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El Día Internacional de la Mujer es el día la mujer trabajadora que somos todas

Nos encanta compartir con ustedes nuestro trabajo a cerca de temas como el feminismo, derechos sexuales, empoderamiento, equidad de genero, en fin, tópicos culturales y político que nos mueven a la reflexión y el conocimiento.

Así que nuestra doctoranda Laura Bonilla nos comparte este texto a manera de datos históricos muy precisos sobre por qué conmemoramos un día al año las victorias de las mujeres en cuanto ala inequidad del mundo y sobre todo  en su deseo de poder ser, vivir y desarrollarse plenamente como seres humanos libres, pensantes, creativos, etc.

 

¿Sabías por qué se celebra el 8 de marzo?

¿Sí? ¿No?Bueno, te contamos que es la fiesta mundial de las mujeres, en la que se recuerda la lucha que por siglos han hecho las mujeres para alcanzar y defender sus derechos en la sociedad. Porque sí, hace un siglo las mujeres no disfrutábamos de los derechos que hoy parecería increíble no tener: derecho a elegir y ser elegidas, a la educación en todos los niveles, a organizarnos, derecho a poseer bienes, a decidir sobre nuestro estado civil, a elegir qué queríamos ser y hacer en la vida.

Todo se remonta a principios del siglo XX, con los antecedentes de la revolución francesa y los movimientos obreros de principios del siglo XIX, las mujeres se empezaron a organizar en torno a la exigencia de sus derechos laborales en las fábricas y sus derechos civiles en la sociedad.

En 1909 se celebra por primera vez el día de la mujer en un marcha por la ciudad de Nueva York alrededor de una huelga de trabajadores de fábricas de textiles en EEUU.

En 1910 en la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague se declara este día con unanimidad como una celebración mundial y es a partir de 1911 que se celebra este día con manifestaciones públicas para exigir el derecho al voto y a ocupar cargos públicos, así como derechos al trabajo a formación profesional y a la no discriminación laboral para las mujeres.

 

8 de marzo

 

Así que año tras año las mujeres se tomaron las calles, reclamando sus derechos, nutriéndose del movimiento político y social que es el feminismo, entendiendo que lo personal es político, como Kate Millet lo escribió en Política Sexual en 1970 y poco a poco fueron tomándose todas las latitudes del mundo, los cinco continentes; hasta que en 1975 la ONU celebró este día y en 1977 la Asamblea General de la ONU invitó a todos los estados a que proclamaron de acuerdo a sus tradiciones históricas y costumbre nacionales el “Día de las Naciones Unidas para los derechos de la mujer y la paz internacional”.

Sin embargo, fue hasta el 2010 que esta entidad creó ONU mujeres con el fin de promover la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres en el mundo.

Cada vez se hace más visible esta conmemoración pero al mismo tiempo cada vez sentimos que nos necesitamos más durante todo el año para luchar por nuestros derechos y hoy aún más por nuestra vida, una vida libre de violencias.

Este 2018 la conmemoración mundial estará acompañada del Paro Internacional de Mujeres, al igual que el año anterior que se realizó en más de 50 países para visibilizar la violencia machista en todas sus expresiones: sexual, social, cultural, política y económica.

¿Por qué paran las mujeres?

Porque somos la mitad de mundo y nuestro trabajo lo moviliza. También paramos para llamar la atención sobre la importancia de las mujeres en el trabajo y poner en la palestra pública las desigualdades a las que estamos sometidas: hacemos el mismo trabajo y no recibimos el mismo salario que los hombres[1]; seguimos haciendo el trabajo de cuidado, el trabajo doméstico y no recibimos pago por él[2]. Así que paramos, un día, unas horas, un momento para decir: No más.

Y hay que decirlo, el 8 de marzo más que una fiesta, es una conmemoración para recordar la lucha de las mujeres, hacer un balance del avance de nuestros derechos y sí, celebrar que cada año somos más conscientes del desafío que es la vida.

De manera que, agradecemos las flores y los chocolates, son muestras de cariño que nos gustan pero este día va mucho más allá. En la lucha necesitamos más acciones que regalos, necesitamos compromiso de la sociedad y todos sus miembros, hombres y mujeres que comprendan los problemas de género y actúen en relación a estos.  

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[1] Ver más en https://economixpodcast.wordpress.com/2015/03/16/las-mujeres-ganamos-menos-que-los-hombres-en-todo-el-planeta-y-tu-mama-tambien/

[2] Ver más en http://economiafeminita.com/el-capitalismo-tiene-un-socio-oculto-la-mujer-que-realiza-los-trabajos-domesticos-no-remunerados/

 

 

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350 Kilómetros de Viaje Interior

Primera etapa: ¿160 kilómetros de miedo?

Escrito por Dunia Oriana González Rodríguez©.

Cada vez más me acercaba. Cada pedalazo dejaba atrás pensamientos hirientes. Recuerdos que me dolían. Cada pedalazo me llevaba hacia mi destino. ¿Cuál? Cada pedalazo iba dejando en la superficie a la mujer que extrañaba, que me hacía falta. A mi  yo más auténtico. Esa gran montaña me iba a liberar de todo el ruido que me hacía más pesada.

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La bicicleta se inventó en la segunda mitad del siglo XIX como medio de transporte y artefacto de recreación. Para las mujeres ha existido como símbolo de libertad y estandarte de movimientos feministas (esto lo sé con precisión ahora que escribo esta especie de crónica de viaje); aunque para las generaciones de nuestra época sea una herramienta más de transporte o de deporte, sigue teniendo ese mismo valor, sin que seamos del todo conscientes.

