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La pérdida de la inútil alma

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Foto: DO.

“Ese día llegué a la cima de la montaña, la más alta que he caminado en mi vida. El calor era sofocante, sin embargo  la brisa apaciguaba mi cansancio. Estaba absorta mirando el río y la aridez del cañón. Intenté pensar, sentir mi corazón. El cuerpo estaba exhausto y aún quedaban varios kilómetros para llegar a mi aparente destino. Contemplé el recorrido transitado y la distancia que me separaba de lo que había vivido y lo que vivía ahora. Mi mente estaba en blanco, me costó recordar, hilar ideas, llegar algún punto con mis reflexiones. Me senté sobre una roca caliente. El río se percibía tan diminuto, una línea brillante que se perdía en la inmensidad de las montañas. El silencio era maravilloso acompañado de los chillidos de los monos, que en algún lugar sabían de mi existencia y yo no. Como aquellas cosas que otros saben y que uno ignora.  Como la existencia de un amante que uno desconoce. Tal vez me sentí como el río, perdida en medio de las montañas, en el fluir de la vida. También herida como las grietas que se dejaban asomar en la superficie de las paredes de piedra. Mis ojos se posaron en un árbol viejo y retorcido y quizá mi alma, o lo que quedaba de ella, se le parecía. Recorría, una vez más, el camino del perdón y de la soledad. Saberme allí con otros caminantes y saber que mi corazón albergaba toda la soledad del mundo. ¡Cuánta personas te han fallado! ¡Cuántas veces les has otorgado una posibilidad más! Allí grité desde lo hondo de mi herida. Sentí que venía el descontrol, que todo mi esfuerzo por llegar con la calma y la armonía  a mi destino  se había roto con el trompeteo de la imponente águila que sobrevolaba dando giros sobre mi cabeza, ensombreciendo el sol. Sus alas desplegadas y sus ojos que me miraban. El ave estaba en su máxima extensión, su esplendor acallando mi dolor de ser una inútil alma desandando la tierra. La pérdida definitiva de un estado soporífero. La pérdida de toda esperanza sobre algún ser humano en la faz de la tierra, incluyéndome. La cúspide, y después el ave que se marchó con grandes leteos,  el harto, tedioso e insufrible descenso hasta las reconditeces de mi espíritu salvaje. Ese día llegué a la cumbre y abandoné la domesticada forma en la que me había compactado con tanto esmero para los otros.  En ese camino descubrí la inmensidad de mi amor por las cosas que habitan mi mundo. Y con melancolía acepté mi destino de mujer creadora. Susurré al viento, aunque nadie pueda escuchar, ni ver ni sentir ni comprender mi ser: -No me pidan que sea esa otra, porque ya no existe más-“. DO.

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