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¿Qué es el pasado sino aquello que decidimos recordar?

olegoprisco

Foto de Oleg Oprisco.

 

28 de enero de 2001

Yo tengo 11 años, en el nuevo siglo como dice mi madre, empezaré la adolescencia, cumpliré 12 años y seguiré viviendo en la casa de una tía, hermana de mi madre, y mis primos, sus hijos; mientras madre se recupera, mientras madre abre los ojos, mientras yo sigo creciendo y espero que se despierte porque quiero contarle que uno niño intentó besarme al finalizar el último grado de  escuela primaria, cuando le dije que me iba del pueblo a vivir a unas tres horas de mi madre y mis hermanas… Quiero que madre sepa, y me diga ¿por qué los niños hacen eso? Además yo salí corriendo, porque vi su baba pegajosa, sentí asco. El niño que me gustaba, al que le había escrito una carta de despedida, quería besarme y yo salí corriendo.

Mi prima Judith tiene 13 años, vivimos juntas. Me ayuda con mis tareas, me peina y me enseña a jugar baloncesto y beisbol de calle. Jugamos en las tardes, con todos los niños del barrio. Aunque extraño demasiado a mis hermanas y vivir con mi madre, todos son muy cariñosos. He venido a pasar vacaciones con mi madre, y ha enfermado nuevamente. Está más grave que la primera vez. Y nada hace efecto. Solo la morfina para mantenerla sedada por si acaso. Los doctores no saben si funciona o no. «¿Morfina?», pregunté a una de mis tías que es enfermera y que se encarga de asistirla. Me contó que es un sedante muy fuerte y que ella al parecer tiene mucho dolor, a pesar de estar en coma. Que sus lágrimas lo indican así. Hoy me la pasé pensando en lo pequeña que soy, en lo que pasaría si madre muriera, dejara de existir. ¿Qué sería de mí y mis hermanas? ¿Qué nos espera en la vida? También recordé que mi madre me hizo prometerle una cosa: «Estudia, estudia mucho y sé libre». Me dijo unos días antes de que ya no despertara. ¿Podré cumplir su promesa? Me siento fatal, porque casi no paso matemáticas ni biología. Le dije que sí, lo haré madre, claro que sí, tengo que ser mejor, si ella no está tengo que serlo para sobrevivir. ¿Por qué pensé todas esas cosas hoy? Tal vez sea porque cada día mi madre se hincha más y casi no deja escapar ninguna lágrima.

 

29 de enero de 2001

Anoche hice la guardia con mi prima para cuidar a mi madre. Lleva dos meses en coma. Está hinchada, acostada entre almohadones, con una sonda para alimentarla, con suero y con toda la familia resignada a su muerte. ¿Qué es la muerte? Me lo he estado preguntando. Nadie me ha dado una respuesta acertada. Cada vez que  pregunto me andan regañando, diciéndome que nada de eso va a suceder. Pero yo he estado leyendo que cuando alguien cae en un coma profundo, y su estado es de sobreviviente, es muy difícil que se recupere. Madre ha luchado por cuatro años contra el cáncer, se le descubrió porque le dio una peritonitis y ahí todo se agravó, desde ese día mi vida cambió para siempre. Supe que nada volvería a ser igual. Que yo estaría sola, más sola toda mi vida. Que mi madre nunca más volvería a ser mi madre. Todos los días ayudo a limpiarla, anoche le secamos la cara, estaba sudando, sé que tuvo pesadillas, como siempre, como cuando dormía en su cama y ella se despertaba gritando. Una de sus pesadilla recurrente era que los ciempiés se le subían por el cuerpo y las hormigas empezaban a comerla dormida. ¿Seguirá soñando lo mismo? ¿Por qué madre me contaba eso? Sus pesadillas ahora me persiguen, no duermo bien, tengo miedo de que deje de respirar y a mí me coman las hormigas. Anoche sucedió por un momento, un minuto largo, un maldito minuto eterno, en el que se quedó sin respirar y que empezó a ponerse morada su cara. Empecé a llorar paralizada frente a la cama. Pensé: «Madre se va a morir», suavecito le dije: —Por favor, no te vayas, no me dejes—. Entonces mi prima salió pitada a buscar a mi tía que estaba descansado la guardia. Nosotras cambiaríamos el turno a las 12 de la noche, como Cenicienta, sólo que el maldito cuento de hadas, en este caso se desaparecía ante mi frustración, mi imposibilidad de poder hacer algo. ¿Ya me había resignado a la idea de que ella desapareciera? ¿Cómo podemos resignarnos?

30 de enero de 2001

Hoy me he despertado cansada. No pude dormir bien. Aunque la guardia de anoche era hasta las doce, insistí y me dejaron quedar hasta las dos de la mañana. Me sentí mal porque al final me quedé dormida, a sus pies, tratando de calentarlos. Mi tío me llevó en brazos a la cama, me arropó y empezó a llorar. No quise abrir los ojos. Aguardé hasta que se marchara y lloré suavecito, en silencio. Cuando dejé a mi madre en la noche estaba pálida con los labios azules y verdosos. Dejó escapar unas lágrimas. Mi tía le repetía: «Nos encargaremos de todo, vete tranquila». Pero mi madre es más necia que yo, entonces siguió llorando y atorándose con la sonda. Pensé que despertaría. No fue así. Mi madre ha muerto hoy. Murió enfrente de mí. Frente a todos. Dejó escapar unas lágrimas regordetas por sus mejillas,  intentó decir algo y dejó de existir. Yo grité, grité y supliqué que no me dejara. «¡Madre, no por favor, no nos dejes! ¡Madre! ¡Despierta! Madre, por favor, ¡llévame contigo!». ¿A dónde irá mi madre? Sé que irá a la nada, al recuerdo, a mi frágil memoria de niña de 10 años que no pudo vivir los últimas dos años con ella, que no coleccionó otro recuerdo, que las fotos serán mi único consuelo. Hoy mi madre ha muerto y una parte de mí también, y creo que es para siempre y creo que le dicen inocencia. Murió a las 1:15 de la tarde, mientras el almuerzo reposaba en las ollas. Mientras mis hermanas extendían la ropa en la terraza, aprovechando el sol, mientras todos estaban tratando de llegar, con los rezos de las vecinas camanduleras, con la presencia de mi padre, a quien nunca amó, y con mis manos tratando de calentar sus fríos pies. Mi madre murió y una gran tormenta ensombreció el cielo.

©Dunia Oriana G. R.

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