que ya no estaba huyendo de mis sentimientos. Tampoco de mi pasado, ni del miedo al futuro. ¿Huir? No. Este viaje no era una huida. Era el inicio del verdadero sentido de buscar y encontrar. ¿Huir? Nunca más. Así que tomé unas cuantas fotos. Y decidí lanzarme velozmente por la carretera.

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Yupiiiiiiiii… Yupiiiiii… Yupiiiiiii… Ja, ja, ja. Y me dejé ir hasta el final. Nuevamente hubo un ascenso. De Santa Sofía a  Moniquirá hay varios tramos que están sin pavimentar. Así que es normal que vayas muy campante y de repente tierra, piedras y obreros arreglando la vía. También me sucedió que unos señores de un camión pararon para «llevarme». —Señorita, suba la bicicleta y la llevamos— dijo un señor de unos cincuenta años; mientras que un hombre de unos treinta años abría la puerta de copiloto y me señalaba un espacio a su lado. En otro momento me hubiese asustado. Pero este viaje ya me estaba devolviendo a la mujer subterránea, y le respondí riéndome: —Gracias, pero la idea es ir en bicicleta—. El señor me respondió: — ¡Pero lo que viene es polvo!—. Subí mis hombros con un gesto que denotaba mi nula sorpresa. —Buena suerte, gringa—, fue lo que escuché en medio de la nube de tierra que dejó a su paso.

Y lo que venía no solo era polvo, era mucho terreno destapado. Para llegar a Moniquirá descendí por la carreta que estaban apenas preparando para pavimentar. El terreno es consistente. Aunque hay piedra, son más como lajas y no están sueltas (bueno, no del todo). Así que rodé por esa tierra negruzca, en medio de camiones, carros y motos. Algunas personas me felicitaron. Otras se me quedaron viendo como un bicho raro, como el bicho raro que soy  (ja, ja, ja).

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Al final de ese tramo, nuevamente encontré la carretera pavimentada…y los paisajes de mi tierra. Esos verdes infinitos y el aroma a guayaba entre los pastos. Pude respirar con facilidad y seguir pedaleando con tanta alegría, que ni yo misma podía creer que había logrado llegar hasta Santander. Luego de encontrar Moniquirá, un sitio familiar desde la adolescencia, seguí hacia Barbosa. Ese tramo estuvo fácil y rápido.

De Barbosa a Güepsa, el recorrido fue un poco lento, porque había tráfico pesado de tractomulas y camiones. Y el sol de mediodía me estaba achicharrando. Mientras pasaba por los lugares en los que crecí, recordé aquellos versos de Chavela Vargas, de la canción Las simples cosas:

«Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida, y entonces comprendes como están de ausentes las cosas querida […] Demórate aquí en la luz solar de este mediodía, donde encontrarás con el pan al sol, la mesa tendida […] Por eso muchacha, no partas ahora soñando el regreso, que el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo».

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Por eso, antes de arribar a mi destino del día, al pasar cerca de una tienda, escuché cómo unos señores mantenían el siguiente diálogo:

—Ahí va la gringa…— dijo un anciano mientras tomaba de su cerveza águila.

— ¡Vamos, ya casi llega!— gritó otro hombre de mediana edad, mientras sonreía.

—Las gringas hacen eso, se van por el mundo solas, viajan así—, dijo el abuelo con un tono de sabiduría y certeza.

— ¡Vamos que luego es plano!— agregó el tendero que barría hojas secas en la entrada del negocio.

Yo levanté mi mano y les grité: — ¡Bye, bye!—. Tal vez para que esa fábula fuera real, de alguna forma y en sus imaginarios existiera al menos esa certeza.

Tal vez, esa fábula ya era real. Tal vez, aunque no fuera gringa, sí era una mujer que estaba viajando sola en su bicicleta, con el peso de la vida y los sueños por cumplir.

Cuando llegué a Güepsa, me sentí en casa. Recorrí las calles y vi las fachadas de las casa. Muchas permanecen igual. Otras han cambiado. El pueblo se veía y se sentía diferente, pero yo, por primera vez en muchos años, me sentí «yo». Así, sin más. Tal vez. Certeramente, sí. Me sentí la chica nueva, la hija pródiga y la trotamundos que sabe volver a los lugares donde aprendí a amar la vida. Donde la vida también me amó. Y donde los seres que considero mi familia agregada también me enseñaron el significado del amor y la amistad.

Mi llegada fue natural. Mis tíos me abrazaron y me felicitaron por mis logros. Yo sentí un alivio tremendo. Algo por fin había terminado. Un ciclo de perderme y no encontrarme se había cerrado. Estaba en casa, en el caluroso abrazo del hogar. ¡Qué divertido fue el tamo de 70 kilómetros!

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Sugerencia:

*Si en algún momento de la vida te sientes en crisis, no huyas de las mismas formas que has hecho siempre. Intenta una nueva o encara la vida como se debe. Aunque también, recomiendo hacer cosas descabelladas. Eso es todo.

*Aplican las mismas sugerencias del post anterior: 

350 kilómetros de Viaje Interior

Mapa del tramo Ráquira-Güepsa:

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350 Kilómetros de Viaje Interior

Primera etapa: ¿160 kilómetros de miedo?

Escrito por Dunia Oriana González Rodríguez©.

Cada vez más me acercaba. Cada pedalazo dejaba atrás pensamientos hirientes. Recuerdos que me dolían. Cada pedalazo me llevaba hacia mi destino. ¿Cuál? Cada pedalazo iba dejando en la superficie a la mujer que extrañaba, que me hacía falta. A mi  yo más auténtico. Esa gran montaña me iba a liberar de todo el ruido que me hacía más pesada.

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La bicicleta se inventó en la segunda mitad del siglo XIX como medio de transporte y artefacto de recreación. Para las mujeres ha existido como símbolo de libertad y estandarte de movimientos feministas (esto lo sé con precisión ahora que escribo esta especie de crónica de viaje); aunque para las generaciones de nuestra época sea una herramienta más de transporte o de deporte, sigue teniendo ese mismo valor, sin que seamos del todo conscientes.

El 23 de diciembre inicié mi primer viaje en bicicleta SOLA. Sé que no soy la primera mujer en hacer este tipo de viajes, incluso hay mujeres que han recorrido países, continentes y hasta el mundo entero… Al principio creí que era para olvidar, pero la noche antes de salir, supe que era para sanar y reencontrarme.

 

¿Realmente valía la pena?», pero ¡por supuesto!, me dije cuando empecé a pedalear y sentir el aire fresco de la mañana y ver los rayos de sol iluminando los grandes edificios de la capital y reverdeciendo las hojas de los árboles. Y sobre todo iluminando mi rostro con una gran sonrisa.

