La creación literaria de la mujer como concretización del placer femenino

«Por qué no puedo probar distintas vidas como si fueran vestidos, para ver cuál me va mejor y me conviene más_» Sylvia Plath.png

«Yo crearé imágenes. Las imágenes impresionan. No se puede argumentar contra las imágenes»
Harriet Beecher-Stowe

Escrito por:
Dunia Oriana González Rodríguez©
Cuatrojostextos@gmail.com

A la mujer se le ha dado durante la historia de la humanidad pequeñas dádivas de libertad. Y en cualquiera de los contextos que reúne el planeta tierra, se ha tenido que ir conformando, sumando una tras otras, casi en secreto estas pequeñas muestras de libertad. Aunque los tiempos han cambiado, es decir, la mujer ha logrado varios derechos, entre ellos ser reconocida como ser humano digno de los demás privilegios y derechos de lo que se ha provisto el hombre, parece ser muy claro que los roles y estereotipos la siguen alcanzado; y es allí donde la lucha y la resistencia de las mujeres cobra más sentido. 

Si antes del siglo XVIII se les permitía las mujeres leer, pero no escribir; a partir del siglo de Las Luces en el contexto europeo se les prohibió rotundamente a las mujeres escribir y querer ser escritoras profesionales (Bollman, 2011, p.19). A pesar de que la mujer burguesa tenía las suficientes comodidades y el tiempo para leer y escribir se le impedía si quiera atreverse a hacerlo; por ende, casos como el de George Sand, la escritora que publicó su obra con nombre de hombre para que le fuera posible hacer tal cosa. O también están los casos como los de Anaïs Nin y Virginia Woolf que conformaron sus propias editoriales para publicar lo que no era permitido o que era rechazado por una gran cantidad de escritores, algunos buenos, y la mayoría restante mediocres. Se ha visto el valor con el que las mujeres han asumido a pesar de toda la posibilidad de crear y, sobre todo revolucionar, las narrativas predeterminadas por una sociedad masculina imperante.

Es bien sabido que han sido muchos los esfuerzos y los logros alcanzados por las mujeres desde todas las épocas hasta la actualidad, que es el siglo XXI, donde las dinámicas se han transformado un poco, y sin embargo, sigue habiendo en el inconsciente colectivo de las mujeres creativas esa idea de que «dentro de la misma profesión, las mujeres deben ser mejores porque han de probar a los hombres, que ellas son capaces» (Bollman, 2011, p. 19).

Esta idea ha puesto en entre dicho la capacidad creadora de las mujeres y sobre todola forma en que pueden expresar, interpretar su realidad y ofrecer al lector una comprensión del mundo, desde otros acto comunicativos, que no solo interpelen al lector sino que le permiten a ellas mismas ponerse en el foco de la crítica, como lo menciona Mario Vargas Llosa en La verdad de las mentiras (2002):

 «la ficción permite salir de sí mismo, ser otro, aunque sea ilusoriamente, es una manera de ser menos esclavo y de experimentar los riesgos de la libertad» (p. 137).

Las mujeres han asumido un rol pasivo en muchas de las facetas de su vida como seres humanos. Se ha constituido un sistema educativo, cultural, económico y político para que ese orden establecido permanezca y se propague de generación en generación. A las mujeres se les ha cercenado literalmente la posibilidad de desarrollar actividades que las inciten al placer, al erotismo creativo. Cuando una mujer escribe, de alguna u otra manera se está revelando en contra de todas las imposiciones, se está volcando sobre sí misma, y está tomando responsabilidad para desarrollar la libertad y dejar memoria de su educación y legado.

La escritora nicaragüense, Gionconda Belli, a través de su poesía erótica nos interpela sobre el rol pasivo que las mujeres han tenido que adoptar en dos aspectos fundamentales para el desarrollo de su libertad sexual e intelectual: la escritura creativa como herramienta expresiva y contestaría, y la sexualidad femenina abordada desde el placer, formas en las que se puede concretizar otra realizada posible o recrear en parte la que se vive.

En el poema Anoche se puede ver cómo se refuerzan los roles de cada sexo mediante los campos semánticos que hablan de la virilidad del varón relacionado con la actividad más heroica que éste ha inventado: la guerra.

Anoche tan solo
parecías un combatiente desnudo
saltando sobre arrecifes de sombras
Yo desde mi puesto de observación
en la llanura
te veía esgrimir tus armas
y violento hundirte en mí
Abría los ojos
y todavía estabas como herrero
martillando el yunque de la chispa
hasta que mi sexo explotó como granada
y nos morimos los dos entre charneles de luna.

Esto nos recuerda las palabras de Simone de Beauvoir en su ensayo El Segundo Sexoal respecto de la iniciación sexual y de cómo el desarrollo sexual de la mujer desde sus inicios es pasivo y está supeditado a la desfloración como ritual de iniciación al placer, al mundo real y tangible, del cual será presa.

El vocabulario erótico del varón se inspira en el vocabulario militar: el amante posee el ardor de un soldado, su sexo se tensa como un arco; cuando eyacula, «descarga»; es una ametralladora, es un cañón. Habla de asalto, de victoria. Hay en su celo no se sabe qué gusto de heroísmo […] De tal modo que cuando tratan de sus relaciones amorosas, los más civilizados hablan de conquista, ataque, asalto, asedio y defensa, derrota, capitulación, calcando nítidamente la idea del amor sobre la guerra. (Beauvoir, 2015, p. 316)

Sin embargo, nos queda preguntarnos, ¿por qué la poeta narra desde el lenguaje varonil su experiencia erótica? ¿Acaso el lenguaje también adoptado para escribir de la mujer actualmente debe estar permeado por estos rasgos determinantes? Y aún así hay una sutil sublevación, pues al final del poema encontramos en el verso: « […] hasta que mi sexo explotó como granada/y nos morimos los dos entre charneles de luna», un tenue giro en el que los dos amantes sucumben al deseo, y es sobre todo ella quien lleva al solado a ese estado de éxtasis al momento de no resistir más su excitación.