El 23 de diciembre inicié mi primer viaje en bicicleta SOLA. Sé que no soy la primera mujer en hacer este tipo de viajes, incluso hay mujeres que han recorrido países, continentes y hasta el mundo entero… Al principio creí que era para olvidar, pero la noche antes de salir, supe que era para sanar y reencontrarme.

 

¿Realmente valía la pena?», pero ¡por supuesto!, me dije cuando empecé a pedalear y sentir el aire fresco de la mañana y ver los rayos de sol iluminando los grandes edificios de la capital y reverdeciendo las hojas de los árboles. Y sobre todo iluminando mi rostro con una gran sonrisa.

 

En mi primer día de recorrido, salí de Bogotá hacia Ráquira. La hora de salida fue a las 6 a.m. Empecé a pedalear cuando el sol ya había alumbrado la ciudad de tono veraniego. Mi bicicleta de montaña se sentía pesada con las alforjas y la parrilla que le adecué para llevar ropa, comida, agua, herramientas, teléfono, repuesto de neumáticos, el libro Insularidad de Ralph del Valle (que mi mejor amiga me trajo de su viaje a Europa y que habla de correr y superar un amor no correspondido, entre otras cosas), unas hojas para escribir, algunos presentes para mis amigos y familiares y otras chucherías (que creí eran de suma importancia). El cielo era de un azul marino intenso y las nubes eran pinceladas suaves y delicadas, desperdigadas por donde se mirara. La ciudad estaba tranquila, extrañamente, tranquila. Tomé la ciclo ruta de la 30 y luego la de la Autopista Norte. Antes de salir de casa el miedo me hacía pensar una y otra vez: « ¿Acaso esto no es una locura? ¿Solo llevas dos meses montando bicicleta? ¿Jamás has despinchado? ¿Vas a estar solar por la carretera? ¿Y si te mata un carro? ¿Si te agrede un desconocido? ¿Realmente vale la pena arriesgar tanto por una ocurrencia así?»… Tenía tanto ruido en mi cabeza, tanto miedo de arriesgarme, por primera vez en muchos años, por algo que era para mí y por mí. « ¿Realmente valía la pena?», pero ¡por supuesto!, me dije cuando empecé a pedalear y sentir el aire fresco de la mañana y ver los rayos de sol iluminando los grandes edificios de la capital y reverdeciendo las hojas de los árboles. Y sobre todo iluminando mi rostro con una gran sonrisa.

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Cuando llegué al Portal Norte un señor me hizo ver que había olvidado mi casco. De los nervios y la ansiedad lo dejé puesto sobre la mesa. En ese momento pensé en devolverme, en abandonar mi reto. Pero recordé que un amigo vive en Chía y que estaba en mi ruta de viaje. Así que él amablemente me prestó uno. Decidí pasar por el casco y comer algo más. En esa parada aproveché para animarme a continuar con la aventura.

Debo confesar que mi amigo Pedro, un experimentado corredor de montaña, desde el primer momento  me apoyó con sus consejos y ayuda técnica de qué llevar para el viaje. Sobre todo me dijo: —Te conozco, sé que puedes hacerlo fácil. Puedes hacer mucho más—. Y yo simplemente le creí como una verdad revelada. Decidí consultarle mi decisión porque él ha visto mi desarrollo como corredora de montaña y como deportista. Y me pareció alguien sensato para que me dijera las posible consecuencias, aunque jamás me habló de ello (ja, ja, ja).

También hablé con algunas amigas y familiares cercanos, muchos me dijeron que estaba loca y que era sumamente riesgoso y atentaba contra mi integridad. Sin embargo, dos amigo a quienes llevaré por siempre en mi corazón (Terka y Nelsón —fundadores de Raqui Camp, hospedaje y camping en Ráquira), no solo me animaron sino que también me ayudaron a concretar mi plan de viaje. Ellos me dijeron que lo intentara, que me esperarían en Ráquira, pero que si no alcanzaba a llegar hasta allá, en el lugar donde me sintiera muy cansada, me recogerían. Querían que lo intentara. Sé que estaban preocupados, también tenían miedo de que me ocurriera algo en la carretera, yo también, incluso más que todas las personas. Pero nos pudo más el deseo de hacerlo, de saber que es posible y que es más fácil y divertido de lo que una se imagina.

Cuando salí de Chía tomé la cicloruta y la berma. Es un tramo muy seguro y rápido. Sentí emoción al sentirme libre. A pesar de que estaba pedaleando con el peso extra de las alforjas y de mis pensamientos, me sentí liviana, como un ave que surca el cielo con su vuelo. Inicié mi camino con una gran sonrisa. Grité: ¡felicidad! Y sentí que todo era posible y divertido, que la vida era simple y que yo me la había estado complicando incluso años más atrás que mi reciente relación de pareja. Inicié un viaje hacia mí misma para llegar a la mujer que en algún momento se escondió y dejó de existir por debajo de todas las máscaras; para que no se me notara del todo que a pesar de los malos momentos y de toda la mierda que me han echado encima, yo podía sonreír y disfrutar mi vida, mi camino, mi destino, mi forma de ser valiente, aguerrida, tenaz, arriesgada y divertida; para que mi manera de estar en el mundo y relacionarme con los otros se resinificara a través del amor a existir y llenar esa existencia con pasión más allá de lo preestablecido. Tal vez.

