Category Archives: Literatura creativa

LA GENTE QUE CORRE

“—Segunda lección—dijo Caballo—. Piensa fácil, ligera, suave y rápidamente. Empieza con el fácilmente porque si no llegas a más, ya será bastante. Luego prosigue con ligeramente. Hazlo sin esfuerzo, como si no te importara una mierda cuán alto o lejos llegas. Cuando hayas practicado esto tanto que olvides que estás practicando, deberás trabajar en el suaaaaaaaaave. No tendrás que preocuparte por lo último. Una vez tengas los tres primeros, correrás rápidamente”. Christopher MacDougall, Nacidos para correr.

 

IMG_20151017_094044

Llevo muchos años corriendo. Al principio fue por mis clases de atletismo en el colegio y en la universidad. Para pasar los exámenes finales del Test de Cooper tenía que correr, pero también para relajarme de la carga académica. Luego de la universidad lo he hecho como un ejercicio complementario a la escalada deportiva. Llevo dos años que lo hago de tres a cuatro veces por semana. Y este último año, por primera vez he corrido con consciencia. He mejorado mi técnica y he corrido más de 100 kilómetros. Hace seis meses empecé a entrenar para mi primera media maratón; es decir correr 21 kilómetros. Mi objetivo es correr 21 kilómetros en montaña.

Como ese es mi objetivo, gracias a un amigo (Mateo) que trabajaba en el Parque Chingaza y mi novio (que hace de entrenador y motivador Jhoany), fui a correr 15 kilómetros a 3700 m s. n. m. La experiencia ha sido increíble. Es la primera vez que corro a tal altura y en tremendos paisajes. Lo más maravilloso es que también se unieron otros amigos que corren profesionalmente y que están entrenado a chicas y chicos que quieren aprender a correr. El grupo se conformó por 9 personas: 5 hombres y 4 mujeres. Así que entre principiantes y expertos nos lanzamos a correr por una ruta que abrió Mateo. La ruta se llama Las Cuchillas, en la que además de correr debimos escalar en tres tramos del camino. La roca, aunque helada, fría y húmeda, ofrece líneas de pasto y tierra por donde se puede subir con cuidado.

 

IMG_20151017_101056IMG_20151017_102138

Me sentía muy bien. Estaba corriendo fácil, ligera y suavemente. Luego de haber atravesado un tramo de unos tres kilómetros de pantano y tener los pies húmedos, encontramos una planicie en la que pude recuperar el ritmo y tomar algunas fotos. En esos momentos ya sentía hinchadas las manos y, a pesar de mi esfuerzo por mantenerlas calientes, éstas sólo estaban rojas y frías. No me parecía grave, estaba corriendo en el páramo y no tenía hipoxia ni tampoco asfixia. Cuando llegué al primer tramo de roca para escalar, sentí que mis manos no se agarraban muy bien y que esa hermosa pared negra de roca me quemaba las yemas de los dedos. En el segundo, mis manos se agarraban de las presas pero el dolor que sentía fue tan nuevo que no supe qué hacer. Solo quise salir de allí, este tramo es el más alto, tal vez unos 5 a 7 metros de pared rocosa. Cuando estuve sobre la repisa mis manos ardían de frío. Qué extraño, ¿verdad? Me dijeron que las calentara con las piernas. Me acurruqué y las dejé allí. Las froté y decidí meterlas debajo de mi camisa, en mi vientre. Estaba calientito y pude recuperar el calorcito. Mientras yo estaba allí entendiendo lo que sucedía y esperaba a los otros corredores, la espesa neblina que cubría el paisaje se desperdigó y pude ver una hermosa laguna. ¡¡Qué maravilloso!! Fue muy emotivo estar sentada frente al origen de la vida.

