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El síndrome de la exiliada en la escalada

El síndrome de la mujer exiliada tiene como consecuencia desarraigar a la mujer de una actividad que la divierte, la hace más fuerte o le permite ser…

 

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Gimnasio de escalada Zona de Bloque. Escaladoras Du y Shafi.

«¿Qué cosas no pueden hacer las mujeres porque son mujeres?», se pregunta Chimamanda, escritora y feminista africana, en su libro Cómo educar en el feminismo.

  Esta es una pregunta planetaria. Cabe hacerla en cualquier sociedad o nación. Específicamente a las mujeres se nos ha reducido a cumplir con unos roles establecidos, que «funcionaron» hasta el siglo XIX, claro está en detrimento del desarrollo de la mujer así como de la humanidad. Se nos condenó a ser menores de edad, a no ser reconocidas como ciudadanas ni como seres humanos (al punto que los animales y los negros estaban en una categoría por encima de la mujer, y ellos tampoco eran reconocidos como seres con derechos, con alma, con vida propia que debía ser protegida y respetada); a portarnos según unas normas de moral establecidas por la religión imperante y tener que ser endebles, sumisas, abnegadas y serviles, aunque el trato que recibiéramos fuera violento, abusivo e incluso mortal.

  En un contexto general, la evolución de las mujeres y sus roles en la sociedad ha cambiado drásticamente, y eso es un alivio y una carga al mismo tiempo; porque aunque tenemos derechos, oportunidades… aunque podemos ser libres, independientes, trabajadoras, felices, amorosas, guerreras y  hemos reducido la carga del hombre macho alfa dominante dador todopoderoso del hogar o de las relaciones; esto nos deja relegadas en las comunidades que aún no asimilan estas ventajas, estas pequeñas luchas ganadas.

  Un caso visible sucede en la comunidad de escalada en Bogotá. Lamentablemente aunque hay mujeres del siglo XXI (me refiero a mujeres que se han empoderado en el rol de vivir su vida con libertad, independencia, esfuerzo, amor y trabajo, en un arrojo individual de equilibrar las inequidades del país); en otras palabras, mujeres que han despertado del letargo, inducido por unos estereotipos establecidos y reforzados a través de la educación y cultura del machismo, sean permitido vehemente abrir sus propios caminos y establecer sus maneras propias de desarrollarse en cualquiera de los ámbitos que deseen; muchas de estas mujeres han sido señaladas cuando han dejado de pertenecer a la dinámica de ser la novia-sombra-costilla de un escalador.

  Para ser más precisos, una mujer escaladora, antes de ser reconocida como tal, primero debe ser tomada como la chica o la novia de un escalador; si el caso de estatus logra trascender de la comunidad machista y cerrada de la comunidad escaladora. No solo los hombres ejercen este tipo de exclusión, muchas veces y tristemente son las mismas mujeres quienes se encargan de hacer que este ejercicio de poder que se origina desde lo masculino trascendiendo el círculo de lo femenino, donde una mujer puede ser tratada como una leprosa  o una persona peligrosa a la que se le pone una etiqueta de «soltera disponible», «soltera desesperada por un hombre», «mujer proclive a la infidelidad y al promiscuidad, «la quita novios», entre otras, cuando termina una relación con un escalador.

  Es inadmisible que una mujer que esté «sola» continúe practicando la escalada. Por lo tanto deberá soportar las críticas y opiniones de la ruptura, señalamiento como alguien no apreciada, exclusión del círculo próximo de diferentes maneras; la más usada es haciéndola sentir que tiene poco «valor», porque ya no es la novia-esposa-chica de un sujeto en cuestión.

  Este tipo de práctica envía un mensaje claro a la comunidad: si no tienes pareja entras en una zona roja, en la que serás tachada, señalada y vista como un miembro sobrante. ¿Has cumplido tu función? ¿Cuál es el rol de una mujer en la escalada? ¿Cómo debemos comportarnos? ¿Qué cosas podemos hacer cuando somos realmente escaladoras en una comunidad machista? ¿Por qué a muchas mujeres les ha sucedido lo mismo?

  El síndrome de la mujer exiliada tiene como consecuencia desarraigar a la mujer de una actividad que la divierte, la hace más fuerte o le permite ser… desarraigar a una mujer de un deporte como la escalada tiene muchas implicaciones graves. Una de ellas es que su esfuerzo, su trabajo, su proceso de empoderamiento y desarrollo deportivo además de ser truncado muchas veces queda en el olvido. Es tan común escuchar un comentario habitual de miembros de la comunidad que reza: «Lo que pasa siempre es que las chicas cuando terminan con sus novios escaladores desaparezcan, no vuelvan nunca por acá». Cada vez que escucho esto me da rabia, porque sé que es un ejercicio-de-poder ejercido por la comunidad para que ese sea el resultado. Se nos hace creer, se nos grita, se nos convence que lo mejor que podemos hacer cuando no estamos en una relación es que sigas tu camino lejos, sin importunar el camino trazado por tu pareja «hombre» dentro de una comunidad, que tiene un estatus elevado por el solo hecho de ser hombre. Y lo que más puede indignar es la cara de sorpresa de quienes al ver a la mujer que resiste quedándose, le pregunten:

  Pero, ¿qué haces por acá (sitios como rocódromo o parques de escalada)? ¿De verdad seguiste escalando? Qué raro que estés escalando, ¿no?  