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Al retomar el camino, luego de pasar Zipaquirá empiezan los falsos planos (término que aprendí recientemente en la ruta Altos de Potosí, de la experiencia de un bici-amigo). Para llegar a Sutatausa, primero se debe hacer una subida bastante técnica y larga y luego un descenso rápido compartido con tráfico pesado por las minas de piedra, carbón y ladrillo. Pensé que no lo lograría y que debía devolverme. Me repetía mental mentalmente: —Mis amigos me están esperando, aún siento demasiada rabia por todas las mentiras, los engaños, las falsas promesas. Aún me duele que el amor no haya sido suficiente, que yo me haya aguantado tanto. Que me haya creído que no soy “apta”, que no valgo la pena. Aún puedo pedalear más. Me bajaré  y descansaré. Necesito comer algo. Respira. Mira el paisaje. Toma una foto, has una selfie. Es mi viaje, lo haré a mi manera, ¿sabes?—… Cada vez más me acercaba. Cada pedalazo dejaba atrás pensamientos hirientes. Recuerdos que me dolían. Cada pedalazo me llevaba hacia mi destino. ¿Cuál? Cada pedalazo iba dejando en la superficie a la mujer que extrañaba, que me hacía falta. A mi  yo más auténtico. Esa gran montaña me iba a liberar de todo el ruido que me hacía más pesada.

Y de alguna manera así fue. Después de llegar a la cima, vi el humo de las ladrilleras y un gran valle surcado de grandes montañas. Y detrás de éstas quedaba Bogotá. Vaya que el sol me estaba aturdiendo. Estaba sudando como un caballo a todo galope. ¿Valía la pena este cansancio? ¿La incertidumbre de saber si lo lograría? ¿Me curaría del miedo a quedarme sola y sentirme la leprosa de la comunidad? Como sucediera, ya no importaba. Estaba delante de mí el descenso. Antes de dejarme ir, miré nuevamente hacia atrás y vi las montañas, lo quedaba allá en el horizonte. Un paisaje que alimentaba mis ganas de vivir con más pasión. Simplemente empecé a descender a toda velocidad. Sintiendo el vértigo de la existencia y los carros que me pitaban o las personas que me arengaban: ¡Vamos! ¡Vamos! Muchas veces sonreí y levanté una mano para agradecerle su ánimo.

Me sentí tan especial. Recordé también las veces que he ido a Suta a escalar y a compartir con amigos y también con él. Allí lo conocí. Cuando descendí vi los farallones y me despedí de esos momentos. Tenía más hambre que nostalgia. Sin saberlo muy bien, supe que esta era la parte más dura de la ruta. Un punto de no retorno. Así que paré en el pueblo y decidí tomarme una sopa y un gatorade, pues las sales hidratantes me estaban agotando. Almorcé, estiré y recargué mis energías y también les avisé a mis amigos que encaminaba hacia Ubaté. Derretí placenteramente una cholatina en mi paladar. Estaba lista para seguir mi aventura.

A las 1:30 p.m. tomé mi camino hacia Ubaté, tenía demasiada ansiedad y felicidad al mismo tiempo. La carretera es un poco angosta, pero no estaba muy transitada. En Ubaté desvié hacia la ruta que lleva a Chiquinquirá. No sé si fue la comida o mi deseo de llegar pronto, que ya no estaba pensado en nada. Solo disfruté del paisaje y de la sensación de pedalear mecánicamente y verme impulsada cada vez más. Esta parte de la ruta es bastante rápida y sencilla pues es modernamente plana. A pesar de que estaba parando cada dos horas, me di cuenta que a eso de las 6 de la tarde estaría llegando a Ráquira. Cuando pasé la laguna de Fúquene y empecé el ascenso por la vía a Susa, me sentí agotada. Realmente, me dolían las piernas y sobre todo mi trasero. «Menos mal llené la badana de vaselina como me lo recomendaron», dije en voz alta y suspiré antes de empezar a reír.

El atardecer estaba soleado. Maldita sea, cómo me costaba llevar la rabia, los malditos malos pensamientos y los kilos de chucherías hasta la pinche cima de esa subida. Iba regañándome, diciéndome lo ilusa que me creía al pensar que iba llegar hasta mi destino cuando…—Disculpe señorita, ¿hasta dónde va?—, me preguntó un hombre de unos cuarenta años que asomaba su cabeza por la ventana de un taxi. —A este ritmo hasta Chiquinquirá, le respondí con esfuerzo mientras resoplaba. — ¡Ánimo, ánimo!, empezaron a gritar otros señores que iban de pasajeros en la parte posterior. ¡Usted es una valiente, qué verraca! « ¿Lo soy?» ¡Ya le falta poco! ¡Hágale!—, y el taxi arremetió con fuerza la empinada cuesta. —Gracias, ¡lo haré!, grité con ganas de bajarme y ponerme a llorar. ¡Maldita sea, en qué diablos estaba pensado! Pero falta poco, ¿no? Crazy, crazy… Y sonreí al ver la laguna que es ahora más pequeña, a diferencia de hace unos 20 años. Lo suficientemente loca para darle un giro a mi vida, para empezar de cero todas las veces que sea necesario y para atreverme a intentar cosas nuevas. Tal vez. Tal vez no.  

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Lo que los señores me dijeron no era cierto del todo. Tal vez en carro era cerca,  pero me faltaban unos 50 o 60 kilómetros, en los cuales esa maldita subida era más de la mitad. Sin embargo, seguí con mi plan de descansar en intervalos de dos horas, estirar, comer e hidratarme y sobretodo, darme ánimo.