Ahora bien, para llegar a tal punto Beauvoir dice que convertirse en una mujer es romper con el pasado, sin remedio; pero este tránsito es más dramático que cualquier otro; no solamente crea un hiato entre el ayer y el mañana, sino que arranca a la joven de un mundo imaginario en el cual se ha desarrollado una parte importante de su existencia y la lanza al mundo real. (2015, p. 321). Es aquí donde el papel de mujer creativa se transforma, porque al ser desposeída de esa naturaleza ingenua, en el caso de una mujer que escribe, puede empoderarse mediante lo que el acto creativo, como se ve en el poema Nuevas tesis feministas:

¿Cómo decirte
hombre
que no te necesito?
No puedo cantar a la liberación femenina
si no te canto
y te invito a descubrir liberaciones conmigo.
[…]
A nombre propio declaro
que me gusta saberme mujer
frente a un hombre que se sabe hombre […]

Aunque directamente la mujer sabe que no le necesita para liberarse, para sentir el placer, reafirma la idea del placer conseguido a través del otro como objeto de deseo; lo interesante aquí es que el deseo de posesión y placer por el otro queda expreso mediante la voz y el deseo femenino. Es la mujer quien quiere objetivar al hombre para obtener su propio placer, y sin embargo exige que este también esté a la altura de su naturaleza libre y creativa.

Puede decirse, entonces, que Gioconda Belli se concretiza como escritora y su obra crea un diálogo con el lector desde una posición más empoderada que tradicional. El rol que pasivo de la mujer que espera para recibir el placer simplemente se deconstruye y se reafirma la idea de ser la mujer quien busca, exige y necesita un placer propio, basado en su complejidad erótica y teniendo como fin último satisfacer sus propias necesidades
ideológicas y creativas.

Bibliografía
Beauvoir, S. (2015). El Segundo Sexo. Colombia: Penguin Random House Grupo Editorial.
Belli, G. (s.f.). Poemas del alma. [Consultado 13 de marzo de 2018]. Disponible en: https://www.poemas-del-alma.com/gioconda-belli.htm
Bollman, E. (2011). Las mujeres que escriben también son peligrosas. Italia: Maeva.
Vargas, L. M. (2002). La verdad de las mentiras. Penguin Random House.

 

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Soy Licenciada en Español y Literatura con especialización en Creación Narrativa. Actualmente, estudio una maestría en Escritura Creativa en Español. Mi trabajo se desarrolla con el lenguaje en diferentes áreas del conocimiento humanístico y científico. Mis competencias laborales se enfocan en la escritura, la edición, la corrección de textos (informes, pruebas, textos académicos, narrativos, publicitarios, entre otros); así también como en la enseñanza del francés y traducciones de textos literarios y académicos.

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La Lectura como forma de interpretar el mundo

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Escrito por:
Dunia Oriana González Rodríguez©
Cuatrojostextos@gmail.com

 

En ese justo momento en el que los hombres de las cavernas tuvieron consciencia de los sonidos y grafías que empezaron a improvisar, el mundo, como lo habían percibido, cambió. Ese cambio no fue rápido ni de un día de caza a otro. Fue progresivo, al parecer, según la perspectiva antropológica. En esa especie de «línea temporal» surgió el lenguaje como la expresión más tangible de la inteligencia de aquellos seres. Y desde esas épocas remotas, cada hommo sapiens ha ido perfeccionando el vasto código del lenguaje humano. 

Actualmente, miles de hablantes a través del planeta tierra (aunque debiera ser planeta
agua, pues son tres partes las que lo constituyen) usan las diferentes formas de comunicación de manera autómata. Está tan arraigada esta cultura del lenguaje que muy pocos consideran útil tomar un tiempo para reflexionar, no solo sobre la forma en cómo se comunican y usan el lenguaje, sino también lo que transmiten…incluso un poco menos pensarán en la función de la lectura o en el interrogante planteado por Ítalo Calvino: ¿por qué leemos los clásicos?

Se sabe que en el siglo XXI, gracias al gran avance de las Tecnologías de Información y Comunicación, la mayoría de personas que tienen acceso a computadores, tabletas y teléfonos portátiles pueden leer muchísimo más que en el siglo pasado. No obstante, esto no asegura que su forma de leer sea íntegra — por decirlo de una forma sencilla— completa o compleja. Sobre todo, si se piensa en las conexiones neuronales complejas que se pueden desarrollar (como lo demuestran los asperger). Es bien cierto, que una gran proporción de la población padece de un analfabetismo funcional.

De acuerdo con lo anterior, la sociedad de consumo ha constituido una nueva raza: Un humano que puede leer, escribir y pensar de manera deficiente y mediocre en las actividades cotidianas de su existir. Es decir, una porción sobresaliente de seres humanos de este siglo de los avances tecnológicos simplemente carece del sentido común y de la eventualidad de desarrollar capacidades cognitivas complejas porque están adormecidos, alienados con el consumo y la rapidez de la información — a esto se le ha denominado como cultura liquida, concepto propuesto por Zygmunt Bauman en La Modernidad Líquida—.

El constante bombardeo de información es uno de estos agravantes, puesto que una gran cantidad de ésta es insustancial y muchas veces poco verídica, sin dejar de lado que sirve para mantener el statu quo de los sistemas económicos, políticos y culturales con más poder.

También está que lo audiovisual ha ganado su importancia en la forma de comunicarnos desplazando las grafías a un tercer plano de acción u opción. Esto se puede ver cuando usamos las redes sociales, que cada vez están más plagadas de cortos videos sobre cualquier cosa. Pero estas «redes», donde son pescados la mayoría, tienen doble funcionalidad: informar y desinformar; denunciar y cohibir; publicar y censurar… y así una dupla de paradojas y absurdos basados en la inmediatez, lo superfluo y lo carnavalesco vulgar. Como dijo Eco en una entrevista, las redes sociales están a la orden del día de una masa alienada y estúpida, a manera de parafraseo.

Ahora bien, ¿qué sucede con ese tercio o proporción de personas que a pesar de que también hacen uso de las redes y viven en el día a día de este siglo, tienen la capacidad aguda de comprender, analizar y construir su propio criterio sobre como interpretar el mundo y su existencia?

La literatura juega un gran papel a la hora de proporcionar herramientas de todo tipo. La principal es el hábito de la lectura. A simple vista parece que es algo obvio y también delimitado. La lectura aporta a la vida de las personas la posibilidad de que éstas, si leen en su propia lengua afiancen sus conocimientos e incluso mejoren en aquellos en los que tienen falencias, o simplemente aprendan a escribir correctamente. Incluso si alguien lee en voz alta puede mejorar su percepción y pronunciación, por lo que su nivel de hablante nativo es más complejo que si no leyera. Si leen en una lengua extranjera la riqueza es incluso mayor, en cuanto a la apropiación de otra lengua y otra cultura.