  Hablo de síndrome, basándome en la segunda definición de la RAE,  que establece lo siguiente: «Conjunto de fenómenos que concurren unos con otros y que caracterizan una determinada situación»; unas y otras chicas hemos hablado, hemos compartido la experiencia de no seguir siendo «novias» por x o y motivo, y al cambiar de categoría de ennoviada a soltera, se nos ha condenado al silencio, a los chismes, a los cuchicheos e incluso a la coerción para que dejemos de ser; para que nuestro proceso de empoderamiento (porque señoras y señores, sí, la escalada es uno de los deportes que EMPODERA— y lo escribo en  mayúsculas porque es consecuencia real— a mujeres y hombres, pero sobre todo a las primeras, porque además de permitirnos modificar nuestro cuerpo —que se sale completamente de los estándares de belleza y feminidad establecidos en Colombia—), transforma nuestra cosmovisión de la realidad permitiendo vivirla de acuerdo con nuestros intereses, gustos, proyectos, retos, metas, amor propio, libertad y liderazgo impactando de manera positiva a la comunidad misma.

  Para ser más clara,  las mujeres hemos dejado de ser personas «necesitadas» de una pareja que nos haga todo el trabajo de equiparnos las rutas, motivarnos e incluso decidir cómo, qué, cuándo y dónde escalar, al proponer procesos de escalada más autónomos, más colectivos y que refuercen capacidades de independencia, participación activa, dinámicas de diálogo y la inserción de una cultura en la que se reafirma lo femenino desde una perspectiva equitativa, sorora e identitaria. Es decir, lo femenino toma su verdadera significación: deja de ser un género débil, incapaz e indigno cuando una mujer o un grupo de mujeres se resiste a seguir la dinámica del exilio.

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Ruta: Luz de noche, parque de escalada Rocas de Suesca. Escaladora: Du.

  El síndrome de la mujer exiliada en la escalada es una  muestra fehaciente de cómo la cultura machista no solo mantiene el statu quo de una sociedad en la que los privilegiados (en este caso los hombres, porque desde los orígenes ha prevalecido la participación de lo masculino en su creación y desarrollo y se mantenido la idea de que así tiene que ser únicamente) proponen unas dinámicas que los benefician, que los dejan al margen e incluso intocables, incuestionables, en detrimento de un desarrollo íntegro, equitativo y feminista de la comunidad escaladora.

  ¿Qué podemos hacer para cambiar esta situación?

 Hemos empezado a generar una dinámica entre las mujeres que consiste en contarnos las diferentes experiencias logrando establecer una relación de amistad y compañerismo; de modo que aquellas que hemos sobrellevado la experiencia de no ser la costilla de alguien,  hemos reafirmado nuestro derecho, nuestra individualidad y nuestra capacidad de resistencia a este tipo de comportamientos machistas. Las mujeres hemos empezado a hablar de este tipo de vivencias llegando a la conclusión de que hemos sido objeto de la misma coerción y por ende podemos reafirmar que existe un síndrome de la mujer exiliada… así como hemos visto la enfermedad, también estamos demostrando que existe la cura, el antídoto. Unidas nos empoderamos para poder continuar con nuestros procesos de escalada, y eso ya es más que revolucionario. Cuando nos apoyamos entre sí las escaladoras, ayudamos a que la otra, que al final puedo ser yo misma en cualquier momento, no abandone la pasión que mueve su vida y su proceso de empoderamiento; además de establecer unas relaciones en las que el poder sea repartido equitativamente, sobre todo, la capacidad de ser escaladoras empoderadas.

 

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Licenciada en Español y Literatura de la Universidad Industrial de Santander-UIS. Especialista en Creación Narrativa de la Universidad Central-UC. Actualmente, estudia una maestría en Escritura Creativa en Español en la Universidad de Salamanca. Ha sido correctora de estilo para la Universidad Manuela Beltrán y Pamplona, así como para diferentes empresas y editoriales del sector público y privado. Se ha desarrollado como editora en proceso de autoedición y servicios editoriales para autores y fundaciones con enfoque de género y memoria. Ha sido profesora escritura creativa. Ha desarrollado cursos de francés básico para público en general y empresarial. Se ha desempeñado como Directora ejecutiva y administrativa de la REIC para la FILBO 2018 y proyectos a la par. También es escritora y ha publicado poemas, cuentos, artículos, ensayo, crónicas, entre otros, para portales independientes en internet, publicaciones universitarias y revistas independientes sobre la creación literaria, redacción, gramática, comprensión lectora, edición independiente, feminismo, educación, deportes como escalada, trail running y mountain bike.

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¿Qué es el pasado sino aquello que decidimos recordar?

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Foto de Oleg Oprisco.

 

28 de enero de 2001

Yo tengo 11 años, en el nuevo siglo como dice mi madre, empezaré la adolescencia, cumpliré 12 años y seguiré viviendo en la casa de una tía, hermana de mi madre, y mis primos, sus hijos; mientras madre se recupera, mientras madre abre los ojos, mientras yo sigo creciendo y espero que se despierte porque quiero contarle que uno niño intentó besarme al finalizar el último grado de  escuela primaria, cuando le dije que me iba del pueblo a vivir a unas tres horas de mi madre y mis hermanas… Quiero que madre sepa, y me diga ¿por qué los niños hacen eso? Además yo salí corriendo, porque vi su baba pegajosa, sentí asco. El niño que me gustaba, al que le había escrito una carta de despedida, quería besarme y yo salí corriendo.

