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Las alas y el fuego

Mamá, en el viejo arte de tejer con aguja e hilo, me enseñó a tejer punto y cadeneta. Al principio fue un lío, todos los puntos y las cadenetas terminaban en nudos o en hileras de lana que se deshacían cuando quitaba la aguja. Durante varios años me enseñó y me ayudó a perfeccionar el arte de tejer. Al principio no sabía por qué era importante este tipo de actividad que me parecía que las mujeres de nuestra casa, las demás hermanas de mamá también lo hacían, solo tejían para que el tiempo de las tardes calurosas pasara. Todas se sentaban con café debajo del mango que había en la casa de los abuelos. Allí tejíamos a veces en silencio, otras con un poco de risas por las cosas íntimas que se comunicaban las hermanas, y que me dejaban en una isla solitaria porque hablaban del amor de los hombres.  Yo era muy pequeña y solo me concentraba en ver caer las hojas del mango, en las mariposas que rondaban  los rosales del jardín y de vez en cuando en la cadeneta que se torcía. Mamá hacía espléndidos tejidos. Su  mayor obra de arte en el tejido fueron los sobre camas de  nuestra casa. Había carpetas para mesas de noche, del teléfono, la mesa del gran comedor, en las repisas del baño, en los espacios diminutos de la biblioteca, en la base que mantenía  la virgen  y en la bolsa que cubría las raíces de la sábila que colgaba detrás de las puertas de la casa. Había por todo lado, hasta en mi cabeza, pues mamá me hacía hermosas moñas  para recoger mi larga cabellera. Mamá jamás me explicó por qué debía aprender a tejer, solo me dijo una tarde:

-Hija ven acá, siéntate y observa.

Tomé un taburete que estaba lleno de hilos y lanas y me senté. Estuve dos horas viendo como sus dedos se movían ágilmente para formar puntos y cadenetas. Para hacer de un agujero diminuto un círculo, una flor, un cuadrado, una carpeta tejida por sus manos. Allí me quedé observando con la mente en blanco. Mamá no dijo nada más. Así pasamos las dos horas hasta que llegó la noche y yo bostecé. Así que comprendió que debía empezar a hacer la cena. También le ayudé. Desde ese día me sentí muy atraída por observar y aprender lo que mamá hacía en casa. Algo dentro de mí se había despertado aunque fuera una niña que jugaba con Barbie, balones y trompos. Era una niña porque no pensaba en nada más que jugar y dormir. A parte de los stickers para coleccionar de mis series favoritas de dibujos animados.

La segunda clase sucedió un sábado en la tarde mientras llovía. No había mucho que hacer en la casa. Estaba vacía, solo estábamos las dos. Ella leía mientras tomaba café. De repente miró por encima de sus lentes, dejó el libro sobre la mesa.

-Hija recoge tus colores, busca la caja del tejido.

Hice caso como si fuera una orden urgente. Salí corriendo al cuarto de coser y traje la caja del tejido. Mamá abrió la caja, sacó una bolsa color lila de tela y me dijo:

-Esto es para ti.

Sonrío con tanto amor que la abrí rápidamente, aunque sin sorpresa porque sabía en el fondo que allí encontraría agujas para tejer y mi primer carrete de lana fina color morado. Me enseñó la posición adecuada del cuerpo para tejer. Sentada, con la espalada firme, la cabeza ligeramente hacia adelante, las agujas en los dedos, índice y corazón, y de vez en cuando entraban en la tarea los otros para medir, mirar, cortar y continuar la obra. Me  explicó que lo primero que había que hacerse era visualizar la figura que se quería tejer porque a partir del primer ojal todo sería para realizar lo que habíamos imaginado.  En esta clase aprendí hacer una larga cadeneta de ojales que se unían entre sí, muy débiles, unos más grandes, otros más pequeños, a veces más apretada en una parte que en otra. Así pasamos la lluvia, la tarde; y yo me acostumbré al silencio. Sin darme cuenta mamá no me enseñó solo a tejer sino a meditar, a reflexionar; me educó en el silencio, en la pasividad del cuerpo para que la mente piense. Porque sin advertirlo mientras tejía pensaba en el día, en las cosas que había hecho en la escuela, en mis amigas, en  la próxima obra de teatro. Mientras tejía escuchaba mi voz, y me dejaba llevar por la monótona tarea de tejer y tejer, que en el fondo era una excusa para acallar los ruidos del mundo, el paso del tiempo y tal vez aceptar ese deseo de hablar con nosotras mismas.