 

En mi primer día de recorrido, salí de Bogotá hacia Ráquira. La hora de salida fue a las 6 a.m. Empecé a pedalear cuando el sol ya había alumbrado la ciudad de tono veraniego. Mi bicicleta de montaña se sentía pesada con las alforjas y la parrilla que le adecué para llevar ropa, comida, agua, herramientas, teléfono, repuesto de neumáticos, el libro Insularidad de Ralph del Valle (que mi mejor amiga me trajo de su viaje a Europa y que habla de correr y superar un amor no correspondido, entre otras cosas), unas hojas para escribir, algunos presentes para mis amigos y familiares y otras chucherías (que creí eran de suma importancia). El cielo era de un azul marino intenso y las nubes eran pinceladas suaves y delicadas, desperdigadas por donde se mirara. La ciudad estaba tranquila, extrañamente, tranquila. Tomé la ciclo ruta de la 30 y luego la de la Autopista Norte. Antes de salir de casa el miedo me hacía pensar una y otra vez: « ¿Acaso esto no es una locura? ¿Solo llevas dos meses montando bicicleta? ¿Jamás has despinchado? ¿Vas a estar solar por la carretera? ¿Y si te mata un carro? ¿Si te agrede un desconocido? ¿Realmente vale la pena arriesgar tanto por una ocurrencia así?»… Tenía tanto ruido en mi cabeza, tanto miedo de arriesgarme, por primera vez en muchos años, por algo que era para mí y por mí. « ¿Realmente valía la pena?», pero ¡por supuesto!, me dije cuando empecé a pedalear y sentir el aire fresco de la mañana y ver los rayos de sol iluminando los grandes edificios de la capital y reverdeciendo las hojas de los árboles. Y sobre todo iluminando mi rostro con una gran sonrisa.

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Cuando llegué al Portal Norte un señor me hizo ver que había olvidado mi casco. De los nervios y la ansiedad lo dejé puesto sobre la mesa. En ese momento pensé en devolverme, en abandonar mi reto. Pero recordé que un amigo vive en Chía y que estaba en mi ruta de viaje. Así que él amablemente me prestó uno. Decidí pasar por el casco y comer algo más. En esa parada aproveché para animarme a continuar con la aventura.

Debo confesar que mi amigo Pedro, un experimentado corredor de montaña, desde el primer momento  me apoyó con sus consejos y ayuda técnica de qué llevar para el viaje. Sobre todo me dijo: —Te conozco, sé que puedes hacerlo fácil. Puedes hacer mucho más—. Y yo simplemente le creí como una verdad revelada. Decidí consultarle mi decisión porque él ha visto mi desarrollo como corredora de montaña y como deportista. Y me pareció alguien sensato para que me dijera las posible consecuencias, aunque jamás me habló de ello (ja, ja, ja).

También hablé con algunas amigas y familiares cercanos, muchos me dijeron que estaba loca y que era sumamente riesgoso y atentaba contra mi integridad. Sin embargo, dos amigo a quienes llevaré por siempre en mi corazón (Terka y Nelsón —fundadores de Raqui Camp, hospedaje y camping en Ráquira), no solo me animaron sino que también me ayudaron a concretar mi plan de viaje. Ellos me dijeron que lo intentara, que me esperarían en Ráquira, pero que si no alcanzaba a llegar hasta allá, en el lugar donde me sintiera muy cansada, me recogerían. Querían que lo intentara. Sé que estaban preocupados, también tenían miedo de que me ocurriera algo en la carretera, yo también, incluso más que todas las personas. Pero nos pudo más el deseo de hacerlo, de saber que es posible y que es más fácil y divertido de lo que una se imagina.

Cuando salí de Chía tomé la cicloruta y la berma. Es un tramo muy seguro y rápido. Sentí emoción al sentirme libre. A pesar de que estaba pedaleando con el peso extra de las alforjas y de mis pensamientos, me sentí liviana, como un ave que surca el cielo con su vuelo. Inicié mi camino con una gran sonrisa. Grité: ¡felicidad! Y sentí que todo era posible y divertido, que la vida era simple y que yo me la había estado complicando incluso años más atrás que mi reciente relación de pareja. Inicié un viaje hacia mí misma para llegar a la mujer que en algún momento se escondió y dejó de existir por debajo de todas las máscaras; para que no se me notara del todo que a pesar de los malos momentos y de toda la mierda que me han echado encima, yo podía sonreír y disfrutar mi vida, mi camino, mi destino, mi forma de ser valiente, aguerrida, tenaz, arriesgada y divertida; para que mi manera de estar en el mundo y relacionarme con los otros se resinificara a través del amor a existir y llenar esa existencia con pasión más allá de lo preestablecido. Tal vez.

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Al retomar el camino, luego de pasar Zipaquirá empiezan los falsos planos (término que aprendí recientemente en la ruta Altos de Potosí, de la experiencia de un bici-amigo). Para llegar a Sutatausa, primero se debe hacer una subida bastante técnica y larga y luego un descenso rápido compartido con tráfico pesado por las minas de piedra, carbón y ladrillo. Pensé que no lo lograría y que debía devolverme. Me repetía mental mentalmente: —Mis amigos me están esperando, aún siento demasiada rabia por todas las mentiras, los engaños, las falsas promesas. Aún me duele que el amor no haya sido suficiente, que yo me haya aguantado tanto. Que me haya creído que no soy “apta”, que no valgo la pena. Aún puedo pedalear más. Me bajaré  y descansaré. Necesito comer algo. Respira. Mira el paisaje. Toma una foto, has una selfie. Es mi viaje, lo haré a mi manera, ¿sabes?—… Cada vez más me acercaba. Cada pedalazo dejaba atrás pensamientos hirientes. Recuerdos que me dolían. Cada pedalazo me llevaba hacia mi destino. ¿Cuál? Cada pedalazo iba dejando en la superficie a la mujer que extrañaba, que me hacía falta. A mi  yo más auténtico. Esa gran montaña me iba a liberar de todo el ruido que me hacía más pesada.

Y de alguna manera así fue. Después de llegar a la cima, vi el humo de las ladrilleras y un gran valle surcado de grandes montañas. Y detrás de éstas quedaba Bogotá. Vaya que el sol me estaba aturdiendo. Estaba sudando como un caballo a todo galope. ¿Valía la pena este cansancio? ¿La incertidumbre de saber si lo lograría? ¿Me curaría del miedo a quedarme sola y sentirme la leprosa de la comunidad? Como sucediera, ya no importaba. Estaba delante de mí el descenso. Antes de dejarme ir, miré nuevamente hacia atrás y vi las montañas, lo quedaba allá en el horizonte. Un paisaje que alimentaba mis ganas de vivir con más pasión. Simplemente empecé a descender a toda velocidad. Sintiendo el vértigo de la existencia y los carros que me pitaban o las personas que me arengaban: ¡Vamos! ¡Vamos! Muchas veces sonreí y levanté una mano para agradecerle su ánimo.

Me sentí tan especial. Recordé también las veces que he ido a Suta a escalar y a compartir con amigos y también con él. Allí lo conocí. Cuando descendí vi los farallones y me despedí de esos momentos. Tenía más hambre que nostalgia. Sin saberlo muy bien, supe que esta era la parte más dura de la ruta. Un punto de no retorno. Así que paré en el pueblo y decidí tomarme una sopa y un gatorade, pues las sales hidratantes me estaban agotando. Almorcé, estiré y recargué mis energías y también les avisé a mis amigos que encaminaba hacia Ubaté. Derretí placenteramente una cholatina en mi paladar. Estaba lista para seguir mi aventura.

A las 1:30 p.m. tomé mi camino hacia Ubaté, tenía demasiada ansiedad y felicidad al mismo tiempo. La carretera es un poco angosta, pero no estaba muy transitada. En Ubaté desvié hacia la ruta que lleva a Chiquinquirá. No sé si fue la comida o mi deseo de llegar pronto, que ya no estaba pensado en nada. Solo disfruté del paisaje y de la sensación de pedalear mecánicamente y verme impulsada cada vez más. Esta parte de la ruta es bastante rápida y sencilla pues es modernamente plana. A pesar de que estaba parando cada dos horas, me di cuenta que a eso de las 6 de la tarde estaría llegando a Ráquira. Cuando pasé la laguna de Fúquene y empecé el ascenso por la vía a Susa, me sentí agotada. Realmente, me dolían las piernas y sobre todo mi trasero. «Menos mal llené la badana de vaselina como me lo recomendaron», dije en voz alta y suspiré antes de empezar a reír.