Mi prima Judith tiene 13 años, vivimos juntas. Me ayuda con mis tareas, me peina y me enseña a jugar baloncesto y beisbol de calle. Jugamos en las tardes, con todos los niños del barrio. Aunque extraño demasiado a mis hermanas y vivir con mi madre, todos son muy cariñosos. He venido a pasar vacaciones con mi madre, y ha enfermado nuevamente. Está más grave que la primera vez. Y nada hace efecto. Solo la morfina para mantenerla sedada por si acaso. Los doctores no saben si funciona o no. «¿Morfina?», pregunté a una de mis tías que es enfermera y que se encarga de asistirla. Me contó que es un sedante muy fuerte y que ella al parecer tiene mucho dolor, a pesar de estar en coma. Que sus lágrimas lo indican así. Hoy me la pasé pensando en lo pequeña que soy, en lo que pasaría si madre muriera, dejara de existir. ¿Qué sería de mí y mis hermanas? ¿Qué nos espera en la vida? También recordé que mi madre me hizo prometerle una cosa: «Estudia, estudia mucho y sé libre». Me dijo unos días antes de que ya no despertara. ¿Podré cumplir su promesa? Me siento fatal, porque casi no paso matemáticas ni biología. Le dije que sí, lo haré madre, claro que sí, tengo que ser mejor, si ella no está tengo que serlo para sobrevivir. ¿Por qué pensé todas esas cosas hoy? Tal vez sea porque cada día mi madre se hincha más y casi no deja escapar ninguna lágrima.

 

29 de enero de 2001

Anoche hice la guardia con mi prima para cuidar a mi madre. Lleva dos meses en coma. Está hinchada, acostada entre almohadones, con una sonda para alimentarla, con suero y con toda la familia resignada a su muerte. ¿Qué es la muerte? Me lo he estado preguntando. Nadie me ha dado una respuesta acertada. Cada vez que  pregunto me andan regañando, diciéndome que nada de eso va a suceder. Pero yo he estado leyendo que cuando alguien cae en un coma profundo, y su estado es de sobreviviente, es muy difícil que se recupere. Madre ha luchado por cuatro años contra el cáncer, se le descubrió porque le dio una peritonitis y ahí todo se agravó, desde ese día mi vida cambió para siempre. Supe que nada volvería a ser igual. Que yo estaría sola, más sola toda mi vida. Que mi madre nunca más volvería a ser mi madre. Todos los días ayudo a limpiarla, anoche le secamos la cara, estaba sudando, sé que tuvo pesadillas, como siempre, como cuando dormía en su cama y ella se despertaba gritando. Una de sus pesadilla recurrente era que los ciempiés se le subían por el cuerpo y las hormigas empezaban a comerla dormida. ¿Seguirá soñando lo mismo? ¿Por qué madre me contaba eso? Sus pesadillas ahora me persiguen, no duermo bien, tengo miedo de que deje de respirar y a mí me coman las hormigas. Anoche sucedió por un momento, un minuto largo, un maldito minuto eterno, en el que se quedó sin respirar y que empezó a ponerse morada su cara. Empecé a llorar paralizada frente a la cama. Pensé: «Madre se va a morir», suavecito le dije: —Por favor, no te vayas, no me dejes—. Entonces mi prima salió pitada a buscar a mi tía que estaba descansado la guardia. Nosotras cambiaríamos el turno a las 12 de la noche, como Cenicienta, sólo que el maldito cuento de hadas, en este caso se desaparecía ante mi frustración, mi imposibilidad de poder hacer algo. ¿Ya me había resignado a la idea de que ella desapareciera? ¿Cómo podemos resignarnos?

30 de enero de 2001

Hoy me he despertado cansada. No pude dormir bien. Aunque la guardia de anoche era hasta las doce, insistí y me dejaron quedar hasta las dos de la mañana. Me sentí mal porque al final me quedé dormida, a sus pies, tratando de calentarlos. Mi tío me llevó en brazos a la cama, me arropó y empezó a llorar. No quise abrir los ojos. Aguardé hasta que se marchara y lloré suavecito, en silencio. Cuando dejé a mi madre en la noche estaba pálida con los labios azules y verdosos. Dejó escapar unas lágrimas. Mi tía le repetía: «Nos encargaremos de todo, vete tranquila». Pero mi madre es más necia que yo, entonces siguió llorando y atorándose con la sonda. Pensé que despertaría. No fue así. Mi madre ha muerto hoy. Murió enfrente de mí. Frente a todos. Dejó escapar unas lágrimas regordetas por sus mejillas,  intentó decir algo y dejó de existir. Yo grité, grité y supliqué que no me dejara. «¡Madre, no por favor, no nos dejes! ¡Madre! ¡Despierta! Madre, por favor, ¡llévame contigo!». ¿A dónde irá mi madre? Sé que irá a la nada, al recuerdo, a mi frágil memoria de niña de 10 años que no pudo vivir los últimas dos años con ella, que no coleccionó otro recuerdo, que las fotos serán mi único consuelo. Hoy mi madre ha muerto y una parte de mí también, y creo que es para siempre y creo que le dicen inocencia. Murió a las 1:15 de la tarde, mientras el almuerzo reposaba en las ollas. Mientras mis hermanas extendían la ropa en la terraza, aprovechando el sol, mientras todos estaban tratando de llegar, con los rezos de las vecinas camanduleras, con la presencia de mi padre, a quien nunca amó, y con mis manos tratando de calentar sus fríos pies. Mi madre murió y una gran tormenta ensombreció el cielo.

