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¡Observar nos ilumina el corazón!

alas de hojas

Foto: Oleg Oprisco

Mamá, en el viejo arte de tejer con aguja e hilo, me enseñó el punto y la cadeneta. Al principio mis intentos terminaban en nudos o en hileras de lana que se deshacían, cuando quitaba la aguja. No sabía por qué era importante, pero durante varios años lo practiqué. La rutina consistía en sentarme al lado de mi madre y otras mujeres que llegaban para tomar  café bajo el mango que había en la casa. A veces se quedaban en silencio, como si existiera un lenguaje secreto para comunicarse. Y otras, cuando la brisa movía los rosales, ellas se convertían en sus confidentes más queridos. Así que un extraño murmullo se apoderaba de sus bocas y lentamente se iban deshaciendo de la tristeza.

― ¡A doña María la dejó el marido, se fue con la secretaria!―dijo una de mis tías.

― ¡Típico de los hombres! ¡Con cualquiera que les abra las piernas, caen!― agregó una vecina que se esforzaba por hacer un gorro para su bebé.

―Eso no hay mal que por no bien no venga.―Agregó mi madre.

Sonia relató una vez más cómo su marido la había dejado por una enfermera y le había robado todos los ahorros de la educación de los niños.

―Yo he trabajado desde que era muy niña para tener lo mío.

― ¿Y te robó algo más?

―La ilusión de tener una casa para mis hijos y mis nietos.

―Tendrás una casa, tal vez no la de tus sueños…

El llanto de Sonia interrumpió en lo que mi madre la animaba. Las agujas brillaban con el sol de la tarde. Algunos pájaros picoteaban las guayabas de los árboles del solar. Me distraje con las flores del mango que caían y hacían una capa rojiza en el suelo. La radio anunció que habría fuertes lluvias y vendavales en noviembre. Las mujeres giraron hacia donde venía la voz del radio difusor.

― ¡Tenemos que ajustar las tejas del patio!― sugirió mi madre.

― No podremos venir por un tiempo― se lamentó la vecina.

― ¡Ajá! ¡Se nos mojarían los hilos!― Sonia parecía no volver de su tristeza.

― ¡Ya se nos ocurrirá algo!

Mamá hacía espléndidos tejidos. Su mayor obra fue los cubrecamas de nuestra casa. Aun así había diseños para la mesa de noche, del teléfono, del gran comedor; en las repisas del baño, en los espacios diminutos de la biblioteca, en la base que mantenía la virgen y en la bolsa que cubría las raíces de la sábila que colgaba detrás de las puertas de la casa. Una tarde Madre dijo como si fuera un secreto:

―Hija, observar nos ilumina el corazón.

Señaló un lugar para que me sentara a su lado. Tomé un taburete que estaba lleno de hilos y lanas. Estuve dos horas viendo cómo sus dedos se movían ágilmente para hacer de un agujero diminuto una figura que iniciaba el rompecabezas. Ahí en su presencia me quedé con la mente en blanco. Así pasamos horas hasta que llegó la noche y yo bostecé.

― ¡Es suficiente por hoy!

La segunda clase sucedió un sábado en la tarde mientras llovía. No había mucho que hacer en la casa. Estábamos las dos. Ella leía mientras tomaba café. Yo dibujaba un paisaje donde las montañas eran muy verdes y el cielo estaba cubierto de chulos. De repente miró por encima de sus lentes y dejó el libro sobre la mesa.

―Nini, busca la caja del tejido.

Hice caso como si fuera una orden urgente. Salí corriendo al cuarto de coser. Tararín-tararán cantaba al volver. Extendí las manos para alcanzarle la caja, ella me dijo:

― ¡Es tu regalo de cumpleaños!

― ¡Gracias, Madre!

Nos sonreímos. Por fin hacía parte de aquel grupo selecto de mujeres. Me indicó la posición adecuada del cuerpo para tejer: la espalda firme, la cabeza ligeramente hacia adelante, la aguja debía ir en los dedos: pulgar, índice y corazón como un lápiz; la hebra sujetada por el meñique y el índice, para tensar lo necesario y de vez en cuando los otros entraban en la tarea para medir y continuar la obra. Me explicó que se debía visualizar la figura que se quería antes del primer ojal, pues a partir de ese punto se realizaría lo que habíamos imaginado. El resultado de la clase fue una larga cadeneta de ojales que se unían entre sí, muy débiles, unos más grandes, otros más pequeños, a veces más apretada en una parte que en otra. Supe que debía esforzarme más en el arte de la visualización para mis próximas clases.