Las lecciones cada vez  se hacían más complejas. No solo había que hacer las cadenetas sino que también ya debía hacer figuras, las figuras que ella me daba en muestras que se utilizaban una y otra vez para conformar las magníficas piezas de tejido, o que habían resultado del ejercicio de tejer. También aprendí los diferentes materiales como el croché, el fique y el hilo, que le daban otro tipo de textura al tejido, y asimismo la posibilidad de crear otro tipo de tejido. En casa se tejía de todo. Había una tía que se especializaba en ropa, hacía buzos, camisas, medias; en croché. A otra le gustaba más el fique aunque este fuera tosco, duro e hiciera el trabajo arduo. Se dedicaba a tejer bolsos de todos los tamaños y colores. La verdad los hacía muy bien, tanto así que empezó  a venderlos y distribuirlos como un arte artesanal. Mamá tejía cosas para la casa, pequeñas, medianas, grandes, y cada cosa que hacía tenía un lugar específico y hasta podía ser reemplazada por otra obra, años más tarde. Finalmente estaba yo, que hacía solo figuras circulares y que en el fondo no servían para adornar ni para conformar un gran pieza. Solo piezas circulares que se iban arrumando en los cajones de mi armario. Con los años ya eran muchos los cajones que estaban llenos y que mamá y yo no sabíamos bien qué hacer con ellas, porque el trabajo era bueno pero no tenía mayor utilidad.

Un día de noviembre decidí limpiar mi armario y sacar las piezas de los cajones y arrumar todo en una bolsa tejida por una tía que se había inclinado por las hamacas y las bolsas con una fibra echa de algodón, fique y cera. Saqué los tejidos y los puse en el suelo de la habitación.  Lentamente fui ordenando las piezas tejidas,  distraída, como llevada por un impulso de mi corazón; los ponía en el suelo, comprobando que no todas eran circulares, que tenían más bien una forma alargada, ovalada; mientras más me convencía de que casi todas las piezas eran diferentes, una sensación de que descubría algo, empezó a invadirme. Una tras otra, haciendo una gran figura. Estaba en esas cuando mamá me llamó a comer, y salí de la habitación cerrando con fuerza la puerta, como queriendo que allí no entrara ni el viento ni la luz. Comimos, ese día mamá me habló del arte de tejer. Me dijo:

-Tejer es como la vida, exige concentración, esfuerzo y objetivos claros. Tejer es la vida misma. Tejer es una manera de vivir conscientemente en el mundo… ¿Comprendes?

Yo solo asentí y tomé mi agua de panela y apuré el maduro con queso derretido en el centro. Mamá estaba absorta en lo que decía. Se me quedó mirando como si se percatara de que había hablado. El silencio volvió a hacerse entre las dos, como de costumbre. Me miraron sus ojos color azabache; buscaron en mi indiferencia algún atisbo de verdad. Yo comía tranquilamente, pensando en la figura del cuarto. Volvería al cuarto, sabría para qué había tejido durante esos años. Mamá estaría orgullosa. Mamá sabría que aunque en mis ojos color miel no se revelara ninguna verdad ante su mirada escrutadora, yo le daría una muestra de fe, en la que garantizaba que efectivamente estaba comprendiendo el arte de tejer, que comprendía la analogía de tejer y vivir. Porque todos esos años de silencios y esas agotadoras horas de tejer habían moldeado, aparte de callos en mis dedos, mi alma, mi amor por la vida.

-Tejer es un arte despreciado por las personas que no sienten, quienes creen que lo hacemos por perder el tiempo, por no hacer más, o por huir de sus deseos. Tejer nos libera de la obligación, nos entrega en la loable tradición de nuestras madres espirituales. Tejer…

Mamá se quedó mirando  la nada. Y yo vi como mis abuelas espirituales danzaban alrededor de ella y le cubrían con hermosos tejidos su cuerpo. Cómo aparecían ofrendas y alegraban su silente cuerpo. El viento golpeó la ventana de madera mal cerrada. Levantó el mantel tejido por mi madre y las madres espirituales besaron su rostro y ella solo se quedó mirando el vacío, y sintiendo cómo habían venido a nuestro encuentro para explicarme a mí, el viejo arte de tejer y su sabiduría. Mamá se levantó abstraída y se fue a la cocina por el último café del día. Luego me besó en la frente.

-Buenas noches, pequeña aprendiz.

Y me sonrío como si hubiese sido consciente del espectáculo que yo había presenciado. Me levanté con prisa y fui al cuarto, aún quedaba mucho trabajo para completar la obra. No dormí ese día y tampoco los siguientes. Trabajé varias semanas en mi obra. Mamá se fue quedando más silente. Había una furia en mi interior que crecía en las madrugadas y cuando asomaba el sol se apaciguaba como un animal hambriento cuando ha comido. También sentía que en mi pecho un fuego había empezado a expandirse y era irremediable apagar con el agua de hierbas de albahaca o yerbabuena tal llama. A la segunda semana mamá no volvió al trabajo. Solo se quedó tejiendo una larga manta. Pensé que como ya llegaba diciembre ella había tomado las vacaciones. Mis tías no volvieron a tejer a la misma hora todos los días, porque las fiestas se acercaban y tenían que preparar las  casas, la comida y los regalos para los familiares que venían de otros lugares. Nosotras nos distanciamos, pues yo seguía trabajando en mi obra. Ni siquiera nos fijamos que comíamos tan poco, es más mamá dejó de comer y empezó a moverse despacito, como si de pronto alguna de las abuelas espirituales se hubiese encarnado en su cuerpo. Aunque lo vi, no pude comprender su repentino cambio. Su atenuante silencio y cómo la mirada empezó a apagarse. Duramos así tres semanas hasta que yo terminé mi obra. Trabajé en mi habitación a puerta cerrada. Salía de vez en cuando a hacer mis necesidades y otras  a comer. Veía a mi madre allí debajo del mango con la manta que cubría por completo su cuerpo. Por esa época el mango empezó a florecer e iluminó la manta con sus florecillas blancas. Mamá tenía el cabello cubiertos de flores y de colibríes. Parecía estar absorta en sus ideas y el tejido aumentaba hora tras hora. Las aves se paraban en sus hombros o se quedan en sus pies revoloteando. El mango seguía floreciendo y mostraba sus primeros frutos pequeños. Mamá tejía y yo la veía a veces cuando me cansaba de tejer mi gran obra. La obra que revelaría  a mi madre que efectivamente toda su sabiduría estaría a salvo conmigo. Que yo la pasaría a mis hijas y ellas a sus hijas y así hasta que el fin del mundo llegara.