 

IMG_20151017_102813IMG_20151017_113537

Los otros corredores aparecieron y también se tomaron un tiempo para recuperar el calor de las manos. Luego de subir ese tramo nos dedicamos a descender con rapidez hasta llegar al tramo final de roca y subir por una hermosa fisura. Luego seguimos descendiendo y yo iba pensando en el consejo que Caballo, un corredor gringo que se dedicó a estudiar la técnica de los indígenas raramuris, los mejores corredores del mundo…sentía que corría fácil, ligera, suave y rápidamente, y me sentía libre y feliz. Estaba tan concentrada que me parecía un juego esquivar los pastos altos, los tramos de fango y los frailejones. Llevaba muy buen ritmo bajando la ladera, tanto, que en ningún momento sentí que me faltara el aire o fatiga. Tampoco me sentía con sed o con hambre. La sensación de que mi cuerpo se estaba moviendo con una facilidad y ligereza me atrapaba completamente. Mi mente estaba en blanco, sólo disfrutaba del paisaje y me fijaba en que estuviera bien mi postura o en que  los pasos no fueran demasiado largos. Al final de la ladera, llegamos a una carretera de tierra. La ruta estaba húmeda pero se podía correr con tranquilidad. Allí venía mi última prueba para confirmar si mi entrenamiento de dos meses corriendo con un plan adecuado de cortas y de largas distancias estaba funcionando. Y la verdad me sorprendí. Aunque los hombres tomaron la delantera con una mujer, yo decidí correr tranquila mientras tomaba un ritmo que me permitiera terminar la carrera sin caminar, ese era mi principal objetivo. El tramo de carrera empezó con un plano y luego unas curvas en bajada. Cuanto más avanzaba, más se empinaba la carretera y allí sentí agotamiento; pues iba bastante rápido porque quería alcanzar a los chicos. Todo el tramo de bosque de páramo había corrido en tercer lugar, y ahora iba de sexta. Quise alcanzarlos, pero recordé que lo principal era terminar corriendo la ruta. Así que disminuí el ritmo y al ir avanzando me quedé sola. Así seguí unos diez minutos y de pronto vi a una chica rezagada. Decidí apretar un poco más el paso. Cuando la alcancé y la pasé aumenté un poco más el ritmo, aunque empezaba una cuesta. Me sentía bien hidratada y logré mantener el ritmo y terminar la carrera en quinto lugar con ganas de continuar. Cuando llegué al punto de donde habíamos partido, no me lo podía creer, porque sentí que podía correr más. Todavía tenía suficiente energía y sobre todo pensé que podría pasarme algún otro corredor.

IMG_20151017_102824IMG_20151017_115440

 

Lo mejor de esta carrera de entrenamiento fue esa maravillosa sensación de correr en manada. Esos tiempos en los que descansábamos y esperábamos a que todos estuviéramos reunidos y poder continuar. Imaginaba, a veces, sin esperarlo, que todos estábamos de cacería o en una travesía; sobre todo en esos momentos en los que nos ayudábamos y apoyábamos para continuar. Qué hermosa sensación de comunicad, de unión y de fraternidad. Era la primera vez que corría con Pedro, Ivón, Álvaro y dos chicas más, ahora son más familiares, y sentí una tremenda afinidad por volver a correr a su lado. Una experiencia que me ha llevado a competir este año en dos carreras de 13k y 15 k para medir mi capacidad de competencia (digo esto a las personas) pero yo sé, íntimamente, que es para sentirme libre al correr, al detener el tiempo, al desaparecer de la “realidad” y al estar en el momento presente, al dejar mi mente en blanco, al decirme con cariño cosas como “soy fuerte, ágil, veloz y tenaz”, “puedo un poco más, quiero correr más”…así me voy diciendo cosas bonitas cuando me siento agotada, cuando me distraigo y pierdo el ritmo o cuando la cuesta empieza a darme lecciones. Ése es el principal motivo: aprender de mis límites, de mis retos, de mis pensamientos, de mi voz, de las personas con las que corro y entreno, de la montaña, de la vida…así voy tan libre y veloz como me animo a hacerlo.

 

Escrito por Dunia Oriana González Rodríguez

Todos los derechos de autor reservados.

2 Comments

April 28, 2016 · 12:20 am

Zigzag

Francesca Woodman Zigzag

Fotografía por Francesca Woodman.

 

 

Estoy ebria si acaso

estoy viéndome el rostro en esa otra que desea

estoy ebria y sin un vaso de licor.

Quizás pienses que es imposible

esta manera de embriagarme con las posibilidades.