Al finalizar, Martha entró abruptamente a la casa. Tenía el rostro cubierto de lágrima y de la sangre que le salía por la nariz. Jamás la había visto tan despeinada y con la ropa desarreglada. El bebé que tenía en la panza se movía por intervalos. Ella intentaba tranquilizarse tocándose cada lugar. Madre hizo que se sentara y me pidió que buscara el botiquín. Al regresar pude ver que la vecina le mostraba la marca de una mano fuerte sobre uno de los brazos.

― ¡¿Ha vuelto a pasar?!― dijo Madre indignada.

― Prometió quedarse para ver nacer su hijo.

― ¿A qué precio? ¿Tu vida?

― Lo amo, no podría vivir sin él.

Curamos sus heridas. Le dimos un té. Dejamos que se desahogara. Estaba más tranquila cuando su marido llegó a buscarla. Traía un ramo de flores. No podía sostenerse de la borrachera. Los dos hablaron unos minutos en la entrada de la casa. Al final, ella nos pidió ayuda para llevarlo a la casa. Nos negamos. Martha se quedó mirando fijamente a Madre y con un gesto de furia se marchó. La vimos cumplir su objetivo entre tropezones y caídas. Nosotras no debíamos prestarle ese tipo de servicios porque estaba en contra de una de las reglas del tejido: «vivir para crear».

― Martha se marchará del pueblo y perderemos su amistad.― Se lamentó Madre en voz alta.

Con el tiempo comprendí que en mis clases aprendía la destreza de inventar. Además, podía relajar mi mente y pensar con alegría en las cosas que hacía en el día. Así escuchaba claramente mi voz y me dejaba llevar por la monótona tarea, que en el fondo era una excusa para acallar los ruidos del mundo y aceptar ese deseo de hablar conmigo misma. Aprendí a comunicarme con mi cuerpo. De esta manera, era muy saludable y me encaminaba hacia la fortaleza y la libertad ignorándolo completamente.

Las lecciones cada vez se hacían más complejas, pues había que copiar las figuras en muestras. Para llevar a cabo esta labor, había que fijarse cómo había sido originada. Cuán larga debía ser la cadeneta básica y cuántas veces debía pasar la aguja por los agujeros; sin olvidar tensar adecuadamente la hebra. También aprendí a manipular los diferentes materiales como el croché, el fique y el hilo, que le daban otro tipo de textura al tejido, y asimismo la posibilidad de crear otro tipo de urdimbre.

A pesar de la partida de Martha, en casa el grupo seguía con las reuniones. La tía Nana se especializaba en los detalles tejidos de los vestidos de novia. En sus obras se veía el esfuerzo por la perfección y la elegancia que las familias empoderadas del pueblo solicitaran su consejo para el ajuar de la novia.  Sonia  utilizaba el fique aunque este fuera tosco, duro e hiciera el trabajo arduo. Hacía bolsos muy coloridos. Fueron tan llamativos que empezó a venderlos y distribuirlos como una artesanía.

Por el contrario, Madre tejía cosas para la casa que tenían un lugar específico. La urdimbre permanecía en los lugares como un fiel testigo de la vida. Parecía no envejecer; mantenía la forma, el color y la utilidad para la cual había sido creada. En su naturaleza no había ningún rasgo de finitud. A veces daba la sensación de tener poder más allá del entendimiento. Sin razón aparente la mayoría de piezas nuevas esperaban en los cajones, deseosas de salir al mundo de las cosas. Pero las que ya estaban expuestas acaparaban la atención y la vida misma.