El acto de leer géneros literarios brinda a quienes lo hagan la capacidad de interpretar el mundo desde diferentes perspectivas, además de hacerse a su propio criterio de comprensión y de interacción con los otros y el contexto en el que se desenvuelven. Además de potenciar la capacidad creativa, de observación y percepción sensorial. Sin olvidar la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de humanizarse como lo expresa Jorge Volpi (2011):

No quiero exagerar: leer cuentos y novelas no nos hace por fuerza mejores personas, pero estoy convencido de que quien no lee cuentos y novelas –y quien no persigue las distintas variedades de la ficción–tiene menos posibilidades de comprender el mundo, de comprender a los demás y de comprenderse a sí mismo. Leer ficciones complejas, habitadas por personajes profundos y contradictorios, como tú y como yo, como cada uno de nosotros, impregnadas de emoción y desconcierto, imprevisibles y desafiantes, se convierte en una de las mejores formas de aprender a ser humano. (Volpi, 2011, p. 30)

Por su parte, Ítalo Calvino propone, en su texto Por qué leer los clásicos, una posible solución a este desbocado mundo de las masas, de la inconsciencia imperante y de la desinformación tomada de la mano con la ignorancia, ¡leer!, pero no cualquier cosa, sino los clásicos. Aquellas grandísimas obras de elaborado trabajo intelectual y también artístico en el que los autores han volcado sus mejores años de vida y dedicación para comunicar sabiduría, conocimiento, emociones y el vasto mundo de lo humano que nos traslada a la reflexión y entendimiento; en sus palabras:

 

«Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos» (Calvino, 1981, p. 14).

En su texto, Calvino también habla de otro proceso que complementa la lectura y es la posibilidad de releer aquellas obras clásicas en diferentes etapas de la vida. Pues es imperativo comprender que los humanos en el trascurso de su vida sufren cambios y que al volver a tener esta experiencia lectora de los mismos libros, las interpretaciones pueden ser mucho más elaboradas o diferentes, teniendo en cuenta la magia que produce leer una obra de literatura universal e incluso más un clásico. Además de poner un nivel de dificultad alto al lector exigiendo un bagaje intelectual e incluso cultural.

«Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual» (Calvino, 1981, p.15).

Siguiendo con el planteamiento anterior, es necesario resaltar que cuando se crea un autor voraz y avezado, éste, en la mayoría de los casos, termina siendo un escritor de la misma envergadura. Entonces, en este punto, se puede ver con claridad cómo la lectura puede ser una herramienta para combatir el analfabetismo funcional, la alienación tecnológica y por ende la pobreza material y creativa de las personas.

Finalmente, en el instante en el que la lectura media entre la inteligencia y la capacidad de raciocinio de los humanos al respecto de su relación con la realidad y el mundo creado y recreado, es allí donde existe la esperanza de que sea tomada como una posible medicina para acabar con la indiferencia que habita a los ciudadanos de a pie y a los que se han hecho al poder y hacen que cada día las realidades sean más miserables y desiguales en todas los países del planeta. Tal vez si la humanidad se detuviera a analizar el sistema de lectura y producción intelectual que ha implementado Islandia, podrían hallar muchas más soluciones con sentido común y humanitarias a la gran cantidad de problemas que se han creado para afear la realidad, para hacernos perder la magia en la vida. O si humildemente se vuelve a los consejos de Calvino y se desempolvan los clásicos, que siempre serán los faros generacionales, esta deshumanizada existencia puede recobrar su naturaleza y su capacidad del dasein en el mundo, mediada por la lectura, la relectura y la escritura, que es lenguaje mismo.

REFERENCIAS
Bauman, Z. (2002). Modernidad líquida. México: Fondo de cultura económica.
Calvino, I. (1981). Por qué leer los clásicos. Biblioteca Calvino, Ediciones Siruela.
Volpi, J. (2011). Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción. Madrid: Alfaguara.

 

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Soy Licenciada en Español y Literatura con especialización en Creación Narrativa. Actualmente, estudio una maestría en Escritura Creativa en Español. Mi trabajo se desarrolla con el lenguaje en diferentes áreas del conocimiento humanístico y científico. Mis competencias laborales se enfocan en la escritura, la edición, la corrección de textos (informes, pruebas, textos académicos, narrativos, publicitarios, entre otros); así también como en la enseñanza del francés y traducciones de textos literarios y académicos.

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Vamos a jugar

Oleg Oprisco-Los amantes

Foto de Oleg Oprisco. Tomada de: http://www.oprisco.com/

 

Me invitaste a un floreado banquete

Me dijiste que allí habría saciedad

Y también distintas formas de bailar

con los brazos extendidos hacia la noche

 

 

Me invitaste a jugar y a besarnos justo en medio

de quienes bailaban erotizados por el estruendo

Me abrazaste fielmente como asido por la dicha

Y disfrutamos hasta que el beso nos arrebató el aliento

 

 

Me invitaste a un banquete de exquisiteces

Adornado de palabras extrañas, náufragas de otras tierras

Jugamos debajo de las luces moviéndonos en desbordadas carcajadas

Cual niños inocentes, felices del encuentro

 

 

Me invitaste a gozar del aroma de los cuerpos

Atrapados en la música y el desconsuelo

Jugamos arrebatados de pasión a conquistarnos

Mientras tú, mago, mostrabas sin descaro las cartas del azar

 

 

Me invitaste a degustar lo desconocido para asirnos a la posibilidad

Caminando en laberintos y calles iluminadas por las farolas de los carros

Anduvimos seguros de nuestra naturaleza efímera y locuaz

Y sin embargo las artimañas del placer nos sobrepasaron

 

 

Me invitaste a ver la noche desde la ventana de tu cuarto

Jugamos a abrazarnos, a saciarnos, a entregarnos en lo convexo

Tan sólo jugamos mientras el cielo se despejó

Las estrellas iluminaron el cuarto y la luz de tu fuego me cegó

 

 

Me invitaste a un banquete maravilloso

Donde tú quedarías saciado

Y yo hambrienta de verdad

Tal vez…                           Es hora de aprender a jugar

 

Escrito por Dunia Oriana González Rodríguez©

 

 

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El Día Internacional de la Mujer es el día la mujer trabajadora que somos todas

Nos encanta compartir con ustedes nuestro trabajo a cerca de temas como el feminismo, derechos sexuales, empoderamiento, equidad de genero, en fin, tópicos culturales y político que nos mueven a la reflexión y el conocimiento.