©Dunia Oriana G. R.

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El Día Internacional de la Mujer es el día la mujer trabajadora que somos todas

Nos encanta compartir con ustedes nuestro trabajo a cerca de temas como el feminismo, derechos sexuales, empoderamiento, equidad de genero, en fin, tópicos culturales y político que nos mueven a la reflexión y el conocimiento.

Así que nuestra doctoranda Laura Bonilla nos comparte este texto a manera de datos históricos muy precisos sobre por qué conmemoramos un día al año las victorias de las mujeres en cuanto ala inequidad del mundo y sobre todo  en su deseo de poder ser, vivir y desarrollarse plenamente como seres humanos libres, pensantes, creativos, etc.

 

¿Sabías por qué se celebra el 8 de marzo?

¿Sí? ¿No?Bueno, te contamos que es la fiesta mundial de las mujeres, en la que se recuerda la lucha que por siglos han hecho las mujeres para alcanzar y defender sus derechos en la sociedad. Porque sí, hace un siglo las mujeres no disfrutábamos de los derechos que hoy parecería increíble no tener: derecho a elegir y ser elegidas, a la educación en todos los niveles, a organizarnos, derecho a poseer bienes, a decidir sobre nuestro estado civil, a elegir qué queríamos ser y hacer en la vida.

Todo se remonta a principios del siglo XX, con los antecedentes de la revolución francesa y los movimientos obreros de principios del siglo XIX, las mujeres se empezaron a organizar en torno a la exigencia de sus derechos laborales en las fábricas y sus derechos civiles en la sociedad.

En 1909 se celebra por primera vez el día de la mujer en un marcha por la ciudad de Nueva York alrededor de una huelga de trabajadores de fábricas de textiles en EEUU.

En 1910 en la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague se declara este día con unanimidad como una celebración mundial y es a partir de 1911 que se celebra este día con manifestaciones públicas para exigir el derecho al voto y a ocupar cargos públicos, así como derechos al trabajo a formación profesional y a la no discriminación laboral para las mujeres.

 

8 de marzo

 

Así que año tras año las mujeres se tomaron las calles, reclamando sus derechos, nutriéndose del movimiento político y social que es el feminismo, entendiendo que lo personal es político, como Kate Millet lo escribió en Política Sexual en 1970 y poco a poco fueron tomándose todas las latitudes del mundo, los cinco continentes; hasta que en 1975 la ONU celebró este día y en 1977 la Asamblea General de la ONU invitó a todos los estados a que proclamaron de acuerdo a sus tradiciones históricas y costumbre nacionales el “Día de las Naciones Unidas para los derechos de la mujer y la paz internacional”.

Sin embargo, fue hasta el 2010 que esta entidad creó ONU mujeres con el fin de promover la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres en el mundo.

Cada vez se hace más visible esta conmemoración pero al mismo tiempo cada vez sentimos que nos necesitamos más durante todo el año para luchar por nuestros derechos y hoy aún más por nuestra vida, una vida libre de violencias.

Este 2018 la conmemoración mundial estará acompañada del Paro Internacional de Mujeres, al igual que el año anterior que se realizó en más de 50 países para visibilizar la violencia machista en todas sus expresiones: sexual, social, cultural, política y económica.

¿Por qué paran las mujeres?

Porque somos la mitad de mundo y nuestro trabajo lo moviliza. También paramos para llamar la atención sobre la importancia de las mujeres en el trabajo y poner en la palestra pública las desigualdades a las que estamos sometidas: hacemos el mismo trabajo y no recibimos el mismo salario que los hombres[1]; seguimos haciendo el trabajo de cuidado, el trabajo doméstico y no recibimos pago por él[2]. Así que paramos, un día, unas horas, un momento para decir: No más.

Y hay que decirlo, el 8 de marzo más que una fiesta, es una conmemoración para recordar la lucha de las mujeres, hacer un balance del avance de nuestros derechos y sí, celebrar que cada año somos más conscientes del desafío que es la vida.

De manera que, agradecemos las flores y los chocolates, son muestras de cariño que nos gustan pero este día va mucho más allá. En la lucha necesitamos más acciones que regalos, necesitamos compromiso de la sociedad y todos sus miembros, hombres y mujeres que comprendan los problemas de género y actúen en relación a estos.  

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[1] Ver más en https://economixpodcast.wordpress.com/2015/03/16/las-mujeres-ganamos-menos-que-los-hombres-en-todo-el-planeta-y-tu-mama-tambien/

[2] Ver más en http://economiafeminita.com/el-capitalismo-tiene-un-socio-oculto-la-mujer-que-realiza-los-trabajos-domesticos-no-remunerados/

 

 

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350 Kilómetros de Viaje Interior

Primera etapa: ¿160 kilómetros de miedo?

Escrito por Dunia Oriana González Rodríguez©.

Cada vez más me acercaba. Cada pedalazo dejaba atrás pensamientos hirientes. Recuerdos que me dolían. Cada pedalazo me llevaba hacia mi destino. ¿Cuál? Cada pedalazo iba dejando en la superficie a la mujer que extrañaba, que me hacía falta. A mi  yo más auténtico. Esa gran montaña me iba a liberar de todo el ruido que me hacía más pesada.

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La bicicleta se inventó en la segunda mitad del siglo XIX como medio de transporte y artefacto de recreación. Para las mujeres ha existido como símbolo de libertad y estandarte de movimientos feministas (esto lo sé con precisión ahora que escribo esta especie de crónica de viaje); aunque para las generaciones de nuestra época sea una herramienta más de transporte o de deporte, sigue teniendo ese mismo valor, sin que seamos del todo conscientes.