Finalmente estaba yo, que hacía solo figuras circulares y que en el fondo no servían para adornar ni para conformar una totalidad. Solo piezas circulares que se iban arrumando en los cajones de mi armario. Con los años, estaban llenos y ninguna sabía bien qué hacer con ellas, porque el trabajo era bueno pero no tenía mayor utilidad. Insegura por mis descubrimientos, un día de noviembre decidí limpiar el cuarto. Pensé en guardar las piezas en una caja. Saqué los tejidos y los puse en el suelo de la habitación; como llevada por un impulso de mi corazón las ponía aquí y allá comprobando que no todas eran circulares, que tenían más bien una forma alargada, ovalada; cuanto más me convencía de sus diferencias, una sensación de asombro empezó a invadirme. Una tras otra hacía una gran figura. Estaba en mi labor cuando mamá me llamó a comer, y al cerrar con fuerza la puerta comprobé que salí de la habitación como queriendo que allí no entrara ni el viento ni la luz. En la comida me habló del significado de nuestro arte:

―Tejer es como la vida, exige concentración, esfuerzo y objetivos claros… ¿Comprendes?

Yo solo asentí y tomé mi agua de panela y apuré el maduro con queso derretido en el centro. Estaba absorta en lo que decía. Se me quedó mirando como si se percatara de que había hablado. El silencio volvió a hacerse entre las dos. Sus ojos color azabache buscaron en mi indiferencia algún atisbo de verdad. Yo comía tranquilamente, pensando en la figura del cuarto. ¡Tararín-tarará! Volvería al cuarto y sabría para qué había tejido durante esos años. Ella estaría orgullosa.  Entonces, advirtió que aunque en mis ojos color miel no se revelara ninguna verdad, yo le daría una muestra de fe, en la que garantizaba que efectivamente estaba comprendiendo la analogía de tejer y vivir. Porque todos esos años de silencios y esas agotadoras horas de trabajo habían moldeado, aparte de callos en mis dedos, mi amor por la vida.

―Tejer es un arte despreciado por las personas que creen que lo hacemos por perder el tiempo.

Madre se quedó mirando la nada, tal vez, un punto invisible para mí en la pared. Luego vi cómo mis abuelas espirituales danzaban alrededor de ella y le cubrían con hermosos tejidos su cuerpo. Tararín-tarará. El viento golpeó la ventana de madera mal cerrada. Levantó el mantel tejido por mi madre y las madres espirituales besaron sus mejillas. Antes de retirarse, fue por el último café del día. Me recordó que arreglara la cocina y agregó:

― ¡Buenas noches, pequeña aprendiz!

Antes de darme la espalda, me sonrió como si hubiese sido consciente del espectáculo que yo había presenciado. Me levanté con prisa. Dejé el oficio para después, pues aún debía completar la obra. No dormí en mucho tiempo al trabajar varias semanas disciplinadamente. Había una furia en mi interior que crecía en las madrugadas y cuando asomaba el sol se apaciguaba como un animal hambriento cuando ha saciado su apetito. También sentía que en mi pecho un fuego había empezado a expandirse y era irremediable apagarlo con el agua de hierbas de albahaca o yerbabuena.

Madre no volvió al trabajo. Solo se quedó tejiendo una larga manta. Pensé  que ella había tomado las vacaciones. Mis tías se quedaron en sus casas preparándose para las fiestas decembrinas y los familiares que venían de otros pueblos. En medio de nosotras se estableció una disciplina irrompible. Ni siquiera nos fijamos que comíamos tan poco; es más ella dejó de comer y empezó a moverse despacito como si de pronto alguna de las abuelas espirituales se hubiese encarnado en su cuerpo.

Pasaron más de tres semanas y logré finalizar mi obra. En ese tiempo veía a mi madre allí debajo del mango con la manta que cubría por completo su cuerpo. Por esa época el mango empezó a florecer e iluminó la manta con sus florecillas blancas. Tenía el cabello cubierto de flores y de colibríes. Parecía estar absorta en sus ideas y el tejido parecía acaparar su energía. Las aves se paraban en sus hombros o se quedaban en sus pies revoloteando. El mango seguía floreciendo y mostraba sus primeros frutos. Ella parecía estar en un hermoso sueño y yo le revelaría que su sabiduría estaría a salvo conmigo y que sería transmitida a las nacientes generaciones y así hasta que el fin del mundo llegara.