Así que nuestra doctoranda Laura Bonilla nos comparte este texto a manera de datos históricos muy precisos sobre por qué conmemoramos un día al año las victorias de las mujeres en cuanto ala inequidad del mundo y sobre todo  en su deseo de poder ser, vivir y desarrollarse plenamente como seres humanos libres, pensantes, creativos, etc.

¿Sabías por qué se celebra el 8 de marzo?

¿Sí? ¿No?Bueno, te contamos que es la fiesta mundial de las mujeres, en la que se recuerda la lucha que por siglos han hecho las mujeres para alcanzar y defender sus derechos en la sociedad. Porque sí, hace un siglo las mujeres no disfrutábamos de los derechos que hoy parecería increíble no tener: derecho a elegir y ser elegidas, a la educación en todos los niveles, a organizarnos, derecho a poseer bienes, a decidir sobre nuestro estado civil, a elegir qué queríamos ser y hacer en la vida.

Todo se remonta a principios del siglo XX, con los antecedentes de la revolución francesa y los movimientos obreros de principios del siglo XIX, las mujeres se empezaron a organizar en torno a la exigencia de sus derechos laborales en las fábricas y sus derechos civiles en la sociedad. En 1909 se celebra por primera vez el día de la mujer en un marcha por la ciudad de Nueva York alrededor de una huelga de trabajadores de fábricas de textiles en EEUU. En 1910 en la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague se declara este día con unanimidad como una celebración mundial y es a partir de 1911 que se celebra este día con manifestaciones públicas para exigir el derecho al voto y a ocupar cargos públicos, así como derechos al trabajo a formación profesional y a la no discriminación laboral para las mujeres.

 

8 de marzo

 

Así que año tras año las mujeres se tomaron las calles, reclamando sus derechos, nutriéndose del movimiento político y social que es el feminismo, entendiendo que lo personal es político, como Kate Millet lo escribió en Política Sexual en 1970 y poco a poco fueron tomándose todas las latitudes del mundo, los cinco continentes; hasta que en 1975 la ONU celebró este día y en 1977 la Asamblea General de la ONU invitó a todos los estados a que proclamaron de acuerdo a sus tradiciones históricas y costumbre nacionales el “Día de las Naciones Unidas para los derechos de la mujer y la paz internacional”. Sin embargo, fue hasta el 2010 que esta entidad creó ONU mujeres con el fin de promover la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres en el mundo. Cada vez se hace más visible esta conmemoración pero al mismo tiempo cada vez sentimos que nos necesitamos más durante todo el año para luchar por nuestros derechos y hoy aún más por nuestra vida, una vida libre de violencias.

Este 2018 la conmemoración mundial estará acompañada del Paro Internacional de Mujeres, al igual que el año anterior que se realizó en más de 50 países para visibilizar la violencia machista en todas sus expresiones: sexual, social, cultural, política y económica. ¿Por qué paran las mujeres? Porque somos la mitad de mundo y nuestro trabajo lo moviliza. También paramos para llamar la atención sobre la importancia de las mujeres en el trabajo y poner en la palestra pública las desigualdades a las que estamos sometidas: hacemos el mismo trabajo y no recibimos el mismo salario que los hombres[1]; seguimos haciendo el trabajo de cuidado, el trabajo doméstico y no recibimos pago por él[2]. Así que paramos, un día, unas horas, un momento para decir: No más.

 

Y hay que decirlo, el 8 de marzo más que una fiesta, es una conmemoración para recordar la lucha de las mujeres, hacer un balance del avance de nuestros derechos y sí, celebrar que cada año somos más conscientes del desafío que es la vida. De manera que, agradecemos las flores y los chocolates, son muestras de cariño que nos gustan pero este día va mucho más allá. En la lucha necesitamos más acciones que regalos, necesitamos compromiso de la sociedad y todos sus miembros, hombres y mujeres que comprendan los problemas de género y actúen en relación a estos.  

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[1] Ver más en https://economixpodcast.wordpress.com/2015/03/16/las-mujeres-ganamos-menos-que-los-hombres-en-todo-el-planeta-y-tu-mama-tambien/

[2] Ver más en http://economiafeminita.com/el-capitalismo-tiene-un-socio-oculto-la-mujer-que-realiza-los-trabajos-domesticos-no-remunerados/

 

 

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Segunda etapa: La vida es más divertida de lo que parece

«Si hay días en los que huir de algo, este es uno de ellos».

Insularidad, Ralph del Valle.

¿Acaso se nos olvida, por aquello de ser adultos, cómo divertirnos y vivir sencillamente? Tal vez. Tal vez no.

Tal vez sea que hay demasiado ruido a nuestro alrededor. Tal vez sea una especie de amnesia que sufrimos por momentos. En este tramo del recorrido, me desperté incluso antes de que sonara mi alarma. No dormí bien. Nunca puedo hacerlo cuando voy a competir, escalar, correr o  montar bici. La ansiedad suele ganarme la batalla. Esta noche fue la misma, incluso un poco más dura. Me he prometido dejar todos los pensamientos tristes y dolorosos mientras voy por la carretera. Me asusta reconocer el momento de crisis y reflexión en el que estoy. Pero me asusta más quedarme en el mismo lugar y resignarme a no hacer algo, al menos a intentar algo descabellado.

Además la familia de Nelsón ha sido tan cariñosa conmigo, que hasta me tranzaron el cabello para que me sintiera más cómoda. Tendría que ser alguien muy infeliz para no reconocer el amor en todas sus formas…¡Qué alegría aprender a recibir!

DOGR©

Cuando vi por la ventana, el cielo azul estaba iluminado por los primeros rayos  solares. Unas gruesas, gordas y pretenciosas nubes blanquísimas bordeaban los picos de las montañas. Sonreí. Fue suficiente para saber que el día iba ser maravilloso. Tener la fortuna de contemplar el paisaje, eso alienta el alma, el apetito por la belleza. Había empacado la mayoría de mis cosas en la noche. Solo me vestí y corroboré que todo estuviera en su sitio. La familia de Nelsón me ofreció un delicioso desayuno como unos días llenos de amor y alegría. Qué dichosa me sentí, una más de la familia, de la manada.

El primer reto fue al salir de la finca por un camino destapado, a causa de que cambié las corazas de los neumáticos, por unas más delgadas y lisas y hacía que me sintiera insegura entre las piedras y la tierra suelta. Pensé que me iría de cara entre las piedras sueltas (un miedo tonto), pero nada eso sucedió. Me di cuenta que también podría ir por el destapado si era necesario. Por Ráquira la carretera es bastante plana. Decidí tomar la vía Santa Sofía, que me permitía ir por entre los pueblos y los paisajes, y reducir el estrés del tráfico pesado. Fue una certera elección.

