350 KILOMÉTROS DE VAIAJE INTERIOR

Primera etapa: ¿160 kilómetros de miedo?

Cada vez más me acercaba. Cada pedalazo dejaba atrás pensamientos hirientes. Recuerdos que me dolían. Cada pedalazo me llevaba hacia mi destino. ¿Cuál? Cada pedalazo iba dejando en la superficie a la mujer que extrañaba, que me hacía falta. A mi  yo más auténtico. Esa gran montaña me iba a liberar de todo el ruido que me hacía más pesada.

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La bicicleta se inventó en la segunda mitad del siglo XIX como medio de transporte y artefacto de recreación. Para las mujeres ha existido como símbolo de libertad y estandarte de movimientos feministas (esto lo sé con precisión ahora que escribo esta especie de crónica de viaje); aunque para las generaciones de nuestra época sea una herramienta más de transporte o de deporte, sigue teniendo ese mismo valor, sin que seamos del todo conscientes.

El 23 de diciembre inicié mi primer viaje en bicicleta SOLA. Sé que no soy la primera mujer en hacer este tipo de viajes, incluso hay mujeres que han recorrido países, continentes y hasta el mundo entero; lo que hace diferente mi viaje —tal vez sin saberlo a ciencia cierta— es la intención con la que lo he planeado y realizado. Al principio creí que era para olvidar, pero la noche antes de salir, supe que era para sanar y superar mi decepción amorosa (sé que no del todo, pero por lo menos ha sido un inicio).

¿Realmente valía la pena?», pero ¡por supuesto!, me dije cuando empecé a pedalear y sentir el aire fresco de la mañana y ver los rayos de sol iluminando los grandes edificios de la capital y reverdeciendo las hojas de los árboles. Y sobre todo iluminando mi rostro con una gran sonrisa.

En mi primer día de recorrido, salí de Bogotá hacia Ráquira. La hora de salida fue a las 6 a.m. Empecé a pedalear cuando el sol ya había alumbrado la ciudad de tono veraniego. Mi bicicleta de montaña se sentía pesada con las alforjas y la parrilla que le adecué para llevar ropa, comida, agua, herramientas, teléfono, repuesto de neumáticos, el libro Insularidad de Ralph del Valle (que mi mejor amiga me trajo de su viaje a Europa y que habla de correr y superar un amor no correspondido, entre otras cosas), unas hojas para escribir, algunos presentes para mis amigos y familiares y otras chucherías (que creí eran de suma importancia). El cielo era de un azul marino intenso y las nubes eran pinceladas suaves y delicadas, desperdigadas por donde se mirara. La ciudad estaba tranquila, extrañamente, tranquila. Tomé la ciclo ruta de la 30 y luego la de la Autopista Norte. Antes de salir de casa el miedo me hacía pensar una y otra vez: « ¿Acaso esto no es una locura? ¿Solo llevas dos meses montando bicicleta? ¿Jamás has despinchado? ¿Vas a estar solar por la carretera? ¿Y si te mata un carro? ¿Si te agrede un desconocido? ¿Realmente vale la pena arriesgar tanto por una ocurrencia así?»… Tenía tanto ruido en mi cabeza, tanto miedo de arriesgarme, por primera vez en muchos años, por algo que era para mí y por mí. « ¿Realmente valía la pena?», pero ¡por supuesto!, me dije cuando empecé a pedalear y sentir el aire fresco de la mañana y ver los rayos de sol iluminando los grandes edificios de la capital y reverdeciendo las hojas de los árboles. Y sobre todo iluminando mi rostro con una gran sonrisa.

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Cuando llegué al Portal Norte un señor me hizo ver que había olvidado mi casco. De los nervios y la ansiedad lo dejé puesto sobre la mesa. En ese momento pensé en devolverme, en abandonar mi reto. Pero recordé que un amigo vive en Chía y que estaba en mi ruta de viaje. Así que él amablemente me prestó uno. (Él se llama Pablo y es un gran ciclista). Decidí pasar por el casco y comer algo más. En esa parada aproveché para animarme a continuar con la aventura.

Debo confesar que mi amigo Pedro, un experimentado corredor de montaña, desde el primer momento  me apoyó con sus consejos y ayuda técnica de qué llevar para el viaje. Sobre todo me dijo: —Te conozco, sé que puedes hacerlo fácil. Puedes hacer mucho más—. Y yo simplemente le creí como una verdad revelada. Decidí consultarle mi decisión porque él ha visto mi desarrollo como corredora de montaña y como deportista. Y me pareció alguien sensato para que me dijera las posible consecuencias, aunque jamás me hablo de ello (ja, ja, ja).

