Umuthi

Umuthi

Umuthi sabe que su nombre significa árbol. Por eso le gusta treparlos, tallarlos, observarlos; sobre todo cuando el viento mueve las hojas. Umuthi ríe cuando las hojas se mueven como aves, como los ancestros. Umuthi solo puede jugar con las niñas de la tribu, los niños están siempre con los hombres. Umuthi es muy feliz porque puede jugar con Ukhukanya. Su hermana solo ríe con ella. Y no habla nunca.

Umuthi está contenta porque tallará una escalera para la cocina del sukala. Su sukala es circular, tiene tres cuartos y unos huecos en el techo por donde sale el humo del fuego, y por donde entra el sol para madurar el grano. Las paredes del sukala son de barro fundido con horquetas de árboles que sostienen la choza. Umuthi ha ido con su padre al bosque y luego de hacer las oraciones pertinentes al ancestro de la familia, este les ha concedido la gracia de cortar el árbol con el que se hará la escalera. A Umuthi les gusta mucho cómo el vaho del fuego deja cenicientas las escaleras, las hace de un color noche como sus ojos. Umuthi cree que sus ancestros hicieron sus ojos de cenizas y fuego.

Cuando han cortado el árbol, Umuthi y su padre regresan a casa. No es común que las niñas tallen la madera, pero su padre quiere concederle un poco de felicidad antes de las fiestas de fin de año. Las manecitas de Umuthi raspan cuidadosamente la corteza del árbol con un cuchillo de hierro fundido. Su padre lo hace en silencio; Umuthi canta la estrofa que su hermana entona mientras duerme: “Singabantu Izinyoni zomlilo” “Somos pájaros de fuego”.Su padre está absorto en la labor; ignora su canto. En su rostro hay un dejo de preocupación. Debe hacer una máscara a escondidas. Umuthi ignora el dolor, la maldad y la muerte. Es tan solo una niña de dientes muy blancos, de cabello ensortijado, que lleva una manta de algodón hasta los tobillos, una manta roja. Umuthi cumplirá años pronto, unos días antes de navidad. Sabe que le harán una fiesta, está feliz, por eso quiere hacer una escalera; para ver el cielo y agradecer a sus ancestros.

Su padre le ha prometido que la llevará a ver los elefantes. Umuthi recuerda la promesa todos los días mientras juegas con las otras niñas de la tribu a cazar gusanos. Los mejores días son los de ir al río con las demás mujeres de la tribu. Allí todas lavan la ropa y juegan desnudas en la arena. A Umuthi le gusta sacar las piedras brillantes que encuentra en el fondo del agua. También recoge conchas y semillas. Ya en casa, a la luz del fuego, calienta una puntilla y perfora las semillas y las conchas. Hace hermosos collares para su madre y su hermana. Umuthi realmente es muy feliz en el sukala, cerca del fuego donde su madre le cuenta historias de su antiguo pueblo. Así sabe que sus ancestros maternos viven en otro lugar de África; y que sus ancestros paternos son de Burkina. Ithemba cuenta que tuvo que huir con sus padres a Burkina. Ella tenía 20 años cuando atravesaron varias tribus para protegerse del dios blanco. En ese momento el rostro de Ithemba se ensombrece y deja salir una lágrima.

—Pensé, como mis padres, que estaríamos a salvo.
— ¿Qué es a salvo?
—Que no nos ocurriría ninguna desgracia.
— ¿Y qué nos ha pasado?
—Ya pronto volverá a ocurrir.
— ¿Y qué es?—Umuthi preguntó insistente.

Cuando su madre, Ithemba, iba a contestar; su esposo la interrumpió.

—Ya es hora de dormir, los ancestros podrían molestarse Ithemba.

Las dos últimas semanas antes de su cumpleaños, Ukhukanya pasaba más tiempo con Umuthi. Quería protegerla; quería escapar con ella a algún lugar y contarle la verdad. ¿Pero cómo hacerlo? ¿Y si los ancestros se enfurecían y lanzaba una maldición contra su familia? ¿Acaso ella no sería la responsable? ¿Tal vez su familia ya estaba maldita? Umuthi correría con la misma suerte que todas las niñas de la tribu. Tal vez, lo que más extrañaría de Umuthi sería su alegría, esa manera de cantar a los árboles, a las aves, de cantar la felicidad. Claro que extrañaría la risa de Umuthi, la inocente sonrisa de Umuthi. ¿Qué podría hacer? ¿Y si tomaba el bus al día siguiente con lo poco que había reunido…? Y, ¿si pedía ayuda a su madre y le contaba su plan para proteger a Umuthi? ¿Qué hacer? Estaba sola, en silencio, como todas las otras mujeres…tan desganadas por la vida. Así, tragando el dolor diariamente, mientras aparentaban vivir.