Así que lo hice. Cuando superé ese alto, vino la gloriosa bajada, que se alternaba con pequeñas cuestas hasta Tinjacá. Allí paré. Cuatro de la tarde. Mierda, no voy alcanzar a llegar. Decidí comerme una empanada y otro gatorade. Una vez más tenía mucha hambre, incluso, las barras y el bocadillo parecían insuficientes. También aproveché para orinar. Las sales hidratantes hacen que orines menos y son muy efectivas por eso. Planeé mi viaje como si fuera a hacer una maratón de trail running. (Y funcionó en cierta medida ja, ja, ja). También aproveché para llamar a mi amiga Terka y decirle que definitivamente no llegaría a Ráquira, no solo porque estaba cansada sino también porque no quería montar bici de noche. No llevaba luz suficiente y por ser vísperas de noche buena, había demasiado tráfico y personas tomadas al volante. Así que honestamente me dije: —Bueno,  llegaré hasta Chiquinquirá, eso es incluso más de lo que habías creído algún día harías en bici. Date por bien servida—. Terka aceptó recogerme en el lugar pactado. Sentí un tremendo alivio.

De modo que me tomé con calma el último tramo de unos 20 km, aproximadamente. Me dediqué a pensar en lo que me había guardado y que me hacía enfurecer. Aquellas cosas que aún no había resuelto, sobre todo con seres queridos y cercanos. Pensé y pensé. Mientras daba un pedalazo tras otro. Y también me mantenía con esfuerzo sobre el poco espacio de la línea blanca. ¿Cuánto podemos guardar y rumiar? ¿Cuánto ruido estamos dispuestas mantener en nuestra cabeza para no escuchar lo esencial? Vi el cielo, las nubes, los árboles, las casas de madera y tapizado, algunos campesinos con las vacas en los potreros, las vacas rumiando en los potreros ignorando que morían o que serán ordeñadas temprano en la mañana, las casas humildes con su humito y olor a leña; las montañas lejanas y los días que ya no volverán con él. Ya no me dolerá tanto existir resistiendo por amor. ¿Cuánto podemos perdonar por amor a otra persona? ¿Cuánto se nos puede desgastar el amor propio por amar a otra persona?, me pregunté tranquilamente. Tantas palabras que me hirieron, tantas veces que lloré desconsoladamente y fueron mínimas las caricias, los abrazos, las palabras de aliento. Aprendí a llorar y a sufrir en silencio desde que mi madre murió, que se me olvidó que podía pedir consuelo o una tregua. Y aunque lo hice, mi máscara de mujer de acero, invencible y fuerte no permitió que alguien se me acercara, menos él, que no podía verme, que no pudo amarme, que no sabe cómo amar.

Pronto vi un letrero que decía Chiquinquirá 1km. El kilómetro inacabable como siempre, como en las carreras que he corrido antes de llegar a la meta. Pedaleé dejando atrás todos esos pensamientos. No sé si era el cansancio físico, si esa manera de agotar mi cuerpo para que mi mente ceda a la paz y a la calma me llevó a creer que ya no sentía ni tan si quiera un poco de ese odio provocado por la frustración y las decepciones que acumulé, que cuando entré en el pueblo de mi destino, se esfumó. Me sentía tan liviana, tan libre que mi existencia se asemejó a un jarrón vacío, con el suficiente espacio para lo que quedaba del viaje y de la vida. Entonces comprendí que ese peso extra que llevaba conmigo no era solamente por las alforjas y la comida, sino también el ruido que se había instalado en mente, en mi corazón. Ya en Chiquinquirá me detuve a ver cómo se oscurecía la tarde y mi cuerpo pedía una cerveza helada, una ducha caliente y una cama para descansar. Sentí un clic cuando me detuve. Claro que estaba cansada, pero no era comparado a lo que llevaba guardado y no podía escuchar con atención.

 

Recomendaciones:

*Entrena en lo posible para hacer un viaje largo. (Hace tu viaje más ameno y puedes disfrutar más el camino).

*Si tu bici es de montaña, cambia las corazas por unas lisas. (De verdad que te rinde, sobretodo bajando)

*Usar badana para hacer recorridos largos (ponerle vaselina para evitar lesiones en la piel).

* Hidrátate días antes con sales hidrantes y bebidas energizantes como gatorade y también en el recorrido, así evitas calambres y fatiga muscular.

*Consume barras energizantes, fruta deshidratada, frutos secos, bocadillo y todo lo que te pueda dar calorías  para mantener la energía, pero que sea fácil de comer mientras pedaleas.

*Planea el viaje (sobre todo para saber dónde puedes parar y abastecerte y hasta dónde llegarás).

*Si tienes miedo de viajar sola, de todas maneras debes hacerlo, de pronto corres el riesgo de encontrarte para siempre y no perderte jamás. O tal vez no suceda eso, sino otras cosas. Quién sabe.

*Si estás pasando por un momento de ruptura amorosa y no deseas hacer la fácil (salir y emborracharte, etc., etc.), mejor has un viaje en bici, no te curará la tusa del todo, pero por lo menos es más divertido y centrará todo tu poder y amor propio en ti.

*Hay más chicas viajando en bici como Violeta33 (en instagram).

*Para comprar accesorios y demás cositas bonitas visita la tienda Escarabajo_cycling.