También hablé con algunas amigas y familiares cercanos, muchos me dijeron que estaba loca y que era sumamente riesgo y atentaba contra mi integridad. Sin embargo, dos amigo a quienes llevaré por siempre en mi corazón (Terka y Nelsón —fundadores de Raqui Camp, hospedaje y camping en Ráquira), no solo me animaron sino que también me ayudaron a concretar mi plan de viaje. Ellos me dijeron que lo intentara, que me esperarían en Ráquira, pero que si no alcanzaba a llegar hasta allá, en el lugar donde me sintiera muy cansada, me recogerían. Querían que lo intentara. Sé que estaban preocupados, también tenían miedo de que me ocurriera algo en la carretera, yo también, incluso más que todas las personas. Pero nos pudo más el deseo de hacerlo, de saber que es posible y que es más fácil y divertido de lo que una se imagina.

Cuando salí de Chía tomé la cicloruta y la berma. Es un tramo muy seguro y rápido. Sentí emoción al sentirme libre. A pesar de que estaba pedaleando con el peso extra de las alforjas y de mis pensamientos, me sentí liviana, como un ave que surca el cielo con su vuelo. Inicié mi camino con una gran sonrisa. Grité: ¡felicidad! Y sentí que todo era posible y divertido, que la vida era simple y que yo me la había estado complicando incluso años más atrás que mi reciente relación de pareja. Inicié un viaje hacia mí misma para llegar a la mujer que en algún momento se escondió y dejó de existir por debajo de todas las máscaras; para que no se me notara del todo que a pesar de los malos momentos y de toda la mierda que me han echado encima, yo podía sonreír y disfrutar mi vida, mi camino, mi destino, mi forma de ser valiente, aguerrida, tenaz, arriesgada y divertida; para que mi manera de estar en el mundo y relacionarme con los otros se resinificara a través del amor a existir y llenar esa existencia con pasión más allá de lo preestablecido. Tal vez.

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Al retomar el camino, luego de pasar Zipaquirá empiezan los falsos planos (término que aprendí recientemente en la ruta Altos de Potosí, de la experiencia de un bici-amigo). Para llegar a Sutatausa, primero se debe hacer una subida bastante técnica y larga y luego un descenso rápido compartido con tráfico pesado por las minas de piedra, carbón y ladrillo. Pensé que no lo lograría y que debía devolverme. Me repetía mental mentalmente: —Mis amigos me están esperando, aún siento demasiada rabia por todas las mentiras, los engaños, las falsas promesas. Aún me duele que el amor no haya sido suficiente, que yo me haya aguantado tanto. Que me haya creído que no soy “apta”, que no valgo la pena. Aún puedo pedalear más. Me bajaré  y descansaré. Necesito comer algo. Respira. Mira el paisaje. Toma una foto, has una selfie. Es mi viaje, lo haré a mi manera, ¿sabes?—… Cada vez más me acercaba. Cada pedalazo dejaba atrás pensamientos hirientes. Recuerdos que me dolían. Cada pedalazo me llevaba hacia mi destino. ¿Cuál? Cada pedalazo iba dejando en la superficie a la mujer que extrañaba, que me hacía falta. A mi  yo más auténtico. Esa gran montaña me iba a liberar de todo el ruido que me hacía más pesada.

Y de alguna manera así fue. Después de llegar a la cima, vi el humo de las ladrilleras y un gran valle surcado de grandes montañas. Y detrás de éstas quedaba Bogotá. Vaya que el sol me estaba aturdiendo. Estaba sudando como un caballo a todo galope. ¿Valía la pena este cansancio? ¿La incertidumbre de saber si lo lograría? ¿Me curaría del miedo a quedarme sola y sentirme la leprosa de la comunidad? Como sucediera, ya no importaba. Estaba delante de mí el descenso. Antes de dejarme ir, miré nuevamente hacia atrás y vi las montañas, lo quedaba allá en el horizonte. Un paisaje que alimentaba mis ganas de vivir con más pasión. Simplemente empecé a descender a toda velocidad. Sintiendo el vértigo de la existencia y los carros que me pitaban o las personas que me arengaban: ¡Vamos! ¡Vamos! Muchas veces sonreí y levanté una mano para agradecerle su ánimo.