El atardecer estaba soleado. Maldita sea, cómo me costaba llevar la rabia, los malditos malos pensamientos y los kilos de chucherías hasta la pinche cima de esa subida. Iba regañándome, diciéndome lo ilusa que me creía al pensar que iba llegar hasta mi destino cuando…—Disculpe señorita, ¿hasta dónde va?—, me preguntó un hombre de unos cuarenta años que asomaba su cabeza por la ventana de un taxi. —A este ritmo hasta Chiquinquirá, le respondí con esfuerzo mientras resoplaba. — ¡Ánimo, ánimo!, empezaron a gritar otros señores que iban de pasajeros en la parte posterior. ¡Usted es una valiente, qué verraca! « ¿Lo soy?» ¡Ya le falta poco! ¡Hágale!—, y el taxi arremetió con fuerza la empinada cuesta. —Gracias, ¡lo haré!, grité con ganas de bajarme y ponerme a llorar. ¡Maldita sea, en qué diablos estaba pensado! Pero falta poco, ¿no? Crazy, crazy… Y sonreí al ver la laguna que es ahora más pequeña, a diferencia de hace unos 20 años. Lo suficientemente loca para darle un giro a mi vida, para empezar de cero todas las veces que sea necesario y para atreverme a intentar cosas nuevas. Tal vez. Tal vez no.  

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Lo que los señores me dijeron no era cierto del todo. Tal vez en carro era cerca,  pero me faltaban unos 50 o 60 kilómetros, en los cuales esa maldita subida era más de la mitad. Sin embargo, seguí con mi plan de descansar en intervalos de dos horas, estirar, comer e hidratarme y sobretodo, darme ánimo.

Así que lo hice. Cuando superé ese alto, vino la gloriosa bajada, que se alternaba con pequeñas cuestas hasta Tinjacá. Allí paré. Cuatro de la tarde. Mierda, no voy alcanzar a llegar. Decidí comerme una empanada y otro gatorade. Una vez más tenía mucha hambre, incluso, las barras y el bocadillo parecían insuficientes. También aproveché para orinar. Las sales hidratantes hacen que orines menos y son muy efectivas por eso. Planeé mi viaje como si fuera a hacer una maratón de trail running. (Y funcionó en cierta medida ja, ja, ja). También aproveché para llamar a mi amiga Terka y decirle que definitivamente no llegaría a Ráquira, no solo porque estaba cansada sino también porque no quería montar bici de noche. No llevaba luz suficiente y por ser vísperas de noche buena, había demasiado tráfico y personas tomadas al volante. Así que honestamente me dije: —Bueno,  llegaré hasta Chiquinquirá, eso es incluso más de lo que habías creído algún día harías en bici. Date por bien servida—. Terka aceptó recogerme en el lugar pactado. Sentí un tremendo alivio.

De modo que me tomé con calma el último tramo de unos 20 km, aproximadamente. Me dediqué a pensar en lo que me había guardado y que me hacía enfurecer. Aquellas cosas que aún no había resuelto, sobre todo con seres queridos y cercanos. Pensé y pensé. Mientras daba un pedalazo tras otro. Y también me mantenía con esfuerzo sobre el poco espacio de la línea blanca. ¿Cuánto podemos guardar y rumiar? ¿Cuánto ruido estamos dispuestas mantener en nuestra cabeza para no escuchar lo esencial? Vi el cielo, las nubes, los árboles, las casas de madera y tapizado, algunos campesinos con las vacas en los potreros, las vacas rumiando en los potreros ignorando que morían o que serán ordeñadas temprano en la mañana, las casas humildes con su humito y olor a leña; las montañas lejanas y los días que ya no volverán con él. Ya no me dolerá tanto existir resistiendo por amor. ¿Cuánto podemos perdonar por amor a otra persona? ¿Cuánto se nos puede desgastar el amor propio por amar a otra persona?, me pregunté tranquilamente. Tantas palabras que me hirieron, tantas veces que lloré desconsoladamente y fueron mínimas las caricias, los abrazos, las palabras de aliento. Aprendí a llorar y a sufrir en silencio desde que mi madre murió, que se me olvidó que podía pedir consuelo o una tregua. Y aunque lo hice, mi máscara de mujer de acero, invencible y fuerte no permitió que alguien se me acercara, menos él, que no podía verme, que no pudo amarme, que no sabe cómo amar.

Pronto vi un letrero que decía Chiquinquirá 1km. El kilómetro inacabable como siempre, como en las carreras que he corrido antes de llegar a la meta. Pedaleé dejando atrás todos esos pensamientos. No sé si era el cansancio físico, si esa manera de agotar mi cuerpo para que mi mente ceda a la paz y a la calma me llevó a creer que ya no sentía ni tan si quiera un poco de ese odio provocado por la frustración y las decepciones que acumulé, que cuando entré en el pueblo de mi destino, se esfumó. Me sentía tan liviana, tan libre que mi existencia se asemejó a un jarrón vacío, con el suficiente espacio para lo que quedaba del viaje y de la vida. Entonces comprendí que ese peso extra que llevaba conmigo no era solamente por las alforjas y la comida, sino también el ruido que se había instalado en mente, en mi corazón. Ya en Chiquinquirá me detuve a ver cómo se oscurecía la tarde y mi cuerpo pedía una cerveza helada, una ducha caliente y una cama para descansar. Sentí un clic cuando me detuve. Claro que estaba cansada, pero no era comparado a lo que llevaba guardado y no podía escuchar con atención.

 

Recomendaciones:

*Entrena en lo posible para hacer un viaje largo. (Hace tu viaje más ameno y puedes disfrutar más el camino).

*Si tu bici es de montaña, cambia las corazas por unas lisas. (De verdad que te rinde, sobretodo bajando)

*Usar badana para hacer recorridos largos (ponerle vaselina para evitar lesiones en la piel).

* Hidrátate días antes con sales hidrantes y bebidas energizantes como gatorade y también en el recorrido, así evitas calambres y fatiga muscular.

*Consume barras energizantes, fruta deshidratada, frutos secos, bocadillo y todo lo que te pueda dar calorías  para mantener la energía, pero que sea fácil de comer mientras pedaleas.

*Planea el viaje (sobre todo para saber dónde puedes parar y abastecerte y hasta dónde llegarás).

*Si tienes miedo de viajar sola, de todas maneras debes hacerlo, de pronto corres el riesgo de encontrarte para siempre y no perderte jamás. O tal vez no suceda eso, sino otras cosas. Quién sabe.

*Si estás pasando por un momento de ruptura amorosa y no deseas hacer la fácil (salir y emborracharte, etc., etc.), mejor has un viaje en bici, no te curará la tusa del todo, pero por lo menos es más divertido y centrará todo tu poder y amor propio en ti.

*Hay más chicas viajando en bici como Violeta33 (en instagram).

*Para comprar accesorios y demás cositas bonitas visita la tienda Escarabajo_cycling.