Estoy hambrienta

como mujer que se refugia de la guerra

y come manotadas de tierra antes de vomitar nada.

Estoy ebria si acaso de pensar en este juego

en el que tus palabras son dardos

palabras juguetonas en mis manos

palabras astutas que susurran  la realidad que dibujamos

palabras que vienen en un mensaje instantáneo

y que mueren por falta de verdad.

Estoy a punto de tocar con los pies el suelo

pues ya me he elevado con los artilugios

de tus ojos y tus brazos y tu voz.

Estoy ebria si acaso

de todas las cosas que he imaginado.

Estoy segura del fin del tiempo

y de esta extraña manera de anhelar ser otra

tan ingenua y alerta

tan prevenida y dichosa

tan serena y tormentosa

tan otra yo y fuera de mí.

Estoy segura que me he convertido

y ya no tengo remedio.

Ya es tiempo de volver a ser la misma que observa

las hojas de los árboles movidas por el viento

iluminadas secretamente

con un haz de luz amarillento

debajo debajo del alma de las hojas

donde yo sé que soy otra

la mejor que se me ocurra ser

la que mejor me queda

a la que más anhelo…

Han sido los días más fríos

han sido las noches más silenciosas

y las hojas más blancas que nunca

y ahora están apareciendo estos caracteres

aún quiero decir que te deseo

y no te amo.

Escrito por Dunia Oriana González Rodríguez

(Todos los derechos de autor reservados)

 

 

Leave a comment

Filed under Literatura creativa, Uncategorized

¿POR QUÉ LAS CAMPEONAS GANAN MENOS?

Por: Dunia Oriana G. R.

“¿La mujer? Es muy sencillo, afirman los aficionados a las fórmulas simples: es una matriz, un ovario; es una hembra: basta para definirla”. El Segundo Sexo, Simone de Beauvoir.

Podio de chicas

Hace cuatro años que soy escaladora. Años en los que he ido asumiendo retos cada vez mayores para aumentar mi nivel y mi rendimiento físico. Hoy  por hoy, aún no me puedo denominar deportista. Todavía me falta más disciplina y tener más claros mis proyectos y objetivos. Sin embargo, en la comunidad escaladora en la que me muevo hay chicas que tienen más claros sus objetivos, deportistas de alto nivel, mujeres que me inspiran a seguir cada vez más y a sacarme de la cabeza que los hombres son más fuertes. No estoy diciendo que todas lo sean, todas  y todos tienen diferentes procesos. Pero, no es de negar que la escalada es un deporte con una población mayor masculina que femenina: de 10 hombres hay 5 mujeres. El número es reducido, aunque cada vez hay más mujeres dispuestas a retar sus limitaciones.

Ahora bien, hace un año y medio empecé a competir. Cuando tomé la decisión pensé en medirme con otras chicas. El resultado fue que aprendí sobre mis capacidades, mi método de entrenamiento y, sobre todo reflexioné, sobre mi proceso: ¿Por qué escalo? ¿Qué quiero lograr? Fueron los interrogantes que me impulsaron a tomar con más seriedad este deporte.

Gracias a estas incógnitas me he ido relacionando con escaladoras y escaladores que entrenan disciplinadamente para competir. A veces nos encontramos en el muro o en la roca; allí están siempre dando lo mejor tanto física como mentalmente, sin diferenciarse, pues tanto ellas como ellos lo dejan todo en sus pegues. Entonces, me pregunto: ¿por qué las campeonas reciben menos cantidad de dinero cuando suben al podio? No estoy especulando, no se trata de una posición radical feminista. Al contrario, pensé que en los deportes la discriminación no tenía cabida. ¡Vaya que me he equivocado! Curiosamente el otro día estaba tomando unas cervezas con unas amigas y amigos que escalan, y en el círculo de chicas una comentó que le parecía muy injusto que a la chica que había ganado en Maestras, le hubiesen pagado 100 mil pesos menos que al Maestro. Ingenuamente su mejor amiga le decía que contara bien, que tal vez “ella se había equivocado”. Resulta que no fue así. Los premios fueron de cantidades diferentes. El hombre ganó más que la mujer por su esfuerzo. Yo me pregunto, ¿acaso ella no se esforzó, no entrenó, no pagó la misma cantidad de dinero en la inscripción, no fue campeona? ¡Qué sucedió? ¿El presupuesto no alcazaba?

