Paradoja Metafísica

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Egon Schiele

 

 

Es extraño cuando estás frente a una paradoja y aunque sabes cuál es la ruta, prefieres complicarte y suponer que tal vez no sea cierta. Revisas en lo profundo de tu sabia memoria y reconoces que el amor es algo de lo que siempre se huye. Te educan para la soledad, para vivir en constante competencia sin el otro, para no sentir ni siquiera dolor; tanto te proteges que terminas evadiendo cualquier sentimiento. Te exiges el camino de la soledad por que te han dicho que es el más seguro, allí jamás reconocerás la ruta que tu corazón dicta. Pero, ahora, cerca del proximidad de la paradoja de renacer, sabes que la ruta es distinta, que no tiene que ver con las ensoñaciones, con la abismal distancia de la perfección. Tal vez empiezas a entender que el amor, así como la vida, se construye con las torpezas, con las equivocaciones, con la paciencia de aprender. De jugar a los papeles de sabio e ignorante, de ingenuo y perspicaz. El amor a veces tan solo necesita de la fascinación por la existencia del uno en compañía del otro, y esto no quiere decir que el resultado sea dos, esto a veces trae familias enteras, y si tenemos suerte un bello animal para abrazar todos los días y pasear el mundo con su olfato que no falla, que te indicará cuál es el camino que se ha estado buscando. Ahora bien, si te desvías, vuelve siempre del punto del que te has alejado. Hallarás mucho más de lo que pensaste. Tal vez, sin esperarlo la felicidad y la armonía con los seres que te habitan. 

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