Me di cuenta que al pedalear iba sonriendo. Cada pedaleo parecía despertar mi espíritu dormido. Sonreír y sentir el viento fresco sobre el rostro. Sentir tu cuerpo listo para continuar el viaje, es una dosis de alimento para el alma. No es física la sensación. Va directa al corazón como cuando vemos a la persona que nos ama.

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Luego de una hora empecé por una carretera destapada, que en general, estaba muy bien. Me detuve a tomar una foto de los perros que dormían y jugaban plácidamente en la tierra. Qué hermosa sensación de dulzura. Este tramo lo recorrí acompañada de las aves y los reptiles que se escabullían entre los pastos.

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Más adelante cuando inicié el ascenso al pueblo Santa Sofía, la cadena de mi bicicleta se atascó entre el pedal. Me sucedió justo cuando una familia de ciclista acababa de pasarme y darme palabras de ánimo.

Ya venía presentado problemas, al cambiar de plato. Así que me bajé. Me hidraté. Me limpié el sudor de la frente. Me di cuenta que el sol alumbraba con gran esplendor, sin provocarme demasiado calor. Al principio quería arreglarla pronto, como fuera. Así que no podía hacerlo. Estuve a punto de romperla. Cuando me percaté de lo que podría pasar si la rompía, me detuve, respiré y me quedé observando. —Mierda, ¿no entiendo cómo se metió ahí?—, dije en voz alta. Inmediatamente después me reí de mis palabras. Acomodé mejor la bicicleta y decidí actuar con calma. Et voilà, la cadena salió mágicamente y la dejé en su sitio. Le susurré —sé buena, déjame llegar a mi destino—. Y acepté que estoy un poco loca.

Continúe el ascenso. Ya no iba tan pesada como en la primera etapa. Ya tenía menos comida y chucherías (ja, ja, ja). Ese ascenso fue tendido y largo. Tal vez unos 11 km. Sin embargo, cuando llegas al pueblo, hay una pendiente más parada y son unos cuantos kilómetros más, hasta que alcanzas la cima. Desde allí puedes ver vastas tierras y una capilla colorida. Cuando estaba en la cima y vi el descenso, recordé lo que era la verdadera diversión. En ese momento me di cuenta de que ya no estaba huyendo de mis sentimientos. Tampoco de mi pasado, ni del miedo al futuro. ¿Huir? No. Este viaje no era una huida. Era el inicio del verdadero sentido de buscar y encontrar. ¿Huir? Nunca más. Así que tomé unas cuantas fotos. Y decidí lanzarme velozmente por la carretera.

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Yupiiiiiiiii… Yupiiiiii… Yupiiiiiii… Ja, ja, ja. Y me dejé ir hasta el final. Nuevamente hubo un ascenso. De Santa Sofía a  Moniquirá hay varios tramos que están sin pavimentar. Así que es normal que vayas muy campante y de repente tierra, piedras y obreros arreglando la vía. También me sucedió que unos señores de un camión pararon para «llevarme». —Señorita, suba la bicicleta y la llevamos— dijo un señor de unos cincuenta años; mientras que un hombre de unos treinta años abría la puerta de copiloto y me señalaba un espacio a su lado. En otro momento me hubiese asustado. Pero este viaje ya me estaba devolviendo a la mujer subterránea, y le respondí riéndome: —Gracias, pero la idea es ir en bicicleta—. El señor me respondió: — ¡Pero lo que viene es polvo!—. Subí mis hombros con un gesto que denotaba mi nula sorpresa. —Buena suerte, gringa—, fue lo que escuché en medio de la nube de tierra que dejó a su paso.

Y lo que venía no solo era polvo, era mucho terreno destapado. Para llegar a Moniquirá descendí por la carreta que estaban apenas preparando para pavimentar. El terreno es consistente. Aunque hay piedra, son más como lajas y no están sueltas (bueno, no del todo). Así que rodé por esa tierra negruzca, en medio de camiones, carros y motos. Algunas personas me felicitaron. Otras se me quedaron viendo como un bicho raro, como el bicho raro que soy  (ja, ja, ja).

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Al final de ese tramo, nuevamente encontré la carretera pavimentada…y los paisajes de mi tierra. Esos verdes infinitos y el aroma a guayaba entre los pastos. Pude respirar con facilidad y seguir pedaleando con tanta alegría, que ni yo misma podía creer que había logrado llegar hasta Santander. Luego de encontrar Moniquirá, un sitio familiar desde la adolescencia, seguí hacia Barbosa. Ese tramo estuvo fácil y rápido.

De Barbosa a Güepsa, el recorrido fue un poco lento, porque había tráfico pesado de tractomulas y camiones. Y el sol de mediodía me estaba achicharrando. Mientras pasaba por los lugares en los que crecí, recordé aquellos versos de Chavela Vargas, de la canción Las simples cosas:

«Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida, y entonces comprendes como están de ausentes las cosas querida […] Demórate aquí en la luz solar de este mediodía, donde encontrarás con el pan al sol, la mesa tendida […] Por eso muchacha, no partas ahora soñando el regreso, que el amor es simple y a las cosas simples las devora el tiempo».

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Por eso, antes de arribar a mi destino del día, al pasar cerca de una tienda, escuché cómo unos señores mantenían el siguiente diálogo:

—Ahí va la gringa…— dijo un anciano mientras tomaba de su cerveza águila.

— ¡Vamos, ya casi llega!— gritó otro hombre de mediana edad, mientras sonreía.

—Las gringas hacen eso, se van por el mundo solas, viajan así—, dijo el abuelo con un tono de sabiduría y certeza.

— ¡Vamos que luego es plano!— agregó el tendero que barría hojas secas en la entrada del negocio.

Yo levanté mi mano y les grité: — ¡Bye, bye!—. Tal vez para que esa fábula fuera real, de alguna forma y en sus imaginarios existiera al menos esa certeza.

Tal vez, esa fábula ya era real. Tal vez, aunque no fuera gringa, sí era una mujer que estaba viajando sola en su bicicleta, con el peso de la vida y los sueños por cumplir.