La historia no termina aquí. El 3 de mayo fui a una competencia de bicimontañismo, una muy importante de Cundinamarca, y resulta que cuando almorzábamos con unos bici amigos que compitieron, ellos mismos se extrañaban de que a la ciclista que recorrió los mismo 50 y punta kilómetros en un excelente tiempo, que era la categoría que se premiaba con dinero, le hubiesen pagado 50 mil pesos menos que al ciclista. Yo comenté que eso mismo había pasado con la competencia de Masivo y no sé con cuántas más. De la discusión surgieron dos argumentos: 1. La diferencia se debía al presupuesto. 2. Siempre se ha hecho de ese modo.

Al respecto del primero, me parece que no se sostiene por sí mismo, porque si faltaba dinero pues en el caso de Masivo eran 100 mil pesos la diferencia, podría pagarse igual a los campeones y motivar  a un cuarto (que esa es otra polémica, la premiación a los tres primeros). En cuanto al segundo, si siempre se ha hecho así y se sigue realizando de la misma manera: ¿Cuáles son los argumentos para reconocer el esfuerzo de las mujeres? Acaso, ¿es menor el esfuerzo, por tanto menor la paga? ¡La ciclista no recorrió los mismos kilómetros que el ciclista?

Aunque parezca sesgada mi visión, y tal vez lo sea, porque no he podido hablar con las personas que realizaron el evento, sin embargo, sería eufemístico de mi parte pensar que esto es una trivialidad o una liviandad que se puede dejar pasar por alto. Lo claro en este asunto es que este también es un espacio en el que se debe reflexionar sobre la equidad de género, las mujeres no solo deben cargar con el peso de salirse de los estereotipos marcados de nuestra sociedad, en la que son otras actividades las que ella deberían hacer, y otro cuerpo el que se debería moldear. Ahora también, nos falta empezar a oponernos a este tipo de discriminación, porque sin ir más allá, en estos ejemplos es notoria. A mí, estas situaciones me motivan para abrir espacios de diálogo y de encuentros con la comunidad escaladora, para que empecemos a mirar si las cosas se tienen que seguir haciendo de la misma manera, si nosotras estamos dispuestas a asumir un rol pasivo e indiferente ante estas situaciones. O si como escaladoras guerreras de la roca asumimos retos en los que la equidad de género reivindique nuestros esfuerzos y sean valorados y juzgados objetivamente y nos sesgados por una visión machista y determinista. Donde se nos mire como un ser humano en igualdad de condiciones. Porque, ¡¿acaso por ser mujeres son menores nuestros esfuerzos?! ¿Cómo nos consideran  lo escaladores y quienes realizan estos eventos? ¡Cuáles son sus argumentos para pagar diferentes cantidades a las campeonas y a los campeones? Si miramos que los premios son para motivar, qué mensaje nos están dando. ¡Confórmate? ¡O agradece que te premiemos?

Cordada de chicas es un grupo en el que estamos no solo reflexionando sobre los procesos de formación de la escalada, sino también, los culturales, los ideológicos que repercuten en las nuevas generaciones y que pueden tornarse obstáculos en el deporte y la misma comunidad. Solo a través de las reflexiones y los diálogos podremos mirar que NO SE PUEDE SEGUIR HACIENDO DE LA MISMA MANERA. Los cambios son necesarios y un principio de la persona que escala es que la zona de confort o aquello que siempre se ha hecho o el método que usamos para vivir, la mayoría de veces cambia: ¡siempre se modifica para ser mejores cada vez! Espero que tanto mujeres como hombres empecemos a construir nuevos discursos, nuevas visiones de los esfuerzos individuales y colectivos. Y actuemos diferentes,  equitativamente de acuerdo con los esfuerzos y méritos de cada deportista.