Estaba ensimismada en sus pensamientos cuando su madre le ordenó que trajera agua. Ya era tiempo de hacer los preparativos para la fiesta de Umuthi. Su madre se veía más triste que contenta. Sus manos temblaban. Los huecos de su cara se acentuaban. Ukhukanya supo que su madre sufría. «Madre, podemos salvarla», pensó cuando cogía las cantimploras y descendía por el camino de piedras que lleva al río. En el camino quiso ser un ave, un ave de fuego que a todo aquel que se le acercara quemara. Quiso ser un ave de fuego para volar en medio de la noche, con frío y sin sol. Se arrodilló en el camino y suplicó a sus ancestros para que ella y Umuthi fueran aves de fuego. Ukhukanya recogió el agua y volvió a casa para ayudar a su madre con la comida que se ofrecería al clan.

Ukhukanya se encargó de trensar con caracolas el cabello de Umuhti. Lucía hermosa su hermanita. No paraba de dar brincos y reír; cumpliría 8 años y vería los elefantes. Su padre le había prometido ver los elefantes en año nuevo. Sería un viaje al oriente de África. Umuthi viajaría.

—Veré los elefantes: ¡al dios zezindlovu!—.Con alegría repetía Umuthi por toda la casa.

Su padre permanecía en silencio. Fumaba tabaco mientras Ithemba hacía el yassa: una comida a base de pollo con salsa de cebolla, limón y pimientos que se servía con arroz hervido, el plato más apropiado para la celebración. Ukhukanya se encargaba de hacer bolitas de “ñango”, que llevaban maíz y verduras. Umuthi veía acurrucada sobre el fogón de leña cómo las flores de Bissap se hervían acompañadas de hojas de menta. Luego de unos minutos más al fuego, las colarían y las servirían en un jarrón; les agregarían azúcar y zumo de limón. Umuthi esperaba ansiosa el momento en el que estuviera reposada el agua y se convirtiera en su refresco favorito. Umuthi entraba y salía de casa; correteaba a sus amigas y esperaba a que pronto fuera la comida. Su padre de vez en cuando la miraba. «Aún es tan pequeña. Crece, es fuerte, pero es mi pequeña», se decía mientras tallaba la máscara. Ithemba de vez en cuando le echaba miradas de súplica. Él debía ser fuerte. Tenía que llevar a cabo la tradición de su tribu, sino su clan caería en deshonra, sus ancestros los dejarían en el olvido… de seguro su familia se vería desterrada de la tribu. Veía las miradas de Ithemba, claro que él también tenía miedo. Otra vez revivir el dolor que Ukhukanya había sufrido, ahora lo vería en la pequeña Umuthi. La corteza de su vida sería cercenada, el amor y la felicidad no podrían tallarse en su alma. Claro que estaba entre la espada y la pared y sabía que su pequeña corría el mismo destino que las otras niñas de la aldea. Escupió al suelo, se levantó y cuando salió del sukala el viento le cubrió de arena el surco de las lágrimas que bajaban por sus mejillas.

—¡Umuthi! ¡Es hora de la comida!—, dijo mientras se limpiaba el rostro.

Umuthi corrió y saltó a sus brazos. La tomó con sus manos y la levantó hasta cubrir el sol que se apagaba rojizo.

— ¡Perdóname Umuthi!—Y la abrazó contra su pecho.

El clan se reunió afuera del sukala. Comieron bajo un cielo estrellado. Umuthi no paraba de sonreír. Cuando acabaron la comida cantaron y danzaron para agradecer a los ancestros quienes mantenía aún con vida a Umuthi; Ithemba supo que ese canto era más una plegaria que se perdía en la noche. El padre de Umuthi intentó usar la máscara pero esta quedó muy pequeña, no servía para su rostro. El clan bebió amalura hasta quedar en completo silencio. Umuthi jugó hasta quedar dormida a lado del fuego. Su padre la llevó en brazos al cuarto. Allí la recostó en la estera y la cubrió con una manta de algodón azul. Observó su rostro cubierto por el sueño; su respiración y sus manecitas sucias por la tierra del desierto. Retiró las conchas de su cabello. «Es tan pequeña, mi pequeña». Su contemplación fue interrumpida por Ukhukanya, quien entró al cuarto para dormir. Miró fijamente a su padre. Su boca permaneció silente. Su padre le dio las buenas noches y ella se puso a llorar. Otra vez la noche y aunque quisiera dormir el miedo a las pesadillas la dejaban insomne. Ukhukanya abrazó a su hermanita. «Te ayudaré Umuthi, te lo prometo». Y el sueño acalló su llanto.

El tiempo de las fiestas de fin de año llegó. La familia de Umuthi aparentaba tranquilidad haciendo los preparativos para la iniciación de la niña. Aunque ella aún no había menstruado, últimamente los más viejos de la tribu creían que lo mejor era practicar el ritual a temprana edad: así se asegurarían que las niñas fueran puras Las mujeres más ancianas de la tribu debían estar presentes y ayudar en la ceremonia. Las mujeres más jóvenes que ya habían sido iniciadas debían participar con cantos y prestar su fuerza en caso de que fuera necesario. En esta ceremonia, la edad de las niñas oscilaba entre los 7 a los 10 años, por lo que sería menos complicado. Ukhukanya no quería asistir. Había roto su silencio suplicando a sus padres: — ¡No resisto ver a Umuthi gritando! ¡No quiero ir, por favor!—. Ukhukanya vio cómo sus padres se alejaron sin siquiera prestar atención a sus palabras. Ella realmente odió ese lugar, a sus ancestros, a los ancianos, al ritual. Por primera vez en su vida se confesó que odiaba su cultura. «Ayudaré a Umuthi a escapar», se dijo sollozando.