*Y por favor visita Raqui Camp, es el mejor hospedaje en el que me he quedado. Además de que es un lugar muy tranquilo y hermoso, te sentirás como en casa y podrás disfrutar de los lugares y artesanías de Ráquira. (Si deseas hacer este recorrido hasta Raqui Camp, puedes contactar con Nelsón  (+57 3219249543) o Terka (+57 3187790670) u ojear en el fb (https://www.facebook.com/profile.php?id=100013422888658)

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Mapa de la ruta:

*Se puede hacer en menos tiempo unas 12 o 13 horas.

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Licenciada en Español y Literatura de la Universidad Industrial de Santander-UIS. Especialista en Creación Narrativa de la Universidad Central-UC. Actualmente, estudia una maestría en Escritura Creativa en Español en la Universidad de Salamanca. Ha sido correctora de estilo para la Universidad Manuela Beltrán y Pamplona, así como para diferentes empresas y editoriales del sector público y privado. Se ha desarrollado como editora en proceso de autoedición y servicios editoriales para autores y fundaciones con enfoque de género y memoria. Ha sido profesora escritura creativa para la Fundación Arte y Escritura. Ha desarrollado cursos de francés básico para público en general y empresarial. Se ha desempeñado como Directora ejecutiva y administrativa de la REIC para la FILBO 2018 y proyectos a la par. También es escritora y ha publicado poemas, cuentos, artículos, ensayo, crónicas, entre otros, para portales independientes en internet, publicaciones universitarias y revistas independientes sobre la creación literaria, redacción, gramática, comprensión lectora, edición independiente, feminismo, educación, deportes como escalada, trail running y mountain bike.

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Poemilla

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Foto: Oleg Oprisco.

 

Quisimos amar a otras personas,

Lo intentamos, tal vez, quién sabría…

Quisimos amarlos,

Pero en silencio, como un susurro

Estaban nuestros nombres en la boca;

Y un grito atascado

Opacado por el ladrido de los perros,

La música de los vecinos,

Cualquier cosa que creímos…

Podía hacernos olvidar.

 

Escrito por: DOGR

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¿Por qué correr grandes distancias y no ir a clases de meditación?

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Esta vez voy a empezar por el final. Esta soy yo, seis horas después de correr 25 km en una carrera de Trail running, llamada Volcano Trail; desarrollada principalmente en el Volcán el Machín del municipio de Cajamarca-Tolima… en el país más exótico que conozco hasta ahora: Colombia.

Antes del final – para ser exacta a eso de la mitad de la carrera- en mi pie izquierdo apareció una ampolla igual de grande a mi talón, me sucedió mientras corría, creo que fue en el kilómetro 12,  luego de pasar el segundo punto de hidratación. ¿Por qué no dejé de correr? Al principio creí que era una pequeña molestia, tal vez por el calor  y por el terreno pedregoso y caliente de la tierra, creí que los zapatos me estaban incomodando “lo normal”, que la molestia era debido al esfuerzo que estaba haciendo por alcanzar a las tres primeras competidoras que iban delante de mí. Así que creí que era algo menor, que si no se reventaba la ampolla, no habría nada de qué preocuparme. Y seguí avanzado otros tramos, hasta que en un descenso técnico me vi en graves aprietos porque realmente la ampolla ya no se sentía tan pequeña, es más, fui consciente de que era un gran ampolla y que me estaba doliendo lo suficiente para hacerme creer que lo mejor era abandonar la carrera.

En medio de esos pensamientos, supe que no lo haría, pues estaba en la mitad de la carrera, lejos de los puntos de ayuda y no me rendiría por algo como eso, a menos de que ya fuera insufrible. Menos cuando me había prometido correr velozmente exigiendo un ritmo más constante en descensos y ascensos para saber si podía lograrlo. De modo que esas ideas se esfumaron a causa de los pensamientos que me repetí mentalmente:

>Sabes que es una pequeña molestia, has pasado por cosas peores, más dolorosas, esto no es nada . ¡Qué hermoso paisaje! ¿Qué pájaros están cantando? ¿Cuánto calor hace? ¡Debo darme prisa para terminar con esto! ¡¡Venga, ánimo, estás hecha para correr, naciste para correr, amas correr!! Aprieta, aprieta y respira… Cuando llegue a la meta me comeré algo delicioso y una cerveza helada… Venga, sigue, sigue que ya las alcanzas.

Había una maravillosa lluvia de pensamientos que me animaban a seguir, a mantener la calma, a controlar el dolor. Cuando empiezo a correr en una competencia, casi siempre tengo un montón de ideas en mi cabeza. Los primeros  kilómetros se hacen insoportables porque puedo escuchar atentamente todas aquellas cosas que ignoro por el afán de la rutina y los días interminables de trabajo y entrenamiento. Pero cuando corro distancias largas no puedo escapar a ese tiempo en el que me debo escuchar atentamente así como los demás sonido del bosque, la selva, el páramo… de la naturaleza en la que corra. Es como una meditación. Porque luego de los diez kilómetros todos los pensamientos empiezan a reducirse y siento que soy liviana, ligera y rápida y que todo lo otro no importa. Solo transcurro por paisajes e imágenes rápidas, de las cuales recuerdo lo que me transmiten. Puedo decir con seguridad que, unos kilómetros antes de terminar una competencia, a pesar del cansancio y la fatiga, mi mente está completamente en blanco, en el presente, en el momento ahí, en un estado de concentración tan profundo que solo estoy corriendo sin más, sin pensar en nada. Solo corro con una inercia a la que le llamo ritmo y con una alegría tremenda, pues cada vez que estoy más cerca a la meta, me puedo sentir más orgullosa de quién soy. Acepto el esfuerzo que hice, valoro cada progreso y añoro con hacerlo cada día mejor, es decir, que pueda correr más en silencio, despejada y con una sonrisa más grande que el cielo; que esa hermosa sensación de tener la mente en blanco invada mi mente siempre.

Los pensamientos que acuden a mi mente cuando corro se parecen a la nubes del cielo. Nubes de diversas formas y tamaños. Nubes que vienen y se van. Pero el cielo siempre es el cielo. Las nubes son sólo meras invitadas. Algo que pasa de largo y se dispersa. Y sólo queda el cielo… Haruki Murakami, De qué hablo cuando hablo de correr.

Pero, ¿por qué correr grandes distancias y no ir a clases de meditación? Tal vez porque mi naturaleza salvaje me empuja hacia lo primitivo de la existencia humana, tal vez porque me di cuenta que cada fragmento del paisaje me evoca una nueva idea, un renovado pensamiento y mi mente se hace fuerte al mismo tiempo que mi cuerpo. Entonces, allí en esa dualidad (dualidad que me permito honrar porque nos han enseñado en occidente a creer que estamos separados, dispersos e inmunes) me siento completa, maravillosamente completa y enamorada de la vida. Eso es lo que pienso parada en la meta, antes de salir. Pienso que amo la vida y que la siento plenamente cuando me dedico a recorrer el mundo con mis pies, pulmones y brazos impulsando mi existencia hacia adelante, descubriendo cada tramo, improvisando soluciones y luchando hasta el final, cualquiera que sea.