 

6 Comments

Filed under Literatura creativa

¡Observar nos ilumina el corazón!

alas de hojas

Foto: Oleg Oprisco

Mamá, en el viejo arte de tejer con aguja e hilo, me enseñó el punto y la cadeneta. Al principio mis intentos terminaban en nudos o en hileras de lana que se deshacían, cuando quitaba la aguja. No sabía por qué era importante, pero durante varios años lo practiqué. La rutina consistía en sentarme al lado de mi madre y otras mujeres que llegaban para tomar  café bajo el mango que había en la casa. A veces se quedaban en silencio, como si existiera un lenguaje secreto para comunicarse. Y otras, cuando la brisa movía los rosales, ellas se convertían en sus confidentes más queridos. Así que un extraño murmullo se apoderaba de sus bocas y lentamente se iban deshaciendo de la tristeza.

― ¡A doña María la dejó el marido, se fue con la secretaria!―dijo una de mis tías.

― ¡Típico de los hombres! ¡Con cualquiera que les abra las piernas, caen!― agregó una vecina que se esforzaba por hacer un gorro para su bebé.

―Eso no hay mal que por no bien no venga.―Agregó mi madre.

Sonia relató una vez más cómo su marido la había dejado por una enfermera y le había robado todos los ahorros de la educación de los niños.

―Yo he trabajado desde que era muy niña para tener lo mío.

― ¿Y te robó algo más?

―La ilusión de tener una casa para mis hijos y mis nietos.

―Tendrás una casa, tal vez no la de tus sueños…

El llanto de Sonia interrumpió en lo que mi madre la animaba. Las agujas brillaban con el sol de la tarde. Algunos pájaros picoteaban las guayabas de los árboles del solar. Me distraje con las flores del mango que caían y hacían una capa rojiza en el suelo. La radio anunció que habría fuertes lluvias y vendavales en noviembre. Las mujeres giraron hacia donde venía la voz del radio difusor.

― ¡Tenemos que ajustar las tejas del patio!― sugirió mi madre.

― No podremos venir por un tiempo― se lamentó la vecina.

― ¡Ajá! ¡Se nos mojarían los hilos!― Sonia parecía no volver de su tristeza.

― ¡Ya se nos ocurrirá algo!

Mamá hacía espléndidos tejidos. Su mayor obra fue los cubrecamas de nuestra casa. Aun así había diseños para la mesa de noche, del teléfono, del gran comedor; en las repisas del baño, en los espacios diminutos de la biblioteca, en la base que mantenía la virgen y en la bolsa que cubría las raíces de la sábila que colgaba detrás de las puertas de la casa. Una tarde Madre dijo como si fuera un secreto:

―Hija, observar nos ilumina el corazón.

Señaló un lugar para que me sentara a su lado. Tomé un taburete que estaba lleno de hilos y lanas. Estuve dos horas viendo cómo sus dedos se movían ágilmente para hacer de un agujero diminuto una figura que iniciaba el rompecabezas. Ahí en su presencia me quedé con la mente en blanco. Así pasamos horas hasta que llegó la noche y yo bostecé.

― ¡Es suficiente por hoy!

La segunda clase sucedió un sábado en la tarde mientras llovía. No había mucho que hacer en la casa. Estábamos las dos. Ella leía mientras tomaba café. Yo dibujaba un paisaje donde las montañas eran muy verdes y el cielo estaba cubierto de chulos. De repente miró por encima de sus lentes y dejó el libro sobre la mesa.

―Nini, busca la caja del tejido.

Hice caso como si fuera una orden urgente. Salí corriendo al cuarto de coser. Tararín-tararán cantaba al volver. Extendí las manos para alcanzarle la caja, ella me dijo:

― ¡Es tu regalo de cumpleaños!

― ¡Gracias, Madre!

Nos sonreímos. Por fin hacía parte de aquel grupo selecto de mujeres. Me indicó la posición adecuada del cuerpo para tejer: la espalda firme, la cabeza ligeramente hacia adelante, la aguja debía ir en los dedos: pulgar, índice y corazón como un lápiz; la hebra sujetada por el meñique y el índice, para tensar lo necesario y de vez en cuando los otros entraban en la tarea para medir y continuar la obra. Me explicó que se debía visualizar la figura que se quería antes del primer ojal, pues a partir de ese punto se realizaría lo que habíamos imaginado. El resultado de la clase fue una larga cadeneta de ojales que se unían entre sí, muy débiles, unos más grandes, otros más pequeños, a veces más apretada en una parte que en otra. Supe que debía esforzarme más en el arte de la visualización para mis próximas clases.