*Y por favor visita Raqui Camp, es el mejor hospedaje en el que me he quedado. Además de que es un lugar muy tranquilo y hermoso, te sentirás como en casa y podrás disfrutar de los lugares y artesanías de Ráquira. (Si deseas hacer este recorrido hasta Raqui Camp, puedes contactar con Nelsón  (+57 3219249543) o Terka (+57 3187790670) u ojear en el fb (https://www.facebook.com/profile.php?id=100013422888658)

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Mapa de la ruta:

*Se puede hacer en menos tiempo unas 12 o 13 horas.

ruta Bog-Chiqui

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Licenciada en Español y Literatura de la Universidad Industrial de Santander-UIS. Especialista en Creación Narrativa de la Universidad Central-UC. Actualmente, estudia una maestría en Escritura Creativa en Español en la Universidad de Salamanca. Ha sido correctora de estilo para la Universidad Manuela Beltrán y Pamplona, así como para diferentes empresas y editoriales del sector público y privado. Se ha desarrollado como editora en proceso de autoedición y servicios editoriales para autores y fundaciones con enfoque de género y memoria. Ha sido profesora escritura creativa para la Fundación Arte y Escritura. Ha desarrollado cursos de francés básico para público en general y empresarial. Se ha desempeñado como Directora ejecutiva y administrativa de la REIC para la FILBO 2018 y proyectos a la par. También es escritora y ha publicado poemas, cuentos, artículos, ensayo, crónicas, entre otros, para portales independientes en internet, publicaciones universitarias y revistas independientes sobre la creación literaria, redacción, gramática, comprensión lectora, edición independiente, feminismo, educación, deportes como escalada, trail running y mountain bike.

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Poemilla

amantes
Foto: Oleg Oprisco.

 

Quisimos amar a otras personas,

Lo intentamos, tal vez, quién sabría…

Quisimos amarlos,

Pero en silencio, como un susurro

Estaban nuestros nombres en la boca;

Y un grito atascado

Opacado por el ladrido de los perros,

La música de los vecinos,

Cualquier cosa que creímos…

Podía hacernos olvidar.

 

Escrito por: DOGR

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The Diary of a Teenage girl

El contexto de la historia se desarrolla en San Francisco en los años 70. Minnie es una chica de 15 años que quiere ser artista de cómics. De repente, en su curiosa manera de ver el mundo siente una terrible atracción por Monroe, el novio de su madre. Como la mayoría de las mujeres adolescentes, Minnie duda de su cuerpo, de su belleza y de quien es, porque es apenas el inicio al autoconocimiento.

Ella se enreda con Monroe quien termina amándola. Sin embargo, como pasa en la vida, todos los juegos van hasta un límite. Y su madre escucha las grabaciones que ella hace casi a diario de lo que vive. En esta historia sobre el despertar de una mujer para muchas personas puede ser algo que asusta y que realmente debe evitarse a toda costa. Minnie comprende que ha despertado al autoconicimiento mediante el placer, la lujuria, el deseo y los juegos sexuales reafirman quién realmente puede llegar a ser.

En nuestra sociedad las mujeres que expresan apasionadamente sus deseos, no sólo se les teme, a veces también se les juzga y se les convence para que asuman un papel de mujer buena, asexual y sumisa. Nos enseña a temer a la soledad, a la autoexploración sexual e intelectual y también nos hacen creer que no podemos ser felices sin un hombre a nuestro lado o  a través de él. Queda por decir que esta película fue dirigida y escrita por Marielle Heller  y está basada en la novela gráfica de Phoebe Gloeckner.

 

El link donde se puede ver la película:

http://www.pelismundo.com/diario-de-una-chica-adolescente-the-diary-of-a-teenage-girl/

 

 

 

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Zigzag

Francesca Woodman Zigzag

Fotografía por Francesca Woodman.

 

 

Estoy ebria si acaso

estoy viéndome el rostro en esa otra que desea

estoy ebria y sin un vaso de licor.

Quizás pienses que es imposible

esta manera de embriagarme con las posibilidades.

Estoy hambrienta

como mujer que se refugia de la guerra

y come manotadas de tierra antes de vomitar nada.

Estoy ebria si acaso de pensar en este juego

en el que tus palabras son dardos

palabras juguetonas en mis manos

palabras astutas que susurran  la realidad que dibujamos

palabras que vienen en un mensaje instantáneo

y que mueren por falta de verdad.

Estoy a punto de tocar con los pies el suelo

pues ya me he elevado con los artilugios

de tus ojos y tus brazos y tu voz.

Estoy ebria si acaso

de todas las cosas que he imaginado.

Estoy segura del fin del tiempo

y de esta extraña manera de anhelar ser otra

tan ingenua y alerta

tan prevenida y dichosa

tan serena y tormentosa

tan otra yo y fuera de mí.

Estoy segura que me he convertido

y ya no tengo remedio.

Ya es tiempo de volver a ser la misma que observa

las hojas de los árboles movidas por el viento

iluminadas secretamente

con un haz de luz amarillento

debajo debajo del alma de las hojas

donde yo sé que soy otra

la mejor que se me ocurra ser

la que mejor me queda

a la que más anhelo…

Han sido los días más fríos

han sido las noches más silenciosas

y las hojas más blancas que nunca

y ahora están apareciendo estos caracteres

aún quiero decir que te deseo

y no te amo.

Escrito por Dunia Oriana González Rodríguez

(Todos los derechos de autor reservados)

 

 

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LOS NEGOCIOS DE PAPÁ

padre e hija

Fotografía recuperada de: http://entremujeres.clarin.com

Cuando papá nos lleva al parque, nos compra conos dobles. Madre no está de acuerdo con sus visitas, dice que  los dos tienen “diferencias irreconciliables”, y Susan, mi hermana menor, me pregunta qué son esas cosas irreconciliables, y yo subo los hombros y me voy. Pero para ella no es suficiente y me tiene dando lata un buen rato; quiere saber cada cosa, no entiendo para qué si siempre hace lo que quiere. Por ejemplo, llama a papá por su nombre: Aldo. Él a veces me dice que no le gusta que lo llame así porque le recuerda mucho a mamá furiosa.

Mamá se enoja cada vez que Aldo llega sin avisar.