Me sentí tan especial. Recordé también las veces que he ido a Suta a escalar y a compartir con amigos y también con él. Allí lo conocí. Cuando descendí vi los farallones y me despedí de esos momentos. Tenía más hambre que nostalgia. Sin saberlo muy bien, supe que esta era la parte más dura de la ruta. Un punto de no retorno. Así que paré en el pueblo y decidí tomarme una sopa y un gatorade, pues las sales hidratantes me estaban agotando. Almorcé, estiré y recargué mis energías y también les avisé a mis amigos que encaminaba hacia Ubaté. Derretí placenteramente una cholatina en mi paladar. Estaba lista para seguir mi aventura.

A las 1:30 p.m. tomé mi camino hacia Ubaté, tenía demasiada ansiedad y felicidad al mismo tiempo. La carretera es un poco angosta, pero no estaba muy transitada. En Ubaté desvié hacia la ruta que lleva a Chiquinquirá. No sé si fue la comida o mi deseo de llegar pronto, que ya no estaba pensado en nada. Solo disfruté del paisaje y de la sensación de pedalear mecánicamente y verme impulsada cada vez más. Esta parte de la ruta es bastante rápida y sencilla pues es modernamente plana. A pesar de que estaba parando cada dos horas, me di cuenta que a eso de las 6 de la tarde estaría llegando a Ráquira. Cuando pasé la laguna de Fúquene y empecé el ascenso por la vía a Susa, me sentí agotada. Realmente, me dolían las piernas y sobre todo mi trasero. «Menos mal llené la badana de vaselina como me lo recomendaron», dije en voz alta y suspiré antes de empezar a reír.

El atardecer estaba soleado. Maldita sea, cómo me costaba llevar la rabia, los malditos malos pensamientos y los kilos de chucherías hasta la pinche cima de esa subida. Iba regañándome, diciéndome lo ilusa que me creía al pensar que iba llegar hasta mi destino cuando…—Disculpe señorita, ¿hasta dónde va?—, me preguntó un hombre de unos cuarenta años que asomaba su cabeza por la ventana de un taxi. —A este ritmo hasta Chiquinquirá, le respondí con esfuerzo mientras resoplaba. — ¡Ánimo, ánimo!, empezaron a gritar otros señores que iban de pasajeros en la parte posterior. ¡Usted es una valiente, qué verraca! « ¿Lo soy?» ¡Ya le falta poco! ¡Hágale!—, y el taxi arremetió con fuerza la empinada cuesta. —Gracias, ¡lo haré!, grité con ganas de bajarme y ponerme a llorar. ¡Maldita sea, en qué diablos estaba pensado! Pero falta poco, ¿no? Crazy, crazy… Y sonreí al ver la laguna que es ahora más pequeña, a diferencia de hace unos 20 años. Lo suficientemente loca para darle un giro a mi vida, para empezar de cero todas las veces que sea necesario y para atreverme a intentar cosas nuevas. Tal vez. Tal vez no.  

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Lo que los señores me dijeron no era cierto del todo. Tal vez en carro era cerca,  pero me faltaban unos 50 o 60 kilómetros, en los cuales esa maldita subida era más de la mitad. Sin embargo, seguí con mi plan de descansar en intervalos de dos horas, estirar, comer e hidratarme y sobretodo, darme ánimo.

Así que lo hice. Cuando superé ese alto, vino la gloriosa bajada, que se alternaba con pequeñas cuestas hasta Tinjacá. Allí paré. Cuatro de la tarde. Mierda, no voy alcanzar a llegar. Decidí comerme una empanada y otro gatorade. Una vez más tenía mucha hambre, incluso, las barras y el bocadillo parecían insuficientes. También aproveché para orinar. Las sales hidratantes hacen que orines menos y son muy efectivas por eso. Planee mi viaje como si fuera a hacer una maratón de trail running. (Y funcionó en cierta medida ja, ja, ja). También aproveché para llamar a mi amiga Terka y decirle que definitivamente no llegaría a Ráquira, no solo porque estaba cansada sino también porque no quería montar bici de noche. No llevaba luz suficiente y por ser vísperas de noche buena, había demasiado tráfico y personas tomadas al volante. Así que honestamente me dije: —Bueno,  llegaré hasta Chiquinquirá, eso es incluso más de lo que habías creído algún día harías en bici. Date por bien servida—. Terka aceptó recogerme en el lugar pactado. Sentí un tremendo alivio.