El 23 de diciembre inicié mi primer viaje en bicicleta SOLA. Sé que no soy la primera mujer en hacer este tipo de viajes, incluso hay mujeres que han recorrido países, continentes y hasta el mundo entero… Al principio creí que era para olvidar, pero la noche antes de salir, supe que era para sanar y reencontrarme.

 

¿Realmente valía la pena?», pero ¡por supuesto!, me dije cuando empecé a pedalear y sentir el aire fresco de la mañana y ver los rayos de sol iluminando los grandes edificios de la capital y reverdeciendo las hojas de los árboles. Y sobre todo iluminando mi rostro con una gran sonrisa.

 

En mi primer día de recorrido, salí de Bogotá hacia Ráquira. La hora de salida fue a las 6 a.m. Empecé a pedalear cuando el sol ya había alumbrado la ciudad de tono veraniego. Mi bicicleta de montaña se sentía pesada con las alforjas y la parrilla que le adecué para llevar ropa, comida, agua, herramientas, teléfono, repuesto de neumáticos, el libro Insularidad de Ralph del Valle (que mi mejor amiga me trajo de su viaje a Europa y que habla de correr y superar un amor no correspondido, entre otras cosas), unas hojas para escribir, algunos presentes para mis amigos y familiares y otras chucherías (que creí eran de suma importancia). El cielo era de un azul marino intenso y las nubes eran pinceladas suaves y delicadas, desperdigadas por donde se mirara. La ciudad estaba tranquila, extrañamente, tranquila. Tomé la ciclo ruta de la 30 y luego la de la Autopista Norte. Antes de salir de casa el miedo me hacía pensar una y otra vez: « ¿Acaso esto no es una locura? ¿Solo llevas dos meses montando bicicleta? ¿Jamás has despinchado? ¿Vas a estar solar por la carretera? ¿Y si te mata un carro? ¿Si te agrede un desconocido? ¿Realmente vale la pena arriesgar tanto por una ocurrencia así?»… Tenía tanto ruido en mi cabeza, tanto miedo de arriesgarme, por primera vez en muchos años, por algo que era para mí y por mí. « ¿Realmente valía la pena?», pero ¡por supuesto!, me dije cuando empecé a pedalear y sentir el aire fresco de la mañana y ver los rayos de sol iluminando los grandes edificios de la capital y reverdeciendo las hojas de los árboles. Y sobre todo iluminando mi rostro con una gran sonrisa.

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Cuando llegué al Portal Norte un señor me hizo ver que había olvidado mi casco. De los nervios y la ansiedad lo dejé puesto sobre la mesa. En ese momento pensé en devolverme, en abandonar mi reto. Pero recordé que un amigo vive en Chía y que estaba en mi ruta de viaje. Así que él amablemente me prestó uno. Decidí pasar por el casco y comer algo más. En esa parada aproveché para animarme a continuar con la aventura.

Debo confesar que mi amigo Pedro, un experimentado corredor de montaña, desde el primer momento  me apoyó con sus consejos y ayuda técnica de qué llevar para el viaje. Sobre todo me dijo: —Te conozco, sé que puedes hacerlo fácil. Puedes hacer mucho más—. Y yo simplemente le creí como una verdad revelada. Decidí consultarle mi decisión porque él ha visto mi desarrollo como corredora de montaña y como deportista. Y me pareció alguien sensato para que me dijera las posible consecuencias, aunque jamás me habló de ello (ja, ja, ja).

También hablé con algunas amigas y familiares cercanos, muchos me dijeron que estaba loca y que era sumamente riesgoso y atentaba contra mi integridad. Sin embargo, dos amigo a quienes llevaré por siempre en mi corazón (Terka y Nelsón —fundadores de Raqui Camp, hospedaje y camping en Ráquira), no solo me animaron sino que también me ayudaron a concretar mi plan de viaje. Ellos me dijeron que lo intentara, que me esperarían en Ráquira, pero que si no alcanzaba a llegar hasta allá, en el lugar donde me sintiera muy cansada, me recogerían. Querían que lo intentara. Sé que estaban preocupados, también tenían miedo de que me ocurriera algo en la carretera, yo también, incluso más que todas las personas. Pero nos pudo más el deseo de hacerlo, de saber que es posible y que es más fácil y divertido de lo que una se imagina.

Cuando salí de Chía tomé la cicloruta y la berma. Es un tramo muy seguro y rápido. Sentí emoción al sentirme libre. A pesar de que estaba pedaleando con el peso extra de las alforjas y de mis pensamientos, me sentí liviana, como un ave que surca el cielo con su vuelo. Inicié mi camino con una gran sonrisa. Grité: ¡felicidad! Y sentí que todo era posible y divertido, que la vida era simple y que yo me la había estado complicando incluso años más atrás que mi reciente relación de pareja. Inicié un viaje hacia mí misma para llegar a la mujer que en algún momento se escondió y dejó de existir por debajo de todas las máscaras; para que no se me notara del todo que a pesar de los malos momentos y de toda la mierda que me han echado encima, yo podía sonreír y disfrutar mi vida, mi camino, mi destino, mi forma de ser valiente, aguerrida, tenaz, arriesgada y divertida; para que mi manera de estar en el mundo y relacionarme con los otros se resinificara a través del amor a existir y llenar esa existencia con pasión más allá de lo preestablecido. Tal vez.

