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Doble reflejo

Desde muy niña siempre hubo deseo de aprobación. Es increíble cuántas cosas hice por ser “aprobada”. Qué malabares, qué audacia la de siempre intentar la aprobación, primero de mis padres, luego de mis familiares más cercanos, hasta de mis familiares lejanos, la aprobación era importante, como también de mis vecinas y vecinos, de mis amigas y amigos, ni qué decir de mis maestras y de mis maestros. Qué angustia tan indescriptible la que sentía todos los días. Era una necesidad, a veces, más fuerte que ser querida, aunque en el fondo sospechaba, o creía inocentemente, que eso tenía que ver con ser amada. Pero por más que lo intentara jamás lograba ser “aprobada”. En mi cotidiana infancia hacía cosas para enojar, no para aprobar. A pesar de mis intentos de portarme bien, de no regar el jugo del almuerzo o el café en la mañana, no sé cómo, pero siempre la imagen del vaso de juego regándose sobre el mantel blanco de mamá, tocado sutilmente por mis dedos que lo dejaban caer a falta de la fuerza suficiente. Y yo sabía que una vez más había perdido mi oportunidad de ser “aprobada”. Por más que lo intentara, perdía la noción del tiempo, y el permiso de montar bici  o patines, incluso de jugar a la pelota o la tangara,  por una hora lo rompía pasándome unos minutos más, quizá doblaba el tiempo, así que así no podía tener ningún tipo de aprobación. La verdad me esforzaba mucho en casa, ayudaba a mamá con lo que podía y aun así era insuficiente; es más, la acompañaba al mercado, no solo por ser aprobada, debo decir que amaba ir al mercado con mamá, pero siempre olvidaba alguna bolsa, o me quedaba rezagada mirando las frutas, las personas, y tampoco lograba la aprobación que mi alma pedía a gritos. Para colmo de males no podía convivir en armonía y paz con mis  hermanas, como tanto lo deseaba a mi madre, para ser aprobada. Por mucho o poco que me esforzara la aprobación jamás llegó de parte de nadie cuando era niña. En la adolescencia todo eso me hartó y opté por la desaprobación. Sin proponérmelo, todo el tiempo lograba la desaprobación. Me levantaba tarde, me desarrollé a temprana edad, me gustaban muchos chicos y dibujar corazones con las iniciales de nuestros nombres, qué escándalo era que me gustaran los chicos, y las coca-colas bailables en las que se podía tomar gaseosa con una mínima cantidad de aguardiente o ron. Y sobre todo, hacer lo más desaprobado de todo: divertirse. Lograba que me desaprobaran todas las personas a mi alrededor, no solo por estas cosas, a veces prefería quedarme cantando o pintando y también era desaprobada porque lo mejor era ocupar mi tiempo “haciendo cosas productivas”, y yo luego comencé hacer algo más terrible: enamorarme y escribir. Puedo decir que durante la adolescencia logré mi cometido: fui desaprobada en cada cosa, cada día, por cada persona que me importaba, a quien amaba. Cuando cumplí la mayoría de edad, pensé que ese dilema de aprobación y desaprobación desaparecería por completo. Pero no fue así. La magia jamás vino en mi ayuda, así que decidí olvidarme del tema. Pero sin quererlo, una vez más caía en esa trampa, en ese incesante deseo de aprobación por parte de todos los seres y las diosas y los dioses y maestras, y maestros y parejas sentimentales, en fin… Yo pensaba, convencida, en que a esa edad todo eso dejaría de importarme porque ya podría hacer lo más conveniente para mí, y eso era lo único que debía importarme. Sin embargo, no me había fijado en que estaba atrapada, había estado atrapada en ese macabro juego de encajar a la perfección de, a ser aprobada por alguien más y no por mí misma. Qué lamentable fue crecer bajo unos parámetros tan vacíos, tan mezquinos para mí ser. Lo bueno de todo eso lo vine a descubrir ahora en que sin pensarlo mucho se me doy por escribir, y leer y pintar y viajar y reír y jugar y caminar y compartir y vivir … según mis deseos. Qué puedo decir, perdí mucho tiempo de mi vida buscando la aprobación y la desaprobación, y lo que verdaderamente era importante lo ignoraba. Tan solo bastaba mirarme más  a menudo, escucharme, sentirme y sobre todo saber que cuando se es consciente de nuestra propia existencia podemos empezar el camino hacia la libertad,  hacia una vida llena de luz y justicia.

 

O.

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