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Segunda etapa: La vida es más divertida de lo que parece

«Si hay días en los que huir de algo, este es uno de ellos».

Insularidad, Ralph del Valle.

¿Acaso se nos olvida, por aquello de ser adultos, cómo divertirnos y vivir sencillamente? Tal vez. Tal vez no.

Tal vez sea que hay demasiado ruido a nuestro alrededor. Tal vez sea una especie de amnesia que sufrimos por momentos. En este tramo del recorrido, me desperté incluso antes de que sonara mi alarma. No dormí bien. Nunca puedo hacerlo cuando voy a competir, escalar, correr o  montar bici. La ansiedad suele ganarme la batalla. Esta noche fue la misma, incluso un poco más dura. Me he prometido dejar todos los pensamientos tristes y dolorosos mientras voy por la carretera. Me asusta reconocer el momento de crisis y reflexión en el que estoy. Pero me asusta más quedarme en el mismo lugar y resignarme a no hacer algo, al menos a intentar algo descabellado.

Además la familia de Nelsón ha sido tan cariñosa conmigo, que hasta me tranzaron el cabello para que me sintiera más cómoda. Tendría que ser alguien muy infeliz para no reconocer el amor en todas sus formas…¡Qué alegría aprender a recibir!

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Cuando vi por la ventana, el cielo azul estaba iluminado por los primeros rayos  solares. Unas gruesas, gordas y pretenciosas nubes blanquísimas bordeaban los picos de las montañas. Sonreí. Fue suficiente para saber que el día iba ser maravilloso. Tener la fortuna de contemplar el paisaje, eso alienta el alma, el apetito por la belleza. Había empacado la mayoría de mis cosas en la noche. Solo me vestí y corroboré que todo estuviera en su sitio. La familia de Nelsón me ofreció un delicioso desayuno como unos días llenos de amor y alegría. Qué dichosa me sentí, una más de la familia, de la manada.

El primer reto fue al salir de la finca por un camino destapado, a causa de que cambié las corazas de los neumáticos, por unas más delgadas y lisas y hacía que me sintiera insegura entre las piedras y la tierra suelta. Pensé que me iría de cara entre las piedras sueltas (un miedo tonto), pero nada eso sucedió. Me di cuenta que también podría ir por el destapado si era necesario. Por Ráquira la carretera es bastante plana. Decidí tomar la vía Santa Sofía, que me permitía ir por entre los pueblos y los paisajes, y reducir el estrés del tráfico pesado. Fue una certera elección.

Me di cuenta que al pedalear iba sonriendo. Cada pedaleo parecía despertar mi espíritu dormido. Sonreír y sentir el viento fresco sobre el rostro. Sentir tu cuerpo listo para continuar el viaje, es una dosis de alimento para el alma. No es física la sensación. Va directa al corazón como cuando vemos a la persona que nos ama.

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Luego de una hora empecé por una carretera destapada, que en general, estaba muy bien. Me detuve a tomar una foto de los perros que dormían y jugaban plácidamente en la tierra. Qué hermosa sensación de dulzura. Este tramo lo recorrí acompañada de las aves y los reptiles que se escabullían entre los pastos.

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Más adelante cuando inicié el ascenso al pueblo Santa Sofía, la cadena de mi bicicleta se atascó entre el pedal. Me sucedió justo cuando una familia de ciclista acababa de pasarme y darme palabras de ánimo.

Ya venía presentado problemas, al cambiar de plato. Así que me bajé. Me hidraté. Me limpié el sudor de la frente. Me di cuenta que el sol alumbraba con gran esplendor, sin provocarme demasiado calor. Al principio quería arreglarla pronto, como fuera. Así que no podía hacerlo. Estuve a punto de romperla. Cuando me percaté de lo que podría pasar si la rompía, me detuve, respiré y me quedé observando. —Mierda, ¿no entiendo cómo se metió ahí?—, dije en voz alta. Inmediatamente después me reí de mis palabras. Acomodé mejor la bicicleta y decidí actuar con calma. Et voilà, la cadena salió mágicamente y la dejé en su sitio. Le susurré —sé buena, déjame llegar a mi destino—. Y acepté que estoy un poco loca.

Continúe el ascenso. Ya no iba tan pesada como en la primera etapa. Ya tenía menos comida y chucherías (ja, ja, ja). Ese ascenso fue tendido y largo. Tal vez unos 11 km. Sin embargo, cuando llegas al pueblo, hay una pendiente más parada y son unos cuantos kilómetros más, hasta que alcanzas la cima. Desde allí puedes ver vastas tierras y una capilla colorida. Cuando estaba en la cima y vi el descenso, recordé lo que era la verdadera diversión. En ese momento me di cuenta de que ya no estaba huyendo de mis sentimientos. Tampoco de mi pasado, ni del miedo al futuro. ¿Huir? No. Este viaje no era una huida. Era el inicio del verdadero sentido de buscar y encontrar. ¿Huir? Nunca más. Así que tomé unas cuantas fotos. Y decidí lanzarme velozmente por la carretera.