Solamente resta por decir: ¡Vamos a correr, en manada o en solitario…! ¡Vamos a meditar de maneras diferentes y efectivas para nuestra vida!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Premonición

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Foto de Oleg Oprisco

El ángel de la muerte nos recuerda en cada muerte

Que es absurdo nuestro cansancio, sudor y esfuerzo

Por mantenernos alejados de su gélido beso

 

El ángel oscuro de la muerte

Arrebata sin compasión la vida

De nuestros seres amados

El ángel oscuro de la muerte con sus garras

Aprisiona el alma y la reclama

Para sus fines de ultratumba

El ángel oscuro de la muerte se ríe

De nuestra desgracia humana

Y nos empieza a eliminar el tiempo del recuerdo

El ángel oscuro de la muerte nos recuerda

Cuán frágil es nuestra existencia humana

Y su gélido beso destruye la calma

El ángel de la muerte nos recuerda en cada muerte

Que es absurdo nuestro cansancio, sudor y esfuerzo

Por mantenernos alejados de su gélido beso

El ángel oscuro de la muerte aparece de repente

Para susurrarnos que ya casi es nuestro tiempo

Que el hermano, la madre y el amigo solo fueron meros pasajeros

El ángel oscuro de la muerte entra en silencio

Y se marcha con llantos y pesares

De viudas, madres, hijos y amantes

El ángel oscuro de la muerte nos abraza

Una sola vez, ¡y es para siempre!

 

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LA GENTE QUE CORRE

“—Segunda lección—dijo Caballo—. Piensa fácil, ligera, suave y rápidamente. Empieza con el fácilmente porque si no llegas a más, ya será bastante. Luego prosigue con ligeramente. Hazlo sin esfuerzo, como si no te importara una mierda cuán alto o lejos llegas. Cuando hayas practicado esto tanto que olvides que estás practicando, deberás trabajar en el suaaaaaaaaave. No tendrás que preocuparte por lo último. Una vez tengas los tres primeros, correrás rápidamente”. Christopher MacDougall, Nacidos para correr.

 

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Llevo muchos años corriendo. Al principio fue por mis clases de atletismo en el colegio y en la universidad. Para pasar los exámenes finales del Test de Cooper tenía que correr, pero también para relajarme de la carga académica. Luego de la universidad lo he hecho como un ejercicio complementario a la escalada deportiva. Llevo dos años que lo hago de tres a cuatro veces por semana. Y este último año, por primera vez he corrido con consciencia. He mejorado mi técnica y he corrido más de 100 kilómetros. Hace seis meses empecé a entrenar para mi primera media maratón; es decir correr 21 kilómetros. Mi objetivo es correr 21 kilómetros en montaña.

Como ese es mi objetivo, gracias a un amigo (Mateo) que trabajaba en el Parque Chingaza y mi novio (que hace de entrenador y motivador Jhoany), fui a correr 15 kilómetros a 3700 m s. n. m. La experiencia ha sido increíble. Es la primera vez que corro a tal altura y en tremendos paisajes. Lo más maravilloso es que también se unieron otros amigos que corren profesionalmente y que están entrenado a chicas y chicos que quieren aprender a correr. El grupo se conformó por 9 personas: 5 hombres y 4 mujeres. Así que entre principiantes y expertos nos lanzamos a correr por una ruta que abrió Mateo. La ruta se llama Las Cuchillas, en la que además de correr debimos escalar en tres tramos del camino. La roca, aunque helada, fría y húmeda, ofrece líneas de pasto y tierra por donde se puede subir con cuidado.

 

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Me sentía muy bien. Estaba corriendo fácil, ligera y suavemente. Luego de haber atravesado un tramo de unos tres kilómetros de pantano y tener los pies húmedos, encontramos una planicie en la que pude recuperar el ritmo y tomar algunas fotos. En esos momentos ya sentía hinchadas las manos y, a pesar de mi esfuerzo por mantenerlas calientes, éstas sólo estaban rojas y frías. No me parecía grave, estaba corriendo en el páramo y no tenía hipoxia ni tampoco asfixia. Cuando llegué al primer tramo de roca para escalar, sentí que mis manos no se agarraban muy bien y que esa hermosa pared negra de roca me quemaba las yemas de los dedos. En el segundo, mis manos se agarraban de las presas pero el dolor que sentía fue tan nuevo que no supe qué hacer. Solo quise salir de allí, este tramo es el más alto, tal vez unos 5 a 7 metros de pared rocosa. Cuando estuve sobre la repisa mis manos ardían de frío. Qué extraño, ¿verdad? Me dijeron que las calentara con las piernas. Me acurruqué y las dejé allí. Las froté y decidí meterlas debajo de mi camisa, en mi vientre. Estaba calientito y pude recuperar el calorcito. Mientras yo estaba allí entendiendo lo que sucedía y esperaba a los otros corredores, la espesa neblina que cubría el paisaje se desperdigó y pude ver una hermosa laguna. ¡¡Qué maravilloso!! Fue muy emotivo estar sentada frente al origen de la vida.

 

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Los otros corredores aparecieron y también se tomaron un tiempo para recuperar el calor de las manos. Luego de subir ese tramo nos dedicamos a descender con rapidez hasta llegar al tramo final de roca y subir por una hermosa fisura. Luego seguimos descendiendo y yo iba pensando en el consejo que Caballo, un corredor gringo que se dedicó a estudiar la técnica de los indígenas raramuris, los mejores corredores del mundo…sentía que corría fácil, ligera, suave y rápidamente, y me sentía libre y feliz. Estaba tan concentrada que me parecía un juego esquivar los pastos altos, los tramos de fango y los frailejones. Llevaba muy buen ritmo bajando la ladera, tanto, que en ningún momento sentí que me faltara el aire o fatiga. Tampoco me sentía con sed o con hambre. La sensación de que mi cuerpo se estaba moviendo con una facilidad y ligereza me atrapaba completamente. Mi mente estaba en blanco, sólo disfrutaba del paisaje y me fijaba en que estuviera bien mi postura o en que  los pasos no fueran demasiado largos. Al final de la ladera, llegamos a una carretera de tierra. La ruta estaba húmeda pero se podía correr con tranquilidad. Allí venía mi última prueba para confirmar si mi entrenamiento de dos meses corriendo con un plan adecuado de cortas y de largas distancias estaba funcionando. Y la verdad me sorprendí. Aunque los hombres tomaron la delantera con una mujer, yo decidí correr tranquila mientras tomaba un ritmo que me permitiera terminar la carrera sin caminar, ese era mi principal objetivo. El tramo de carrera empezó con un plano y luego unas curvas en bajada. Cuanto más avanzaba, más se empinaba la carretera y allí sentí agotamiento; pues iba bastante rápido porque quería alcanzar a los chicos. Todo el tramo de bosque de páramo había corrido en tercer lugar, y ahora iba de sexta. Quise alcanzarlos, pero recordé que lo principal era terminar corriendo la ruta. Así que disminuí el ritmo y al ir avanzando me quedé sola. Así seguí unos diez minutos y de pronto vi a una chica rezagada. Decidí apretar un poco más el paso. Cuando la alcancé y la pasé aumenté un poco más el ritmo, aunque empezaba una cuesta. Me sentía bien hidratada y logré mantener el ritmo y terminar la carrera en quinto lugar con ganas de continuar. Cuando llegué al punto de donde habíamos partido, no me lo podía creer, porque sentí que podía correr más. Todavía tenía suficiente energía y sobre todo pensé que podría pasarme algún otro corredor.