Cuando llegué a Güepsa, me sentí en casa. Recorrí las calles y vi las fachadas de las casa. Muchas permanecen igual. Otras han cambiado. El pueblo se veía y se sentía diferente, pero yo, por primera vez en muchos años, me sentí «yo». Así, sin más. Tal vez. Certeramente, sí. Me sentí la chica nueva, la hija pródiga y la trotamundos que sabe volver a los lugares donde aprendí a amar la vida. Donde la vida también me amó. Y donde los seres que considero mi familia agregada también me enseñaron el significado del amor y la amistad.

Mi llegada fue natural. Mis tíos me abrazaron y me felicitaron por mis logros. Yo sentí un alivio tremendo. Algo por fin había terminado. Un ciclo de perderme y no encontrarme se había cerrado. Estaba en casa, en el caluroso abrazo del hogar. ¡Qué divertido fue el tamo de 70 kilómetros!

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Sugerencia:

*Si en algún momento de la vida te sientes en crisis, no huyas de las mismas formas que has hecho siempre. Intenta una nueva o encara la vida como se debe. Aunque también, recomiendo hacer cosas descabelladas. Eso es todo.

*Aplican las mismas sugerencias del post anterior: 

350 KILÓMETROS DE VIAJE INTERIOR

Mapa del tramo Ráquira-Güepsa:

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350 KILÓMETROS DE VIAJE INTERIOR

Primera etapa: ¿160 kilómetros de miedo?

Cada vez más me acercaba. Cada pedalazo dejaba atrás pensamientos hirientes. Recuerdos que me dolían. Cada pedalazo me llevaba hacia mi destino. ¿Cuál? Cada pedalazo iba dejando en la superficie a la mujer que extrañaba, que me hacía falta. A mi  yo más auténtico. Esa gran montaña me iba a liberar de todo el ruido que me hacía más pesada.

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La bicicleta se inventó en la segunda mitad del siglo XIX como medio de transporte y artefacto de recreación. Para las mujeres ha existido como símbolo de libertad y estandarte de movimientos feministas (esto lo sé con precisión ahora que escribo esta especie de crónica de viaje); aunque para las generaciones de nuestra época sea una herramienta más de transporte o de deporte, sigue teniendo ese mismo valor, sin que seamos del todo conscientes.

El 23 de diciembre inicié mi primer viaje en bicicleta SOLA. Sé que no soy la primera mujer en hacer este tipo de viajes, incluso hay mujeres que han recorrido países, continentes y hasta el mundo entero… Al principio creí que era para olvidar, pero la noche antes de salir, supe que era para sanar y reencontrarme.

 

¿Realmente valía la pena?», pero ¡por supuesto!, me dije cuando empecé a pedalear y sentir el aire fresco de la mañana y ver los rayos de sol iluminando los grandes edificios de la capital y reverdeciendo las hojas de los árboles. Y sobre todo iluminando mi rostro con una gran sonrisa.

 

En mi primer día de recorrido, salí de Bogotá hacia Ráquira. La hora de salida fue a las 6 a.m. Empecé a pedalear cuando el sol ya había alumbrado la ciudad de tono veraniego. Mi bicicleta de montaña se sentía pesada con las alforjas y la parrilla que le adecué para llevar ropa, comida, agua, herramientas, teléfono, repuesto de neumáticos, el libro Insularidad de Ralph del Valle (que mi mejor amiga me trajo de su viaje a Europa y que habla de correr y superar un amor no correspondido, entre otras cosas), unas hojas para escribir, algunos presentes para mis amigos y familiares y otras chucherías (que creí eran de suma importancia). El cielo era de un azul marino intenso y las nubes eran pinceladas suaves y delicadas, desperdigadas por donde se mirara. La ciudad estaba tranquila, extrañamente, tranquila. Tomé la ciclo ruta de la 30 y luego la de la Autopista Norte. Antes de salir de casa el miedo me hacía pensar una y otra vez: « ¿Acaso esto no es una locura? ¿Solo llevas dos meses montando bicicleta? ¿Jamás has despinchado? ¿Vas a estar solar por la carretera? ¿Y si te mata un carro? ¿Si te agrede un desconocido? ¿Realmente vale la pena arriesgar tanto por una ocurrencia así?»… Tenía tanto ruido en mi cabeza, tanto miedo de arriesgarme, por primera vez en muchos años, por algo que era para mí y por mí. « ¿Realmente valía la pena?», pero ¡por supuesto!, me dije cuando empecé a pedalear y sentir el aire fresco de la mañana y ver los rayos de sol iluminando los grandes edificios de la capital y reverdeciendo las hojas de los árboles. Y sobre todo iluminando mi rostro con una gran sonrisa.

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Cuando llegué al Portal Norte un señor me hizo ver que había olvidado mi casco. De los nervios y la ansiedad lo dejé puesto sobre la mesa. En ese momento pensé en devolverme, en abandonar mi reto. Pero recordé que un amigo vive en Chía y que estaba en mi ruta de viaje. Así que él amablemente me prestó uno. Decidí pasar por el casco y comer algo más. En esa parada aproveché para animarme a continuar con la aventura.

Debo confesar que mi amigo Pedro, un experimentado corredor de montaña, desde el primer momento  me apoyó con sus consejos y ayuda técnica de qué llevar para el viaje. Sobre todo me dijo: —Te conozco, sé que puedes hacerlo fácil. Puedes hacer mucho más—. Y yo simplemente le creí como una verdad revelada. Decidí consultarle mi decisión porque él ha visto mi desarrollo como corredora de montaña y como deportista. Y me pareció alguien sensato para que me dijera las posible consecuencias, aunque jamás me habló de ello (ja, ja, ja).

También hablé con algunas amigas y familiares cercanos, muchos me dijeron que estaba loca y que era sumamente riesgoso y atentaba contra mi integridad. Sin embargo, dos amigo a quienes llevaré por siempre en mi corazón (Terka y Nelsón —fundadores de Raqui Camp, hospedaje y camping en Ráquira), no solo me animaron sino que también me ayudaron a concretar mi plan de viaje. Ellos me dijeron que lo intentara, que me esperarían en Ráquira, pero que si no alcanzaba a llegar hasta allá, en el lugar donde me sintiera muy cansada, me recogerían. Querían que lo intentara. Sé que estaban preocupados, también tenían miedo de que me ocurriera algo en la carretera, yo también, incluso más que todas las personas. Pero nos pudo más el deseo de hacerlo, de saber que es posible y que es más fácil y divertido de lo que una se imagina.

