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LOS NEGOCIOS DE PAPÁ

padre e hija

Fotografía recuperada de: http://entremujeres.clarin.com

Cuando papá nos lleva al parque, nos compra conos dobles. Madre no está de acuerdo con sus visitas, dice que  los dos tienen “diferencias irreconciliables”, y Susan, mi hermana menor, me pregunta qué son esas cosas irreconciliables, y yo subo los hombros y me voy. Pero para ella no es suficiente y me tiene dando lata un buen rato; quiere saber cada cosa, no entiendo para qué si siempre hace lo que quiere. Por ejemplo, llama a papá por su nombre: Aldo. Él a veces me dice que no le gusta que lo llame así porque le recuerda mucho a mamá furiosa.

Mamá se enoja cada vez que Aldo llega sin avisar.

― ¡Usté no cambia! ¡Se aparece cuando ya estamos almorzando! ―, se quejó la última vez que vino papá.

Recuerdo que  se levantó antes de que Aldo se sentara y empezó a servir el sancocho tan rápido que se le rebosó el plato y tuvo que cambiarlo por otro. Cuando él se sentó me hizo parar por los cubiertos y por una cerveza. Todos comimos en silencio. Susan tiene por costumbre  cantar el Rinrin Renacuajo, pero ese día solo tomó la sopa sin levantar la mirada. Yo, por el contrario, los miraba y me pareció que tenía un sabor amargo.

Ella está segura que él es como esos señores que la otra vez escuchamos en la plaza. Nosotras volvíamos del parque. Era domingo y fuimos a almorzar fuera de casa. Enfrente de la iglesia hay una plazoleta amplía donde duermen perros a la sombra de las ceibas y los viejitos en círculo juegan cartas o se sacan la boinas para refrescarse la cabeza. Ese día estaba bastante llena. Había un señor con sombrero y barba y unas manos que se batían al ritmo de las palabras, como le narró mamá a su amiga en el almuerzo.

―Imagine al Chucho con la pinta de gamonal en medio de la plaza.

― ¡Ese se está buscando una muerte pendeja!

― Lo peor es que hablaba de derechos y vida digna e igualitaria.

Las dos mujeres se rieron nerviosamente. Callaron un momento hasta que Clarita se levantó porque el café se había regado.

― ¡Aj! Siempre la misma vaina, ¡Chucho me va dejar viuda sin siquiera casarnos!

― Mija, mejor sola que mal acompañada, pero a ese no más lo asustan y ya.

― ¿Usted cree?

Clarita sirvió dos tazas de café. Se dirigieron al jardín para observar a dos niñas que alimentaban alegremente los conejos de las jaulas. Cuando se sentó, dejó escurrir una lágrima gorda y lenta.

Cuando viene papá de visita se demora pocos días, lo máximo que ha estado con nosotras fue un mes.  Pero como dijo Rocío:

― ¡En contra de su voluntad!

Esa vez, desde que llegó, llovió dos semanas seguidas, y luego el río creció y dejó el pueblo incomunicado, bueno eso repetía un señor en la radio. La carretera que lleva a la ciudad más cercana tuvo muchos derrumbes, así que a Aldo no le quedó más remedio que quedarse. Rocío andaba por la casa tirando los platos. Parecía que había enloquecido. Tenía la cara muy roja y lloraba cada vez que hablaba. A veces podía ver cómo las venas de su cuello se engrosaban cuando daba una orden.

― ¡Susan, él se va quedar en el cuarto y punto!

En aquel mes papá me enseñó lo que es ser un hombre de negocios, un comerciante como él le dice a Rocío. Aunque yo quería contarle a mami cuáles eran los negocios con los que papi podría al fin vivir con nosotras, él me hizo prometerle que sería nuestro secreto, la sorpresa que haría feliz a Susan y a mamá.

Podría decirse que debo agradecer a la lluvia por unirme con papá así a mamá le disguste; pero la verdad me hace muy feliz, pues mamá y Susan están muy unidas.  Tal vez por eso Rocío dice que me parezco a Aldo. Una vez que jugábamos a las escondidas con Susan, yo me escondí en el chifonier de la pieza de mi madre, en ese momento mis papás entraron y mientras discutían me enteré que esperaban un barón pero nací yo, por eso cuando papi decidió compartir su secreto conmigo mi corazón volvió a latir con naturalidad. Susan tardó muy poco para encontrarme, pues yo salí al rato de mi escondite para que mis papás dejaran de gritar.

Recuerdo perfectamente la primera vez que papi y yo fuimos de negocios. Ese día yo llevaba mi mejor vestido y mis zapatos de mafalda de charol. Yo misma me bañé, escogí el vestido blanco con encajes rosas, que me regaló en el cumpleaños del año pasado, siguiendo las palabras que papá me había dicho. Ese día mamá y Susan tenían un evento en la escuela, y como Susan y yo nos llevamos tres años de diferencia estudiamos en jornadas contrarias, por eso cuando papi y yo salimos en la tarde, ellas aún no llegaban.