Al finalizar, Martha entró abruptamente a la casa. Tenía el rostro cubierto de lágrima y de la sangre que le salía por la nariz. Jamás la había visto tan despeinada y con la ropa desarreglada. El bebé que tenía en la panza se movía por intervalos. Ella intentaba tranquilizarse tocándose cada lugar. Madre hizo que se sentara y me pidió que buscara el botiquín. Al regresar pude ver que la vecina le mostraba la marca de una mano fuerte sobre uno de los brazos.

― ¡¿Ha vuelto a pasar?!― dijo Madre indignada.

― Prometió quedarse para ver nacer su hijo.

― ¿A qué precio? ¿Tu vida?

― Lo amo, no podría vivir sin él.

Curamos sus heridas. Le dimos un té. Dejamos que se desahogara. Estaba más tranquila cuando su marido llegó a buscarla. Traía un ramo de flores. No podía sostenerse de la borrachera. Los dos hablaron unos minutos en la entrada de la casa. Al final, ella nos pidió ayuda para llevarlo a la casa. Nos negamos. Martha se quedó mirando fijamente a Madre y con un gesto de furia se marchó. La vimos cumplir su objetivo entre tropezones y caídas. Nosotras no debíamos prestarle ese tipo de servicios porque estaba en contra de una de las reglas del tejido: «vivir para crear».

― Martha se marchará del pueblo y perderemos su amistad.― Se lamentó Madre en voz alta.

Con el tiempo comprendí que en mis clases aprendía la destreza de inventar. Además, podía relajar mi mente y pensar con alegría en las cosas que hacía en el día. Así escuchaba claramente mi voz y me dejaba llevar por la monótona tarea, que en el fondo era una excusa para acallar los ruidos del mundo y aceptar ese deseo de hablar conmigo misma. Aprendí a comunicarme con mi cuerpo. De esta manera, era muy saludable y me encaminaba hacia la fortaleza y la libertad ignorándolo completamente.

Las lecciones cada vez se hacían más complejas, pues había que copiar las figuras en muestras. Para llevar a cabo esta labor, había que fijarse cómo había sido originada. Cuán larga debía ser la cadeneta básica y cuántas veces debía pasar la aguja por los agujeros; sin olvidar tensar adecuadamente la hebra. También aprendí a manipular los diferentes materiales como el croché, el fique y el hilo, que le daban otro tipo de textura al tejido, y asimismo la posibilidad de crear otro tipo de urdimbre.

A pesar de la partida de Martha, en casa el grupo seguía con las reuniones. La tía Nana se especializaba en los detalles tejidos de los vestidos de novia. En sus obras se veía el esfuerzo por la perfección y la elegancia que las familias empoderadas del pueblo solicitaran su consejo para el ajuar de la novia.  Sonia  utilizaba el fique aunque este fuera tosco, duro e hiciera el trabajo arduo. Hacía bolsos muy coloridos. Fueron tan llamativos que empezó a venderlos y distribuirlos como una artesanía.

Por el contrario, Madre tejía cosas para la casa que tenían un lugar específico. La urdimbre permanecía en los lugares como un fiel testigo de la vida. Parecía no envejecer; mantenía la forma, el color y la utilidad para la cual había sido creada. En su naturaleza no había ningún rasgo de finitud. A veces daba la sensación de tener poder más allá del entendimiento. Sin razón aparente la mayoría de piezas nuevas esperaban en los cajones, deseosas de salir al mundo de las cosas. Pero las que ya estaban expuestas acaparaban la atención y la vida misma.