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Lo mejor de esta carrera de entrenamiento fue esa maravillosa sensación de correr en manada. Esos tiempos en los que descansábamos y esperábamos a que todos estuviéramos reunidos y poder continuar. Imaginaba, a veces, sin esperarlo, que todos estábamos de cacería o en una travesía; sobre todo en esos momentos en los que nos ayudábamos y apoyábamos para continuar. Qué hermosa sensación de comunicad, de unión y de fraternidad. Era la primera vez que corría con Pedro, Ivón, Álvaro y dos chicas más, ahora son más familiares, y sentí una tremenda afinidad por volver a correr a su lado. Una experiencia que me ha llevado a competir este año en dos carreras de 13k y 15 k para medir mi capacidad de competencia (digo esto a las personas) pero yo sé, íntimamente, que es para sentirme libre al correr, al detener el tiempo, al desaparecer de la “realidad” y al estar en el momento presente, al dejar mi mente en blanco, al decirme con cariño cosas como “soy fuerte, ágil, veloz y tenaz”, “puedo un poco más, quiero correr más”…así me voy diciendo cosas bonitas cuando me siento agotada, cuando me distraigo y pierdo el ritmo o cuando la cuesta empieza a darme lecciones. Ése es el principal motivo: aprender de mis límites, de mis retos, de mis pensamientos, de mi voz, de las personas con las que corro y entreno, de la montaña, de la vida…así voy tan libre y veloz como me animo a hacerlo.

 

Escrito por Dunia Oriana González Rodríguez

Todos los derechos de autor reservados.

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April 28, 2016 · 12:20 am

The Diary of a Teenage girl

El contexto de la historia se desarrolla en San Francisco en los años 70. Minnie es una chica de 15 años que quiere ser artista de cómics. De repente, en su curiosa manera de ver el mundo siente una terrible atracción por Monroe, el novio de su madre. Como la mayoría de las mujeres adolescentes, Minnie duda de su cuerpo, de su belleza y de quien es, porque es apenas el inicio al autoconocimiento.

Ella se enreda con Monroe quien termina amándola. Sin embargo, como pasa en la vida, todos los juegos van hasta un límite. Y su madre escucha las grabaciones que ella hace casi a diario de lo que vive. En esta historia sobre el despertar de una mujer para muchas personas puede ser algo que asusta y que realmente debe evitarse a toda costa. Minnie comprende que ha despertado al autoconicimiento mediante el placer, la lujuria, el deseo y los juegos sexuales reafirman quién realmente puede llegar a ser.

En nuestra sociedad las mujeres que expresan apasionadamente sus deseos, no sólo se les teme, a veces también se les juzga y se les convence para que asuman un papel de mujer buena, asexual y sumisa. Nos enseña a temer a la soledad, a la autoexploración sexual e intelectual y también nos hacen creer que no podemos ser felices sin un hombre a nuestro lado o  a través de él. Queda por decir que esta película fue dirigida y escrita por Marielle Heller  y está basada en la novela gráfica de Phoebe Gloeckner.

 

El link donde se puede ver la película:

http://www.pelismundo.com/diario-de-una-chica-adolescente-the-diary-of-a-teenage-girl/

 

 

 

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Zigzag

Francesca Woodman Zigzag

Fotografía por Francesca Woodman.

 

 

Estoy ebria si acaso

estoy viéndome el rostro en esa otra que desea

estoy ebria y sin un vaso de licor.

Quizás pienses que es imposible

esta manera de embriagarme con las posibilidades.

Estoy hambrienta

como mujer que se refugia de la guerra

y come manotadas de tierra antes de vomitar nada.

Estoy ebria si acaso de pensar en este juego

en el que tus palabras son dardos

palabras juguetonas en mis manos

palabras astutas que susurran  la realidad que dibujamos

palabras que vienen en un mensaje instantáneo

y que mueren por falta de verdad.

Estoy a punto de tocar con los pies el suelo

pues ya me he elevado con los artilugios

de tus ojos y tus brazos y tu voz.

Estoy ebria si acaso

de todas las cosas que he imaginado.

Estoy segura del fin del tiempo

y de esta extraña manera de anhelar ser otra

tan ingenua y alerta

tan prevenida y dichosa

tan serena y tormentosa

tan otra yo y fuera de mí.

Estoy segura que me he convertido

y ya no tengo remedio.

Ya es tiempo de volver a ser la misma que observa

las hojas de los árboles movidas por el viento

iluminadas secretamente

con un haz de luz amarillento

debajo debajo del alma de las hojas

donde yo sé que soy otra

la mejor que se me ocurra ser

la que mejor me queda

a la que más anhelo…

Han sido los días más fríos

han sido las noches más silenciosas

y las hojas más blancas que nunca

y ahora están apareciendo estos caracteres

aún quiero decir que te deseo

y no te amo.

Escrito por Dunia Oriana González Rodríguez

(Todos los derechos de autor reservados)

 

 

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LOS NEGOCIOS DE PAPÁ

padre e hija

Fotografía recuperada de: http://entremujeres.clarin.com

Cuando papá nos lleva al parque, nos compra conos dobles. Madre no está de acuerdo con sus visitas, dice que  los dos tienen “diferencias irreconciliables”, y Susan, mi hermana menor, me pregunta qué son esas cosas irreconciliables, y yo subo los hombros y me voy. Pero para ella no es suficiente y me tiene dando lata un buen rato; quiere saber cada cosa, no entiendo para qué si siempre hace lo que quiere. Por ejemplo, llama a papá por su nombre: Aldo. Él a veces me dice que no le gusta que lo llame así porque le recuerda mucho a mamá furiosa.

Mamá se enoja cada vez que Aldo llega sin avisar.

― ¡Usté no cambia! ¡Se aparece cuando ya estamos almorzando! ―, se quejó la última vez que vino papá.

Recuerdo que  se levantó antes de que Aldo se sentara y empezó a servir el sancocho tan rápido que se le rebosó el plato y tuvo que cambiarlo por otro. Cuando él se sentó me hizo parar por los cubiertos y por una cerveza. Todos comimos en silencio. Susan tiene por costumbre  cantar el Rinrin Renacuajo, pero ese día solo tomó la sopa sin levantar la mirada. Yo, por el contrario, los miraba y me pareció que tenía un sabor amargo.

Ella está segura que él es como esos señores que la otra vez escuchamos en la plaza. Nosotras volvíamos del parque. Era domingo y fuimos a almorzar fuera de casa. Enfrente de la iglesia hay una plazoleta amplía donde duermen perros a la sombra de las ceibas y los viejitos en círculo juegan cartas o se sacan la boinas para refrescarse la cabeza. Ese día estaba bastante llena. Había un señor con sombrero y barba y unas manos que se batían al ritmo de las palabras, como le narró mamá a su amiga en el almuerzo.

―Imagine al Chucho con la pinta de gamonal en medio de la plaza.

― ¡Ese se está buscando una muerte pendeja!

― Lo peor es que hablaba de derechos y vida digna e igualitaria.

Las dos mujeres se rieron nerviosamente. Callaron un momento hasta que Clarita se levantó porque el café se había regado.

― ¡Aj! Siempre la misma vaina, ¡Chucho me va dejar viuda sin siquiera casarnos!

― Mija, mejor sola que mal acompañada, pero a ese no más lo asustan y ya.

― ¿Usted cree?

Clarita sirvió dos tazas de café. Se dirigieron al jardín para observar a dos niñas que alimentaban alegremente los conejos de las jaulas. Cuando se sentó, dejó escurrir una lágrima gorda y lenta.