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Yupiiiiiiiii… Yupiiiiii… Yupiiiiiii… Ja, ja, ja. Y me dejé ir hasta el final. Nuevamente hubo un ascenso. De Santa Sofía a  Moniquirá hay varios tramos que están sin pavimentar. Así que es normal que vayas muy campante y de repente tierra, piedras y obreros arreglando la vía. También me sucedió que unos señores de un camión pararon para «llevarme». —Señorita, suba la bicicleta y la llevamos— dijo un señor de unos cincuenta años; mientras que un hombre de unos treinta años abría la puerta de copiloto y me señalaba un espacio a su lado. En otro momento me hubiese asustado. Pero este viaje ya me estaba devolviendo a la mujer subterránea, y le respondí riéndome: —Gracias, pero la idea es ir en bicicleta—. El señor me respondió: — ¡Pero lo que viene es polvo!—. Subí mis hombros con un gesto que denotaba mi nula sorpresa. —Buena suerte, gringa—, fue lo que escuché en medio de la nube de tierra que dejó a su paso.

Y lo que venía no solo era polvo, era mucho terreno destapado. Para llegar a Moniquirá descendí por la carreta que estaban apenas preparando para pavimentar. El terreno es consistente. Aunque hay piedra, son más como lajas y no están sueltas (bueno, no del todo). Así que rodé por esa tierra negruzca, en medio de camiones, carros y motos. Algunas personas me felicitaron. Otras se me quedaron viendo como un bicho raro, como el bicho raro que soy  (ja, ja, ja).

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Al final de ese tramo, nuevamente encontré la carretera pavimentada…y los paisajes de mi tierra. Esos verdes infinitos y el aroma a guayaba entre los pastos. Pude respirar con facilidad y seguir pedaleando con tanta alegría, que ni yo misma podía creer que había logrado llegar hasta Santander. Luego de encontrar Moniquirá, un sitio familiar desde la adolescencia, seguí hacia Barbosa. Ese tramo estuvo fácil y rápido.

De Barbosa a Güepsa, el recorrido fue un poco lento, porque había tráfico pesado de tractomulas y camiones. Y el sol de mediodía me estaba achicharrando. Mientras pasaba por los lugares en los que crecí, recordé aquellos versos de Chavela Vargas, de la canción Las simples cosas:

«Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida, y entonces comprendes como están de ausentes las cosas querida […] Demórate aquí en la luz solar de este mediodía, donde encontrarás con el pan al sol, la mesa tendida […] Por eso muchacha, no partas ahora soñando el regreso, que el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo».

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Por eso, antes de arribar a mi destino del día, al pasar cerca de una tienda, escuché cómo unos señores mantenían el siguiente diálogo:

—Ahí va la gringa…— dijo un anciano mientras tomaba de su cerveza águila.

— ¡Vamos, ya casi llega!— gritó otro hombre de mediana edad, mientras sonreía.

—Las gringas hacen eso, se van por el mundo solas, viajan así—, dijo el abuelo con un tono de sabiduría y certeza.

— ¡Vamos que luego es plano!— agregó el tendero que barría hojas secas en la entrada del negocio.

Yo levanté mi mano y les grité: — ¡Bye, bye!—. Tal vez para que esa fábula fuera real, de alguna forma y en sus imaginarios existiera al menos esa certeza.

Tal vez, esa fábula ya era real. Tal vez, aunque no fuera gringa, sí era una mujer que estaba viajando sola en su bicicleta, con el peso de la vida y los sueños por cumplir.

Cuando llegué a Güepsa, me sentí en casa. Recorrí las calles y vi las fachadas de las casa. Muchas permanecen igual. Otras han cambiado. El pueblo se veía y se sentía diferente, pero yo, por primera vez en muchos años, me sentí «yo». Así, sin más. Tal vez. Certeramente, sí. Me sentí la chica nueva, la hija pródiga y la trotamundos que sabe volver a los lugares donde aprendí a amar la vida. Donde la vida también me amó. Y donde los seres que considero mi familia agregada también me enseñaron el significado del amor y la amistad.

Mi llegada fue natural. Mis tíos me abrazaron y me felicitaron por mis logros. Yo sentí un alivio tremendo. Algo por fin había terminado. Un ciclo de perderme y no encontrarme se había cerrado. Estaba en casa, en el caluroso abrazo del hogar. ¡Qué divertido fue el tamo de 70 kilómetros!

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Sugerencia:

*Si en algún momento de la vida te sientes en crisis, no huyas de las mismas formas que has hecho siempre. Intenta una nueva o encara la vida como se debe. Aunque también, recomiendo hacer cosas descabelladas. Eso es todo.

*Aplican las mismas sugerencias del post anterior: 

350 kilómetros de Viaje Interior

Mapa del tramo Ráquira-Güepsa:

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