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Al retomar el camino, luego de pasar Zipaquirá empiezan los falsos planos (término que aprendí recientemente en la ruta Altos de Potosí, de la experiencia de un bici-amigo). Para llegar a Sutatausa, primero se debe hacer una subida bastante técnica y larga y luego un descenso rápido compartido con tráfico pesado por las minas de piedra, carbón y ladrillo. Pensé que no lo lograría y que debía devolverme. Me repetía mental mentalmente: —Mis amigos me están esperando, aún siento demasiada rabia por todas las mentiras, los engaños, las falsas promesas. Aún me duele que el amor no haya sido suficiente, que yo me haya aguantado tanto. Que me haya creído que no soy “apta”, que no valgo la pena. Aún puedo pedalear más. Me bajaré  y descansaré. Necesito comer algo. Respira. Mira el paisaje. Toma una foto, has una selfie. Es mi viaje, lo haré a mi manera, ¿sabes?—… Cada vez más me acercaba. Cada pedalazo dejaba atrás pensamientos hirientes. Recuerdos que me dolían. Cada pedalazo me llevaba hacia mi destino. ¿Cuál? Cada pedalazo iba dejando en la superficie a la mujer que extrañaba, que me hacía falta. A mi  yo más auténtico. Esa gran montaña me iba a liberar de todo el ruido que me hacía más pesada.

Y de alguna manera así fue. Después de llegar a la cima, vi el humo de las ladrilleras y un gran valle surcado de grandes montañas. Y detrás de éstas quedaba Bogotá. Vaya que el sol me estaba aturdiendo. Estaba sudando como un caballo a todo galope. ¿Valía la pena este cansancio? ¿La incertidumbre de saber si lo lograría? ¿Me curaría del miedo a quedarme sola y sentirme la leprosa de la comunidad? Como sucediera, ya no importaba. Estaba delante de mí el descenso. Antes de dejarme ir, miré nuevamente hacia atrás y vi las montañas, lo quedaba allá en el horizonte. Un paisaje que alimentaba mis ganas de vivir con más pasión. Simplemente empecé a descender a toda velocidad. Sintiendo el vértigo de la existencia y los carros que me pitaban o las personas que me arengaban: ¡Vamos! ¡Vamos! Muchas veces sonreí y levanté una mano para agradecerle su ánimo.

Me sentí tan especial. Recordé también las veces que he ido a Suta a escalar y a compartir con amigos y también con él. Allí lo conocí. Cuando descendí vi los farallones y me despedí de esos momentos. Tenía más hambre que nostalgia. Sin saberlo muy bien, supe que esta era la parte más dura de la ruta. Un punto de no retorno. Así que paré en el pueblo y decidí tomarme una sopa y un gatorade, pues las sales hidratantes me estaban agotando. Almorcé, estiré y recargué mis energías y también les avisé a mis amigos que encaminaba hacia Ubaté. Derretí placenteramente una cholatina en mi paladar. Estaba lista para seguir mi aventura.

A las 1:30 p.m. tomé mi camino hacia Ubaté, tenía demasiada ansiedad y felicidad al mismo tiempo. La carretera es un poco angosta, pero no estaba muy transitada. En Ubaté desvié hacia la ruta que lleva a Chiquinquirá. No sé si fue la comida o mi deseo de llegar pronto, que ya no estaba pensado en nada. Solo disfruté del paisaje y de la sensación de pedalear mecánicamente y verme impulsada cada vez más. Esta parte de la ruta es bastante rápida y sencilla pues es modernamente plana. A pesar de que estaba parando cada dos horas, me di cuenta que a eso de las 6 de la tarde estaría llegando a Ráquira. Cuando pasé la laguna de Fúquene y empecé el ascenso por la vía a Susa, me sentí agotada. Realmente, me dolían las piernas y sobre todo mi trasero. «Menos mal llené la badana de vaselina como me lo recomendaron», dije en voz alta y suspiré antes de empezar a reír.

El atardecer estaba soleado. Maldita sea, cómo me costaba llevar la rabia, los malditos malos pensamientos y los kilos de chucherías hasta la pinche cima de esa subida. Iba regañándome, diciéndome lo ilusa que me creía al pensar que iba llegar hasta mi destino cuando…—Disculpe señorita, ¿hasta dónde va?—, me preguntó un hombre de unos cuarenta años que asomaba su cabeza por la ventana de un taxi. —A este ritmo hasta Chiquinquirá, le respondí con esfuerzo mientras resoplaba. — ¡Ánimo, ánimo!, empezaron a gritar otros señores que iban de pasajeros en la parte posterior. ¡Usted es una valiente, qué verraca! « ¿Lo soy?» ¡Ya le falta poco! ¡Hágale!—, y el taxi arremetió con fuerza la empinada cuesta. —Gracias, ¡lo haré!, grité con ganas de bajarme y ponerme a llorar. ¡Maldita sea, en qué diablos estaba pensado! Pero falta poco, ¿no? Crazy, crazy… Y sonreí al ver la laguna que es ahora más pequeña, a diferencia de hace unos 20 años. Lo suficientemente loca para darle un giro a mi vida, para empezar de cero todas las veces que sea necesario y para atreverme a intentar cosas nuevas. Tal vez. Tal vez no.  