Llegó diciembre y mamá terminó la manta. La cubría completamente. Permaneció en el mismo lugar, sentada de la misma manera, sobre la silla mecedora de madera, con la caja de tejido en sus pies y  algunas bolas de lana desperdigadas por el suelo. Se cubrió de pies a cabeza como si hiciera un terrible frío  a pesar del sol y del poco viento que hubo por esos días. Yo no vi que se moviera de allí en ningún momento. Unos días antes de que llegaran los familiares, se levantó y fue al cuarto de baño. Luego del baño, se puso su vestido rojo de fiesta. Se arregló como si en la noche fuera a salir. Yo decidí, no sé muy bien porqué, tan solo guiada por el mismo impulso que semanas atrás había sentido, hacer su cena preferida: Café con plátanos maduros asados y con queso campesino en el centro, más los huevos pericos. Ella me sonrío. Se sentó a comer como si se tratara de una mujer que asiste a un restaurante y se siente satisfecha con el pedido que han traído a su mesa. Comimos en silencio. Yo veía su rostro tranquilo. Parecía haber rejuvenecido. Se veía feliz y parecía sonreír coquetamente, como si enfrente estuviera algún enamorado de su juventud.

Antes de terminar el café, alargó su mano, tomó la mía y me dijo:

-El arte de tejer nos cuesta toda la vida. En el tejido está nuestra imaginación, nuestro amor por las personas y las cosas del mundo y nuestra alma. El tejido es nuestro más preciado tesoro, es lo que nos permite ser en silencio nosotras mismas.

Cuando escuché sus palabras mi rostro se ensombreció. Quise por primera vez en mi vida romper el orden establecido de escuchar y callar; y  gritar por primera vez. Mamá terminaba su café. Era el momento justo para decirle que yo había heredado la tradición del tejido y que yo, solo yo, la pasaría a otras generaciones, porque yo era un buen aprendiz. Así que respiré, dejé mi taza y hablé:

-Mami quiero mostrarte algo.

Pero mamá se paró como si se tratara de un fantasma. Se dejó ir lentamente contoneando su cuerpo, dando la impresión de que empezaba a  bailar. De su cuerpo se desprendió un olor a flores de mirto. El aroma era tan penetrante que por un momento creí que soñaba. En la casa no había tal árbol  y los que había en el barrio no florecían a esa hora, solo en la madrugada. Tal vez ya era la madrugada, tal vez el tiempo de la comida había sido mucho más largo, o más lento, no lo comprendía, pero qué era ese aroma, y por qué mi madre se iba sin escucharme.

-¡Madre! ¡Necesito mostrarte algo!

Salí corriendo tras ella y mi madre ya se había acostado en su cama cubierta por la manta que había tejido con algunas flores del mango. Estaba allí. Sonriente. Con su vestido rojo de fiesta. Sus labios rojos, sus ojos cerrados para siempre.

-¡Madre! ¡Despierta!… tengo que mostrarte las alas que me he tejido. ¡Son para volar, alas para volar!

Mi madre suspiró, pensé que abriría los ojos, pero,  aunque estuve viendo su rostro iluminado por la lámpara de la mesa de noche, no se movió. Sus labios permanecieron en aquella sonrisa coqueta y dura por la muerte.

En el cuarto estaban las alas para volar que yo me había tejido. Unas alas inútiles porque comprendí en ese momento que ya no servirían, que serían arrasadas por el fuego. Unas alas que nunca fueron tejidas para mí si no para su muerte. Cuando llegaron los familiares, y mis tías volvieron a la casa a tejer, luego de que habían dejado todo listo en las otras casas, yo había amarrado mis alas, aquellas alas que había tejido por años a su lado, en silencio, a mi espalda, y que el fuego no podría consumir. Mis alas, tus alas, madre, eran lo único que podían demostrar que realmente yo era digna de tu amor. -Mis alas, ¿por qué no las tejí con más prisa?- Pensaba en esto cuando me elevaba con el  viento hacia las nubes, el cielo, el sol.

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