Finalmente estaba yo, que hacía solo figuras circulares y que en el fondo no servían para adornar ni para conformar una totalidad. Solo piezas circulares que se iban arrumando en los cajones de mi armario. Con los años, estaban llenos y ninguna sabía bien qué hacer con ellas, porque el trabajo era bueno pero no tenía mayor utilidad. Insegura por mis descubrimientos, un día de noviembre decidí limpiar el cuarto. Pensé en guardar las piezas en una caja. Saqué los tejidos y los puse en el suelo de la habitación; como llevada por un impulso de mi corazón las ponía aquí y allá comprobando que no todas eran circulares, que tenían más bien una forma alargada, ovalada; cuanto más me convencía de sus diferencias, una sensación de asombro empezó a invadirme. Una tras otra hacía una gran figura. Estaba en mi labor cuando mamá me llamó a comer, y al cerrar con fuerza la puerta comprobé que salí de la habitación como queriendo que allí no entrara ni el viento ni la luz. En la comida me habló del significado de nuestro arte:

―Tejer es como la vida, exige concentración, esfuerzo y objetivos claros… ¿Comprendes?

Yo solo asentí y tomé mi agua de panela y apuré el maduro con queso derretido en el centro. Estaba absorta en lo que decía. Se me quedó mirando como si se percatara de que había hablado. El silencio volvió a hacerse entre las dos. Sus ojos color azabache buscaron en mi indiferencia algún atisbo de verdad. Yo comía tranquilamente, pensando en la figura del cuarto. ¡Tararín-tarará! Volvería al cuarto y sabría para qué había tejido durante esos años. Ella estaría orgullosa.  Entonces, advirtió que aunque en mis ojos color miel no se revelara ninguna verdad, yo le daría una muestra de fe, en la que garantizaba que efectivamente estaba comprendiendo la analogía de tejer y vivir. Porque todos esos años de silencios y esas agotadoras horas de trabajo habían moldeado, aparte de callos en mis dedos, mi amor por la vida.

―Tejer es un arte despreciado por las personas que creen que lo hacemos por perder el tiempo.

Madre se quedó mirando la nada, tal vez, un punto invisible para mí en la pared. Luego vi cómo mis abuelas espirituales danzaban alrededor de ella y le cubrían con hermosos tejidos su cuerpo. Tararín-tarará. El viento golpeó la ventana de madera mal cerrada. Levantó el mantel tejido por mi madre y las madres espirituales besaron sus mejillas. Antes de retirarse, fue por el último café del día. Me recordó que arreglara la cocina y agregó:

― ¡Buenas noches, pequeña aprendiz!

Antes de darme la espalda, me sonrió como si hubiese sido consciente del espectáculo que yo había presenciado. Me levanté con prisa. Dejé el oficio para después, pues aún debía completar la obra. No dormí en mucho tiempo al trabajar varias semanas disciplinadamente. Había una furia en mi interior que crecía en las madrugadas y cuando asomaba el sol se apaciguaba como un animal hambriento cuando ha saciado su apetito. También sentía que en mi pecho un fuego había empezado a expandirse y era irremediable apagarlo con el agua de hierbas de albahaca o yerbabuena.

Madre no volvió al trabajo. Solo se quedó tejiendo una larga manta. Pensé  que ella había tomado las vacaciones. Mis tías se quedaron en sus casas preparándose para las fiestas decembrinas y los familiares que venían de otros pueblos. En medio de nosotras se estableció una disciplina irrompible. Ni siquiera nos fijamos que comíamos tan poco; es más ella dejó de comer y empezó a moverse despacito como si de pronto alguna de las abuelas espirituales se hubiese encarnado en su cuerpo.

Pasaron más de tres semanas y logré finalizar mi obra. En ese tiempo veía a mi madre allí debajo del mango con la manta que cubría por completo su cuerpo. Por esa época el mango empezó a florecer e iluminó la manta con sus florecillas blancas. Tenía el cabello cubierto de flores y de colibríes. Parecía estar absorta en sus ideas y el tejido parecía acaparar su energía. Las aves se paraban en sus hombros o se quedaban en sus pies revoloteando. El mango seguía floreciendo y mostraba sus primeros frutos. Ella parecía estar en un hermoso sueño y yo le revelaría que su sabiduría estaría a salvo conmigo y que sería transmitida a las nacientes generaciones y así hasta que el fin del mundo llegara.