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Lo que los señores me dijeron no era cierto del todo. Tal vez en carro era cerca,  pero me faltaban unos 50 o 60 kilómetros, en los cuales esa maldita subida era más de la mitad. Sin embargo, seguí con mi plan de descansar en intervalos de dos horas, estirar, comer e hidratarme y sobretodo, darme ánimo.

Así que lo hice. Cuando superé ese alto, vino la gloriosa bajada, que se alternaba con pequeñas cuestas hasta Tinjacá. Allí paré. Cuatro de la tarde. Mierda, no voy alcanzar a llegar. Decidí comerme una empanada y otro gatorade. Una vez más tenía mucha hambre, incluso, las barras y el bocadillo parecían insuficientes. También aproveché para orinar. Las sales hidratantes hacen que orines menos y son muy efectivas por eso. Planeé mi viaje como si fuera a hacer una maratón de trail running. (Y funcionó en cierta medida ja, ja, ja). También aproveché para llamar a mi amiga Terka y decirle que definitivamente no llegaría a Ráquira, no solo porque estaba cansada sino también porque no quería montar bici de noche. No llevaba luz suficiente y por ser vísperas de noche buena, había demasiado tráfico y personas tomadas al volante. Así que honestamente me dije: —Bueno,  llegaré hasta Chiquinquirá, eso es incluso más de lo que habías creído algún día harías en bici. Date por bien servida—. Terka aceptó recogerme en el lugar pactado. Sentí un tremendo alivio.

De modo que me tomé con calma el último tramo de unos 20 km, aproximadamente. Me dediqué a pensar en lo que me había guardado y que me hacía enfurecer. Aquellas cosas que aún no había resuelto, sobre todo con seres queridos y cercanos. Pensé y pensé. Mientras daba un pedalazo tras otro. Y también me mantenía con esfuerzo sobre el poco espacio de la línea blanca. ¿Cuánto podemos guardar y rumiar? ¿Cuánto ruido estamos dispuestas mantener en nuestra cabeza para no escuchar lo esencial? Vi el cielo, las nubes, los árboles, las casas de madera y tapizado, algunos campesinos con las vacas en los potreros, las vacas rumiando en los potreros ignorando que morían o que serán ordeñadas temprano en la mañana, las casas humildes con su humito y olor a leña; las montañas lejanas y los días que ya no volverán con él. Ya no me dolerá tanto existir resistiendo por amor. ¿Cuánto podemos perdonar por amor a otra persona? ¿Cuánto se nos puede desgastar el amor propio por amar a otra persona?, me pregunté tranquilamente. Tantas palabras que me hirieron, tantas veces que lloré desconsoladamente y fueron mínimas las caricias, los abrazos, las palabras de aliento. Aprendí a llorar y a sufrir en silencio desde que mi madre murió, que se me olvidó que podía pedir consuelo o una tregua. Y aunque lo hice, mi máscara de mujer de acero, invencible y fuerte no permitió que alguien se me acercara, menos él, que no podía verme, que no pudo amarme, que no sabe cómo amar.

Pronto vi un letrero que decía Chiquinquirá 1km. El kilómetro inacabable como siempre, como en las carreras que he corrido antes de llegar a la meta. Pedaleé dejando atrás todos esos pensamientos. No sé si era el cansancio físico, si esa manera de agotar mi cuerpo para que mi mente ceda a la paz y a la calma me llevó a creer que ya no sentía ni tan si quiera un poco de ese odio provocado por la frustración y las decepciones que acumulé, que cuando entré en el pueblo de mi destino, se esfumó. Me sentía tan liviana, tan libre que mi existencia se asemejó a un jarrón vacío, con el suficiente espacio para lo que quedaba del viaje y de la vida. Entonces comprendí que ese peso extra que llevaba conmigo no era solamente por las alforjas y la comida, sino también el ruido que se había instalado en mente, en mi corazón. Ya en Chiquinquirá me detuve a ver cómo se oscurecía la tarde y mi cuerpo pedía una cerveza helada, una ducha caliente y una cama para descansar. Sentí un clic cuando me detuve. Claro que estaba cansada, pero no era comparado a lo que llevaba guardado y no podía escuchar con atención.

 

Recomendaciones:

*Entrena en lo posible para hacer un viaje largo. (Hace tu viaje más ameno y puedes disfrutar más el camino).

*Si tu bici es de montaña, cambia las corazas por unas lisas. (De verdad que te rinde, sobretodo bajando)

*Usar badana para hacer recorridos largos (ponerle vaselina para evitar lesiones en la piel).

* Hidrátate días antes con sales hidrantes y bebidas energizantes como gatorade y también en el recorrido, así evitas calambres y fatiga muscular.

*Consume barras energizantes, fruta deshidratada, frutos secos, bocadillo y todo lo que te pueda dar calorías  para mantener la energía, pero que sea fácil de comer mientras pedaleas.

*Planea el viaje (sobre todo para saber dónde puedes parar y abastecerte y hasta dónde llegarás).

*Si tienes miedo de viajar sola, de todas maneras debes hacerlo, de pronto corres el riesgo de encontrarte para siempre y no perderte jamás. O tal vez no suceda eso, sino otras cosas. Quién sabe.

*Si estás pasando por un momento de ruptura amorosa y no deseas hacer la fácil (salir y emborracharte, etc., etc.), mejor has un viaje en bici, no te curará la tusa del todo, pero por lo menos es más divertido y centrará todo tu poder y amor propio en ti.

*Hay más chicas viajando en bici como Violeta33 (en instagram).

*Para comprar accesorios y demás cositas bonitas visita la tienda Escarabajo_cycling.