Diciembre se puso en las hojas del almanaque y mamá terminó la manta que la cubría como una gran capa de mago. Permaneció en el mismo lugar, sentada sobre la mecedora, con la caja de tejido en sus pies y algunas bolas de lana desperdigadas por el suelo. Se cubrió de pies a cabeza como si hiciera un terrible frío.

Unos días antes de que llegaran los familiares, se levantó y se arregló como si en la noche fuera a salir. Yo decidí, no sé muy bien por qué, tan solo guiada por el mismo impulso que semanas atrás había sentido, hacer su cena preferida: Café con plátanos maduros asados y con queso campesino en el centro. Ella me sonrió. Estaba en el comedor como si se tratara de una mujer que asiste a un restaurante y se siente satisfecha con el pedido que han traído a su mesa. Yo veía su rostro tranquilo. Parecía haber rejuvenecido. Se veía feliz y sonreía coquetamente, como si enfrente estuviera algún enamorado de la juventud.

Antes de terminar el café, alargó su mano, tomó la mía y me dijo:

―En el tejido está nuestra imaginación y nuestro amor por las personas y las cosas del mundo.

Cuando escuché sus palabras sentí un tremendo alivio. Dentro de mí la llama parecía quemarme. Empezaba a subir lentamente del estómago hasta la garganta. El fuego se convertirá en palabra. Mamá terminaba su café. Era el momento justo para decirle que había heredado la tradición porque yo era una principiante dedicada. Así que respiré, dejé mi taza y hablé:

― ¡Quiero mostrarte algo!

Quise guiarla a mi cuarto, pero ella se paró como si se tratara de un fantasma y se dejó ir lentamente contoneando el cuerpo, dando la impresión de que empezaba a bailar. De su presencia se desprendió un olor a flores de mirto. El aroma era tan penetrante que por un momento creí que soñaba. En la casa el árbol se había secado en verano y los que había en el barrio no florecían a esa hora, solo en la madrugada. Tal vez el tiempo de la comida había sido mucho más largo. Quizá se nos había perdido la veracidad del mundo.

―  ¡Ven conmigo!―alcé la voz.

Salí corriendo tras ella; cuando la hallé permanecía acostada en la cama cubierta por la manta que había tejido con algunas flores del mango. Estaba sonriente. Su boca se abrió lentamente. Me acerqué pues susurraba algo entendible desde la distancia en la que permanecía.

― Quería una hija pero no un padre.

― ¿De qué hablas?

― Fue el médico quien te dio la vida sin preguntármelo…

― ¿Mi padre?

Sus ojos se cerraron. Se acomodó plácidamente en su cama. Me pidió que apagara la luz.

― ¡Despierta! ¡Hice unas alas para volar!― grité.

Suspiró, pensé que saldría de la duermevela, pero aunque estuve viendo su rostro iluminado por la lámpara de la mesa de noche, no se inmutó. Sus labios permanecieron en aquella sonrisa coqueta y dura por la muerte. Apagué la luz. Comprendí que debía marcharme. El tejido ya no tendría cabida en nuestra casa. Mis manos parecían inútiles: ya no podían abrazar la vida. Recordé que en el otro cuarto estaban las alas que nunca fueron tejidas para mí sino para su muerte. Pensé tristemente que mientras contemplaba cómo el calor de su cuerpo se iba disminuyendo al punto de dejarle la piel un tono pálido y siniestro, Madre me había regalado la libertad.

Mis tías volvieron a la casa a tejer, luego de que habían dejado todo listo para las fiestas. Antes de que se decidiera qué hacer con su cuerpo, decidí que lo mejor era marcharme. Tomé unas cuantas cosas y amarré las alas a mi espalda. Aquellas que había construido por años a su lado, en silencio. El destino era cualquier lugar, donde enseñaría el arte de tejer y contaría que mis alas  eran lo único que podía demostrar que realmente yo era digna de su amor.

―Mis alas, ¡¿por qué no las tejí con más prisa?!

Pensaba en esto cuando me elevaba con el viento hacia las nubes, hacia el cielo, hacia el sol.

 Cuento escrito por: Dunia Oriana González Rodríguez

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