Diciembre se puso en las hojas del almanaque y mamá terminó la manta que la cubría como una gran capa de mago. Permaneció en el mismo lugar, sentada sobre la mecedora, con la caja de tejido en sus pies y algunas bolas de lana desperdigadas por el suelo. Se cubrió de pies a cabeza como si hiciera un terrible frío.

Unos días antes de que llegaran los familiares, se levantó y se arregló como si en la noche fuera a salir. Yo decidí, no sé muy bien por qué, tan solo guiada por el mismo impulso que semanas atrás había sentido, hacer su cena preferida: Café con plátanos maduros asados y con queso campesino en el centro. Ella me sonrió. Estaba en el comedor como si se tratara de una mujer que asiste a un restaurante y se siente satisfecha con el pedido que han traído a su mesa. Yo veía su rostro tranquilo. Parecía haber rejuvenecido. Se veía feliz y sonreía coquetamente, como si enfrente estuviera algún enamorado de la juventud.

Antes de terminar el café, alargó su mano, tomó la mía y me dijo:

―En el tejido está nuestra imaginación y nuestro amor por las personas y las cosas del mundo.

Cuando escuché sus palabras sentí un tremendo alivio. Dentro de mí la llama parecía quemarme. Empezaba a subir lentamente del estómago hasta la garganta. El fuego se convertirá en palabra. Mamá terminaba su café. Era el momento justo para decirle que había heredado la tradición porque yo era una principiante dedicada. Así que respiré, dejé mi taza y hablé:

― ¡Quiero mostrarte algo!

Quise guiarla a mi cuarto, pero ella se paró como si se tratara de un fantasma y se dejó ir lentamente contoneando el cuerpo, dando la impresión de que empezaba a bailar. De su presencia se desprendió un olor a flores de mirto. El aroma era tan penetrante que por un momento creí que soñaba. En la casa el árbol se había secado en verano y los que había en el barrio no florecían a esa hora, solo en la madrugada. Tal vez el tiempo de la comida había sido mucho más largo. Quizá se nos había perdido la veracidad del mundo.

―  ¡Ven conmigo!―alcé la voz.

Salí corriendo tras ella; cuando la hallé permanecía acostada en la cama cubierta por la manta que había tejido con algunas flores del mango. Estaba sonriente. Su boca se abrió lentamente. Me acerqué pues susurraba algo entendible desde la distancia en la que permanecía.

― Quería una hija pero no un padre.

― ¿De qué hablas?

― Fue el médico quien te dio la vida sin preguntármelo…

― ¿Mi padre?

Sus ojos se cerraron. Se acomodó plácidamente en su cama. Me pidió que apagara la luz.

― ¡Despierta! ¡Hice unas alas para volar!― grité.

Suspiró, pensé que saldría de la duermevela, pero aunque estuve viendo su rostro iluminado por la lámpara de la mesa de noche, no se inmutó. Sus labios permanecieron en aquella sonrisa coqueta y dura por la muerte. Apagué la luz. Comprendí que debía marcharme. El tejido ya no tendría cabida en nuestra casa. Mis manos parecían inútiles: ya no podían abrazar la vida. Recordé que en el otro cuarto estaban las alas que nunca fueron tejidas para mí sino para su muerte. Pensé tristemente que mientras contemplaba cómo el calor de su cuerpo se iba disminuyendo al punto de dejarle la piel un tono pálido y siniestro, Madre me había regalado la libertad.

Mis tías volvieron a la casa a tejer, luego de que habían dejado todo listo para las fiestas. Antes de que se decidiera qué hacer con su cuerpo, decidí que lo mejor era marcharme. Tomé unas cuantas cosas y amarré las alas a mi espalda. Aquellas que había construido por años a su lado, en silencio. El destino era cualquier lugar, donde enseñaría el arte de tejer y contaría que mis alas  eran lo único que podía demostrar que realmente yo era digna de su amor.

―Mis alas, ¡¿por qué no las tejí con más prisa?!

Pensaba en esto cuando me elevaba con el viento hacia las nubes, hacia el cielo, hacia el sol.

 Cuento escrito por: Dunia Oriana González Rodríguez

Leave a comment

Filed under Literatura creativa