Cuando salí de Chía tomé la cicloruta y la berma. Es un tramo muy seguro y rápido. Sentí emoción al sentirme libre. A pesar de que estaba pedaleando con el peso extra de las alforjas y de mis pensamientos, me sentí liviana, como un ave que surca el cielo con su vuelo. Inicié mi camino con una gran sonrisa. Grité: ¡felicidad! Y sentí que todo era posible y divertido, que la vida era simple y que yo me la había estado complicando incluso años más atrás que mi reciente relación de pareja. Inicié un viaje hacia mí misma para llegar a la mujer que en algún momento se escondió y dejó de existir por debajo de todas las máscaras; para que no se me notara del todo que a pesar de los malos momentos y de toda la mierda que me han echado encima, yo podía sonreír y disfrutar mi vida, mi camino, mi destino, mi forma de ser valiente, aguerrida, tenaz, arriesgada y divertida; para que mi manera de estar en el mundo y relacionarme con los otros se resinificara a través del amor a existir y llenar esa existencia con pasión más allá de lo preestablecido. Tal vez.

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Al retomar el camino, luego de pasar Zipaquirá empiezan los falsos planos (término que aprendí recientemente en la ruta Altos de Potosí, de la experiencia de un bici-amigo). Para llegar a Sutatausa, primero se debe hacer una subida bastante técnica y larga y luego un descenso rápido compartido con tráfico pesado por las minas de piedra, carbón y ladrillo. Pensé que no lo lograría y que debía devolverme. Me repetía mental mentalmente: —Mis amigos me están esperando, aún siento demasiada rabia por todas las mentiras, los engaños, las falsas promesas. Aún me duele que el amor no haya sido suficiente, que yo me haya aguantado tanto. Que me haya creído que no soy “apta”, que no valgo la pena. Aún puedo pedalear más. Me bajaré  y descansaré. Necesito comer algo. Respira. Mira el paisaje. Toma una foto, has una selfie. Es mi viaje, lo haré a mi manera, ¿sabes?—… Cada vez más me acercaba. Cada pedalazo dejaba atrás pensamientos hirientes. Recuerdos que me dolían. Cada pedalazo me llevaba hacia mi destino. ¿Cuál? Cada pedalazo iba dejando en la superficie a la mujer que extrañaba, que me hacía falta. A mi  yo más auténtico. Esa gran montaña me iba a liberar de todo el ruido que me hacía más pesada.

Y de alguna manera así fue. Después de llegar a la cima, vi el humo de las ladrilleras y un gran valle surcado de grandes montañas. Y detrás de éstas quedaba Bogotá. Vaya que el sol me estaba aturdiendo. Estaba sudando como un caballo a todo galope. ¿Valía la pena este cansancio? ¿La incertidumbre de saber si lo lograría? ¿Me curaría del miedo a quedarme sola y sentirme la leprosa de la comunidad? Como sucediera, ya no importaba. Estaba delante de mí el descenso. Antes de dejarme ir, miré nuevamente hacia atrás y vi las montañas, lo quedaba allá en el horizonte. Un paisaje que alimentaba mis ganas de vivir con más pasión. Simplemente empecé a descender a toda velocidad. Sintiendo el vértigo de la existencia y los carros que me pitaban o las personas que me arengaban: ¡Vamos! ¡Vamos! Muchas veces sonreí y levanté una mano para agradecerle su ánimo.

Me sentí tan especial. Recordé también las veces que he ido a Suta a escalar y a compartir con amigos y también con él. Allí lo conocí. Cuando descendí vi los farallones y me despedí de esos momentos. Tenía más hambre que nostalgia. Sin saberlo muy bien, supe que esta era la parte más dura de la ruta. Un punto de no retorno. Así que paré en el pueblo y decidí tomarme una sopa y un gatorade, pues las sales hidratantes me estaban agotando. Almorcé, estiré y recargué mis energías y también les avisé a mis amigos que encaminaba hacia Ubaté. Derretí placenteramente una cholatina en mi paladar. Estaba lista para seguir mi aventura.

A las 1:30 p.m. tomé mi camino hacia Ubaté, tenía demasiada ansiedad y felicidad al mismo tiempo. La carretera es un poco angosta, pero no estaba muy transitada. En Ubaté desvié hacia la ruta que lleva a Chiquinquirá. No sé si fue la comida o mi deseo de llegar pronto, que ya no estaba pensado en nada. Solo disfruté del paisaje y de la sensación de pedalear mecánicamente y verme impulsada cada vez más. Esta parte de la ruta es bastante rápida y sencilla pues es modernamente plana. A pesar de que estaba parando cada dos horas, me di cuenta que a eso de las 6 de la tarde estaría llegando a Ráquira. Cuando pasé la laguna de Fúquene y empecé el ascenso por la vía a Susa, me sentí agotada. Realmente, me dolían las piernas y sobre todo mi trasero. «Menos mal llené la badana de vaselina como me lo recomendaron», dije en voz alta y suspiré antes de empezar a reír.

El atardecer estaba soleado. Maldita sea, cómo me costaba llevar la rabia, los malditos malos pensamientos y los kilos de chucherías hasta la pinche cima de esa subida. Iba regañándome, diciéndome lo ilusa que me creía al pensar que iba llegar hasta mi destino cuando…—Disculpe señorita, ¿hasta dónde va?—, me preguntó un hombre de unos cuarenta años que asomaba su cabeza por la ventana de un taxi. —A este ritmo hasta Chiquinquirá, le respondí con esfuerzo mientras resoplaba. — ¡Ánimo, ánimo!, empezaron a gritar otros señores que iban de pasajeros en la parte posterior. ¡Usted es una valiente, qué verraca! « ¿Lo soy?» ¡Ya le falta poco! ¡Hágale!—, y el taxi arremetió con fuerza la empinada cuesta. —Gracias, ¡lo haré!, grité con ganas de bajarme y ponerme a llorar. ¡Maldita sea, en qué diablos estaba pensado! Pero falta poco, ¿no? Crazy, crazy… Y sonreí al ver la laguna que es ahora más pequeña, a diferencia de hace unos 20 años. Lo suficientemente loca para darle un giro a mi vida, para empezar de cero todas las veces que sea necesario y para atreverme a intentar cosas nuevas. Tal vez. Tal vez no.  

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Lo que los señores me dijeron no era cierto del todo. Tal vez en carro era cerca,  pero me faltaban unos 50 o 60 kilómetros, en los cuales esa maldita subida era más de la mitad. Sin embargo, seguí con mi plan de descansar en intervalos de dos horas, estirar, comer e hidratarme y sobretodo, darme ánimo.