De modo que me tomé con calma el último tramo de unos 20 km, aproximadamente. Me dediqué a pensar en lo que me había guardado y que me hacía enfurecer. Aquellas cosas que aún no había resuelto, sobre todo con seres queridos y cercanos. Pensé y pensé. Mientras daba un pedalazo tras otro. Y también me mantenía con esfuerzo sobre el poco espacio de la línea blanca. ¿Cuánto podemos guardar y rumiar? ¿Cuánto ruido estamos dispuestas mantener en nuestra cabeza para no escuchar lo esencial? Vi el cielo, las nubes, los árboles, las casas de madera y tapizado, algunos campesinos con las vacas en los potreros, las vacas rumiando en los potreros ignorando que morían o que serán ordeñadas temprano en la mañana, las casas humildes con su humito y olor a leña; las montañas lejanas y los días que ya no volverán con él. Ya no me dolerá tanto existir resistiendo por amor. ¿Cuánto podemos perdonar por amor a otra persona? ¿Cuánto se nos puede desgastar el amor propio por amar a otra persona?, me pregunté tranquilamente. Tantas palabras que me hirieron, tantas veces que lloré desconsoladamente y fueron mínimas las caricias, los abrazos, las palabras de aliento. Aprendí a llorar y a sufrir en silencio desde que mi madre murió, que se me olvidó que podía pedir consuelo o una tregua. Y aunque lo hice, mi máscara de mujer de acero, invencible y fuerte no permitió que alguien se me acercara, menos él, que no podía verme, que no pudo amarme, que no sabe cómo amar.

Pronto vi un letrero que decía Chiquinquirá 1km. El kilómetro inacabable como siempre, como en las carreras que he corrido antes de llegar a la meta. Pedalee dejando atrás todos esos pensamientos. No sé si era el cansancio físico, si esa manera de agotar mi cuerpo para que mi mente ceda a la paz y a la calma me llevó a creer que ya no sentía ni tan si quiera un poco de ese odio provocado por la frustración y las decepciones que acumulé, que cuando entré en el pueblo de mi destino, se esfumó. Me sentía tan liviana, tan libre que mi existencia se asemejó a un jarrón vacío, con el suficiente espacio para lo que quedaba del viaje y de la vida. Entonces comprendí que ese peso extra que llevaba conmigo no era solamente por las alforjas y la comida, sino también el ruido que se había instalado en mente, en mi corazón. Ya en Chiquinquirá me detuve a ver cómo se oscurecía la tarde y mi cuerpo pedía una cerveza helada, una ducha caliente y una cama para descansar. Sentí un clic cuando me detuve. Claro que estaba cansada, pero no era comparado a lo que llevaba guardado y no podía escuchar con atención.

Recomendaciones:

*Entrena en lo posible para hacer un viaje largo. (Hace tu viaje más ameno y puedes disfrutar más el camino).

*Si tu bici es de montaña, cambia las corazas por unas lisas. (De verdad que te rinde, sobretodo bajando)

*Usar badana para hacer recorridos largos (ponerle vaselina para evitar lesiones en la piel).

* Hidrátate días antes con sales hidrantes y bebidas energizantes como gatorade y también en el recorrido, así evitas calambres y fatiga muscular.

*Consume barras energizantes, fruta deshidratada, frutos secos, bocadillo y todo lo que te pueda dar calorías  para mantener la energía, pero que sea fácil de comer mientras pedaleas.

*Planea el viaje (sobre todo para saber dónde puedes parar y abastecerte y hasta dónde llegarás).

*Si tienes miedo de viajar sola, de todas maneras debes hacerlo, de pronto corres el riesgo de encontrarte para siempre y no perderte jamás. O tal vez no suceda eso, sino otras cosas. Quién sabe.

*Si estás pasando por un momento de ruptura amorosa y no deseas hacer la fácil (salir y emborracharte, etc., etc.), mejor has un viaje en bici, no te curará la tusa del todo, pero por lo menos es más divertido y centrará todo tu poder y amor propio en ti.

*Hay más chicas viajando en bici como Violeta33 (en instagram).

*Para comprar accesorios y demás cositas bonitas visita la tienda Escarabajo_cycling.

*Y por favor visita Raqui Camp, es el mejor hospedaje en el que me he quedado. Además de que es un lugar muy tranquilo y hermoso, te sentirás como en casa y podrás disfrutar de los lugares y artesanías de Ráquira. (Si deseas hacer este recorrido hasta Raqui Camp, puedes contactar con Nelsón  (+57 3219249543) o Terka (+57 3187790670) u ojear en el fb (https://www.facebook.com/profile.php?id=100013422888658)

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Mapa de la ruta:

*Se puede hacer en menos tiempo unas 12 o 13 horas.

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Escrito por Dunia Oriana González Rodríguez©.

*Todos los derechos reservados.

 

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Poemilla

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Foto: Oleg Oprisco.