*Y por favor visita Raqui Camp, es el mejor hospedaje en el que me he quedado. Además de que es un lugar muy tranquilo y hermoso, te sentirás como en casa y podrás disfrutar de los lugares y artesanías de Ráquira. (Si deseas hacer este recorrido hasta Raqui Camp, puedes contactar con Nelsón  (+57 3219249543) o Terka (+57 3187790670) u ojear en el fb (https://www.facebook.com/profile.php?id=100013422888658)

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Mapa de la ruta:

*Se puede hacer en menos tiempo unas 12 o 13 horas.

ruta Bog-Chiqui

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Licenciada en Español y Literatura de la Universidad Industrial de Santander-UIS. Especialista en Creación Narrativa de la Universidad Central-UC. Actualmente, estudia una maestría en Escritura Creativa en Español en la Universidad de Salamanca. Ha sido correctora de estilo para la Universidad Manuela Beltrán y Pamplona, así como para diferentes empresas y editoriales del sector público y privado. Se ha desarrollado como editora en proceso de autoedición y servicios editoriales para autores y fundaciones con enfoque de género y memoria. Ha sido profesora escritura creativa para la Fundación Arte y Escritura. Ha desarrollado cursos de francés básico para público en general y empresarial. Se ha desempeñado como Directora ejecutiva y administrativa de la REIC para la FILBO 2018 y proyectos a la par. También es escritora y ha publicado poemas, cuentos, artículos, ensayo, crónicas, entre otros, para portales independientes en internet, publicaciones universitarias y revistas independientes sobre la creación literaria, redacción, gramática, comprensión lectora, edición independiente, feminismo, educación, deportes como escalada, trail running y mountain bike.

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Poemilla

amantes
Foto: Oleg Oprisco.

 

Quisimos amar a otras personas,

Lo intentamos, tal vez, quién sabría…

Quisimos amarlos,

Pero en silencio, como un susurro

Estaban nuestros nombres en la boca;

Y un grito atascado

Opacado por el ladrido de los perros,

La música de los vecinos,

Cualquier cosa que creímos…

Podía hacernos olvidar.

 

Escrito por: DOGR

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The Diary of a Teenage girl

El contexto de la historia se desarrolla en San Francisco en los años 70. Minnie es una chica de 15 años que quiere ser artista de cómics. De repente, en su curiosa manera de ver el mundo siente una terrible atracción por Monroe, el novio de su madre. Como la mayoría de las mujeres adolescentes, Minnie duda de su cuerpo, de su belleza y de quien es, porque es apenas el inicio al autoconocimiento.

Ella se enreda con Monroe quien termina amándola. Sin embargo, como pasa en la vida, todos los juegos van hasta un límite. Y su madre escucha las grabaciones que ella hace casi a diario de lo que vive. En esta historia sobre el despertar de una mujer para muchas personas puede ser algo que asusta y que realmente debe evitarse a toda costa. Minnie comprende que ha despertado al autoconicimiento mediante el placer, la lujuria, el deseo y los juegos sexuales reafirman quién realmente puede llegar a ser.

En nuestra sociedad las mujeres que expresan apasionadamente sus deseos, no sólo se les teme, a veces también se les juzga y se les convence para que asuman un papel de mujer buena, asexual y sumisa. Nos enseña a temer a la soledad, a la autoexploración sexual e intelectual y también nos hacen creer que no podemos ser felices sin un hombre a nuestro lado o  a través de él. Queda por decir que esta película fue dirigida y escrita por Marielle Heller  y está basada en la novela gráfica de Phoebe Gloeckner.

 

El link donde se puede ver la película:

http://www.pelismundo.com/diario-de-una-chica-adolescente-the-diary-of-a-teenage-girl/

 

 

 

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Zigzag

Francesca Woodman Zigzag

Fotografía por Francesca Woodman.

 

 

Estoy ebria si acaso

estoy viéndome el rostro en esa otra que desea

estoy ebria y sin un vaso de licor.

Quizás pienses que es imposible

esta manera de embriagarme con las posibilidades.

Estoy hambrienta

como mujer que se refugia de la guerra

y come manotadas de tierra antes de vomitar nada.

Estoy ebria si acaso de pensar en este juego

en el que tus palabras son dardos

palabras juguetonas en mis manos

palabras astutas que susurran  la realidad que dibujamos

palabras que vienen en un mensaje instantáneo

y que mueren por falta de verdad.

Estoy a punto de tocar con los pies el suelo

pues ya me he elevado con los artilugios

de tus ojos y tus brazos y tu voz.

Estoy ebria si acaso

de todas las cosas que he imaginado.

Estoy segura del fin del tiempo

y de esta extraña manera de anhelar ser otra

tan ingenua y alerta

tan prevenida y dichosa

tan serena y tormentosa

tan otra yo y fuera de mí.

Estoy segura que me he convertido

y ya no tengo remedio.

Ya es tiempo de volver a ser la misma que observa

las hojas de los árboles movidas por el viento

iluminadas secretamente

con un haz de luz amarillento

debajo debajo del alma de las hojas

donde yo sé que soy otra

la mejor que se me ocurra ser

la que mejor me queda

a la que más anhelo…

Han sido los días más fríos

han sido las noches más silenciosas

y las hojas más blancas que nunca

y ahora están apareciendo estos caracteres

aún quiero decir que te deseo

y no te amo.

Escrito por Dunia Oriana González Rodríguez

(Todos los derechos de autor reservados)

 

 

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