Cuando viene papá de visita se demora pocos días, lo máximo que ha estado con nosotras fue un mes.  Pero como dijo Rocío:

― ¡En contra de su voluntad!

Esa vez, desde que llegó, llovió dos semanas seguidas, y luego el río creció y dejó el pueblo incomunicado, bueno eso repetía un señor en la radio. La carretera que lleva a la ciudad más cercana tuvo muchos derrumbes, así que a Aldo no le quedó más remedio que quedarse. Rocío andaba por la casa tirando los platos. Parecía que había enloquecido. Tenía la cara muy roja y lloraba cada vez que hablaba. A veces podía ver cómo las venas de su cuello se engrosaban cuando daba una orden.

― ¡Susan, él se va quedar en el cuarto y punto!

En aquel mes papá me enseñó lo que es ser un hombre de negocios, un comerciante como él le dice a Rocío. Aunque yo quería contarle a mami cuáles eran los negocios con los que papi podría al fin vivir con nosotras, él me hizo prometerle que sería nuestro secreto, la sorpresa que haría feliz a Susan y a mamá.

Podría decirse que debo agradecer a la lluvia por unirme con papá así a mamá le disguste; pero la verdad me hace muy feliz, pues mamá y Susan están muy unidas.  Tal vez por eso Rocío dice que me parezco a Aldo. Una vez que jugábamos a las escondidas con Susan, yo me escondí en el chifonier de la pieza de mi madre, en ese momento mis papás entraron y mientras discutían me enteré que esperaban un barón pero nací yo, por eso cuando papi decidió compartir su secreto conmigo mi corazón volvió a latir con naturalidad. Susan tardó muy poco para encontrarme, pues yo salí al rato de mi escondite para que mis papás dejaran de gritar.

Recuerdo perfectamente la primera vez que papi y yo fuimos de negocios. Ese día yo llevaba mi mejor vestido y mis zapatos de mafalda de charol. Yo misma me bañé, escogí el vestido blanco con encajes rosas, que me regaló en el cumpleaños del año pasado, siguiendo las palabras que papá me había dicho. Ese día mamá y Susan tenían un evento en la escuela, y como Susan y yo nos llevamos tres años de diferencia estudiamos en jornadas contrarias, por eso cuando papi y yo salimos en la tarde, ellas aún no llegaban.

Aldo dijo que asistiríamos a una cita, ósea una reunión con unos señores con los que íbamos a negociar. En el recorrido me llevó los hombros con una mano y con la otra la sombrilla para no mojarnos con la lluvia. Así atravesamos la plaza del pueblo hasta tomar una calle bastante angosta. La gran campana de la iglesia repicó para avisar la misa de las cinco. Miré cómo el estruendo del campanario hizo volar una bandada de palomas que volvieron al campanario porque la lluvia las empujaba contra el piso. Me fijé cómo los abuelos se dirigían a la misa con paraguas negros y periódicos debajo de sus sobacos. Mientras caminábamos papá y yo entramos en una tienda para escampar; papá se quitó el sombrero blanco de cinta negra que tanto le gusta, se peinó los pelos desordenados y también su barba. Se secó la lluvia del rostro con el poncho. Por esa época se vestía así  y mamá decía que él se había quedado en “los años mozos”. A mí no me disgusta que papá use jeans pegados y sus botas Brahama, porque así yo vi que pasaban a unos señores en la tele de la tienda. Ese día papá llevaba una camiseta negra y al final del recorrido me contó que había llegado hasta Ecuador y allí había descubierto su vocación de comerciante.

Me dijo que para llegar hasta Ecuador hay que tomar un bus y viajar durante días para pisar la línea que divide la superficie del planeta en dos partes. El Hemisferio Norte, donde hay mucha nieve y las personas hablan diferente a nosotros, y el Hemisferio Sur del que nosotros hacemos parte. La verdad no entendí del todo, hasta que llegamos a casa y él me mostró en el globo terráqueo  donde quedaba mi país y la línea imaginaria que atraviesa la tierra, las personas, las casas, las ciudades, los mares, las montañas que nadie ve a pesar de que se esfuercen.

A mí me gusta deambular por el pueblo, es muy pequeño a diferencia de los otros en los que hemos vivido. Este está dividido por un río. Yo vivo al lado de la alcaldía y la estación de policía, y mi amiga Choco vive al otro lado, cerca del hospital y la escuela. Al tomar ese callejón me asusté un poco, pues la entrada era oscura, pensé que caeríamos en un hueco o nos chocaríamos con una pared, pero en medio del callejón apareció una puerta roja que decía: Bi-llar- la- Es-tre-lla. Al llegar, papá tenía las botas mojadas y lo primero que me impactó fue la luz roja de algunas bombillas, solo había visto esas luces en navidad, pero en este lugar había en las mesas y en donde vendían bebidas.

Una señora que tenía ropa muy ajustada nos recibió. Sus labios eran de un rojo intenso, ni comparado con el rojo de mi bom-bom. Cuando papá se acercó ella me cogió los cachetes y soltó una carcajada haciendo que sus grandes senos casi se salieran del vestido. Sus uñas eran muy largas, pensé que atravesarían la piel de cualquiera, como las brujas de las películas. En cada dedo tenía anillos y colgantes en su cuello y orejas. Se acercó a papá y le susurró algo al oído. No escuché que le dijo porque en ese momento alguien le echó monedas a la rockola, que a veces dejaba salir rancheras a todo volumen y otras simplemente dejaba de funcionar. Solo vi que ella recibía dinero de papá y nos fuimos a la mesa donde jugaban cartas unos señores.

Cuando llegamos a la mesa papá me presentó como su Retoñito. La mayoría de señores eran canosos y muy gordos. A mí me dio mucha toz por que el humo del cigarrillo no salía por ninguna parte, solo se quedaba encima de nuestras cabezas. Tosí hasta que papá me sacudió y me miró seriamente: ― Ya para con la toz―, y a manera de susurro agregó: ―vas a molestar los señores que negocian con papi―. La señora que nos atendió me trajo un vaso de agua y me calmé un poco. Pero en verdad me esforzaba para que el humo no se quedara en la garganta y me hiciera toser y Aldo se enfureciera.

Los señores vestían igual. Con camisetas y chaquetas de cuero. Tenían un poncho terciado y algunos, tabacos; y otros, cigarrillos. Encima de la mesa había billetes, monedas, cartas y dados. También una botella y copas de vidrio para servir el aguardiente, algunas estaban quebradas. Un señor se pasaba el pañuelo por la frente y el cuello. Al parecer el calor del lugar lo sofocaba. Yo también descubrí que tenía empapada la nuca. Me abaniqué con mis manitas. Los señores sonrieron a mi gesto. Yo permanecí sentada en las piernas de Aldo mientras se unió al juego. Sacó un billete y lo puso en el montón que había en el centro. El señor que estaba sentado a nuestra izquierda  me ofreció un caramelo. Intentó sonreír y pude ver que sus dientes de adelante eran de oro. Mi abuelo me contó que cuando él era niño el señor que ponía las herraduras a los caballos también era el dentista del caserío. Entonces cuando un diente se dañaba lo recubría con oro para mantenerlo y no quedarse desmuelado. Pensé en lo que me contó mi abuelo al ver que la mayoría de señores también tenían dientes dorados. Revisé los de Aldo, por si de pronto estaba soñando y se veían blancos. Respiré con alivio. Aldo me sacudió para que tomara el dulce que me ofrecía y dejó el billete que le había alcanzado con la otra mano.