Umuthi jugaba con su nueva manta de algodón dando giros y giros sobre la arena. Era blanca y tenía unos bordados dorados en el pecho, a ella se le parecían mucho a unas alas. Se sentí como una avecilla. Ithemba la abrazó y amarró una manta de color dorado en su cabeza. Le ofreció a beber refresco de flores de Bissap. Pronto llegaba la noche. El corazón de los padres de Umuthi latía muy fuerte. Estaban en silencio. Ukhukanya no paraba de llorar. Umuthi preguntaba una y otra vez por qué su hermana lloraba. Su padres solo miraban con reproche a su hija mayor. Umuthi se sintió triste al ver a su hermana tan afligida. Ya no quiso jugar más con las conchas de caracolas. Se dispuso a esperar.
Ithemba, Ukhukanya y Umuthi salieron de casa. Mientras se alejaban Umuthi volvió su rostro buscando en el tejado del sukala a su padre. Allí había una sombra. Supuso que era él. Alzó su mano, la batió en medio de la noche y el viento, y con la otra le mandó un beso. «Papá, mañana iremos a ver los elefantes», pensó; una sonrisa cubrió su rostro. Las otras mujeres no comprendían por qué sonreía. Decidieron avanzar hacia el sukala de las mujeres más viejas de la tribu. Dentro de la choza, Umuthi vio a otras niñas acostadas sobre una alfombra gris. El lugar hedía a plantas y a tabaco. Había una pequeña lumbre y la más vieja de todas calentaba una daga en el fuego. De repente sintió miedo, algo pasaría en ese lugar.

Ithemba y Ukhukanya se alejaron de la alfombra. Umuthi se acostó. Una mujer la tomó por los brazos. Otra por las piernas. Umuthi comenzó a gritar: — ¡Mamá, mamá, tengo miedo!— La gran madre comenzó a invocar los espíritus y a perdonar a la niña con el gran señor del mundo. En ese instante las manos de las mujeres parecían las de hombres jóvenes y atléticos. Le dolía que la tomaran de los brazos y las piernas. Sus dedos se enterraban como espinas de cactos. De repente el olor de metal caliente; el fuego acalorando la planta de sus pies; y las manos de la anciana abriendo su manta, buscando algo en medio de sus piernas. Luego el filo caliente sobre la carne tierna; cercenaba en nombre del gran señor de la tierra. Allí un río desbocado, al principio una extraña molestia, una punzada, el adormecimiento y finalmente la palabra dolor tan insignificante para todo aquello. Las manos de la anciana, prodigiosas en el arte de cortar lo impuro en las niñas. Las piernas dormidas; sus gritos rasgando la garganta y el sudor de la frente convertido en lágrimas. La mano que victoriosa alzó el pedazo de carne a la lumbre y la lumbre consumió la carne. El llanto de Ithemba, y Ukhukanya que gritaba enloquecida más que Umuthi.

Umuthi giró la cabeza y pudo ver una mancha roja en la vagina. Sintió asco, quiso vomitar. Todo daba vueltas. Umuthi solo escuchaba el canto de las ancianas y sentía como salía sangre por su vagina. Umuthi era un árbol cuya corteza había sido cercenada. La sabia se regaba lentamente haciendo un charco parecido al orín de sus noches frías en la estera. Ukhukanya vio cómo su hermanita había quedado con las piernas abiertas haciendo un charquito de sangre. La alfombra gris tenía pequeños charcos de color purpura. Ukhukanya se arrodilló al lado de su hermana y le limpió el sudor que cubría la frente. Las ancianas seguían cantando. Umuthi trató de decir algo. Una a una las niñas fueron recuperándose, otras simplemente no resistieron el dolor. Umuthi estaba entre las más fuertes pero poco a poco iba palideciendo. Su madre comenzó a llorar. Supo que Umuthi moriría cuando al abrir sus ojos estos parecían lejanos como el espacio. Madre e hija abrazaron a Umuthi; ella repitió: —“a-ve-de-fu-fue-go…”—. Ukhukanya gritó: — ¡Iremos a ver los elefantes!—. Y esa fue la última vez que Umuthi sonrío.

En el techo, acostado sobre la espalda un hombre, cual sombra de la noche, supo que la máscara que había tallado era para cubrir el pequeño rostro de su hija, en los rituales de la muerte. Intentaba tranquilizarse pensando que la máscara tenía la sonrisa más hermosa del mundo, y así permanecería más allá de la muerte. Sin embargo, él y su familia debían marcharse de ese lugar que ya nunca podría ser más su hogar, no sin la sonrisa de Umuthi.

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May 9, 2014 · 4:44 pm

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