 

Quisimos amar a otras personas,

Lo intentamos, tal vez, quién sabría…

Quisimos amarlos,

Pero en silencio, como un susurro

Estaban nuestros nombres en la boca;

Y un grito atascado

Opacado por el ladrido de los perros,

La música de los vecinos,

Cualquier cosa que creímos…

Podía hacernos olvidar.

 

Escrito por: DOGR

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¿Por qué correr grandes distancias y no ir a clases de meditación?

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Esta vez voy a empezar por el final. Esta soy yo, seis horas después de correr 25 km en una carrera de Trail running, llamada Volcano Trail; desarrollada principalmente en el Volcán el Machín del municipio de Cajamarca-Tolima… en el país más exótico que conozco hasta ahora: Colombia.

Antes del final – para ser exacta a eso de la mitad de la carrera- en mi pie izquierdo apareció una ampolla igual de grande a mi talón, me sucedió mientras corría, creo que fue en el kilómetro 12,  luego de pasar el segundo punto de hidratación. ¿Por qué no dejé de correr? Al principio creí que era una pequeña molestia, tal vez por el calor  y por el terreno pedregoso y caliente de la tierra, creí que los zapatos me estaban incomodando “lo normal”, que la molestia era debido al esfuerzo que estaba haciendo por alcanzar a las tres primeras competidoras que iban delante de mí. Así que creí que era algo menor, que si no se reventaba la ampolla, no habría nada de qué preocuparme. Y seguí avanzado otros tramos, hasta que en un descenso técnico me vi en graves aprietos porque realmente la ampolla ya no se sentía tan pequeña, es más, fui consciente de que era un gran ampolla y que me estaba doliendo lo suficiente para hacerme creer que lo mejor era abandonar la carrera.

En medio de esos pensamientos, supe que no lo haría, pues estaba en la mitad de la carrera, lejos de los puntos de ayuda y no me rendiría por algo como eso, a menos de que ya fuera insufrible. Menos cuando me había prometido correr velozmente exigiendo un ritmo más constante en descensos y ascensos para saber si podía lograrlo. De modo que esas ideas se esfumaron a causa de los pensamientos que me repetí mentalmente:

>Sabes que es una pequeña molestia, has pasado por cosas peores, más dolorosas, esto no es nada . ¡Qué hermoso paisaje! ¿Qué pájaros están cantando? ¿Cuánto calor hace? ¡Debo darme prisa para terminar con esto! ¡¡Venga, ánimo, estás hecha para correr, naciste para correr, amas correr!! Aprieta, aprieta y respira… Cuando llegue a la meta me comeré algo delicioso y una cerveza helada… Venga, sigue, sigue que ya las alcanzas.

Había una maravillosa lluvia de pensamientos que me animaban a seguir, a mantener la calma, a controlar el dolor. Cuando empiezo a correr en una competencia, casi siempre tengo un montón de ideas en mi cabeza. Los primeros  kilómetros se hacen insoportables porque puedo escuchar atentamente todas aquellas cosas que ignoro por el afán de la rutina y los días interminables de trabajo y entrenamiento. Pero cuando corro distancias largas no puedo escapar a ese tiempo en el que me debo escuchar atentamente así como los demás sonido del bosque, la selva, el páramo… de la naturaleza en la que corra. Es como una meditación. Porque luego de los diez kilómetros todos los pensamientos empiezan a reducirse y siento que soy liviana, ligera y rápida y que todo lo otro no importa. Solo transcurro por paisajes e imágenes rápidas, de las cuales recuerdo lo que me transmiten. Puedo decir con seguridad que, unos kilómetros antes de terminar una competencia, a pesar del cansancio y la fatiga, mi mente está completamente en blanco, en el presente, en el momento ahí, en un estado de concentración tan profundo que solo estoy corriendo sin más, sin pensar en nada. Solo corro con una inercia a la que le llamo ritmo y con una alegría tremenda, pues cada vez que estoy más cerca a la meta, me puedo sentir más orgullosa de quién soy. Acepto el esfuerzo que hice, valoro cada progreso y añoro con hacerlo cada día mejor, es decir, que pueda correr más en silencio, despejada y con una sonrisa más grande que el cielo; que esa hermosa sensación de tener la mente en blanco invada mi mente siempre.

Los pensamientos que acuden a mi mente cuando corro se parecen a la nubes del cielo. Nubes de diversas formas y tamaños. Nubes que vienen y se van. Pero el cielo siempre es el cielo. Las nubes son sólo meras invitadas. Algo que pasa de largo y se dispersa. Y sólo queda el cielo… Haruki Murakami, De qué hablo cuando hablo de correr.