― ¡Usté no cambia! ¡Se aparece cuando ya estamos almorzando! ―, se quejó la última vez que vino papá.

Recuerdo que  se levantó antes de que Aldo se sentara y empezó a servir el sancocho tan rápido que se le rebosó el plato y tuvo que cambiarlo por otro. Cuando él se sentó me hizo parar por los cubiertos y por una cerveza. Todos comimos en silencio. Susan tiene por costumbre  cantar el Rinrin Renacuajo, pero ese día solo tomó la sopa sin levantar la mirada. Yo, por el contrario, los miraba y me pareció que tenía un sabor amargo.

Ella está segura que él es como esos señores que la otra vez escuchamos en la plaza. Nosotras volvíamos del parque. Era domingo y fuimos a almorzar fuera de casa. Enfrente de la iglesia hay una plazoleta amplía donde duermen perros a la sombra de las ceibas y los viejitos en círculo juegan cartas o se sacan la boinas para refrescarse la cabeza. Ese día estaba bastante llena. Había un señor con sombrero y barba y unas manos que se batían al ritmo de las palabras, como le narró mamá a su amiga en el almuerzo.

―Imagine al Chucho con la pinta de gamonal en medio de la plaza.

― ¡Ese se está buscando una muerte pendeja!

― Lo peor es que hablaba de derechos y vida digna e igualitaria.

Las dos mujeres se rieron nerviosamente. Callaron un momento hasta que Clarita se levantó porque el café se había regado.

― ¡Aj! Siempre la misma vaina, ¡Chucho me va dejar viuda sin siquiera casarnos!

― Mija, mejor sola que mal acompañada, pero a ese no más lo asustan y ya.

― ¿Usted cree?

Clarita sirvió dos tazas de café. Se dirigieron al jardín para observar a dos niñas que alimentaban alegremente los conejos de las jaulas. Cuando se sentó, dejó escurrir una lágrima gorda y lenta.

Cuando viene papá de visita se demora pocos días, lo máximo que ha estado con nosotras fue un mes.  Pero como dijo Rocío:

― ¡En contra de su voluntad!

Esa vez, desde que llegó, llovió dos semanas seguidas, y luego el río creció y dejó el pueblo incomunicado, bueno eso repetía un señor en la radio. La carretera que lleva a la ciudad más cercana tuvo muchos derrumbes, así que a Aldo no le quedó más remedio que quedarse. Rocío andaba por la casa tirando los platos. Parecía que había enloquecido. Tenía la cara muy roja y lloraba cada vez que hablaba. A veces podía ver cómo las venas de su cuello se engrosaban cuando daba una orden.

― ¡Susan, él se va quedar en el cuarto y punto!

En aquel mes papá me enseñó lo que es ser un hombre de negocios, un comerciante como él le dice a Rocío. Aunque yo quería contarle a mami cuáles eran los negocios con los que papi podría al fin vivir con nosotras, él me hizo prometerle que sería nuestro secreto, la sorpresa que haría feliz a Susan y a mamá.

Podría decirse que debo agradecer a la lluvia por unirme con papá así a mamá le disguste; pero la verdad me hace muy feliz, pues mamá y Susan están muy unidas.  Tal vez por eso Rocío dice que me parezco a Aldo. Una vez que jugábamos a las escondidas con Susan, yo me escondí en el chifonier de la pieza de mi madre, en ese momento mis papás entraron y mientras discutían me enteré que esperaban un barón pero nací yo, por eso cuando papi decidió compartir su secreto conmigo mi corazón volvió a latir con naturalidad. Susan tardó muy poco para encontrarme, pues yo salí al rato de mi escondite para que mis papás dejaran de gritar.

Recuerdo perfectamente la primera vez que papi y yo fuimos de negocios. Ese día yo llevaba mi mejor vestido y mis zapatos de mafalda de charol. Yo misma me bañé, escogí el vestido blanco con encajes rosas, que me regaló en el cumpleaños del año pasado, siguiendo las palabras que papá me había dicho. Ese día mamá y Susan tenían un evento en la escuela, y como Susan y yo nos llevamos tres años de diferencia estudiamos en jornadas contrarias, por eso cuando papi y yo salimos en la tarde, ellas aún no llegaban.

Aldo dijo que asistiríamos a una cita, ósea una reunión con unos señores con los que íbamos a negociar. En el recorrido me llevó los hombros con una mano y con la otra la sombrilla para no mojarnos con la lluvia. Así atravesamos la plaza del pueblo hasta tomar una calle bastante angosta. La gran campana de la iglesia repicó para avisar la misa de las cinco. Miré cómo el estruendo del campanario hizo volar una bandada de palomas que volvieron al campanario porque la lluvia las empujaba contra el piso. Me fijé cómo los abuelos se dirigían a la misa con paraguas negros y periódicos debajo de sus sobacos. Mientras caminábamos papá y yo entramos en una tienda para escampar; papá se quitó el sombrero blanco de cinta negra que tanto le gusta, se peinó los pelos desordenados y también su barba. Se secó la lluvia del rostro con el poncho. Por esa época se vestía así  y mamá decía que él se había quedado en “los años mozos”. A mí no me disgusta que papá use jeans pegados y sus botas Brahama, porque así yo vi que pasaban a unos señores en la tele de la tienda. Ese día papá llevaba una camiseta negra y al final del recorrido me contó que había llegado hasta Ecuador y allí había descubierto su vocación de comerciante.