―Aldo los negocios son negocios― habló uno de los señores que estaba al extremo contrario de nosotros.

―Por su puesto don Ismael, pero los negocios tienen su tiempo; hay que dejarlos que maduren.

Todos los señores soltaron unas carcajadas. Se les movía la cara y la barriga. Hubo tal momento de furor que algunos se pusieron rojos, otros se atoraron con el humo de los cigarrillos y, al final, unos tosieron hasta que hubo silencio.

El anciano más viejo se aclaró la garganta y comenzó a hablar:

―Aldo: suponga que acá todos somos inocentes, así que por qué habríamos de decir algo…

― A la mesma gente del pueblo no le importa una mierda…― el hombre que interrumpió no pudo seguir hablando.

― ¡Jum! Lo importante es que quién le va a creer a una china tan pequeña.

Y todos los hombres me miraron como si yo fuera un animal extraño. Sentí miedo. Abracé a mi padre quien me acomodó en sus piernas. Me agarré de su camisa porque estaba sentada en un sola pierna casi a punto de escurrirme y me quedé mirando el humo que subía hacia la farola que alumbraba la mesa.

―A ver si comprendo: ustedes no hacen nada y me pagan por nada.

― Aldo supongamos que a alguien se le da por hablar demás. Estamos de acuerdo que si eso sucede tendremos que decir que no se nos puede culpar de lo que no ha sucedido; y que tal vez la naturaleza de las mujeres si es la locura y la mentira.

Los hombres no rieron. Se acomodaron en las sillas; uno prendió otro cigarrillo y otro sirvió una ronda más de aguardiente. Los hombres tomaron el trago, lo levantaron y gritaron:

― ¡Salud! ¡Salud por Aldo!

El único hombre que parecía de la edad de mi padre agregó:

― ¡Salud por el Retoño!

Mi padre comenzó a sudar. Su rostro cambió. Me pareció que se parecía más a esos señores. Me retiró el cabello que se había pegado en mi frente por el sudor y me sopló la cara para refrescarme. Sonreí. Me sentí a salvo. De repente, Aldo cambió de opinión, me bajó de sus piernas. Me giré para buscar en su mirada alguna explicación. El piso era sucio y estaba repleto de colillas y huecos. Vi por debajo de la mesa las piernas de la señora que nos había atendido, tenía unos tacones rojos con el tacón muy gastado; había otras piernas con pantalón de militar y botas de pantano que se entremezclaban.  Mi padre puso su mano en mi espalda y me empujó suavemente. El anciano sonrío y vi que solo seis dientes eran de oro: el colmillo y los dos dientes que le siguen de la parte superior y los mismos de la parte inferior en el otro lado de la boca.

Con alegría extendió sus brazos. Abrió un poco la pierna derecha y con la mano dio unas palmadas sobre el muslo, haciendo pequeñas arrugas y manchas de sudor al pantalón de tela. Miré por última vez a los ojos de mi padre quien sonría como un desconocido detrás de la baraja de naipes que sostenía con las dos manos. La luz del bombillo rojo le ensombreció el rostro, creo que fue mi impresión. Los demás señores me animaron a sentarme en la pierna de don Ismael. Este sacó un billete y me lo alcanzó. Yo no me moví. Mi padre seguía empujándome. El señor sacó otro billete,  y así por cada paso que daba. Cuando me senté en su pierna empecé a temblar. Intenté tranquilizarme, mi padre me había prohibido llorar. Lo único claro fue la sensación de los billetes húmedos en mis manos.

Don Ismael puso la mano sobre mis piernas. Era pesada. Tenía pecas, cicatrices y arrugas. Sus dedos eran gruesos y sus uñas estaban mordidas casi no le quedaba lunita blanca. De pronto me dijo:

― Quiero que me diga “abuelo hágame cosquillas”.

Busqué la aprobación de mi padre. Él solo se escondió detrás de la baraja de naipes. Aldo se percató de que el anciano parecía malhumorado. Me miró y repitió:

―Ahora somos hombres de negocios y ellos son nuestros clientes, comprendes Luz. Hay que hacer lo que los clientes quieren―, y se tomó un trago antes de decir que había ganado la partida.

Escrito por DOGR

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ALMA SALVAJE

WILD

Fotograma de Wild.

Wild es una excelente historia, de esas en las que los personajes sufren más de una transformación, donde deben asumir los cambios y, sobre todo, modificar su forma de pensar. Esta historia llevada al cine está basada en la obra escrita por Cheryl Strayed, Salvaje. Es una película autobiográfica en la que Cheryl después de pasar muchos momentos de negación en los que se hace daño, decide, cuando al fin ha tocado fondo (en apariencia), emprender una caminata que la devuelva a su esencia de mujer fuerte, aguerrida y libre; pero, por encima de todo, una mujer feliz con su vida, con la manera de relacionarse en el mundo.

En uno de los momento difíciles en que todo se le ha salido de las manos, en que sus actos de inconsciencia la han sobrepasado, encuentra una guía de la Pacific Crest Trail y decide caminar más de mil kilómetros sola. Es una emotiva representación de lo que vivió la escritora, recreada por Rees Whiterspoon. Me siento impresionada de cómo las mujeres solemos hacer cosas que para otros pueden ser descabelladas, y, sin embargo, en el fondo habla de una sabiduría intuitiva en la que descubrimos cuál es la enfermedad y cuál la cura.

Salvaje habla de esa intuición, de ese otro sentido que cada mujer tiene para mediar en pro de su equilibrio. A veces tienen que ver con voces que ignoramos porque no dicen lo que queremos escuchar, porque no hablan del engaño. Y otras, es una facultad que permite ver más allá de lo que en apariencia es. Salvaje es la naturaleza que envuelve a la mujer que se considera libre de vivir como lo dicta su instinto, sus sentimientos, su razón, su esencia…Lo salvaje es lo que han querido domesticar en nosotras cercenando lo que verdaderamente somos. Entonces, es cuando surge el hartazgo, cuando tomamos otra vez la rienda de nuestras vidas y es en ese momento en el que realmente comprendemos cómo, dónde, cuándo, con quién y qué queremos vivir. Es el instante en que nos empoderamos de nuestra existencia y, por encima de todo lo que se nos diga socialmente, vemos que la decisión que hemos tomado es la correcta, porque nos acerca cada vez más hacia lo que hemos buscado, lo que se nos pierde en sueños, a través del ruido de los carros y el ritmo de la ciudad. Lo que se nos oculta para que nos arriesguemos a seguir con la búsqueda. No importa si te has encaminado y no sabes bien hacia dónde vas, la misma ruta se irá mostrando. ¿Hacia dónde vas? ¿Qué camino has tomado para descubrir la naturaleza salvaje de la que estás hecha? ¿Cuánto más vas a mirar hacia atrás? ¿Qué te has perdonado? ¿Cuánto amor te provees? ¿Estás dispuesta a arriesgarte? ¿Lucharás por tus sueños? ¿Son suficientes las provisiones?…

Salvaje es aceptar quien eres y aferrarte a ello. Salvaje es vivir con pasión una vida propia, uno sueños propios, un camino propio. ¡¡Salvaje es amar profundamente la vida y luchar porque sea como tú quieres sin miramientos, aunque duela, aunque tengamos miedo!! ¡¡Salvaje es superar los límites y llegar allá donde quiera que se nos ha ocurrido que es necesario o genial!!

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