Pero, ¿por qué correr grandes distancias y no ir a clases de meditación? Tal vez porque mi naturaleza salvaje me empuja hacia lo primitivo de la existencia humana, tal vez porque me di cuenta que cada fragmento del paisaje me evoca una nueva idea, un renovado pensamiento y mi mente se hace fuerte al mismo tiempo que mi cuerpo. Entonces, allí en esa dualidad (dualidad que me permito honrar porque nos han enseñado en occidente a creer que estamos separados, dispersos e inmunes) me siento completa, maravillosamente completa y enamorada de la vida. Eso es lo que pienso parada en la meta, antes de salir. Pienso que amo la vida y que la siento plenamente cuando me dedico a recorrer el mundo con mis pies, pulmones y brazos impulsando mi existencia hacia adelante, descubriendo cada tramo, improvisando soluciones y luchando hasta el final, cualquiera que sea.

Solamente resta por decir: ¡Vamos a correr, en manada o en solitario…! ¡Vamos a meditar de maneras diferentes y efectivas para nuestra vida!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Filed under Literatura creativa, Trail running

Premonición

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Foto de Oleg Oprisco

El ángel de la muerte nos recuerda en cada muerte

Que es absurdo nuestro cansancio, sudor y esfuerzo

Por mantenernos alejados de su gélido beso

 

El ángel oscuro de la muerte

Arrebata sin compasión la vida

De nuestros seres amados

El ángel oscuro de la muerte con sus garras

Aprisiona el alma y la reclama

Para sus fines de ultratumba

El ángel oscuro de la muerte se ríe

De nuestra desgracia humana

Y nos empieza a eliminar el tiempo del recuerdo

El ángel oscuro de la muerte nos recuerda

Cuán frágil es nuestra existencia humana

Y su gélido beso destruye la calma

El ángel de la muerte nos recuerda en cada muerte

Que es absurdo nuestro cansancio, sudor y esfuerzo

Por mantenernos alejados de su gélido beso

El ángel oscuro de la muerte aparece de repente

Para susurrarnos que ya casi es nuestro tiempo

Que el hermano, la madre y el amigo solo fueron meros pasajeros

El ángel oscuro de la muerte entra en silencio

Y se marcha con llantos y pesares

De viudas, madres, hijos y amantes

El ángel oscuro de la muerte nos abraza

Una sola vez, ¡y es para siempre!

 

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Filed under Literatura creativa

LA GENTE QUE CORRE

“—Segunda lección—dijo Caballo—. Piensa fácil, ligera, suave y rápidamente. Empieza con el fácilmente porque si no llegas a más, ya será bastante. Luego prosigue con ligeramente. Hazlo sin esfuerzo, como si no te importara una mierda cuán alto o lejos llegas. Cuando hayas practicado esto tanto que olvides que estás practicando, deberás trabajar en el suaaaaaaaaave. No tendrás que preocuparte por lo último. Una vez tengas los tres primeros, correrás rápidamente”. Christopher MacDougall, Nacidos para correr.

 

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Llevo muchos años corriendo. Al principio fue por mis clases de atletismo en el colegio y en la universidad. Para pasar los exámenes finales del Test de Cooper tenía que correr, pero también para relajarme de la carga académica. Luego de la universidad lo he hecho como un ejercicio complementario a la escalada deportiva. Llevo dos años que lo hago de tres a cuatro veces por semana. Y este último año, por primera vez he corrido con consciencia. He mejorado mi técnica y he corrido más de 100 kilómetros. Hace seis meses empecé a entrenar para mi primera media maratón; es decir correr 21 kilómetros. Mi objetivo es correr 21 kilómetros en montaña.

Como ese es mi objetivo, gracias a un amigo (Mateo) que trabajaba en el Parque Chingaza y mi novio (que hace de entrenador y motivador Jhoany), fui a correr 15 kilómetros a 3700 m s. n. m. La experiencia ha sido increíble. Es la primera vez que corro a tal altura y en tremendos paisajes. Lo más maravilloso es que también se unieron otros amigos que corren profesionalmente y que están entrenado a chicas y chicos que quieren aprender a correr. El grupo se conformó por 9 personas: 5 hombres y 4 mujeres. Así que entre principiantes y expertos nos lanzamos a correr por una ruta que abrió Mateo. La ruta se llama Las Cuchillas, en la que además de correr debimos escalar en tres tramos del camino. La roca, aunque helada, fría y húmeda, ofrece líneas de pasto y tierra por donde se puede subir con cuidado.