Me dijo que para llegar hasta Ecuador hay que tomar un bus y viajar durante días para pisar la línea que divide la superficie del planeta en dos partes. El Hemisferio Norte, donde hay mucha nieve y las personas hablan diferente a nosotros, y el Hemisferio Sur del que nosotros hacemos parte. La verdad no entendí del todo, hasta que llegamos a casa y él me mostró en el globo terráqueo  donde quedaba mi país y la línea imaginaria que atraviesa la tierra, las personas, las casas, las ciudades, los mares, las montañas que nadie ve a pesar de que se esfuercen.

A mí me gusta deambular por el pueblo, es muy pequeño a diferencia de los otros en los que hemos vivido. Este está dividido por un río. Yo vivo al lado de la alcaldía y la estación de policía, y mi amiga Choco vive al otro lado, cerca del hospital y la escuela. Al tomar ese callejón me asusté un poco, pues la entrada era oscura, pensé que caeríamos en un hueco o nos chocaríamos con una pared, pero en medio del callejón apareció una puerta roja que decía: Bi-llar- la- Es-tre-lla. Al llegar, papá tenía las botas mojadas y lo primero que me impactó fue la luz roja de algunas bombillas, solo había visto esas luces en navidad, pero en este lugar había en las mesas y en donde vendían bebidas.

Una señora que tenía ropa muy ajustada nos recibió. Sus labios eran de un rojo intenso, ni comparado con el rojo de mi bom-bom. Cuando papá se acercó ella me cogió los cachetes y soltó una carcajada haciendo que sus grandes senos casi se salieran del vestido. Sus uñas eran muy largas, pensé que atravesarían la piel de cualquiera, como las brujas de las películas. En cada dedo tenía anillos y colgantes en su cuello y orejas. Se acercó a papá y le susurró algo al oído. No escuché que le dijo porque en ese momento alguien le echó monedas a la rockola, que a veces dejaba salir rancheras a todo volumen y otras simplemente dejaba de funcionar. Solo vi que ella recibía dinero de papá y nos fuimos a la mesa donde jugaban cartas unos señores.

Cuando llegamos a la mesa papá me presentó como su Retoñito. La mayoría de señores eran canosos y muy gordos. A mí me dio mucha toz por que el humo del cigarrillo no salía por ninguna parte, solo se quedaba encima de nuestras cabezas. Tosí hasta que papá me sacudió y me miró seriamente: ― Ya para con la toz―, y a manera de susurro agregó: ―vas a molestar los señores que negocian con papi―. La señora que nos atendió me trajo un vaso de agua y me calmé un poco. Pero en verdad me esforzaba para que el humo no se quedara en la garganta y me hiciera toser y Aldo se enfureciera.

Los señores vestían igual. Con camisetas y chaquetas de cuero. Tenían un poncho terciado y algunos, tabacos; y otros, cigarrillos. Encima de la mesa había billetes, monedas, cartas y dados. También una botella y copas de vidrio para servir el aguardiente, algunas estaban quebradas. Un señor se pasaba el pañuelo por la frente y el cuello. Al parecer el calor del lugar lo sofocaba. Yo también descubrí que tenía empapada la nuca. Me abaniqué con mis manitas. Los señores sonrieron a mi gesto. Yo permanecí sentada en las piernas de Aldo mientras se unió al juego. Sacó un billete y lo puso en el montón que había en el centro. El señor que estaba sentado a nuestra izquierda  me ofreció un caramelo. Intentó sonreír y pude ver que sus dientes de adelante eran de oro. Mi abuelo me contó que cuando él era niño el señor que ponía las herraduras a los caballos también era el dentista del caserío. Entonces cuando un diente se dañaba lo recubría con oro para mantenerlo y no quedarse desmuelado. Pensé en lo que me contó mi abuelo al ver que la mayoría de señores también tenían dientes dorados. Revisé los de Aldo, por si de pronto estaba soñando y se veían blancos. Respiré con alivio. Aldo me sacudió para que tomara el dulce que me ofrecía y dejó el billete que le había alcanzado con la otra mano.

―Aldo los negocios son negocios― habló uno de los señores que estaba al extremo contrario de nosotros.

―Por su puesto don Ismael, pero los negocios tienen su tiempo; hay que dejarlos que maduren.

Todos los señores soltaron unas carcajadas. Se les movía la cara y la barriga. Hubo tal momento de furor que algunos se pusieron rojos, otros se atoraron con el humo de los cigarrillos y, al final, unos tosieron hasta que hubo silencio.

El anciano más viejo se aclaró la garganta y comenzó a hablar:

―Aldo: suponga que acá todos somos inocentes, así que por qué habríamos de decir algo…

― A la mesma gente del pueblo no le importa una mierda…― el hombre que interrumpió no pudo seguir hablando.

― ¡Jum! Lo importante es que quién le va a creer a una china tan pequeña.

Y todos los hombres me miraron como si yo fuera un animal extraño. Sentí miedo. Abracé a mi padre quien me acomodó en sus piernas. Me agarré de su camisa porque estaba sentada en un sola pierna casi a punto de escurrirme y me quedé mirando el humo que subía hacia la farola que alumbraba la mesa.

―A ver si comprendo: ustedes no hacen nada y me pagan por nada.

― Aldo supongamos que a alguien se le da por hablar demás. Estamos de acuerdo que si eso sucede tendremos que decir que no se nos puede culpar de lo que no ha sucedido; y que tal vez la naturaleza de las mujeres si es la locura y la mentira.

Los hombres no rieron. Se acomodaron en las sillas; uno prendió otro cigarrillo y otro sirvió una ronda más de aguardiente. Los hombres tomaron el trago, lo levantaron y gritaron:

― ¡Salud! ¡Salud por Aldo!

El único hombre que parecía de la edad de mi padre agregó:

― ¡Salud por el Retoño!