Aldo dijo que asistiríamos a una cita, ósea una reunión con unos señores con los que íbamos a negociar. En el recorrido me llevó los hombros con una mano y con la otra la sombrilla para no mojarnos con la lluvia. Así atravesamos la plaza del pueblo hasta tomar una calle bastante angosta. La gran campana de la iglesia repicó para avisar la misa de las cinco. Miré cómo el estruendo del campanario hizo volar una bandada de palomas que volvieron al campanario porque la lluvia las empujaba contra el piso. Me fijé cómo los abuelos se dirigían a la misa con paraguas negros y periódicos debajo de sus sobacos. Mientras caminábamos papá y yo entramos en una tienda para escampar; papá se quitó el sombrero blanco de cinta negra que tanto le gusta, se peinó los pelos desordenados y también su barba. Se secó la lluvia del rostro con el poncho. Por esa época se vestía así  y mamá decía que él se había quedado en “los años mozos”. A mí no me disgusta que papá use jeans pegados y sus botas Brahama, porque así yo vi que pasaban a unos señores en la tele de la tienda. Ese día papá llevaba una camiseta negra y al final del recorrido me contó que había llegado hasta Ecuador y allí había descubierto su vocación de comerciante.

Me dijo que para llegar hasta Ecuador hay que tomar un bus y viajar durante días para pisar la línea que divide la superficie del planeta en dos partes. El Hemisferio Norte, donde hay mucha nieve y las personas hablan diferente a nosotros, y el Hemisferio Sur del que nosotros hacemos parte. La verdad no entendí del todo, hasta que llegamos a casa y él me mostró en el globo terráqueo  donde quedaba mi país y la línea imaginaria que atraviesa la tierra, las personas, las casas, las ciudades, los mares, las montañas que nadie ve a pesar de que se esfuercen.

A mí me gusta deambular por el pueblo, es muy pequeño a diferencia de los otros en los que hemos vivido. Este está dividido por un río. Yo vivo al lado de la alcaldía y la estación de policía, y mi amiga Choco vive al otro lado, cerca del hospital y la escuela. Al tomar ese callejón me asusté un poco, pues la entrada era oscura, pensé que caeríamos en un hueco o nos chocaríamos con una pared, pero en medio del callejón apareció una puerta roja que decía: Bi-llar- la- Es-tre-lla. Al llegar, papá tenía las botas mojadas y lo primero que me impactó fue la luz roja de algunas bombillas, solo había visto esas luces en navidad, pero en este lugar había en las mesas y en donde vendían bebidas.

Una señora que tenía ropa muy ajustada nos recibió. Sus labios eran de un rojo intenso, ni comparado con el rojo de mi bom-bom. Cuando papá se acercó ella me cogió los cachetes y soltó una carcajada haciendo que sus grandes senos casi se salieran del vestido. Sus uñas eran muy largas, pensé que atravesarían la piel de cualquiera, como las brujas de las películas. En cada dedo tenía anillos y colgantes en su cuello y orejas. Se acercó a papá y le susurró algo al oído. No escuché que le dijo porque en ese momento alguien le echó monedas a la rockola, que a veces dejaba salir rancheras a todo volumen y otras simplemente dejaba de funcionar. Solo vi que ella recibía dinero de papá y nos fuimos a la mesa donde jugaban cartas unos señores.

Cuando llegamos a la mesa papá me presentó como su Retoñito. La mayoría de señores eran canosos y muy gordos. A mí me dio mucha toz por que el humo del cigarrillo no salía por ninguna parte, solo se quedaba encima de nuestras cabezas. Tosí hasta que papá me sacudió y me miró seriamente: ― Ya para con la toz―, y a manera de susurro agregó: ―vas a molestar los señores que negocian con papi―. La señora que nos atendió me trajo un vaso de agua y me calmé un poco. Pero en verdad me esforzaba para que el humo no se quedara en la garganta y me hiciera toser y Aldo se enfureciera.

Los señores vestían igual. Con camisetas y chaquetas de cuero. Tenían un poncho terciado y algunos, tabacos; y otros, cigarrillos. Encima de la mesa había billetes, monedas, cartas y dados. También una botella y copas de vidrio para servir el aguardiente, algunas estaban quebradas. Un señor se pasaba el pañuelo por la frente y el cuello. Al parecer el calor del lugar lo sofocaba. Yo también descubrí que tenía empapada la nuca. Me abaniqué con mis manitas. Los señores sonrieron a mi gesto. Yo permanecí sentada en las piernas de Aldo mientras se unió al juego. Sacó un billete y lo puso en el montón que había en el centro. El señor que estaba sentado a nuestra izquierda  me ofreció un caramelo. Intentó sonreír y pude ver que sus dientes de adelante eran de oro. Mi abuelo me contó que cuando él era niño el señor que ponía las herraduras a los caballos también era el dentista del caserío. Entonces cuando un diente se dañaba lo recubría con oro para mantenerlo y no quedarse desmuelado. Pensé en lo que me contó mi abuelo al ver que la mayoría de señores también tenían dientes dorados. Revisé los de Aldo, por si de pronto estaba soñando y se veían blancos. Respiré con alivio. Aldo me sacudió para que tomara el dulce que me ofrecía y dejó el billete que le había alcanzado con la otra mano.