 

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Me sentía muy bien. Estaba corriendo fácil, ligera y suavemente. Luego de haber atravesado un tramo de unos tres kilómetros de pantano y tener los pies húmedos, encontramos una planicie en la que pude recuperar el ritmo y tomar algunas fotos. En esos momentos ya sentía hinchadas las manos y, a pesar de mi esfuerzo por mantenerlas calientes, éstas sólo estaban rojas y frías. No me parecía grave, estaba corriendo en el páramo y no tenía hipoxia ni tampoco asfixia. Cuando llegué al primer tramo de roca para escalar, sentí que mis manos no se agarraban muy bien y que esa hermosa pared negra de roca me quemaba las yemas de los dedos. En el segundo, mis manos se agarraban de las presas pero el dolor que sentía fue tan nuevo que no supe qué hacer. Solo quise salir de allí, este tramo es el más alto, tal vez unos 5 a 7 metros de pared rocosa. Cuando estuve sobre la repisa mis manos ardían de frío. Qué extraño, ¿verdad? Me dijeron que las calentara con las piernas. Me acurruqué y las dejé allí. Las froté y decidí meterlas debajo de mi camisa, en mi vientre. Estaba calientito y pude recuperar el calorcito. Mientras yo estaba allí entendiendo lo que sucedía y esperaba a los otros corredores, la espesa neblina que cubría el paisaje se desperdigó y pude ver una hermosa laguna. ¡¡Qué maravilloso!! Fue muy emotivo estar sentada frente al origen de la vida.

 

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Los otros corredores aparecieron y también se tomaron un tiempo para recuperar el calor de las manos. Luego de subir ese tramo nos dedicamos a descender con rapidez hasta llegar al tramo final de roca y subir por una hermosa fisura. Luego seguimos descendiendo y yo iba pensando en el consejo que Caballo, un corredor gringo que se dedicó a estudiar la técnica de los indígenas raramuris, los mejores corredores del mundo…sentía que corría fácil, ligera, suave y rápidamente, y me sentía libre y feliz. Estaba tan concentrada que me parecía un juego esquivar los pastos altos, los tramos de fango y los frailejones. Llevaba muy buen ritmo bajando la ladera, tanto, que en ningún momento sentí que me faltara el aire o fatiga. Tampoco me sentía con sed o con hambre. La sensación de que mi cuerpo se estaba moviendo con una facilidad y ligereza me atrapaba completamente. Mi mente estaba en blanco, sólo disfrutaba del paisaje y me fijaba en que estuviera bien mi postura o en que  los pasos no fueran demasiado largos. Al final de la ladera, llegamos a una carretera de tierra. La ruta estaba húmeda pero se podía correr con tranquilidad. Allí venía mi última prueba para confirmar si mi entrenamiento de dos meses corriendo con un plan adecuado de cortas y de largas distancias estaba funcionando. Y la verdad me sorprendí. Aunque los hombres tomaron la delantera con una mujer, yo decidí correr tranquila mientras tomaba un ritmo que me permitiera terminar la carrera sin caminar, ese era mi principal objetivo. El tramo de carrera empezó con un plano y luego unas curvas en bajada. Cuanto más avanzaba, más se empinaba la carretera y allí sentí agotamiento; pues iba bastante rápido porque quería alcanzar a los chicos. Todo el tramo de bosque de páramo había corrido en tercer lugar, y ahora iba de sexta. Quise alcanzarlos, pero recordé que lo principal era terminar corriendo la ruta. Así que disminuí el ritmo y al ir avanzando me quedé sola. Así seguí unos diez minutos y de pronto vi a una chica rezagada. Decidí apretar un poco más el paso. Cuando la alcancé y la pasé aumenté un poco más el ritmo, aunque empezaba una cuesta. Me sentía bien hidratada y logré mantener el ritmo y terminar la carrera en quinto lugar con ganas de continuar. Cuando llegué al punto de donde habíamos partido, no me lo podía creer, porque sentí que podía correr más. Todavía tenía suficiente energía y sobre todo pensé que podría pasarme algún otro corredor.