Mi padre comenzó a sudar. Su rostro cambió. Me pareció que se parecía más a esos señores. Me retiró el cabello que se había pegado en mi frente por el sudor y me sopló la cara para refrescarme. Sonreí. Me sentí a salvo. De repente, Aldo cambió de opinión, me bajó de sus piernas. Me giré para buscar en su mirada alguna explicación. El piso era sucio y estaba repleto de colillas y huecos. Vi por debajo de la mesa las piernas de la señora que nos había atendido, tenía unos tacones rojos con el tacón muy gastado; había otras piernas con pantalón de militar y botas de pantano que se entremezclaban.  Mi padre puso su mano en mi espalda y me empujó suavemente. El anciano sonrío y vi que solo seis dientes eran de oro: el colmillo y los dos dientes que le siguen de la parte superior y los mismos de la parte inferior en el otro lado de la boca.

Con alegría extendió sus brazos. Abrió un poco la pierna derecha y con la mano dio unas palmadas sobre el muslo, haciendo pequeñas arrugas y manchas de sudor al pantalón de tela. Miré por última vez a los ojos de mi padre quien sonría como un desconocido detrás de la baraja de naipes que sostenía con las dos manos. La luz del bombillo rojo le ensombreció el rostro, creo que fue mi impresión. Los demás señores me animaron a sentarme en la pierna de don Ismael. Este sacó un billete y me lo alcanzó. Yo no me moví. Mi padre seguía empujándome. El señor sacó otro billete,  y así por cada paso que daba. Cuando me senté en su pierna empecé a temblar. Intenté tranquilizarme, mi padre me había prohibido llorar. Lo único claro fue la sensación de los billetes húmedos en mis manos.

Don Ismael puso la mano sobre mis piernas. Era pesada. Tenía pecas, cicatrices y arrugas. Sus dedos eran gruesos y sus uñas estaban mordidas casi no le quedaba lunita blanca. De pronto me dijo:

― Quiero que me diga “abuelo hágame cosquillas”.

Busqué la aprobación de mi padre. Él solo se escondió detrás de la baraja de naipes. Aldo se percató de que el anciano parecía malhumorado. Me miró y repitió:

―Ahora somos hombres de negocios y ellos son nuestros clientes, comprendes Luz. Hay que hacer lo que los clientes quieren―, y se tomó un trago antes de decir que había ganado la partida.

Escrito por DOGR

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ALMA SALVAJE

WILD

Fotograma de Wild.

Wild es una excelente historia, de esas en las que los personajes sufren más de una transformación, donde deben asumir los cambios y, sobre todo, modificar su forma de pensar. Esta historia llevada al cine está basada en la obra escrita por Cheryl Strayed, Salvaje. Es una película autobiográfica en la que Cheryl después de pasar muchos momentos de negación en los que se hace daño, decide, cuando al fin ha tocado fondo (en apariencia), emprender una caminata que la devuelva a su esencia de mujer fuerte, aguerrida y libre; pero, por encima de todo, una mujer feliz con su vida, con la manera de relacionarse en el mundo.

En uno de los momento difíciles en que todo se le ha salido de las manos, en que sus actos de inconsciencia la han sobrepasado, encuentra una guía de la Pacific Crest Trail y decide caminar más de mil kilómetros sola. Es una emotiva representación de lo que vivió la escritora, recreada por Rees Whiterspoon. Me siento impresionada de cómo las mujeres solemos hacer cosas que para otros pueden ser descabelladas, y, sin embargo, en el fondo habla de una sabiduría intuitiva en la que descubrimos cuál es la enfermedad y cuál la cura.

Salvaje habla de esa intuición, de ese otro sentido que cada mujer tiene para mediar en pro de su equilibrio. A veces tienen que ver con voces que ignoramos porque no dicen lo que queremos escuchar, porque no hablan del engaño. Y otras, es una facultad que permite ver más allá de lo que en apariencia es. Salvaje es la naturaleza que envuelve a la mujer que se considera libre de vivir como lo dicta su instinto, sus sentimientos, su razón, su esencia…Lo salvaje es lo que han querido domesticar en nosotras cercenando lo que verdaderamente somos. Entonces, es cuando surge el hartazgo, cuando tomamos otra vez la rienda de nuestras vidas y es en ese momento en el que realmente comprendemos cómo, dónde, cuándo, con quién y qué queremos vivir. Es el instante en que nos empoderamos de nuestra existencia y, por encima de todo lo que se nos diga socialmente, vemos que la decisión que hemos tomado es la correcta, porque nos acerca cada vez más hacia lo que hemos buscado, lo que se nos pierde en sueños, a través del ruido de los carros y el ritmo de la ciudad. Lo que se nos oculta para que nos arriesguemos a seguir con la búsqueda. No importa si te has encaminado y no sabes bien hacia dónde vas, la misma ruta se irá mostrando. ¿Hacia dónde vas? ¿Qué camino has tomado para descubrir la naturaleza salvaje de la que estás hecha? ¿Cuánto más vas a mirar hacia atrás? ¿Qué te has perdonado? ¿Cuánto amor te provees? ¿Estás dispuesta a arriesgarte? ¿Lucharás por tus sueños? ¿Son suficientes las provisiones?…

Salvaje es aceptar quien eres y aferrarte a ello. Salvaje es vivir con pasión una vida propia, uno sueños propios, un camino propio. ¡¡Salvaje es amar profundamente la vida y luchar porque sea como tú quieres sin miramientos, aunque duela, aunque tengamos miedo!! ¡¡Salvaje es superar los límites y llegar allá donde quiera que se nos ha ocurrido que es necesario o genial!!

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