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UNE LEÇON CLINIQUE

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François paseaba con sus manos en los bolsillos pateando piedras o cacharros por la calle del distrito XIII de París. Caminaba mirando las edificaciones y una le llamaba mucho la atención. Desde niño se imaginó dentro del recinto siendo alguien muy importante. No sabía bien quién, pero solo sentía un extraño llamado desde el interior del edificio viejo que guardaba ridículamente-eso lo pensó muchos años después- la misma fisionomía de las edificaciones del siglo XVII. Sin embargo, pasó por allí tantas veces que se acostumbró a sus paredes de ladrillo, a sus cúpulas y las campanadas que salían de la iglesia que complementaba la edificación.

François supo desde niño que quería ayudar a las personas, en especial a las mujeres, pues su madre había muerto cuando él tenía tan solo 9 años. Su padre le había dicho tantas cosas sobre su madre que al parecer él solo recordaba el sufrimiento que ella padeció. Estaba recordando la última vez que la había visto con una bata blanca, las manos amarradas, y su cabeza completamente rapada; estaba a punto de llorar cuando su secretaria lo interrumpió:

-Docteur François, ils sont arrivés…Ya está acá el señor Lombard y la madame.

-Llame a los enfermeros y tráigame su historia clínica.

Al terminar la frase la secretaria salió y François olvidó sus recuerdos; se acomodó sus lentes y se dispuso para la consulta. Los Lombard entraron. La mujer se veía ojerosa y golpeada. El hombre espetó a la mujer: Fermes-toi la bouche! Y los murmullos que proferían de unos labios rajados se detuvieron. La mujer se retorcía las manos y se tocaba los jirones de cabello. Miraba el piso, y aunque Francosis intentó sentir compasión, solo dijo que había que internarla, que su aspecto lo decía todo. Y en el rostro del marido se vio un gesto de tranquilidad que se confundía con alegría, tal vez porque no quería dar mayores explicaciones del estado en el que se encontraba su esposa.

-Docteur François, Ils sont arrivés…el señor Dubois ha llegado con su hija.

Por un momento François vio más allá de los ojos de su secretaria Monique, quien su ascendencia nórdica se revelaba en su cabello rojizo y sus pecas, que en el fondo eran despreciables para él.

-Madame! Este es un caso especial, no los haga esperar.

-Bonjour! Esta es mi hija- Mientas señalaba una joven que se perdía en un camisón de lana. Sus piernas estaban a la vista de todos, como sus pies sucios y maltratados.El cabello de la chica estaba cortado en hongo. Eran un cabello negro y liso y tenía hojas y telarañas, daba el aspecto de una peluca vieja y sucia. François se sintió feliz al ver nuevamente a Anaïs. No le desagradó verla, tan solo deseó que no viniera completamente desnuda. Su reclusión se efectuaría.

Los dos hombres hablaron rápidamente. Anaïs miraba por la ventana la ladera de árboles que rodeaba la edificación. Supo que esta vez no podría escapar, tendría que quedarse allí, de seguro, para siempre, y eso era mucho mejor que estar en casa con el bastardo de su padre y sus malvados hermanastros. -Sola, en paz, estaré bien acá-. Se dijo mientras escupía las manos de las enfermas cuando trataban de llevarla a la habitación.

François se alegró de su día laboral, el resultado final: 15 mujeres recluidas, todas internadas por petición de padres, esposos y hermanos muy preocupados por las manías, las obsesiones y los diferentes cuadros de crisis de ansiedad y depresión avanzados. Todo se resumía en que las mujeres eran débiles y debían ser cuidadas por un hombre siempre. Y qué pensar de las lesbianas tan confundidas y malsanas. François sabía que podía sanarlas. A sus 30 años había comprobado que en la SALPÊTRIÈRE contaban con los mejores métodos de la época. Allí las terapias de electroshocks, los baños de sales, la reclusión en los cuartos oscuros, las camisas de fuerza, el cuarto blanco, pero, sobre todo, la medicina de salitre y electricidad era lo que efectivamente daba resultados asombrosos. François recordaba extasiado cómo una maníaco depresiva en sus crisis trataba de suicidarse y también cómo después de 10 sesiones estaba completamente calmada, a veces le daba horror ver la paciente porque su mirada parecía incluso más vacía que cuando se sometía a la lobotomía.

Recordó a Babette; una gran pérdida para sus investigaciones. Trató de revivir su aroma. Le molestaba tanto que la ropa no pudiera conservar el aroma de las personas por mucho tiempo. Ese día de su muerte lamentó mucho que antes de suicidarse defecara en su ropa interior. Sin embargo, había llegado Anaïs a su gran corazón. Estaba dispuesto a tratarla personalmente, le iba a pedir al director de la institución que la dejara a su cargo. Él sabía muy bien qué hacer. La salvaría. Ella estaría agradecida. Pensaba mientras alistaba su maletín para volver a casa. Miró su reloj de bolsillo. Hacía más de una hora que había hecho la inspección habitual. Estaba muy contento con los resultados. Iría a casa y tomaría un coñac. Estaba a punto de quitar el abrigo del perchero cuando la puerta se abrió intempestivamente.

-Docteur François! Ha vuelto a suceder-. Gritó agitada la secretaria dejando ver sus ojos grisáceos.

-Pardiez! Mantenga la calma Madame.

-Una vez más las internas no tienen ropa interior. Hemos revisado cada habitación y ninguna quiere decir dónde la han escondido. Creemos que se están contagiando, Docteur.

François caminó lentamente hacia el escritorio. Corroboró que el cajón más grande estaba cerrado con llave y que la llave estaba en el bolsillo de su pantalón. Miró a la mujer indiferente.

-Madame, este caso le corresponde au Monsieur Directeur. Bonsoir!

François salió con su abrigo y la noche estaba fría. Se encaminó por las mismas calles de su infancia. Corroboró que la noche era oscura como todas las noches y tuvo la certeza de que al otro día ayudaría a otras mujeres.

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April 7, 2014 · 4:40 am