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Lo mejor de esta carrera de entrenamiento fue esa maravillosa sensación de correr en manada. Esos tiempos en los que descansábamos y esperábamos a que todos estuviéramos reunidos y poder continuar. Imaginaba, a veces, sin esperarlo, que todos estábamos de cacería o en una travesía; sobre todo en esos momentos en los que nos ayudábamos y apoyábamos para continuar. Qué hermosa sensación de comunicad, de unión y de fraternidad. Era la primera vez que corría con Pedro, Ivón, Álvaro y dos chicas más, ahora son más familiares, y sentí una tremenda afinidad por volver a correr a su lado. Una experiencia que me ha llevado a competir este año en dos carreras de 13k y 15 k para medir mi capacidad de competencia (digo esto a las personas) pero yo sé, íntimamente, que es para sentirme libre al correr, al detener el tiempo, al desaparecer de la “realidad” y al estar en el momento presente, al dejar mi mente en blanco, al decirme con cariño cosas como “soy fuerte, ágil, veloz y tenaz”, “puedo un poco más, quiero correr más”…así me voy diciendo cosas bonitas cuando me siento agotada, cuando me distraigo y pierdo el ritmo o cuando la cuesta empieza a darme lecciones. Ése es el principal motivo: aprender de mis límites, de mis retos, de mis pensamientos, de mi voz, de las personas con las que corro y entreno, de la montaña, de la vida…así voy tan libre y veloz como me animo a hacerlo.

 

Escrito por Dunia Oriana González Rodríguez

Todos los derechos de autor reservados.

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April 28, 2016 · 12:20 am

The Diary of a Teenage girl

El contexto de la historia se desarrolla en San Francisco en los años 70. Minnie es una chica de 15 años que quiere ser artista de cómics. De repente, en su curiosa manera de ver el mundo siente una terrible atracción por Monroe, el novio de su madre. Como la mayoría de las mujeres adolescentes, Minnie duda de su cuerpo, de su belleza y de quien es, porque es apenas el inicio al autoconocimiento.

Ella se enreda con Monroe quien termina amándola. Sin embargo, como pasa en la vida, todos los juegos van hasta un límite. Y su madre escucha las grabaciones que ella hace casi a diario de lo que vive. En esta historia sobre el despertar de una mujer para muchas personas puede ser algo que asusta y que realmente debe evitarse a toda costa. Minnie comprende que ha despertado al autoconicimiento mediante el placer, la lujuria, el deseo y los juegos sexuales reafirman quién realmente puede llegar a ser.

En nuestra sociedad las mujeres que expresan apasionadamente sus deseos, no sólo se les teme, a veces también se les juzga y se les convence para que asuman un papel de mujer buena, asexual y sumisa. Nos enseña a temer a la soledad, a la autoexploración sexual e intelectual y también nos hacen creer que no podemos ser felices sin un hombre a nuestro lado o  a través de él. Queda por decir que esta película fue dirigida y escrita por Marielle Heller  y está basada en la novela gráfica de Phoebe Gloeckner.

 

El link donde se puede ver la película:

http://www.pelismundo.com/diario-de-una-chica-adolescente-the-diary-of-a-teenage-girl/

 

 

 

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Zigzag

Francesca Woodman Zigzag

Fotografía por Francesca Woodman.

 

 

Estoy ebria si acaso

estoy viéndome el rostro en esa otra que desea

estoy ebria y sin un vaso de licor.

Quizás pienses que es imposible

esta manera de embriagarme con las posibilidades.

Estoy hambrienta

como mujer que se refugia de la guerra

y come manotadas de tierra antes de vomitar nada.

Estoy ebria si acaso de pensar en este juego

en el que tus palabras son dardos

palabras juguetonas en mis manos

palabras astutas que susurran  la realidad que dibujamos

palabras que vienen en un mensaje instantáneo

y que mueren por falta de verdad.

Estoy a punto de tocar con los pies el suelo

pues ya me he elevado con los artilugios

de tus ojos y tus brazos y tu voz.

Estoy ebria si acaso

de todas las cosas que he imaginado.

Estoy segura del fin del tiempo

y de esta extraña manera de anhelar ser otra

tan ingenua y alerta

tan prevenida y dichosa

tan serena y tormentosa

tan otra yo y fuera de mí.

Estoy segura que me he convertido

y ya no tengo remedio.

Ya es tiempo de volver a ser la misma que observa

las hojas de los árboles movidas por el viento

iluminadas secretamente

con un haz de luz amarillento

debajo debajo del alma de las hojas

donde yo sé que soy otra

la mejor que se me ocurra ser

la que mejor me queda

a la que más anhelo…

Han sido los días más fríos

han sido las noches más silenciosas

y las hojas más blancas que nunca

y ahora están apareciendo estos caracteres

aún quiero decir que te deseo

y no te amo.

Escrito por Dunia Oriana González Rodríguez

(Todos los derechos de autor reservados)

 

 

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