Así que lo hice. Cuando superé ese alto, vino la gloriosa bajada, que se alternaba con pequeñas cuestas hasta Tinjacá. Allí paré. Cuatro de la tarde. Mierda, no voy alcanzar a llegar. Decidí comerme una empanada y otro gatorade. Una vez más tenía mucha hambre, incluso, las barras y el bocadillo parecían insuficientes. También aproveché para orinar. Las sales hidratantes hacen que orines menos y son muy efectivas por eso. Planeé mi viaje como si fuera a hacer una maratón de trail running. (Y funcionó en cierta medida ja, ja, ja). También aproveché para llamar a mi amiga Terka y decirle que definitivamente no llegaría a Ráquira, no solo porque estaba cansada sino también porque no quería montar bici de noche. No llevaba luz suficiente y por ser vísperas de noche buena, había demasiado tráfico y personas tomadas al volante. Así que honestamente me dije: —Bueno,  llegaré hasta Chiquinquirá, eso es incluso más de lo que habías creído algún día harías en bici. Date por bien servida—. Terka aceptó recogerme en el lugar pactado. Sentí un tremendo alivio.

De modo que me tomé con calma el último tramo de unos 20 km, aproximadamente. Me dediqué a pensar en lo que me había guardado y que me hacía enfurecer. Aquellas cosas que aún no había resuelto, sobre todo con seres queridos y cercanos. Pensé y pensé. Mientras daba un pedalazo tras otro. Y también me mantenía con esfuerzo sobre el poco espacio de la línea blanca. ¿Cuánto podemos guardar y rumiar? ¿Cuánto ruido estamos dispuestas mantener en nuestra cabeza para no escuchar lo esencial? Vi el cielo, las nubes, los árboles, las casas de madera y tapizado, algunos campesinos con las vacas en los potreros, las vacas rumiando en los potreros ignorando que morían o que serán ordeñadas temprano en la mañana, las casas humildes con su humito y olor a leña; las montañas lejanas y los días que ya no volverán con él. Ya no me dolerá tanto existir resistiendo por amor. ¿Cuánto podemos perdonar por amor a otra persona? ¿Cuánto se nos puede desgastar el amor propio por amar a otra persona?, me pregunté tranquilamente. Tantas palabras que me hirieron, tantas veces que lloré desconsoladamente y fueron mínimas las caricias, los abrazos, las palabras de aliento. Aprendí a llorar y a sufrir en silencio desde que mi madre murió, que se me olvidó que podía pedir consuelo o una tregua. Y aunque lo hice, mi máscara de mujer de acero, invencible y fuerte no permitió que alguien se me acercara, menos él, que no podía verme, que no pudo amarme, que no sabe cómo amar.

Pronto vi un letrero que decía Chiquinquirá 1km. El kilómetro inacabable como siempre, como en las carreras que he corrido antes de llegar a la meta. Pedaleé dejando atrás todos esos pensamientos. No sé si era el cansancio físico, si esa manera de agotar mi cuerpo para que mi mente ceda a la paz y a la calma me llevó a creer que ya no sentía ni tan si quiera un poco de ese odio provocado por la frustración y las decepciones que acumulé, que cuando entré en el pueblo de mi destino, se esfumó. Me sentía tan liviana, tan libre que mi existencia se asemejó a un jarrón vacío, con el suficiente espacio para lo que quedaba del viaje y de la vida. Entonces comprendí que ese peso extra que llevaba conmigo no era solamente por las alforjas y la comida, sino también el ruido que se había instalado en mente, en mi corazón. Ya en Chiquinquirá me detuve a ver cómo se oscurecía la tarde y mi cuerpo pedía una cerveza helada, una ducha caliente y una cama para descansar. Sentí un clic cuando me detuve. Claro que estaba cansada, pero no era comparado a lo que llevaba guardado y no podía escuchar con atención.

 

Recomendaciones:

*Entrena en lo posible para hacer un viaje largo. (Hace tu viaje más ameno y puedes disfrutar más el camino).

*Si tu bici es de montaña, cambia las corazas por unas lisas. (De verdad que te rinde, sobretodo bajando)

*Usar badana para hacer recorridos largos (ponerle vaselina para evitar lesiones en la piel).

* Hidrátate días antes con sales hidrantes y bebidas energizantes como gatorade y también en el recorrido, así evitas calambres y fatiga muscular.

*Consume barras energizantes, fruta deshidratada, frutos secos, bocadillo y todo lo que te pueda dar calorías  para mantener la energía, pero que sea fácil de comer mientras pedaleas.

*Planea el viaje (sobre todo para saber dónde puedes parar y abastecerte y hasta dónde llegarás).

*Si tienes miedo de viajar sola, de todas maneras debes hacerlo, de pronto corres el riesgo de encontrarte para siempre y no perderte jamás. O tal vez no suceda eso, sino otras cosas. Quién sabe.

*Si estás pasando por un momento de ruptura amorosa y no deseas hacer la fácil (salir y emborracharte, etc., etc.), mejor has un viaje en bici, no te curará la tusa del todo, pero por lo menos es más divertido y centrará todo tu poder y amor propio en ti.

*Hay más chicas viajando en bici como Violeta33 (en instagram).

*Para comprar accesorios y demás cositas bonitas visita la tienda Escarabajo_cycling.

*Y por favor visita Raqui Camp, es el mejor hospedaje en el que me he quedado. Además de que es un lugar muy tranquilo y hermoso, te sentirás como en casa y podrás disfrutar de los lugares y artesanías de Ráquira. (Si deseas hacer este recorrido hasta Raqui Camp, puedes contactar con Nelsón  (+57 3219249543) o Terka (+57 3187790670) u ojear en el fb (https://www.facebook.com/profile.php?id=100013422888658)

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Mapa de la ruta:

*Se puede hacer en menos tiempo unas 12 o 13 horas.

ruta Bog-Chiqui

Escrito por Dunia Oriana González Rodríguez©.

*Todos los derechos reservados.

 

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Poemilla

amantes
Foto: Oleg Oprisco.

 

Quisimos amar a otras personas,

Lo intentamos, tal vez, quién sabría…

Quisimos amarlos,

Pero en silencio, como un susurro

Estaban nuestros nombres en la boca;

Y un grito atascado

Opacado por el ladrido de los perros,

La música de los vecinos,

Cualquier cosa que creímos…

Podía hacernos olvidar.

 

Escrito por: DOGR

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