―Aldo los negocios son negocios― habló uno de los señores que estaba al extremo contrario de nosotros.

―Por su puesto don Ismael, pero los negocios tienen su tiempo; hay que dejarlos que maduren.

Todos los señores soltaron unas carcajadas. Se les movía la cara y la barriga. Hubo tal momento de furor que algunos se pusieron rojos, otros se atoraron con el humo de los cigarrillos y, al final, unos tosieron hasta que hubo silencio.

El anciano más viejo se aclaró la garganta y comenzó a hablar:

―Aldo: suponga que acá todos somos inocentes, así que por qué habríamos de decir algo…

― A la mesma gente del pueblo no le importa una mierda…― el hombre que interrumpió no pudo seguir hablando.

― ¡Jum! Lo importante es que quién le va a creer a una china tan pequeña.

Y todos los hombres me miraron como si yo fuera un animal extraño. Sentí miedo. Abracé a mi padre quien me acomodó en sus piernas. Me agarré de su camisa porque estaba sentada en un sola pierna casi a punto de escurrirme y me quedé mirando el humo que subía hacia la farola que alumbraba la mesa.

―A ver si comprendo: ustedes no hacen nada y me pagan por nada.

― Aldo supongamos que a alguien se le da por hablar demás. Estamos de acuerdo que si eso sucede tendremos que decir que no se nos puede culpar de lo que no ha sucedido; y que tal vez la naturaleza de las mujeres si es la locura y la mentira.

Los hombres no rieron. Se acomodaron en las sillas; uno prendió otro cigarrillo y otro sirvió una ronda más de aguardiente. Los hombres tomaron el trago, lo levantaron y gritaron:

― ¡Salud! ¡Salud por Aldo!

El único hombre que parecía de la edad de mi padre agregó:

― ¡Salud por el Retoño!

Mi padre comenzó a sudar. Su rostro cambió. Me pareció que se parecía más a esos señores. Me retiró el cabello que se había pegado en mi frente por el sudor y me sopló la cara para refrescarme. Sonreí. Me sentí a salvo. De repente, Aldo cambió de opinión, me bajó de sus piernas. Me giré para buscar en su mirada alguna explicación. El piso era sucio y estaba repleto de colillas y huecos. Vi por debajo de la mesa las piernas de la señora que nos había atendido, tenía unos tacones rojos con el tacón muy gastado; había otras piernas con pantalón de militar y botas de pantano que se entremezclaban.  Mi padre puso su mano en mi espalda y me empujó suavemente. El anciano sonrío y vi que solo seis dientes eran de oro: el colmillo y los dos dientes que le siguen de la parte superior y los mismos de la parte inferior en el otro lado de la boca.

Con alegría extendió sus brazos. Abrió un poco la pierna derecha y con la mano dio unas palmadas sobre el muslo, haciendo pequeñas arrugas y manchas de sudor al pantalón de tela. Miré por última vez a los ojos de mi padre quien sonría como un desconocido detrás de la baraja de naipes que sostenía con las dos manos. La luz del bombillo rojo le ensombreció el rostro, creo que fue mi impresión. Los demás señores me animaron a sentarme en la pierna de don Ismael. Este sacó un billete y me lo alcanzó. Yo no me moví. Mi padre seguía empujándome. El señor sacó otro billete,  y así por cada paso que daba. Cuando me senté en su pierna empecé a temblar. Intenté tranquilizarme, mi padre me había prohibido llorar. Lo único claro fue la sensación de los billetes húmedos en mis manos.

Don Ismael puso la mano sobre mis piernas. Era pesada. Tenía pecas, cicatrices y arrugas. Sus dedos eran gruesos y sus uñas estaban mordidas casi no le quedaba lunita blanca. De pronto me dijo:

― Quiero que me diga “abuelo hágame cosquillas”.

Busqué la aprobación de mi padre. Él solo se escondió detrás de la baraja de naipes. Aldo se percató de que el anciano parecía malhumorado. Me miró y repitió:

―Ahora somos hombres de negocios y ellos son nuestros clientes, comprendes Luz. Hay que hacer lo que los clientes quieren―, y se tomó un trago antes de decir que había ganado la partida.

Escrito por DOGR

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